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Por qué los químicos nos están enfermando y empobreciendo

martes, 19 de marzo de 2019

Por Sofía Beuchat y Trinidad Rivera. Ilustración: Francisco Javier Olea.
Reportaje
El Mercurio

El exceso de químicos en el medio ambiente, en nuestra comida y en los productos de higiene personal, según un nuevo libro, no solo está aumentando la prevalencia de enfermedades crónicas y obesidad, sino que también afecta nuestros bolsillos. Su autor, el doctor Leonardo Trasande, de la NYU, explica aquí los alcances de este fenómeno, que también alarma a los médicos en Chile.



Era esperable que el nuevo libro del doctor Leonardo Trasande -pediatra, director del Centro de Investigación de Peligros Ambientales de la Universidad de Nueva York-, sobre el efecto de los químicos en nuestro cuerpo, causara revuelo. En especial por parte de la industria química: en enero, a días de que el volumen llegara a librerías, el American Chemistry Council lo tildó de "poco confiable". Mal que mal, Trasande ataca a la industria directamente: cada página de "Sicker, fatter, poorer" (Más enfermos, más gordos, más pobres) habla sobre cómo los agentes químicos presentes en nuestra comida, nuestros productos de higiene personal y el medio ambiente nos están haciendo mucho más daño del que creemos.

El libro -explica el doctor en un extracto publicado por Environmental Health News- describe cómo "la introducción e inundación de cientos, sino miles, de químicos han literalmente cambiado -y con eso quiero decir dañado- los cuerpos y mentes de millones de personas". Alarmado, advierte que "eso que llamamos hogar, ya sea en comunidades urbanas, suburbanas o rurales, esconde una perniciosa amenaza para la salud y el futuro de nuestros hijos y nietos".

Trasande asegura que problemas como las crecientes cifras de obesidad y diabetes no son solo una respuesta a los malos hábitos de la vida actual, como el sedentarismo y una dieta con exceso de sal, azúcar y grasa, sino que también se deben a la acción de químicos que, al entrar en contacto con el cuerpo, interfieren con su funcionamiento normal. Estos actuarían a nivel hormonal, por lo que se conocen como "disruptores endocrinos", y desde ahí serían capaces de producir diferentes alteraciones de salud, en su mayoría relacionadas con enfermedades crónicas. Los principales efectos se concentran en los sistemas nervioso y cardiovascular, el control del metabolismo y las funciones reproductivas. Un dato: según un estudio israelí de 2017, difundido por The New York Times, The Economist y The Guardian, en los últimos 40 años el hombre occidental ha perdido más del 50 por ciento de su reserva de espermios.

La crítica de la industria lo tiene sin cuidado.

-Es conocida por las dudas que genera su manufactura, y el libro ha sido ampliamente elogiado por la comunidad científica -dice Trasande desde su oficina en la Universidad de Nueva York, como parte de una conversación que combinó teléfono y correo electrónico. Esta industria, dirá más tarde, se refugia en que cumple con la ley, pero las regulaciones que la rigen a nivel global, opina, por lo general "están más enfocadas en los años 60 que en el año 2019", y no han incorporado la evidencia que hoy está disponible sobre los efectos nocivos que los compuestos químicos pueden tener sobre el cuerpo. Evidencia que él ha investigado y publicado en revistas científicas, pero que también ha sido consignada en varios documentos. Entre ellos, destaca la declaración publicada en 2009 de la Endocrine Society, agrupación médica que congrega a más de 17 mil miembros de 120 países, y un extenso documento de más de 260 páginas publicado en 2012 por la Organización Mundial de la Salud, en conjunto con el Programa Ambiental de las Naciones Unidas.

Su mirada crítica es conocida y compartida por muchos médicos chilenos.

