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Un recorrido De clásicos a textos sobre moda:

Leamos juntos y revueltos: el circuito de los talleres de lectura

domingo, 31 de marzo de 2019

Roberto Careaga C.
Sociedad
El Mercurio

Cupos agotados, personas que han estado 20 años en el mismo taller y clubes que cierran sus membresías pero siguen funcionando. Siempre se ha enseñado a escribir, pero ahora hay un nuevo auge: enseñar a leer. O hacerlo en conjunto. Escritores, periodistas, editores que dictan talleres reconstruyen la red numerosa y silenciosa de lectores que se extiende por Santiago.



Al final de la sesión, un abogado se acercó a María José Navia y le dio las gracias: "Este tipo de libros es de los que nunca habría pensado leer", le explicó refiriéndose a "El desierto y su semilla" (1998), la novela del escritor argentino Jorge Barón Biza que con los años ha ido adquiriendo estatus de libro de culto. Fue el escogido para iniciar este año las sesiones del club de lectura de la Librería Catalonia y que se realizan el último martes de cada mes. Navia y el librero de la casa, Gerardo Jara, dirigen las reuniones en el subsuelo de la tienda del Drugstore desde hace tres años. No es fácil conseguir un cupo: solo al terminar cada cita, se anuncia el libro que los convocará el mes siguiente y casi invariablemente los talleristas que están ahí se apuntan para el que viene. Pasó el martes pasado: se leerá "La Resta", de Alia Trabucco, se informó, y listo: ya no quedan cupos.

El club de María José Navia es parte de una ola: mientras los clásicos talleres de escritura pasan una estabilidad a toda prueba, los talleres y clubes de lectura crecen y crecen. Todos quieren leer. La historiadora de moda Pía Montalva da un taller llamado Pensar la Moda; el escritor Marcelo Simonetti, otro sobre narrativa japonesa en la librería Qué Leo de Viña del Mar, y la editora Andrea Palet dicta uno desde el año pasado al que, por cierto, no hay instrucciones para llegar: no hay avisos públicos, solo boca a boca. "La gente que asiste busca que alguien los guíe a leer un tipo de títulos poco visibles, y compartir impresiones con una lectora frecuente. Buscan el placer difícil que proporciona la literatura de calidad", dice Palet.

Quizás eso es lo que buscan también quienes van a los talleres o clubes de Francisco Mouat, Ana María Larraín, Matías Rivas, Rafael Gumucio. Alumnos no faltan. Por ejemplo, Navia, además de su labor en Catalonia, dicta otro de diarios de escritores en la librería Nueva Altamira y uno en la biblioteca del Campus San Joaquín de la Universidad Católica (donde trabaja) para leer la obra de Virginia Woolf. Los suyos son gratuitos, pero la mayoría se pagan -pueden llegar a bordear los $500 mil- y algunos parecen cursos casi universitarios, como los seminarios de Cristián Warnken que dicta en Viaje a la Palabra.

Facilitadores de lectura

Hace una semana quedaban solo tres cupos disponibles para el taller de lectura que dicta la crítica literaria Ana María Larraín. Tiene casi toda la semana ocupada: de lunes a jueves recibe en su casa a grupos de 10 personas, casi todas mujeres, en sesiones que más que clubes son talleres de apreciación: "La idea es combinar a gatos y perros de literatura universal. Un libro semanal. Es lo que uno leería en su casa, pero con este taller tienes las herramientas para decir que es bueno por esto y esto otro, o argumentar por qué no te gustó. De a poco se van formando como lectores. Dan lo mismo los conocimientos teóricos", cuenta Larraín, que acaba de iniciar el año con la lectura de "Paisaje de invierno", del poeta estadounidense John Berryman, traducido por Armando Roa Vial.

"Se suman unas cuatro personas al año. No hay más rotación. Ha ido aumentando el número de talleres porque viene cada vez más gente", dice Larraín, que explica que a estas alturas ya no pone avisos en ninguna parte. Larraín es una de las pioneras: en 2019 cumple 20 años dictando el taller y hay personas que llevan 20 años asistiendo. Estas sesiones se han vuelto parte de su vida. Siguen un itinerario de lecturas que incluye ensayos, poesía, novelas, cuentos, incluso drama, y en ese caso escogen una obra que esté en cartelera y, además de leer, van todos los alumnos al teatro. En grupo.

