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Rodrigo Hucke

domingo, 27 de enero de 2019

Por Jorge Rojas
Conservacionistas
El Mercurio

Este biólogo marino es profesor de la Universidad Austral de Chile y lleva 16 años dedicado a la investigación de la ballena azul. Una especie que intenta conservar a través de un centro especializado en estos cetáceos.



L a primera vez que Rodrigo Hucke vio una ballena azul, quedó paralizado por la tremenda fuerza del animal y su tamaño, pero sobre todo por cómo respiraba: "Sonaba como si estuvieras abriendo un gas en un galpón", recuerda hoy.

Era 1997, Hucke tenía 23 años, estudiaba biología marina y viajaba a bordo de un crucero científico que la Comisión Ballenera Internacional había enviado a Chile para chequear en qué estado se encontraban las ballenas azules, que ya desde 1966 estaban en veda y en peligro de extinción. Había llegado allí gracias a que Anelio Aguayo, veterinario especialista en mamíferos marinos, y quien había sido su profesor, le cedió una invitación para ser observador. Hasta entonces nunca había estado frente a una de estas ballenas: "En ese crucero vi 20 ejemplares".

Aquellos inmensos animales marcaron tanto a Hucke que, de regreso del viaje, creó una ONG llamada Centro Ballena Azul, a través de la cual nunca más dejó de estudiarlos. Había escuchado decir a otros científicos que por el año 1900, en el Golfo del Corcovado, en el límite de las regiones de Los Lagos y de Aysén, había un hervidero de estos cetáceos, y se propuso hacer una rebúsqueda. "Intenté conseguir recursos para explorar esa zona, pero solo lo logré en el 2003, después de presentar 13 proyectos, de los cuales uno consiguió financiamiento", cuenta.

A fines de ese año Hucke publicó un paper con todos los avistamientos que había hecho y eso generó un entusiasmo global entre sus colegas. Además de haberlas observado comer allí, Hucke las había visto con sus crías, y eso era "la máxima expresión de que la población tenía esperanzas", agrega.

En estos 16 años de investigación, Hucke ha podido determinar que allí llegan entre 400 y 500 ejemplares, y que el peak ocurre en febrero. Lo más sorprendente de todo es que, a comienzos de 2018, descubrió cuál era la ruta migratoria: "Ese es un paper que se demoró diez años en salir, que fue el tiempo que nos demoramos en obtener los recursos para comprar los transmisores de monitoreo satelital. Las seguimos día a día y resultó que luego de un mes llegaron a Galápagos. También medimos la profundidad a la que bajaban, y descubrimos que, además de ir a reproducirse allí, también iban a comer, porque se sumergían hasta 350 metros", describe Hucke.

El registro más largo que obtuvieron fue de una ballena a la que siguieron durante 200 días y cuya transmisión se perdió en Perú, cuando el ejemplar ya venía de vuelta.

La motivación central de todo lo que hace Hucke, dice, ha sido promover la conservación de esta especie. "Necesitábamos información científica de la ballena azul, porque sin eso no teníamos rumbo para conservarla. La idea es implementar mejores medidas y desde el 2004 que estamos intentando que toda la zona de Chiloé y Aysén sea declarada área marítima protegida, pero no hemos podido".

El gran problema, dice Hucke, es la cantidad de intereses humanos que hay en esa zona, como la salmonicultura, los pescadores, el turismo y los buques de carga. Un espacio donde la ballena azul ocupa un lugar secundario. Pese a eso, confía en que en algún momento este animal será prioridad.

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