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Volcán Llullaillaco:

En dos ruedas hasta el santuario inca más alto del planeta

domingo, 07 de abril de 2019

Por Juan Pablo González e Igor Venegas.
Reportaje
El Mercurio

Desde que en 1999 se encontraran en su cima unas momias en perfecto estado de conservación, el enigmático volcán Llullaillaco (6.739 m) se convirtió en uno de los desafíos más significativos para el andinismo. A 20 años de ese hallazgo, una expedición llega hasta su cumbre... en bicicleta. Así es cómo se hizo.



El volcán Llullaillaco, en la Región de Antofagasta, es una de las montañas más emblemáticas de los Andes, no solo por su belleza o su valiosa flora y fauna, sino por su récord: con 6.739 metros, su cima es considerada el sitio arqueológico más alto del planeta. En 1999, una expedición científica de National Geographic encontró allí cerca de cien objetos ceremoniales incas, como partes líticas y figuras de oro y plata, y tres pequeñas momias en perfecto estado de conservación, que desde entonces fueron conocidas como "los niños del Llullaillaco".

"Elegimos subir este volcán no solo por un tema deportivo, que no es menor, sino porque el Llullaillaco es el segundo volcán activo más alto del mundo y porque allí se encontró el santuario inca a mayor altura".

Quien habla es el joven montañista y ciclista chileno Patricio Goycoolea, que en noviembre pasado lideró una expedición que alcanzó su legendaria cumbre, pero de una forma diferente: lo hicieron llevando una bicicleta.

Hace un par de años que Goycoolea impulsa un proyecto personal llamado Gigantes del Valle , que busca subir -en bicicleta, aunque en ciertos tramos haya que llevarla al hombro- algunas de las cumbres más altas y emblemáticas del país, para luego bajarlas sobre ruedas. Una disciplina que se conoce como big mountain y que ellos han replicado en sitios como los volcanes Ojos del Salado, Maipo y San José.

Esta vez, el equipo estuvo conformado por seis chilenos -Goycoolea más los ciclistas Nicolás Prudencio y Federico Scheuch, y los camarógrafos Benjamín Camus, Nicolás Gantz y Sebastián Prieto-, un suizo -el ciclista y explorador Martín Bissig- y un alemán -Gerhard Czesner-. Después de meses de preparación y de resolver la logística, todos se reunieron en San Pedro de Atacama y partieron. La aventura duraría 14 días. "En expediciones como esta hay que estudiar muy bien la montaña", dice Goycoolea. "Se debe llevar el equipo técnico necesario de bicicleta y de alta montaña, y también revisar el clima. Eso es fundamental: a veces el clima se puede poner extremo, aunque a nosotros nos tocó muy bueno. Además, llevábamos teléfono y GPS satelital, y teníamos una persona que nos reportaba el tiempo desde Santiago. Nos tocaron 14 días despejados y sin viento. Con viento hubiese sido imposible subir".

La preparación

El primer ascenso documentado del Llullaillaco data del 1 de diciembre de 1952, cuando los montañistas del Club Andino de Chile Bión González y Juan Harseim subieron por la quebrada de Zorritas hasta la cumbre. A partir de entonces, esta montaña -el volcán activo más alto del mundo después del Ojos del Salado, con 6.893 metros- fue considerada una escala lógica entre los andinistas que querían probarse en cumbres de más de seis mil metros, ya que más allá de las bajas temperaturas y la altitud, no presenta grandes dificultades técnicas. Lo más complicado es su acceso: hasta 2006, el camino estaba dificultado por minas antipersonales que fueron instaladas en toda esta zona fronteriza con Argentina entre 1974 y 1980. Desde entonces, la Comisión Nacional de Desminado, perteneciente al Ministerio de Defensa, comenzó a despejar las áreas minadas y actualmente, según datos disponibles en su sitio web ( www.cnad.cl ), tienen limpias gran parte de ellas.

"Estudiamos muy bien las vías de acceso al Llullaillaco", dice Goycoolea, al respecto.

Previo al ascenso, el equipo se entrenó durante dos meses en cerros de altura cercanos a Santiago, como el Pintor y el Falsa Parva, que superan los cuatro mil metros. Luego viajaron a Bahía Inglesa, en la Región de Atacama, para probar las bicicletas en relieves pedregosos y desérticos, y el 10 de noviembre llegaron a San Pedro de Atacama.

Una vez allí, lo primero fue aclimatarse a la altura. "Si no estás bien aclimatado, aunque seas el mejor deportista del mundo, no vas a poder hacer la cumbre", advierte Goycoolea. Para eso estuvieron cuatro días pedaleando en zonas sobre cuatro mil metros, como el impresionante Salar de Tara, subiendo y bajando.

