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De las 20 mil personas que llenan el Lanxess Arena, en Colonia, Alemania, la mitad grita entusiasmada el nombre del chileno Erwin Feuchtmann, lateral izquierdo en la selección de hándbol nacional y central en el Istres Provence, de Francia. Es el domingo 20 de enero de 2019, fecha en que se disputa el decimoquinto lugar del Mundial de Balonmano masculino entre "la Roja" y Macedonia. En las gradas, algunos espectadores felicitan a un matrimonio de chilenos por el talento de su compatriota, quien luego será reconocido como el séptimo mayor goleador de todo el campeonato. No saben que ambos, además, son sus padres. Emil Feuchtmann, el hermano mayor de Erwin, también parte de la selección nacional y actual jugador del Grand Nancy de Francia, se debate entre la emoción que le genera el encuentro y la frustración por no poder participar, como lo había hecho en los partidos anteriores, debido a una lesión en un brazo. Inga, su hermana, observa por internet desde Madrid, donde hasta la temporada 2017-2018 fue parte del club Alcobendas. No se pierde detalle, aunque el nerviosismo le impide quedarse quieta. Como seleccionada femenina desde 1998, sabe la presión que hay de por medio. Harald, su otro hermano, aterrizó en el Skogås de Suecia hace cinco meses. Es el único de la familia que no puede ver el partido en directo, pero más tarde comprobará lo cerca que estuvo la victoria: 32 goles contra 30, a favor de Macedonia. -Con Emil jugando, seguramente hubiera sido distinto -sugiere. A pesar de la derrota, que dejó a "la Roja" en el puesto 16, la de enero es la mejor participación que ha tenido el país en un mundial de ese deporte. Lo más lejos que había llegado antes la selección nacional era el puesto número 21, en el torneo de 2017. Durante las semanas siguientes, los medios chilenos destacarán una y otra vez que el 20 de enero de 2019 se había hecho historia. La historia de esta dinastía del hándbol comenzó en la región de Magallanes. Era 1981 y a Emil Feuchtmann padre, recién casado con Mariela Pérez, compañera de carrera mientras estudiaba Pedagogía en Educación Física en Valparaíso, le ofrecieron dirigir las actividades deportivas de la bahía Posesión, al norte de Punta Arenas, donde Enap mantenía un campamento de extracción petrolera. Partieron sin pensarlo demasiado. Durante los 11 años que permanecieron ahí, tuvieron a sus cuatro hijos, quienes crecieron acompañándolos a entrenamientos y partidos de hándbol, el deporte que ambos enseñaban. El frío de la región era el escenario ideal para el ejercicio bajo techo. De esa época, la pareja recuerda la tranquilidad propia de la provincia y la familiaridad en las relaciones humanas que establecían, pero también el marcado protagonismo de Santiago en el desarrollo deportivo del país, lo cual ponía límites al futuro del clan. Por eso, tampoco lo pensaron mucho cuando a Emil Feuchtmann padre le propusieron entrenar a la selección de hándbol de la Universidad de Chile en la capital. Sin embargo, aclaran, sobre todo les preocupaba el futuro académico de Emil, Inga, Harald y Erwin. El deporte, secundario por el momento, más adelante quizá podía transformarse en una puerta de acceso a la obtención de becas universitarias. -Mis papás se mantenían un poco al margen -relata Harald, al teléfono desde Estocolmo-. Nos apoyaron, pero nunca nos presionaron para que nos dedicáramos al balonmano. Fueron muy neutrales siempre. Pese a ello, poco a poco comenzó a notarse que los cuatro hermanos Feuchtmann Pérez también sentían una fuerte atracción por el hándbol. Apenas tuvieron edad suficiente, a los seis o siete años, empezaron a practicarlo en el desaparecido colegio Las Américas de Santiago y, de forma paralela, en las categorías infantiles y juveniles de la Universidad de Chile. Aunque adquirir la disciplina le costó a unos más que a otros. -Cuando yo era chica, era un poco floja -confiesa riendo Inga, desde España-. En el lapso entre los 10 y los 12 años, me acuerdo que a veces mi mamá me pagaba 500 pesos por ir a los partidos. Con el tiempo, la disciplina terminó por volverse indispensable para sobrevivir a la exigencia de los equipos de esas dos instituciones. Afortunadamente, según cuentan, pudieron adaptarse sin mayores problemas a un ritmo de vida que implicaba compatibilizar los estudios escolares con varios entrenamientos semanales. -No vivimos mucho los carretes de fin de semana, pero como todos nosotros hacíamos lo mismo, no conocíamos otra cosa -dice Harald-. Era mi realidad y me gustaba. No me pesó para nada esa especie de renuncia. -Si quería ir a una fiesta, igual lo hacía -comenta Inga-. Obviamente, tenía que ser consciente de que al otro día, un domingo por la mañana, teníamos entrenamiento a las 9. Tal vez salía, pero hasta más temprano. -No me gusta el discurso de los deportistas que dicen que se perdieron etapas de su vida -sentencia Emil-. En mi caso, fue mucho más lo que gané. Paradójicamente, los momentos más duros llegaron de la mano de uno de los acontecimientos más esperados por un deportista: el salto al extranjero. El primero en emigrar fue Emil, quien para entonces ya había cosechado en Chile logros importantes, como ser calificado el mejor jugador de un sudamericano o llegar a la selección nacional adulta con solo 17 años. En febrero de 2003, cuando estaba a punto de matricularse en Kinesiología, recibió al fin el pasaporte alemán que había gestionado durante el último tiempo gracias a la nacionalidad