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Cómo fracasar puede ser un regalo

martes, 22 de enero de 2019

Por Antonia Domeyko
Reportaje
El Mercurio

Apoderados que quieren controlar las vidas de sus hijos, desde sus amistades hasta las notas, y alumnos que temen fracasar. Frente a esta realidad, Jessica Lahey, profesora de inglés con más de 20 años de experiencia en Estados Unidos, propone, en su libro best seller "El regalo de fracasar", permitir que los niños fracasen como algo clave en el proceso de formación. De lo contrario, advierte, se estará formando niñas y niños sin autonomía e incapaces.



Un día, Jessica Lahey, profesora de inglés de una escuela en un pueblo al norte de Estados Unidos, recibió un ensayo de una alumna de octavo básico que la descolocó. El ensayo decía: "A algunas personas les dan miedo las alturas; a otras, el agua; a mí me da miedo el fracaso; esto, para que conste se denomina  atiquifobia . Me da tanto miedo hacerlo mal que no me concentro en lo que realmente importa: aprender".

En ese momento, Jessica, admite, sentía mucho enojo hacia los padres de sus alumnos en general. Hace un tiempo que había detectado en los apoderados una paternidad excesiva sobre sus hijos, una necesidad de siempre auxiliarlos y de finalmente criar niños indefensos, e incapaces de ser autónomos.

Pero dice que en un momento dejó de estar enojada: tuvo que admitir que ella estaba haciendo lo mismo que esos padres con sus propios hijos. Tomó conciencia de esto cuando vio que su hijo de nueve años no podía amarrarse los zapatos solo. Lo peor fue cuando entendió que ella había sido la que había creado esa situación.

-Fue una revelación humillante y educativa. Como yo le había amarrado los zapatos durante tanto tiempo, él nunca había tenido la oportunidad de aprender a hacerlo -dice.

Durante años, Jessica escribió columnas sobre educación en The Atlantic y en The New York Times. Pero luego de esta revelación, sintió que había encontrado un tema más grande que cualquier columna hubiese abordado antes. Entonces tomó la decisión de escribir el libro "El regalo de fracasar", que publicó en 2015 con la editorial Harper Collins, y que más tarde se convirtió en un éxito de ventas en Estados Unidos, hasta llegar a ser un best seller de The New York Times. El libro lo escribió mientras trabajaba tiempo completo en una escuela: su fuente de inspiración para este nuevo proyecto.

Al inicio del texto la autora da un panorama sobre la crianza actual de los niños y niñas:

-La educación parental de hoy en día, ese afán de sobreprotección por parte de los padres y de evitar el fracaso, no ha hecho más que minar la competencia, la independencia y el potencial académico de toda una generación.

Ceder el control

Una madre le quita de las manos a su hijo la esponja con la que limpia la leche que él derramó, lo manda a jugar y ella continúa con la tarea para terminar más rápido. Un padre supervisa el juego de su hija con una amiga en un cajón de arena, para que no haya peleas, y cada vez que una de las niñas comienza a discutir la soborna con algún regalito: su objetivo es que jueguen tranquilamente, que no haya conflicto. Una madre llega a gritar descontrolada a la oficina de profesores para exigir una solución por una mala nota que podría afectar la carrera de su hijo a una universidad prestigiosa.

Son algunos de los ejemplos con los que Jessica Lahey ilustra en su libro el miedo de los padres de que sus hijos fracasen. Un temor que como profesora ve en los apoderados y también en ella misma como madre, pero que en su libro trata de erradicar y cambiar el foco: en vez de sentir miedo al fracaso, lo presenta como una oportunidad necesaria para el crecimiento y desarrollo de los niños y niñas.

-Cuando protegemos en exceso a nuestros hijos ya sea por una necesidad de perfeccionismo, un deseo de mostrar cariño o una necesidad de demostrar lo buenos padres que somos, les estamos negando la oportunidad de ser miembros de pleno derecho de la familia, con sus obligaciones y responsabilidades. Les estamos denegando el regalo del fracaso y olvidamos que las enseñanzas más importantes se producen en las situaciones caóticas -explica en su libro.

Desde el pueblo de Shelburne donde vive, en el estado de Vermont, Estados Unidos, Lahey dice que el hecho de que los padres sientan miedo frente a la posibilidad de que sus hijos fracasen es comprensible.

