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Año nuevo, reflexiones y desafíos

martes, 05 de enero de 2010

Hernán Büchi, ex Ministro de Hacienda
Economía y Negocios

La economía chilena ha perdido dinamismo y es clave que nuestros líderes se percaten de que, de no hacer cambios, las ventajas del crecimiento están en peligro.

Junto con el año también se fueron nuestros peores temores. Al iniciarse el 2009, la economía mundial experimentó un espasmo recesivo violento. El pánico financiero generó abruptas caídas que nos llevaron al borde de una depresión como en los años 30. Lo mejor del año fue que a su término no sólo ese riesgo se había disipado, sino que hay signos claros de recuperación en todo el globo, y también por cierto en Chile.

Las últimas cifras de producción industrial y de empleo que conocimos corroboran lo anterior. Mejor aún, lo más probable es que este nuevo año nos sorprenda con datos más positivos que los esperados para nosotros y para el mundo.

No sólo es digno de mencionar que hayamos evitado el abismo, sino que ello fue posible gracias a lo aprendido y consensuado luego de experiencias anteriores. A nivel mundial hubo muchos desaciertos y acciones tardías, pero finalmente las lecciones de los 30, de cómo un colapso financiero transforma una recesión en depresión, iluminaron las acciones de política económica que finalmente la evitaron.

En Chile fue posible evitar consecuencias peores gracias a una mayor flexibilidad, coordinación y disposición a escuchar de las autoridades. Las lecciones de la crisis asiática no se olvidaron.

Estamos en un buen pie para recuperarnos con las excelentes condiciones externas que nos acompañan: ¡cobre sobre los US$ 3 la libra!

Desafortunadamente no podemos decir lo mismo de cómo estamos reaccionando frente a la peor noticia del año que terminó: la evidencia cada vez más contundente de que nuestra economía pierde fuerza. Es cierto que el 2009 fue un año malo en el mundo.

Nos fue peor que algunos como Brasil y mejor que otros como México. Ese no es el punto. Parte de lo perdido se recuperará con más crecimiento este año. Lo preocupante es que si miramos un período más largo -por ejemplo, el gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet, en que hubo un año difícil como el pasado, pero otros excepcionalmente buenos en el mundo, con un cobre de casi US$ 4 la libra-, el crecimiento promedio no llega al 2,7% y la productividad cae 0,5% anual. Por muchos buenos deseos que tengamos, si la productividad no aumenta no es posible que los chilenos progresen.

Nuestro desafío es generar frente a este problema una reacción similar a la que tuvimos ante la crisis financiera.

Para ello un número suficiente de líderes debe percatarse de que, de no existir un cambio, la fuente de nuestras mejoras de bienestar y la mayor paz social y armonía que ello trae -el crecimiento económico- están en peligro. Pero ello no basta, así como no hubiera bastado saber que las crisis financieras y de confianza son peligrosas y que estábamos a punto de sufrir una.

También es necesario saber qué hacer.

Saber cómo evitar que volvamos a correr peligro en el futuro, pero más importante aún, saber qué hacer para enfrentar las crisis con urgencia y desarmar la bomba de tiempo antes que estalle.

En el último tiempo algo hemos avanzado. Hay más acuerdo entre los especialistas en que la capacidad y dinamismo de mediano plazo de nuestra economía es cada vez más mediocre. El riesgo es que la fuerza de un rebote económico este año cree un espejismo momentáneo, y esa convicción se diluya y pierda fuerza.

Desgraciadamente es menos claro que los líderes sociales y políticos hayan comprendido que los beneficios obtenidos en los últimos quinquenios no se deben a leyes o acciones de gobierno -aparentemente logradas por iniciativas de líderes supuestamente progresistas-, sino a los aumentos de productividad de una economía dinámica que hoy pierde fuerza. Avanzar en esta materia requiere un esfuerzo intelectual de convencimiento cuya maduración es lenta pero indispensable.

Por último, debemos saber qué hacer para corregir el rumbo. Y no hablamos sólo de objetivos compartidos como mejorar la educación o hacer más efectivo el gobierno. Son necesarios pero no resuelven el problema hoy porque son de lenta maduración.

Se necesita una estrategia de acción rápida que revitalice el deseo de emplear, invertir y producir que aún late, aunque adormecido, en nuestro tejido social.

Ese es uno de los principales desafíos del próximo gobierno y el primer año será clave para dar ese impulso.

Será un año de crecimiento, aunque sea por rebote. Ello puede adormecernos, lo que sería peligroso, pero a su vez puede facilitar las acciones y actitudes que lo potencien.

El candidato de la Coalición por el Cambio, ganador de la primera vuelta, tiene la ventaja en estas materias, por lo motivador de las ideas expresadas por su equipo y por el impulso de aire fresco que trae a un gobierno desgastado por 20 años de ejercicio.

Sin embargo, el ideal es que todos, ganadores y perdedores, en el Ejecutivo, en el Parlamento y en otras instancias de liderazgo social, compartieran la urgencia de abordar el desafío.

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