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Adictos online

sábado, 30 de marzo de 2019

Por Antonia Domeyko Ilustración Francisco Javier Olea
Reportaje
El Mercurio

En los últimos años, clínicas y centros especializados han empezado a tratar un nuevo trastorno: la adicción a las redes sociales y a los juegos en línea. Los tratamientos implican pasar por la desconexión total o parcial, enfrentar los síntomas de abstinencia y, en ocasiones, que las personas sean hospitalizadas. "Sábado" conoció casos, habló con padres desesperados y encontró respuestas entre los especialistas.



Hace dos años , Pamela se empezó a preocupar por su hijo Sergio, en ese entonces de 12 años. La primera alerta, dice, fue cuando la llamaron del colegio a su trabajo para decirle que él se había arrancado para jugar Pokémon GO.

Poco antes, ella y su marido le habían dado por primera vez a su hijo un smartphone . La idea era poder comunicarse con él y que pudiera entrar al grupo de WhatsApp del curso. Pamela cuenta que, desde chico, a Sergio le gustaba jugar PlayStation y pasaba horas en YouTube. Pero nunca fue algo como esto.

-El argumento era que hoy todos los niños están pegados al teléfono y siempre están peleando para jugar -dice Pamela, cuyo nombre y el de su hijo fueron cambiados para este reportaje, a pedido de ella.

Pero las alertas fueron aumentando. Un día, recuerda, alguien tocó el timbre de su casa a las ocho de la mañana. Era su hijo. Sin entender nada, ella le preguntó alterada dónde había estado, pensando en que le podía haber pasado algo.

-Después de un rato de conversar, me confesó que había salido a las seis de la mañana a buscar pokemones por las calles.

Cuando Sergio no salía a la calle a jugar, estaba en el computador jugando Steam, una plataforma y comunidad online con varias opciones de videojuegos. Pamela se dio cuenta de que en las noches él esperaba que ellos se durmieran para poder jugar libremente.

-En el día no se interesaba en el colegio, estaba con el teléfono siempre en la mano y apenas salía, se pasaba el día jugando Pokémon GO. Se había convertido en un jugador experto.

De vez en cuando, relata ella, Sergio le empezó a pedir la tarjeta de crédito. Le decía que era para comprar un poder especial para sus pokemones o un personaje muy buscado y exclusivo. Gastaba 3 mil o 5 mil pesos. Pero, al poco tiempo, mientras Pamela revisaba su estado de cuenta, descubrió que su hijo había tomado la tarjeta sin su permiso y gastado más de 200 dólares.

A pesar de las conversaciones y castigos -en los que le requisaba su celular-, Sergio volvía a usar la tarjeta a escondidas.

-Pensé que, tal vez, borrando el código de verificación de mi tarjeta, me adelantaba a él y le impedía hacer cualquier compra. Pero Sergio se lo había aprendido de memoria.

Pamela dice que esto no ocurrió una o dos veces. Fueron ocho veces. Finalmente, desesperada, bloqueó el plástico para las compras internacionales. A esas alturas, el psiquiatra que veía a su hijo le había confirmado el diagnóstico: adicción a los videojuegos.

Hace un tiempo, el psiquiatra Alejandro Maturana, de la Clínica Psiquiátrica del Hospital de la Universidad de Chile, atendió un caso de un adicto a videojuegos que terminó hospitalizado. Recuerda que era un adolescente que empezó a jugar en su computador League of Legends, más conocido como LOL, un videojuego de batallas en línea, donde los participantes pueden hablar y organizarse en clanes.

-Jugaba apenas llegaba del colegio a su casa. Empezó a tener malas notas y poco a poco sus jornadas de juego se fueron alargando, hasta pasar la noche completa jugando -relata Maturana. Al día siguiente no rendía en el colegio y solía quedarse dormido. Fue perdiendo el apetito y en las noches no quería comer.

Según el especialista, sus padres decidieron consultar con él cuando se dieron cuenta de que ya no tenían control sobre su hijo, quien por culpa del juego había dejado de ir al colegio y ellos no lograban motivarlo para no desertar.

Maturana dice que decidieron hospitalizarlo por tener una conducta adictiva imposible de tratar ambulatoriamente. Internado, siguió un tratamiento de shock : la desconexión total del computador y el teléfono.

-Tiene que ser así, pero en un ambiente protegido, donde se contengan todas las conductas de abstinencia. Porque eso va a aparecer. Este joven sentía ansiedad, angustia, emociones negativas como rabia, pero lo más importante era el tema de la ansiedad, con palpitaciones y sudoración -dice Maturana.

El joven estuvo tres semanas hospitalizado y de a poco lo fueron vinculando a la tecnología. Primero con acceso a WhatsApp, con supervisión y tiempo restringido. Luego se fue a su casa para continuar con el tratamiento en forma ambulatoria, al cuidado de sus padres.