"Prefiero mil veces venir acá que ir a una terapia, sin desmerecer la terapia", dice Virginia Rioseco, un poco en broma, un poco en serio: ella es terapeuta. Lleva casi cinco años asistiendo al club de lectura de la Librería Lolita que dicta su dueño, el periodista Francisco Mouat. Acaban de leer "El quinteto de Nagasaki", de Aki Shimazaki, y quedó deslumbrada con la capacidad de dar cuenta de la gran historia a través de vidas privadas. No es la primera vez que le pasa. "En un taller no solo se refuerza el interés por leer, sino que se amplifica. Cuando uno lee y comparte lo que lee, aparecen otras 20 miradas; aparecen otros mundos, otras realidades. Un club te hermana con los otros. Te das cuenta de que todos los seres humanos estamos en lo mismo. Y que los escritores tienen la maravillosa posibilidad de colocar el alma y las vicisitudes humanas en un relato", cuenta.

"No es un grupo de lectura que tenga pretensiones académicas. Yo soy un facilitador, a veces hablo muy poco. La gente que viene le gusta compartir una lectura, sacarla de esa dimensión solitaria. Lo que más uno hace en un grupo de esta naturaleza es escuchar: nunca lo que se genera en torno a un mismo libro es igual, es diferente en casa sesión", dice Mouat. "Este es un espacio en el que nadie está compitiendo con nadie. Intentamos sacar cualquier atisbo de impostura; si alguien está acaparando la conversación, lo hacemos callar. Este no es un espacio para imponer puntos de vista, sino para debatir", agrega Mouat, que por si fuera poco acaba de organizar un club con amigos para leer con profundidad la obra de la poeta Wislawa Szymborska.

María José Navia encontró su inspiración en Estados Unidos, donde estudió literatura y vio que en las librerías era usual que tuvieran más de un club de lectura. Replicó la idea en Catalonia. El sistema es sencillo: es gratuito, pero para inscribirse hay que comprar el libro que se leerá en la misma librería. Leen libros contemporáneos, de alrededor de 250 páginas, ojalá publicados por editoriales independientes. Reciben a 20 participantes: "La idea es que sea un grupo chico para que la gente pueda conversar. Que todos puedan hablar y que no se convierta en una clase", dice Navia. "Son personas que no tienen regularmente conversaciones sobre literatura y este espacio les resulta atractivo. Esta es su oportunidad, quizás, de leer libros que podrían no haber leído nunca", añade.

Lejos de la academia

Uno de los talleres más clásicos de Santiago es el que dicta Cristián Warnken. Lleva 18 años. Se llama Viaje a la Palabra, y como informa su web (www.viajealapalabra.cl), en realidad son dos seminarios: el primero requisito para el segundo. Se dictan en la Biblioteca de Vitacura en el primer semestre y Warnken entrega un recorrido por la poesía de todos los tiempos: "La idea era entusiasmar al público amplio con la poesía de todos los tiempos. La poesía ha sido mal enseñada y está secuestrada por la academia. Me propuse demostrar que se puede tener una experiencia gratificante y vital de la gran poesía de todos los tiempos. Es lamentable que teniendo Chile un patrimonio poético tan potente, los chilenos sepamos tan poco de poesía", dice el creador del clásico programa La Belleza de Pensar.

Warnken nunca asistió a ningún taller de lectura, pero cuenta que en los 80 fue a clases abiertas en París con profesores como Georges Duby o Lévy Strauss, y ahí entendió que "contenidos culturales de gran valor pueden ser traspasados a públicos amplios, y con mayor libertad que en la academia formal". Leen desde textos clásicos de Mesopotamia, Grecia y Japón, hasta poesía mapuche, pasando la por la "Odisea", la "Divina Comedia" o "Residencia en la Tierra". En las sesiones hay diálogos, ejercicios breves de poesía y "pequeños rituales poéticos".

Viaje a la Palabra no es un club lectura, sino un taller, y ahí radica una diferencia: en vez del rol de facilitador de María José Navia o Francisco Mouat, Warnken opera también como un profesor .Y no es el único de la plaza. Hace cuatro años el poeta y director de Ediciones UDP, Matías Rivas, inicio un taller de lectura con sede en la Galería D21, y desde hace tres lo dicta junto al escritor Rafael Gumucio. A la dupla se le encuentra en redes sociales como El Buen Taller y dictan sesiones temáticas: acaban de empezar uno sobre biografías, epistolarios y diarios de vida, pero también han hecho sobre ensayos y literatura clásica y moderna. Hay quienes no se pierden ni un taller: "No estudié literatura, estudié periodismo, y siento que tengo muchos baches sobre las cosas que debería haber leído y no he leído. Disfruto mucho y he aprendido a montones en el taller. Este es mi segundo año, y mientras vea que haya más cosas que pueda aprender voy a seguir", cuenta Carmen Gloria López, exdirectora ejecutiva de TVN y autora de dos novelas, "La venganza de las cautivas" y "Fugitiva".

