Dólar Obs: $ 981,08 | -0,41% IPSA -0,25%
Fondos Mutuos
UF: 41.231,70
IPC: 0,40%


Territorio de añoranzas

sábado, 20 de abril de 2019

Texto, Jimena Silva Cubillos. Producción, Paula Fernández T. Fotografías, Carla Pinilla G.
Patrimonio
El Mercurio

Luego del terremoto de 2010, Manuel Valdés Valdés debió cerrar las puertas de la casona fundacional de la Hacienda Ana Luisa de Cunaco debido a los daños con los que resultó. Aunque no pierde la ilusión de restaurarla, desde entonces vive en otra construcción del campo, que a sus 85 años siente más hogareña y funcional.



En el valle de Colchagua todos conocen la Hacienda Cunaco, propiedad que de norte a sur se extendía desde el río Tinguiririca hasta el estero Chimbarongo. Al igual que otros fundos surgidos en la Colonia, y que en el siglo XIX impulsaron el desarrollo de la zona central, tenía muchísimas hectáreas: llavería, bodegas, caballerizas, panadería, escuela, un magnífico parque, volúmenes de servicio y casas para administradores, trabajadores, inquilinos... Excepcionalmente, tenía más de una casa patronal.

Tal es el caso de la Hacienda Cunaco, que ha resistido el paso del tiempo y las divisiones territoriales, pero aún no se repone de los daños que causó el terremoto 27F en sus edificaciones.

-Fue brutal tanto para la casona colonial -levantada en l730 aproximadamente, en adobe, con techumbre de tejas y patio interior- como para la de estilo veneciano, construida en 1873 por Eduardo Provasoli, y que desde principios de los 80 es propiedad de mis primos Valdés Valdés -afirma el abogado y empresario Manuel Valdés Valdés (85), dueño del primer inmueble de 1.000 m {+2} que conforman la hijuela Ana Luisa de Cunaco. "Esa noche estábamos con mi mujer -fallecida hace dos meses- y mi madre. ¡Ni les cuento lo que nos costó salir; se cayeron varios muros, parte de la techumbre y desarmaron los corredores!".

-Aún no la recuperamos entera. Sí reparamos el muro perimetral, agregándole contrafuertes para que sea más resistente, y restauramos el corredor del ganado, donde se colgaban las pieles para secarlas y convertirlas en cueros curtidos de exportación. Fue un trabajo muy simbólico; este era el centro de operaciones de la hacienda, que llegó a tener sobre tres mil cuadras -recuerda su propietario, quien cuenta que el fundo luego estuvo dedicado a la producción de trigo y uvas para vinos y de mesa.

Desde aquel terremoto, él y Ximena Cox comenzaron a habitar otra casa, también de tipología chilena, pero más pequeña (280 m {+2} ), construida a fines de los 80, a poca distancia de las casonas. "Fue hecha para nuestro hijo mayor, Manuel Francisco, quien murió en 1989 y no alcanzó a vivir más de un año ahí. Manuel José, mi nieto, es su heredero. Va a entrar en posesión cuando yo deje esta tierra -explica Manuel Valdés Valdés, mientras camina por la galería, entusiasta, a la espera de que las ovejas y los corderos aparezcan por el jardín. "Todas las tardes Hernán, que trabaja conmigo, los regalonea con cáscaras de naranjas y melones. ¡Vengan, no se pierdan el minishow!".

Según cuenta, la mayoría de los muebles eran de su casa en Santiago -que dejaron definitivamente hace 4 años-; el escritorio Davenpor, de su madre, una mesa lateral china y la de centro, que armó a partir de 12 baúles de madera comprados en Yakarta. Otra parte son piezas que desde hace años están en el campo; bibliotecas, un tocador convertido en cómoda, un mueble paragüero, mesas y sitiales de variados estilos. "Todas cosas de las antiguas casonas, que 'rematé' cuando nos dividimos la hacienda con mis primos, y que acentúan la atmósfera hogareña y cálida que mi hijo definió para esta casa".

 Imprimir Noticia  Enviar Noticia