-Después de algunos meses volvió al colegio. Continuó dos años en tratamiento y se le prohibió para siempre volver a instalar LOL -cuenta el doctor.

El psiquiatra de la Red Salud UC Christus, Juan José Trebilcock, explica que las adicciones tecnológicas agrupan varios fenómenos. Desde las redes sociales, el uso mismo de internet, el celular, la pornografía en línea y también los juegos en línea. Dice que, en general, los procesos adictivos más frecuentes se dan por juegos online masivos, como LOL o Fortnite, donde los usuarios escogen un avatar y tienen ciertas características o cumplen roles donde van creando una vida virtual. En palabras del doctor Trebilcock, estas conductas adictivas a la tecnología corresponderían a las adicciones conductuales; es decir, sin sustancias, y aún están siendo investigadas.

-Para ser rigurosos, los únicos trastornos de este tipo reconocidos por los manuales de diagnóstico psiquiátrico son la ludopatía y el trastorno por uso de videojuegos y juegos en línea -dice Trebilcock. Y asegura que en los últimos años han aumentado las consultas por conductas adictivas a las nuevas tecnologías.

El psiquiatra Atahualpa Granda, jefe del servicio de estabilización de trastornos adictivos del Instituto Psiquiátrico J. Horowitz y presidente de la Sociedad Chilena de Salud Mental, dice que hoy, a pesar de que la mayor parte de las personas están casi constantemente pegadas a sus teléfonos, solo se identifica una conducta adictiva cuando hay consecuencias y complicaciones en la vida del paciente, como la pérdida del control sobre el juego.

-La adicción conductual tiene los mismos síntomas que la adicción a la cocaína, por ejemplo. Desarrolla tolerancia en el paciente, luego viene el síndrome de abstinencia y la búsqueda compulsiva del celular o cualquier medio para conectarse a un juego o plataforma social -dice Granda. Y explica que uno de cada cuatro nuevos adictos que llegan hoy a los centros de tratamiento de adicciones es por una conducta adictiva relacionada con internet.

Granda agrega que algunos estudios determinan que la prevalencia del juego patológico en adultos es del 1 a 2 por ciento, mientras que en adolescentes se sitúa entre el 3 y 8 por ciento.

Maturana, de la Clínica Psiquiátrica del Hospital de la Universidad de Chile, explica que generalmente esto se ve en adolescentes y niños que socialmente son inhibidos, sin mucha actividad deportiva ni amistades.

-Obviamente, esa actividad online les acomoda y empiezan a gastar mucho tiempo en eso -dice Maturana.

Pamela, la mamá de Sergio, está de acuerdo. Cuenta que su hijo no tiene muchos amigos en el colegio. Está en primero medio y sus compañeros suelen molestarlo porque solo habla de los juegos y por su manera de ser, porque es más infantil. Por eso cree que Sergio prefiere quedarse en la casa jugando en vez de salir.

-Hay días en que puede estar todo el día jugando, sin parar hasta las dos de la madrugada.

Dice que el año pasado tuvieron una fiesta de graduación de octavo, a la que asistieron los alumnos y apoderados.

-Sergio no tenía muchas ganas de ir. Después de la comida empezó el baile, pero él prefirió quedarse en la mesa. Y cuando los compañeros se tomaron fotos en grupo, él no quiso participar.

Pamela le preguntó por qué y él le contestó que probablemente iba a salir mal y se reirían de él. Durante toda la fiesta, agrega, Sergio estuvo constantemente con su teléfono en la mano.

Pamela exhala un largo suspiro mientras recuerda el episodio.

-Su vida es eso. Ahí, en los juegos, es feliz. En lo demás, él siente que no es exitoso, por eso nosotros no se lo hemos cortado, porque si no, lo matas.

Andrés (su nombre se cambió también para este reportaje) tenía 25 años cuando llegó a la consulta del psicólogo Pablo Curivil, quien hoy es parte del equipo de la Unidad de Adicciones de la Clínica Las Condes. Llegó porque empezó a tomar conciencia de que estaba pasando muchas horas en redes sociales, como WhatsApp, Instagram o Facebook. Al día podía estar hasta nueve horas conectado, y la situación estaba afectando su desempeño como estudiante de Derecho: había reprobado tres ramos y, además, estaba en causal de eliminación.

Conversando con el psicólogo, apareció el motivo de su extrema conexión. Después de haber tenido ocho relaciones de pareja que no duraron más de tres meses, Andrés había comenzando a establecer solo relaciones online . Cuando llegaba el momento de conocerse, dice, se las ingeniaba para inventar alguna excusa.

-Él fue generando una conducta de abstinencia frente a los momentos en que no estaba en las redes sociales: sentía angustia, ansiedad y se le oprimía el pecho, sentía agitación. Después fue generando tolerancia, en el sentido de ir buscando cada vez estar más horas conectado, para poder estar vinculado y satisfacer esa ansia de ser validado y, entre comillas, poder disfrutar socialmente. La idea de reunirse en persona lo angustiaba por sus experiencias anteriores -dice Curivil.