López empezó como asistente del taller literario de Pablo Simonetti, donde encontró las herramientas para escribir novelas, y luego se pasó al de Gumucio y Rivas. "Yo no tenía con quién comentar los clásicos y acá además se me presentan estas obras en su contexto histórico, social y personal. Más que hablar entre nosotros, escuchamos a los profesores. La conversa se arma más bien después y ahí se produce el diálogo sobre temas que yo jamás me imaginé que iba estar hablando con nadie: sobre Ovidio, Séneca, etc.", cuenta López.

"Va mucha gente distinta. Gente altamente educada, a veces con posgrados o con carreras exitosas. Es gente que quiere leer de manera libre; muchos piensan que leen poco, pero después se dan cuenta de que leen bastante", cuenta Gumucio, y Rivas complementa: "La gente va al taller para encontrar una forma sistemática de leer. Y a la vez libre, porque es un espacio que está fuera de las universidades, los institutos, la oficialidad. Organizan su agenda y encuentran en estos talleres un lugar de confianza ante un acto tan íntimo como es la lectura. A veces, incluso se generan amistades o se potencian ideas culturales. Y por eso yo prefiero cuidar los talleres y no mencionar quiénes son las personas que asisten", sostiene el editor.

Una comunidad lectora

Rivas y Gumucio no es la única dupla en el baile: el miércoles 10 de abril se inicia Voces en Combate, un taller de lecturas y escritura especializado en opinión que dictarán el escritor y columnista Óscar Contardo ("Rebaño") y el crítico literario Juan Manuel Vial. "La idea es recoger la tradición del ensayo y la no ficción para enseñar cómo se escribe opinión. Vamos a leer de Montaigne a Joan Didion", cuenta Contardo. Y explica: "En un momento en que los discursos se han fragmentado, para muchos surge la necesidad se saber articular sus propios discursos ante la múltiples plataformas disponibles para expresarlos. La idea es enseñar a escribir, pero también a distinguir y entender por qué entre tantas columnas de opinión hay unas que resultan más valiosas".

El taller de Contardo y Vial es un ejemplo de que al giro llegó la especialización. La historiadora de moda Pía Montalva la próxima semana arranca con Pensar la Moda, un ciclo sobre de lecturas en torno al tema. "Asisten muchos estudiantes de carreras que están vinculadas al vestuario. De entre 23 años hasta los 50", dice Montalva. "Saben que esto no es algo que tenga una utilidad concreta, sino que tiene que ver más bien con enriquecer sus contenidos y cultura de moda, no desde la perspectiva visual, sino de lectura. Y cuando bajamos la discusión a lo concreto, ahí conectan con sus intereses y empieza un análisis del entorno inmediato con relación a la moda, la vestimenta, el cuerpo, el género", añade.

A veces puede llegar a ser tan específico como el taller de Pía Montalva, entrar en profundidades como lo hacen Rivas, Gumucio y Warnken, y en muchas ocasiones ser un inicio en la lectura. Sumados los casos, lo que hay es una red invisible de lectores que se reúnen en torno a la literatura. Son cada vez más. "Se genera una comunidad en torno a la lectura", cree María José Navia. "En sus inicios leer era un acto comunitario, después se volvió algo solitario. Y hoy creo que estamos volviendo a lo comunitario, a través de los goodreads , los booktubers , las redes sociales y los clubes de lectura. La gente quiere leer acompañada, a veces no es más que eso. No es que uno siempre quiera un análisis sesudo de cada libro, sino una oportunidad de juntarse con otras personas y ver qué opinó el otro. Qué leyó el otro. Es un espacio muy bonito y poco presuntuoso", concluye.

"La gente va al taller para encontrar una forma sistemática de leer. Y a la vez libre, porque es un espacio que está fuera de las universidades, los institutos, la oficialidad". . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
MATÍAS RIVAS,
EDITOR


"No es un grupo de lectura que tenga pretensiones académicas. Yo soy un facilitador, a veces hablo muy poco. La gente que viene le gusta compartir una lectura, sacarla de esa dimensión solitaria". . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
FRANCISCO MOUAT,
LIBRERÍA LOLITA


"En sus inicios leer era un acto comunitario, después se volvió algo solitario. Y hoy creo que estamos volviendo a lo comunitario. La gente quiere leer acompañada, a veces no es más que eso". . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
MARÍA JOSÉ NAVIA,
ESCRITORA.

"En un taller no solo se refuerza el interés por leer, sino que se amplifica. Cuando uno lee y comparte lo que lee, aparecen otras 20 miradas; aparecen otros mundos, otras realidades. Un club te hermana con los otros". . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
VIRGINIA RIOSECO,
ALUMNA.



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