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Recambio de motores

martes, 07 de julio de 2009

Jorge Marshall
Economía y Negocios

Un tipo de cambio competitivo es una condición necesaria pero no suficiente para potenciar nuestra oferta exportadora, por lo que debemos enfrentar los desafíos de una economía innovadora.




Cuando la crisis asiática debilitó la demanda interna, las exportaciones no lograron suplir ese menor impulso, por lo que el crecimiento del producto cayó por debajo del 3% promedio en los cuatro años siguientes. Sólo en 2004, los motores de la demanda interna volvieron a funcionar, liderados por el sector inmobiliario, el comercio y la inversión, hasta que la actual crisis financiera internacional colocó el crecimiento interno en el terreno negativo.

Probablemente tomará un tiempo antes que estos factores recobren su fuerza, por lo que la recuperación del crecimiento necesita encontrar nuevas fuentes de dinamismo y el reemplazo natural es el sector exportador, lo que es coherente con la corrección del tipo de cambio real respecto a su nivel previo a la crisis. Sin embargo, este relevo no será espontáneo, porque el lado débil de la economía chilena sigue siendo su débil capacidad de innovación. Estamos nuevamente ante la disyuntiva entre una recuperación lenta de la actividad o asumir más decididamente este desafío.

En los últimos cinco años, la demanda interna creció en promedio 8%, superando largamente el 4,8% en que creció el producto. Esta brecha se debió a los mejores términos de intercambio, al incremento en el endeudamiento de los hogares -desde un 40% a más de un 60% de su ingreso disponible- y al aumento del gasto público por encima del crecimiento de tendencia. Estos estímulos no estarán disponibles por un tiempo, porque el temor al desempleo está generando una reversión en el endeudamiento de los hogares y el gasto público debe moderar su expansión para permitir una reducción gradual del déficit fiscal.

El recambio de motores debería apoyarse en las exportaciones, que hace 15 años mostraban un crecimiento que duplicaba al del comercio mundial y que estaba en el 20% de los países de mayor dinamismo exportador. En la actualidad estamos en una zona intermedia, con un crecimiento similar al promedio mundial. A su vez, el nuevo impulso requiere ampliar la canasta de nuestra oferta en los mercados internacionales porque hasta ahora el 85% del incremento de las exportaciones de Chile está basado en empresas que producen más de lo mismo y que se orientan a los mercados tradicionales, un 10% adicional se origina en nuevos mercados abiertos por las negociaciones internacionales y sólo un 5% del aumento de exportaciones se debe a productos que utilizan nuevas tecnologías o que han diversificado la canasta de exportaciones.

Este panorama refleja lo que ha ocurrido con la economía chilena en la última década: estamos bien preparados para crecer con el impulso de la demanda interna, pero tenemos debilidades para generar un dinamismo sostenido a partir de la innovación, lo cual es imposible en el ámbito del reducido mercado interno, por lo que necesitamos una estrategia de posicionamiento en los mercados mundiales.

Las grandes empresas se sienten cómodas con sus éxitos, porque se ubican en mercados estables, acceden a financiamiento expedito y el bajo ímpetu innovador que hay fuera de su círculo no perturba su posición competitiva. Por su parte, el gobierno ha postergado las decisiones clave para impulsar una estrategia que nos lleve a una economía innovadora. La diversidad y fragmentación de las iniciativas en este ámbito limitan la efectividad que se necesita.

Requisitos clave
Un tipo de cambio competitivo es una condición necesaria (que normalmente está presente cuando la demanda interna es débil) pero no suficiente para el recambio de motores, por lo que debemos enfrentar los desafíos de una economía innovadora. Primero, profundizar la internacionalización de las empresas. Esto significa reconocer el valor de los activos intangibles en los mercados globales, entre los cuales están las redes para desenvolverse a nivel internacional, la imagen del país y su aporte a la reputación de las marcas y el conocimiento de los mercados. Formar y mantener estos activos necesita de la colaboración estrecha entre las empresas y el gobierno.

El segundo ingrediente de esta estrategia es la competencia y flexibilidad en los mercados, porque la innovación florece donde los mercados funcionan bien. Nuestros mayores progresos están en los mercados de bienes y servicios, pero no tenemos los mismos avances en el mercado de trabajo o en los mercados de capital, donde hay rigideces y prácticas que no ayudan a la innovación.

Tercero, especial importancia tiene el mejorar la calidad de la educación superior y de los bienes públicos que ella produce. La agenda en este ámbito está plasmada en el reciente informe de la OCDE, en los planteamientos del Consejo Nacional de Innovación y en las conclusiones de la Comisión de Formación Técnica. Sin embargo, hay una brecha enorme entre estas ideas y el debate del Consejo de Rectores, lo que refleja que los nuevos desafíos de la educación superior no cuentan con una visión compartida.

Cuarto, una cultura de la innovación requiere mejorar la calidad de la gestión de las empresas privadas y, especialmente, del sector público. En este ámbito, los desafíos son de eficiencia y también de estilo, de modo de dejar atrás la autoridad vertical y el control centralizado, para incorporar formas afines a los procesos de innovación.

Hay claras indicaciones de que la sociedad chilena ha identificado con un razonable grado de acuerdo los desafíos que nos plantea la senda del desarrollo; sin embargo, existen dudas de nuestra capacidad de enfrentarlos con éxito. En la actualidad esto se expresa en la tarea de recuperar el crecimiento y hacer el recambio de motores. Para tener éxito debemos hacer ajustes en la estrategia de innovación, pero junto con ello necesitamos generar nuevos liderazgos, tanto en el sector público como en el sector privado, que promuevan visiones comunes y fomenten una base de confianza.


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