-Diversos estudios a nivel internacional, algunos de los cuales han sido publicados por el autor del libro, han establecido la asociación entre estas sustancias y el aumento en el riesgo de diversas patologías crónicas, como la diabetes y la obesidad. Si bien estas se asocian con estilos de vida perjudiciales, como la falta de ejercicio y una dieta inadecuada, la exposición a disruptores endocrinos podría contribuir o agregar un ingrediente más a su desarrollo -acota el doctor Nicolás Crisosto, endocrinólogo de Clínica Las Condes.

La lista de compuestos potencialmente peligrosos es larguísima (se han encontrado más de mil), pero Trasande simplifica las cosas dividiéndolos en cuatro grandes grupos, sobre los que hay mayor evidencia: los pesticidas usados en la agricultura; los ftalatos, que se utilizan en productos de cuidado personal y envases de alimentos; el bisfenol A (más conocido como BPA), que forma parte de las latas de aluminio y algunos plásticos, y los retardantes de llama bromados, utilizados en muebles, artículos electrónicos y hasta colchones.

La manera en la que estos químicos actúan en el cuerpo, explica el doctor Crisosto, es conocida.

-Son capaces de alterar el funcionamiento normal de distintos sistemas endocrinos. Esto lo logran porque en algunos casos se parecen a las hormonas que produce nuestro organismo y, por lo tanto, pueden unirse a los mismos receptores que utilizan las hormonas y estimular o bloquear su acción en forma anormal (...) Por ejemplo, los ftalatos funcionan como antagonistas de una molécula fundamental para el metabolismo de los lípidos e hidratos de carbono, mientras que los fenoles son estructuralmente muy parecidos a los estrógenos, pudiendo alterar el desarrollo de las células adiposas -ejemplifica.

-Se trata de compuestos que pueden unirse a los receptores hormonales sin ser hormonas, y desencadenar una cascada de señalización similar a la que haría una determinada hormona -acota, desde la Sociedad Chilena de Endocrinología, la doctora Verónica Mericq, quien como académica de la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile ha dirigido estudios sobre el tema. Según explica, los cambios provocados por estos químicos pueden incluso llegar a tener un efecto a nivel genético y ser traspasados de generación en generación, algo a lo que también alude el doctor Trasande en su libro.

-La acción del disruptor va a depender de su concentración, del período de la vida en que ocurrió el contacto y el tiempo de exposición. Hay períodos llamados "ventana crítica", cuando el organismo parece ser más sensible a la exposición a disruptores y otras agresiones, lo que hace que el efecto se mantenga por un largo período. A esto se le denomina "epigenética": cambios en la expresión de nuestro material genético, inducidos por el ambiente, y que son persistentes en la vida -comenta la doctora.

Alto costo

La relación entre estos disruptores y la epidemia de obesidad es uno de los temas que más preocupan a los especialistas. Según las investigaciones disponibles, el tejido adiposo suele actuar como un reservorio de distintas sustancias, entre las que se incluyen estos químicos. Mientras más obesidad, más acumulación de disruptores y, por lo tanto, más enfermedades asociadas al síndrome metabólico. Y al revés: los tóxicos también influyen en el aumento del sobrepeso, al incidir negativamente en el metabolismo de grasas y carbohidratos.

-Algunos de estos compuestos podrían causar aumento del tejido graso y maduración puberal más temprana. Ambas condiciones se han asociado a una mayor morbimortalidad cardiovascular, menor calidad de vida y mayor incidencia de enfermedades psiquiátricas como la depresión -acota la doctora Verónica Mericq, de la Universidad de Chile.

Pero si bien se ha publicado bastante sobre esto en revistas científicas y también en artículos dirigidos al público general, el doctor Trasande abre una veta en la discusión al incorporar, en su libro, el costo que esta "invasión de químicos", de la que parece imposible escapar, tiene en el presupuesto familiar. En este escenario, comenta, la industria alimentaria -que en Estados Unidos recibe muchas subvenciones- es la única beneficiada. -Solo en Estados Unidos, las enfermedades que pueden atribuirse a la acción de disruptores endocrinos le cuestan al país 2,3 por ciento de su producto interno bruto, unos 340 billones de dólares al año. Y esta cifra es la subestimación de una subestimación, porque está basada solo en un subgrupo de menos del 5 por ciento de los disruptores, en un subgrupo de enfermedades y en un subgrupo de costos asociados -comenta, aludiendo a que el problema aún no ha sido dimensionado en su real magnitud.

