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Un nuevo estudio entrega más antecedentes sobre este vínculo:

Un buen dormir reduce la sensación de dolor y favorece la recuperación de los pacientes

jueves, 31 de enero de 2019

C. González
Vida Ciencia Tecnología
El Mercurio

Pese a ello, el sueño es una herramienta terapéutica a la que no se le presta la atención suficiente, sobre todo durante la hospitalización, en que el paciente suele ser controlado varias veces durante la noche.



Cualquiera que haya pasado al menos una noche hospitalizado sabe que la posibilidad de dormir de corrido puede ser esquiva. Además de estar en un lugar extraño, en una cama que no es la propia y con molestias por alguna lesión o cirugía, se suman otros factores que interrumpen el sueño: hay monitores en funcionamiento, luces encendidas y control de signos vitales cada cierto tiempo.

"Lo que más me molestaba era que entraran dos o tres veces en la noche a tomar la presión y ver los monitores. Sentía que apenas estaba quedándome dormida, llegaba una enfermera con un carrito. No hablaban, pero igual hacían ruido o te despertaban al tomarte la mano", recuerda Patricia Poblete (50) de su paso por la clínica, hace tres meses, por una cirugía.

Por siglos, la gente ha asociado el reposo y el sueño como algo curativo, comenta el doctor Pablo Brockmann, presidente de la Sociedad Chilena de Medicina del Sueño. "El sueño regula muchos fenómenos corporales; se libera una serie de sustancias que activan o inhiben ciertos fenómenos durante el día, como el dolor".

Precisamente, sueño y dolor son una pareja a la que la ciencia le ha puesto el ojo, sumando cada vez más evidencia. Esta semana, un estudio de la U. de California en Berkeley (EE.UU.) muestra que un mal dormir puede aumentar la sensibilidad de una persona al dolor al día siguiente hasta en un 30%.

La explicación es que un sueño interrumpido no solo amplifica las regiones cerebrales sensibles al dolor, sino que también bloquea los centros de analgesia natural. "No teníamos claro cuáles eran los mecanismos cerebrales que explicaban esta relación, pero este trabajo entrega información al respecto", dice la doctora Victoria Nery, neuróloga del Centro del Sueño de Clínica Alemana.

Por ejemplo, destaca, una región clave del cerebro que se encontró que se desaceleraba tras una noche de mal dormir es la ínsula, que evalúa las señales de dolor y prepara al cuerpo para responder.

"Todo esto indica que el sueño es un analgésico natural que puede ayudar a controlar y disminuir el dolor", explica el doctor Matthew Walker, autor del estudio. "Sin embargo, irónicamente, un entorno en donde las personas sufren más dolor es el peor lugar para dormir: las salas de hospital", añade.

A juicio del investigador, la recuperación o estado de un paciente mejoraría notablemente si "el sueño se incorporara como un componente integral de la gestión de la atención de la salud", enfatiza.

Opinión con la que concuerdan especialistas locales. "Se pone mucho énfasis en un control estricto del paciente, lo que puede alterar la calidad de su sueño, olvidándose de que este puede ser una herramienta terapéutica más", dice Brockmann, quien reconoce que aunque ya hay iniciativas a favor de un mejor dormir, falta mucho por hacer.

Exceso de luminosidad en las salas o control de signos vitales cada dos horas son prácticas que de a poco están modificándose, comenta la doctora Julia Santin, neuróloga del Centro del Sueño de la Red de Salud UC Christus. "En pacientes que no están graves, los controles se pueden espaciar más. También a veces los despiertan muy temprano para darles desayuno, lo que hace que interrumpan las etapas finales del sueño".

El problema se ve tanto en pacientes con dolor agudo como crónico. Un estudio de 2012 mostró que alrededor del 50 a 70% de estos últimos sufre algún trastorno del sueño. "Puede ser que les cuesta dormirse; que tienen una fragmentación del sueño o que no es reparador", explica la doctora Ana Luisa Miranda, jefa de Dolor Crónico del Hospital Clínico U. de Chile. "Se produce un círculo vicioso: al dormir mal, hay más sensación de dolor al día siguiente, que hace que cueste volver a dormir la noche posterior", añade.

A eso se suma el abuso de sustancias para dormir, tanto por parte de los pacientes que, internados, no los pueden consumir y entran en períodos de privación, como por los médicos. "Lo primero que se receta a un paciente que no puede dormir es un inductor del sueño, como benzodiazepina. Pero no consta que sea un sueño reparador que mitigue el dolor", advierte Brockmann.

Por eso, los especialistas enfatizan en la necesidad de implementar más estrategias para favorecer el descanso. "El sueño debe ubicarse mucho más cerca del centro de atención al paciente", puntualiza Walker.

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