Fondos Mutuos
En el valle de Colchagua todos conocen la Hacienda Cunaco, propiedad que de norte a sur se extendía desde el río Tinguiririca hasta el estero Chimbarongo. Al igual que otros fundos surgidos en la Colonia, y que en el siglo XIX impulsaron el desarrollo de la zona central, tenía muchísimas hectáreas: llavería, bodegas, caballerizas, panadería, escuela, un magnífico parque, volúmenes de servicio y casas para administradores, trabajadores, inquilinos... Excepcionalmente, tenía más de una casa patronal. Tal es el caso de la Hacienda Cunaco, que ha resistido el paso del tiempo y las divisiones territoriales, pero aún no se repone de los daños que causó el terremoto 27F en sus edificaciones. -Fue brutal tanto para la casona colonial -levantada en l730 aproximadamente, en adobe, con techumbre de tejas y patio interior- como para la de estilo veneciano, construida en 1873 por Eduardo Provasoli, y que desde principios de los 80 es propiedad de mis primos Valdés Valdés -afirma el abogado y empresario Manuel Valdés Valdés (85), dueño del primer inmueble de 1.000 m {+2} que conforman la hijuela Ana Luisa de Cunaco. "Esa noche estábamos con mi mujer -fallecida hace dos meses- y mi madre. ¡Ni les cuento lo que nos costó salir; se cayeron varios muros, parte de la techumbre y desarmaron los corredores!". -Aún no la recuperamos entera. Sí reparamos el muro perimetral, agregándole contrafuertes para que sea más resistente, y restauramos el corredor del ganado, donde se colgaban las pieles para secarlas y convertirlas en cueros curtidos de exportación. Fue un trabajo muy simbólico; este era el centro de operaciones de la hacienda, que llegó a tener sobre tres mil cuadras -recuerda su propietario, quien cuenta que el fundo luego estuvo dedicado a la producción de trigo y uvas para vinos y de mesa. Desde aquel terremoto, él y Ximena Cox comenzaron a habitar otra casa, también de tipología chilena, pero más pequeña (280 m {+2} ), construida a fines de los 80, a poca distancia de las casonas. "Fue hecha para nuestro hijo mayor, Manuel Francisco, quien murió en 1989 y no alcanzó a vivir más de un año ahí. Manuel José, mi nieto, es su heredero. Va a entrar en posesión cuando yo deje esta tierra -explica Manuel Valdés Valdés, mientras camina por la galería, entusiasta, a la espera de que las ovejas y los corderos aparezcan por el jardín. "Todas las tardes Hernán, que trabaja conmigo, los regalonea con cáscaras de naranjas y melones. ¡Vengan, no se pierdan el minishow!". Según cuenta, la mayoría de los muebles eran de su casa en Santiago -que dejaron definitivamente hace 4 años-; el escritorio Davenpor, de su madre, una mesa lateral china y la de centro, que armó a partir de 12 baúles de madera comprados en Yakarta. Otra parte son piezas que desde hace años están en el campo; bibliotecas, un tocador convertido en cómoda, un mueble paragüero, mesas y sitiales de variados estilos. "Todas cosas de las antiguas casonas, que 'rematé' cuando nos dividimos la hacienda con mis primos, y que acentúan la atmósfera hogareña y cálida que mi hijo definió para esta casa".