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La elección de Barack Obama como presidente de EE.UU. será uno de los principales hitos de la historia política moderna por varias razones, principalmente por el hecho de ser la primera persona de origen afroamericano que ocupa dicha posición, y que además tanto él como el partido demócrata obtuvieron un significativo apoyo en las elecciones presidenciales y parlamentarias. De hecho, comicios finales dan cuenta de un total de 349 votos contra sólo 162 obtenidos por el candidato republicano, constituyendo esto la mayor diferencia desde el triunfo de Bill Clinton en las elecciones de 1996. Como podemos ver, motivos para un festejo político tienen de sobra.
Sin embargo, también existe una serie de desafíos por delante que no se comparan en lo absoluto con las últimas elecciones presidenciales, siendo una de las principales la profundidad que posee la actual crisis financiera y el impacto que ésta podría tener en economías del resto del mundo. Sin ir más lejos, en gran medida esta crisis constituye uno de los principales motivos que explica la recesión por la que atraviesa un grupo de países de la Eurozona y la creciente probabilidad que Japón entre en un cuadro similar. Dado lo anterior, y con el fin de paliar parte de estos efectos, el programa de gobierno considera la ejecución de una serie de reformas, como cambios en el sistema impositivo, la revisión de tratados de libre comercio, modificar normas en el sector financiero y apoyar planes para el refinanciamiento de créditos hipotecarios.
Si bien las medidas podrían ser muy beneficiosas para la economía, la principal dificultad surge cuando analizamos la salud financiera que poseen las cuentas fiscales, externas y privadas, que evidencian una acotada holgura de recursos disponibles que heredará de la administración Bush. En el frente de las finanzas públicas, Obama enfrentará un abultado déficit fiscal, el cual ha crecido notoriamente luego del conjunto de medidas económicas que ha tomado el gobierno para minimizar los efectos de la crisis. De hecho, según estimaciones del FMI, heredará un déficit histórico en torno a US$ 590.621 millones, lo cual representa aproximadamente un 4,1% del PIB estimado para este año, mientras que la cuenta corriente arrojaría un déficit en torno a 4,6% del PIB. Por su parte, la deuda privada en el sector financiero también ha presentado un crecimiento significativo, que actualmente triplica el PIB agregado.
Como podemos apreciar, la contraposición de un escenario recesivo con un creciente déficit fiscal y externo, frente a la imperiosa necesidad de realizar reformas macro configura un escenario bastante complicado para la nueva administración. Considerando que históricamente estos desequilibrios se han cerrado con una fuerte contracción de la actividad y un significativo incremento en las primas por riesgo exigida a los mercados emergentes, ahora más que nunca debemos ser muy cautos en nuestras expectativas de actividad global, ya que todo cambio tiene costos, más aún en las condiciones financieras que enfrenta EE.UU.
Rodrigo Aravena
Subgerente de Estudios
Banchile Inversiones