En la Clínica Las Condes, explica el psicólogo, hace casi cinco años realizan tratamientos para adictos a las nuevas tecnologías. En la mayoría de los casos hay algún diagnóstico de base: trastorno de ansiedad, rasgos de impulsividad, depresión, adicción previa o, en paralelo, trastornos alimentarios.

En el caso de Andrés, él no tenía control de sus impulsos y sufría crisis de pánico. Lo mismo Sergio, el adicto a Pokémon GO: él está diagnosticado con déficit atencional, impulsividad y epilepsia. Y el joven hospitalizado por su adicción a LOL tenía un cuadro ansioso en la línea anímica depresiva.

Por eso, explica Curivil, para el tratamiento de Andrés primero hicieron una terapia para sus crisis de pánico y para aprender a manejar la ansiedad.

-Si eliminan radicalmente las redes, puedes generar crisis de abstinencia importantes, crisis de angustia, desajustes a nivel conductual y el paciente puede ponerse agresivo. Es mejor que el tratamiento sea progresivo -dice Curivil.

Luego de un período de terapia y fármacos, programaron cuatro meses de abstinencia para Andrés. Con el apoyo del psicólogo, un psiquiatra y un terapeuta ocupacional, el estudiante de Derecho estuvo ese tiempo sin redes sociales, sin internet y solo con la opción de llamada en el celular para estar ubicable. En ese momento se le incentivó a que comenzara a reunirse con mujeres en persona. El tratamiento duró cerca de un año y medio. Antes de que fuera dado de alta, ya estaba pololeando.

Cristián Jara, psiquiatra del Centro de Adolescencia de la Clínica Alemana, dice que hoy la red social que está generando la necesidad de estar conectado permanentemente es Instagram, especialmente entre adolescentes y veinteañeros. Los niños están sumergidos en otra red social, llamada Tik Tok, una plataforma de selfies y videos.

Explica que en algunos casos ha sido necesario eliminar las cuentas de los pacientes, pero no ha sido fácil.

-La abstinencia de Instagram les provoca la sensación de no saber qué está pasando con ellos. Tiene que ver con la identidad y la necesidad de que el resto vea dónde están. Algunos piensan que sin Instagram ya no son la misma persona que antes, o les preocupa que el resto crea que se murió, que ya no existe. La identidad virtual es súper potente -dice Jara.

Álvaro Jeria, psiquiatra de la Clínica Universidad de los Andes y del centro de adicciones Neveria, agrega que el tratamiento siempre debe ser multidisciplinario. Las medidas que se tomen, como la hospitalización o la restricción total o progresiva de la tecnología, van a depender de cada paciente.

Jeria cuenta el caso de un estudiante de Ingeniería que llegó hace un tiempo a su consulta. Era adicto a un videojuego en línea. Se decidió hospitalizarlo solo de día y se le restringió totalmente el juego. Y más tarde, como parte del tratamiento, se le asignó un chaperón que lo acompañara mientras estaba retomando la universidad. En este caso, el rol de chaperón lo cumplió el hermano del paciente.

-¿Te imaginas llegar a tu lugar de trabajo o de estudios con un chaperón? En Chile, uno de los grandes problemas que tenemos es la ignorancia respecto de la salud mental y el tremendo estigma y discriminación que sufren las personas que están enfrentando algún problema de este tipo. En el mundo público se necesitan más recursos, y en el privado es impresentable que las isapres no den cobertura a la salud mental. Tiene que ver con la discriminación estructural de dejar fuera un grupo de enfermedades -reclama Jeria.

Cuando los padres de Sergio detectaron su adicción a Pokémon GO y los videojuegos en línea, continuaron tratándolo con el mismo psiquiatra que lo veía por sus otros diagnósticos. Además, sumaron a un psicólogo y a un terapeuta ocupacional, con quien acordaba horarios y restricciones de uso del computador y el celular.

Pamela, su madre, recuerda que al comienzo Sergio se enfurecía, pegaba portazos, se descargaba con su hermana chica y amenazaba con irse de la casa. Se despertaba pidiendo que le pasaran cualquier aparato electrónico e insistía hasta lograrlo.

-Hemos mejorado la situación. Se enoja, pero ya no es una cosa tan explosiva. Lo acepta. Siento que está más maduro, está avanzando -dice.

Pamela dejó su trabajo en parte para dedicarse a su hijo, porque se dio cuenta de que la necesitaba. Ella está encargada de controlar los horarios de él, que idealmente deben ser dos horas al día de tecnología. Pero a veces, dice, se sobrepasa.

Pamela vuelve a suspirar:

-Es una lucha diaria, agotadora.

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