-El efecto de la exposición a químicos tiene un costo (en dinero) para la sociedad. Todos lo sufren, todos tenemos que pagar estos costos. Y, como resultado, todos nos hacemos un poco más pobres -acota.

El especialista asegura que hay estudios que vinculan una exposición mayor a este riesgo en grupos económicos de menos recursos. Y si esto ocurre en un país desarrollado, con mayor razón se da en países como Chile. Según las investigaciones que ha recopilado, la exposición a químicos no para de crecer a nivel global, y se está notando cada vez más en América Latina, donde se refleja principalmente en la creciente tasa de obesidad.

-En naciones más pobres la regulación (a la producción y uso de químicos) es aún menor -agrega la doctora Mericq. -Esto hace que más de estos compuestos que pueden actuar a nivel hormonal estén más presentes en el medio ambiente.

Lo que hay que cambiar

Lo que no está claro es cuánta exposición a compuestos químicos es necesaria para generar algún tipo de daño. Su efecto es variable, por lo que el doctor Trasande llama a tener un enfoque preventivo, centrado en reducir lo más posible el contacto. Porque en esto hay que ser claro: eliminar los químicos de nuestras vidas por completo es, a estar alturas, imposible. Por eso, Trasande no quiso que su libro se quedara solo en la denuncia ni menos provocar alarma en la población. Su principal objetivo, dice, es motivar a las personas a hacer cambios.

-No se trata de transformaciones fundamentales: hay maneras sencillas de evitar la exposición a los químicos -precisa. Y menciona algunos ejemplos: dejar de consumir alimentos y bebidas en lata, para reducir el contacto con bisfenoles (estrógenos sintéticos) o mirar el número de reciclaje de las botellas de BPA, que está en su base, y preferir las numeraciones bajo 6.

En la misma línea, el doctor Nicolás Crisosto, endocrinólogo de Clínica Las Condes, sugiere privilegiar una alimentación centrada en productos frescos, con el mínimo posible de alimentos procesados, y también airear frecuentemente los espacios en los que se vive o trabaja, ya que el polvo acumulado en estos lugares, explica, puede contener disruptores. Y la doctora Mericq, de la Universidad de Chile, recomienda no cocinar en sartenes con teflón, evitar alimentos envasados en plásticos blandos, y, en el caso de los niños, reducir el contacto con productos cosméticos, especialmente los que contienen lavanda o aceite de tea tree .

Según Trasande, está médicamente demostrado que estos esfuerzos valen la pena, por simples que parezcan.

-Si uno hace cambios en el estilo de vida, en días notas diferencias a nivel químico en la orina. En semanas, ves mejoras en el sistema hormonal. Y luego, quizás en meses o años, hay cambios relacionados con los riesgos de sufrir condiciones crónicas -asegura.

Pero para el médico lo más importante es que, a medida que las personas comiencen a tomar este tipo de decisiones de manera individual, los políticos encontrarán motivos para actualizar las regulaciones existentes en estos ámbitos y la industria se verá forzada a adaptarse. En varias entrevistas que ha dado -y en esta también- saca a colación el ejemplo de las mamaderas, que en Estados Unidos, por ley, deben ser libres de BPA desde hace ya algo más de una década, cuando la discusión en torno a los disruptores endocrinos aún estaba en pañales.

-Esto se logró por presión de la gente, que modificó las reglas y obligó a la industria a cambiar -concluye. -Todos tenemos que levantarnos, ponernos de pie. No es un esfuerzo tan grande; es un esfuerzo de grupo.

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