Fondos Mutuos
La crisis está quedando atrás. Así lo reflejan los indicadores de la actividad económica y, consecuentemente, las expectativas de la gente. El componente de "sorpresa" de las nuevas cifras (diferencia entre los valores efectivos y los previstos) fue mayoritariamente negativo hasta el primer semestre; en cambio, en los últimos meses predominan las sorpresas positivas. Esta tendencia coincide con el cambio de las expectativas económicas, que en Chile ya están en el intervalo optimista, algo que después de la crisis asiática demoró varios años en ocurrir. Con esta perspectiva podemos hacer un recuento de los hitos del año.
En primer lugar hay que destacar la popularidad de la Presidenta Bachelet, particularmente por su estilo de liderazgo con empatía, capacidad de escuchar y cercanía a la gente; todo ello, sin perder efectividad. En los círculos especializados, estos atributos se definen como habilidades "blandas", y son cada vez más valorados en las mejores escuelas de administración del mundo. Precisamente, el contraste entre estos rasgos y la forma en que se ejerce habitualmente el poder en Chile explica que la población reconozca y valore tanto el estilo de la Presidenta, lo que debemos ver como un signo del cual podemos sacar lecciones que son relevantes más allá de las paredes de La Moneda.
Como señaló el profesor Nicolás Majluf, experto en estos temas, en las empresas del país necesitamos líderes con habilidades blandas, que pongan a las personas de sus organizaciones en el centro de su atención, que trabajen con "socios", y no con "siervos"; que ejerzan el poder sin ser autoritarios, y que sean capaces de aliviar las carencias y los dolores de las personas.
El segundo hito del año es el nulo efecto de las elecciones en las decisiones empresariales, como lo refleja la activación de numerosos proyectos de inversión. También los precios de las acciones y del dólar muestran que la incertidumbre electoral se mantuvo en el entorno de los comandos, alejada de los mercados. Atrás quedaron los procesos electorales en que se zanjaba la orientación del país en el siguiente período. De hecho, después de la crisis asiática, en todos los países de América Latina surgió la idea de cambiar el modelo, lo que en Chile no tuvo eco. Este marco de acuerdos básicos es un enorme activo que hemos construido entre todos y que debemos cuidar, porque es indispensable para el anhelado salto al desarrollo.
Tercero, en este recuento hay que destacar la buena coordinación que mostraron las autoridades económicas durante la crisis, especialmente en los episodios más críticos de fines de 2008. La credibilidad fue uno de los activos más utilizados, y nuestras instituciones mostraron gran madurez en sus decisiones. También en este ámbito debemos sacar lecciones, porque uno de los desafíos que deja esta crisis es la necesidad de generar las instancias institucionales que aseguren el manejo coordinado de las políticas macroeconómicas. A su vez, este alto estándar de coordinación contrasta con el que observamos en otros ámbitos de la gestión pública, como la seguridad ciudadana o la regulación de las emisiones contaminantes, lo que debe ser enfrentado en la nueva agenda de modernización del Estado.
El cuarto hito de 2009 es la consolidación de nuestras políticas, que han sido sometidas al riguroso test de la crisis, y en paralelo recibieron el escrutinio de los expertos de la OCDE, que por más de un año miraron todos los detalles de nuestras prácticas. En ambos casos aprobamos con distinción. Gran parte de estas políticas vienen de las lecciones que dejó la crisis asiática que supimos convertir en políticas de calidad mundial, como la flotación cambiaria, la integración financiera internacional, el régimen de metas de inflación, los nuevos estándares de transparencia, la regla fiscal y la administración de los fondos creados por la Ley de Responsabilidad Fiscal. Hace unas semanas, a propósito del ingreso a la OCDE, su secretario general alabó la buena calidad de nuestras políticas públicas, indicando que van a ser de enorme utilidad no sólo para Chile, sino también para el resto de los países miembros y para muchos otros con los cuales ese mismo organismo pueda compartir las buenas políticas chilenas.
Por último, la nota disonante de este recuento la pone el crecimiento de tendencia de 4,2% calculado por el comité de expertos convocado por el Ministerio de Hacienda. Esta cifra es insuficiente para llegar al desarrollo en el horizonte de una generación. En los cinco años posteriores a la crisis asiática, el crecimiento de tendencia estaba en este mismo rango, pero no sacamos las conclusiones necesarias. Muchos análisis consideraron que era una situación transitoria, explicada por las condiciones externas, pero cuando el crecimiento mundial mejoró, hacia 2004, el efecto en Chile fue muy pequeño. En este debate hemos ido más lento, y es el principal desafío que tenemos de cara al futuro. Los economistas de la Concertación insisten en un conjunto de políticas que aparentemente no son suficientes para hacer la diferencia, y los economistas de Piñera están convencidos de que la solución está en la "actitud", todo lo cual no es muy esperanzador.
Cuando se mira con distancia, el legado de una crisis se mide por el aprendizaje que logra la sociedad. La madurez institucional de los países se nota en la capacidad de convertir estos aprendizajes en objetivos ambiciosos y en acciones que permitan alcanzarlos. Al revisar los hitos de 2009 encontramos a un país con un rumbo claro, dispuesto a explorar nuevos estilos de liderazgo, con buenas políticas y con instituciones eficientes. Parece ser una buena base para enfrentar el desafío más complejo de los próximos años: acelerar el crecimiento.