Cuando se sintieron preparados, viajaron en auto hasta el refugio de Conaf en quebrada Zorritas, a 4.200 metros, el punto de acceso principal al Parque Nacional Llullaillaco. Allí comenzaría definitivamente la aventura.

El ascenso

El 15 de noviembre, el grupo subió sus equipos y bicicletas en dos camionetas hasta lo más alto que pudieron: 4.700 metros de altura. Iban guiados por un GPS que a ratos entregaba instrucciones bastantes confusas del trayecto: "Decía 'kilómetro 220, dobla a la derecha', pero apenas se veía un camino de tierra", recuerda Goycoolea. "A veces teníamos que seguir el poste 307 del tendido eléctrico que va de norte a sur, pero había como diez tendidos eléctricos".

A 4.700 metros montaron su primer campamento y comenzaron la preparación para la cumbre. "Como nosotros vamos en estas bicicletas, la logística del ascenso es distinta. Vamos haciendo aproximaciones, es decir, porteos de equipos antes del día de cumbre", explica Goycoolea. El porteo consiste en trasladar los equipos al hombro hasta una altura superior y volver. "Cuando estás más arriba de los 4.000 metros, generalmente tu cuerpo comienza a deteriorarse y allá no hay vida, no hay plantas, no hay nada".

Desde allí comenzó un sube y baja constante de equipos, agua y comida: desde 4.700 subieron a 5.300 metros, después bajaron a los 4.700 y volvieron a subir hasta el campamento alto, que se ubica a 5.600 metros. Regresaron una vez más, desarmaron el primer campamento y bajaron al refugio Zorritas. Desde ese momento, lo único que faltaba era llegar a la cumbre.

El día elegido fue el 19 de noviembre. Partieron la medianoche del día anterior, soportando el frío y la altura. El termómetro marcaba 30 grados Celsius bajo cero. En medio de la oscuridad, emprendieron una larga caminata con sus bicicletas al hombro, ya que era imposible andar con ellas en esa altitud o llevarlas a un lado, por lo escarpado del terreno.

A los 5.600 metros, el alemán Gerhard Czesner comenzó a sentirse mal, por lo que decidió bajar de inmediato. "Cuando te sientes mal a esa altura, y te quedan 1.000 metros más por subir, tienes que considerar bajar lo más rápido posible", explica Goycoolea. Claramente, nadie quería exigirse más de la cuenta y poner en riesgo la expedición. Czesner no lograría la cumbre.

A las 8:30 de la mañana, cuando alcanzaron los 6.350 metros, descansaron unos minutos y recibieron los primeros rayos del sol, que apenas calentaban. "Sin duda, este ha sido uno de los cerros más fríos que nos ha tocado subir", comenta Goycoolea.

Si bien desde ese punto estaban a casi 400 metros de la cumbre, todavía faltaban varias horas de ascenso. "En esa parte, el cerro se pone súper duro, porque son puras rocas gigantes donde es imposible llevar la bicicleta al lado; todo el tiempo debe ir al hombro".

Pero el esfuerzo tuvo su recompensa: alcanzaron la cumbre cerca de las dos de la tarde. Allí pudieron observar por primera vez los vestigios del santuario inca, donde se encontraron las momias del Llullaillaco. "Al llegar a la cumbre, uno está tan cansado que se siente como en 'modo avión', como haciendo todo por inercia", explica Goycoolea. "Pero lo que más me impresionó fue ver las pircas incas en la cumbre. Son dos pircas gigantes con leña que dejaron los incas ahí, o sea, está hace 500 años y nadie la ha querido sacar. Estás ahí y piensas que los incas subieron hace 500 años con chalas, mientras que nosotros estábamos con chaquetas de pluma y zapatos súper técnicos. Ellos venían del Cusco y llegaban a esta cumbre gigante, fría y larga, con tres niños para hacer un sacrificio. Eso fue muy impresionante".

Tras pasar alrededor de media hora en la cumbre, decidieron tomar sus equipos, preparar las bicicletas y comenzar un adrenalínico descenso por las laderas del volcán, que en total les tomó cerca de tres horas hasta el primer campamento, a 4.700 metros. Allí se encontraba el alemán Gerhard Czesner quien, a pesar de no haber llegado a la cima, estaba orgulloso de que la expedición hubiera sido un éxito.

"Para mí, en aventuras como esta alcanzas un estado mental muy distinto al común", dice Goycoolea. "Es como estar ido, como en una especie de trance. Ya lo he dicho antes: a eso le llamo estar en 'modo avión'. En la montaña vas solamente andando, haciendo todo casi por inercia, hasta que regresas a Santiago. Esta ha sido una de las expediciones más lindas que he hecho. Incluso pasó una estrella fugaz increíble el día de cumbre".

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