de su abuelo, y desde entonces ha jugado en diversos equipos de España, Austria, Alemania, Suiza y Francia. A medida que cumplían entre 17 y 19 años, sus hermanos fueron haciendo lo mismo, siempre alentados por él. Pero fue ahí que los Feuchtmann Pérez experimentaron lo difícil que era disgregarse después de pasar tanto tiempo juntos. -Una noche, cuando me fichó mi primer equipo en España, el Villa de Aranda, estaba solo en la ciudad -relata Erwin-. Me levanté en la noche y tenía angustia. Me dolía el pecho. No tenía internet, así que fui a una plaza, agarré señal y justo mi mamá estaba en Skype. Me puse a llorar como un niño. -Fue durísimo el comienzo -revela Harald respecto a su propia llegada a Alemania-. La gente igual era media pesada. Pensé en volver, pero me hizo permanecer el deseo de no regresar derrotado. En esos momentos, hablar con mis hermanos me ayudó a seguir. Iba a las cabinas de teléfono y hablaba largo rato con ellos. En su caso, salir al mundo tenía una dosis particularmente alta de desafío personal, por lo que no se permitió flaquear. -Yo a lo mejor he tenido que trabajar más que otras personas. Cuando era chico no destacaba. Si me ponía a mirar las categorías más jóvenes, era el que menos chance tenía de llegar a la selección adulta. Digamos que irme (a Europa) fue lo que me llevó a la selección. En ese ir y venir el mismo hándbol reunía a veces a los hermanos. Como el circuito es de una escala menor a la de otros deportes, los hombres de la familia se toparon en las canchas en más de una oportunidad. Emil y Harald jugaron juntos en el Bad Neustadt, en Alemania, y ambos se enfrentaron a Erwin, mientras el menor de los Feuchtmann jugaba en España. Cuando ello ocurría, trataban que el parentesco no influyera para bien ni para mal. Las críticas mutuas, eso sí, eran lapidarias. -Ayuda mucho tener a alguien para corregirte con ese grado de cercanía -confirma Erwin. Paralelamente, los primeros años en Europa incluyeron apreturas económicas. Inga recuerda que, cuando fue convocada al Monóvar, su primer club en tierras españolas, tuvo la suerte de vivir con Emil y Erwin, pero aún así debía multiplicarse para costear su estadía, puesto que solo le pagaban por partido ganado. Mientras jugaba, trabajaba en un bar y en un diario deportivo local, aprovechando sus estudios de periodismo, entonces aún no concluidos. -Muchas veces la gente piensa que tú te vas afuera para ganar millones, y no -declara Inga-. Por lo menos en ese tiempo, en la liga femenina no se pagaba casi nada. Sobre esto último, dice que en el deporte también se advierten desigualdades salariales entre hombres y mujeres, aunque eso está comenzando a cambiar a partir de las reivindicaciones de género a nivel global. -¿Hay machismo en el hándbol? -Hay, como en todo ámbito. No sé si más o menos que en otros lados, pero el deporte no está exento de eso. Los hermanos Feuchtmann coinciden en que, si el hándbol en Europa aún tiene desafíos pendientes, al panorama chileno le resta todavía más por hacer. La liga nacional, señalan, todavía manifiesta serios problemas de organización de los partidos, lo que dificulta llegar algún día a la profesionalización. -Se hace una presentación paupérrima de la liga. Yo, si tuviera una empresa, no invertiría en algo así -opina Erwin, quien agrega una hipótesis-: No resulta porque se depende demasiado del Estado. Hasta ahora, nadie del mundo del balonmano ha tomado las riendas de esto. Como una contribución al desarrollo del hándbol chileno, en 2013 los hermanos decidieron crear Feuchtmann Group, una iniciativa autogestionada que incluye escuelas, clínicas, una revista especializada y hasta una red de contactos, llamada F Connection, a través de la cual envían a jóvenes talentosos a jugar a Europa. A partir de 2017, en tanto, se constituyó el Feuchtmann Handball Club, que ya cuenta con más de cien jugadores activos en todas las categorías. El objetivo, explican, consiste en hacer de este deporte una experiencia que despierte el interés masivo, se convierta en un área atractiva para la inversión privada y, de este modo, el balonmano entre en un círculo virtuoso parecido al de otras especialidades. -El hándbol tiene que ser un negocio, en el buen sentido -reflexiona Erwin-. El camino a seguir debería ser la liga de basquétbol de Chile, que es profesional. ¿Qué éxitos tiene esa selección chilena adulta? No se pueden comparar a los nuestros. Entonces, ¿qué pasa acá? Es que no se está vendiendo bien el producto. Por lo mismo, creen, no se puede exigir ayuda a cambio de un cheque en blanco. -Primero, uno tiene que demostrar lo que vale -complementa Emil-. El apoyo viene como una consecuencia. Fallamos como sociedad al no ver el deporte como en Europa o en Estados Unidos, pero tampoco hay que quedarse en eso. A pesar de las dificultades, los Feuchtmann tienen grandes aspiraciones con el club que lleva su apellido. En el mediano plazo, esperan iniciar la construcción de un gimnasio de hándbol propio en la Región Metropolitana para dejar de jugar en canchas arrendadas. En el plano de la competencia, ven todavía lejana la posibilidad de que la selección chilena llegue a ganar un Mundial, aunque "se han hecho cosas más difíciles", comenta Erwin. En cualquier caso, en el horizonte del clan no se ve por el momento nada que esté fuera del mundo del balonmano. -Cuando éramos chicos, desde que me acuerdo, el único tema de conversación en la mesa era el hándbol -cuenta Harald-. Y, bueno, hasta ahora no es muy distinto.