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El año que termina ha estado marcado por una extendida explosión de movimientos sociales, los que demandan cambios en la institucionalidad política y/o económica de sus países, o simplemente se oponen a determinadas acciones específicas de política de los correspondientes gobiernos. Este movimiento ha logrado una amplia difusión -e incluso reconocimiento- en los principales medios internacionales, dando cuenta de su impacto en el debate público de muchos países, e incluso a nivel global.
Me parece que sería poco riguroso adjudicarles causas y objetivos comunes a dichos movimientos, más allá de planteamientos muy generales al respecto. Así, lo que se ha denominado como "la primavera árabe" responde a condiciones muy diferentes a las que movilizan a los "indignados" europeos o a los estadounidenses. En el primer caso, las manifestaciones apuntan a lograr un cambio en el sistema político, mientras que en los países industrializados, éstas nacen de una crisis económica que ha afectado los niveles de vida de una fracción no despreciable de la población.
La historia muestra que los procesos de ajuste y asignación de pérdidas que siguen a una crisis de endeudamiento son habitualmente causa de turbulencias políticas en los países afectados, inestabilidad que incluso puede alcanzar dimensiones más amplias cuando se trata de recesiones globales y profundas, como fue la Gran Depresión de los años 30.
La indignación chilena
Si bien los movimientos estudiantiles que han tenido lugar en Chile en el presente año han sido asociados con un cuadro global de "indignación" -el que, como se mencionó, en sí es heterogéneo-, en mi opinión estos obedecen a causas específicas a nuestra realidad. Ello, en contraposición con la idea que han levantado algunos analistas en cuanto a que estaríamos en presencia de un cuestionamiento global al sistema de economía de mercado, como consecuencia de la inestabilidad y desigualdades que ésta llevaría asociadas.
Un primer antecedente en este análisis se refiere al hecho de que dos años atrás fue electo Presidente el candidato que mostraba una mayor afinidad con el sistema de economía social de mercado vigente. Le siguió un candidato que planteaba algunos ajustes dentro del modelo, pero que difícilmente podían considerarse como un cambio del mismo. ¿Qué tanto puede haber cambiado en dos años?
En lo que se refiere a la demanda original del movimiento estudiantil en nuestro país, que ha marcado la agenda del presente año, en orden a mejorar la calidad del sistema educacional, éste no hizo más que reiterar una inquietud que ha estado presente en el diseño de las actuales políticas públicas en nuestro país en las ultimas décadas, respecto de la cual se adoptaron diversas acciones de política, pero cuyos frutos no se han manifestado ni con la velocidad ni extensión esperadas.
¿Se puede considerar éste cómo un movimiento en contra de un sistema económico que otorga un alto "premio" a la educación de calidad? Desde luego ello no parece que sea coherente.
En una etapa posterior del movimiento estudiantil, las demandas apuntaron hacia la gratuidad de la educación universitaria y los ajustes tributarios requeridos para financiar dicho cambio.
En esencia, lo que aquí se plantea es una reorientación de la política social desde los grupos de menores ingresos hacia los grupos medios, un rasgo presente en muchas acciones de política adoptadas en nuestro país y otras economías latinoamericanas durante buena parte del siglo pasado. Los resultados habituales de tales políticas -en términos de un bajo crecimiento y una desigual distribución del ingreso- debieran servir de antecedente para rechazar tales planteamientos en el debate de políticas públicas.
Nuestro país ha logrado progresos sustanciales en los niveles de vida de su población en las últimas décadas a través de la aplicación de un sistema de economía de mercado. Por otro lado, estudios locales y de organismos internacionales muestran que la distribución del ingreso tiende progresivamente a hacerse menos desigual en Chile, contrariamente a lo que ocurre en la mayor parte de las economías de la OCDE.
La preservación de un cuadro de progreso y estabilidad hace imprescindible insistir en una activa agenda de estímulo al crecimiento. Desatender ésta puede ser una causa de tensiones más profundas en nuestra sociedad, al configurarse un choque duradero entre las expectativas de progreso de la comunidad y la realidad.
Por último, no se puede soslayar el hecho de que las presiones en la búsqueda de mayores recursos públicos son esencialmente endógenas a la forma y coherencia de la reacción de los gobiernos frente a éstas.