-Bastante aterrador resulta ya el fracaso cuando eres tú el que se enfrenta a él en primera instancia, por lo que no es de extrañar que nos dejemos arrastrar por esa primitiva y abrumadora necesidad de proteger a nuestros hijos -señala en el libro.

Esa sobreprotección se enmarca y prospera en un contexto que lo potencia. Explica, por ejemplo, que hoy en día muchos de los actuales padres pasaron la mayor parte del tiempo -antes de tener a sus hijos- trabajando o estudiando. Es por eso que están usando las herramientas que aprendieron allí, como tablas de Excel o definir tareas con objetivos, para medir el progreso en la crianza o cuantificar el éxito en esta labor.

A esta realidad, dice Jessica, se suma el hecho de que los medios transmiten ideas como que es casi imposible lograr que sus hijos vayan a la universidad, o que hay personas hackeando los computadores de sus hijos o haciéndose pasar por pedófilos o incluso de que en cualquier momento los podrían secuestrar. Una gran ola de rumores que lo único que genera es miedo.

-Todo esto causa que los padres monitoreen a sus hijos en sus teléfonos, revisen sus notas en internet y los mantengan siempre dentro de la casa, cuando lo que realmente necesitan es jugar, probar cosas nuevas, aprender de sus errores y tener oportunidades de meterse en problemas y resolverlos. Cuando programamos en exceso a nuestros hijos (...) les enseñamos a ser indefensos y, desafortunadamente, esa impotencia conduce a una falta de autonomía y, en última instancia, a la desesperanza.

Lo que Jessica Lahey hace en su libro es aprender a ceder el control sobre los hijos. Explica que al estar constantemente ahí para acudir a su ayuda se está mandando un mensaje claro: que no se confía en la capacidad del niño o niña de encontrar la solución por sí mismo. Finalmente, señala que mantenerse al margen es enseñarles que ellos tienen la fuerza interior para superar un fracaso.

No subestimar a los niños

El primer paso que Jessica Lahey propone para dejar que los niños se las arreglen solos y se enfrenten a sus primeros fracasos es involucrándolos en las tareas de la casa: desde echar la ropa sucia en el canasto, reciclar, retirar los platos, dar de comer al perro o hacer la cama. A partir de los doce años, dice, no hay ninguna tarea que un niño no pueda hacer, como cocinar, hacer las compras o limpiar el refrigerador.

En su experiencia, cuenta que en muchas ocasiones, hablando con profesores y apoderados, se dio cuenta de que los profesores tiene mucha más confianza en las capacidades de los niños y niñas que sus propios padres. Los padres tienen numerosos motivos para no dar un espacio a sus hijos para aportar: que el niño lo va a hacer mal, que es más rápido que ellos lo hagan o incluso la idea de que hay que dejar que los niños sean niños mientras puedan.

-Solo porque tu hijo no haya usado nunca una lavadora o no haya metido los platos antes en el lavavajillas significa que no sea capaz de hacerlo. Los niños son creativos e ingeniosos y pueden realizar las tareas que parecen más inasequibles -argumenta Jessica, quien además advierte que mientras los hijos están aprendiendo a ser útiles en la casa es posible que no se vea tan perfecta como siempre.

Otro paso importante en el aprendizaje de los fracasos es que los padres no se entrometan en las relaciones de sus hijos con sus pares y sus amigos. La autora explica que en el juego con los amigos se aprenden las lecciones más importantes que tienen que ver con las relaciones interpersonales. Este tipo de lecciones los niños las aprenden mucho mejor lejos de las interrupciones y manipulaciones de los adultos.

-Las peleas, las disputas, los vacíos, las rupturas constituyen oportunidades valiosísimas de crecimiento personal, pese a las lágrimas de dolor que llevan consigo. Los conflictos sociales que tienen lugar en la infancia forman parte de nuestra educación en las relaciones humanas y no ser capaz de negociar también enseña.

Esto es cuando los niños son chicos, pero Jessica Lahey invita a mantener la táctica de no meterse en las amistades de los hijos también en la adolescencia. Para eso propone en vez de decirles a los hijos con quién se pueden relacionar, ofrecer la casa, pero no tomar las riendas de la junta, sino que facilitar un ambiente seguro y mirar de lejos.

La misma regla mantiene la autora cuando los padres ven que su hijo está siendo excluido o le está costando hacer amigos: no intervenir. "Muestre comprensión hacia su tristeza, pero no intente arreglar una situación que escapa de su control". A Jessica le ha tocado ver que es muy difícil que los padres no reaccionen exageradamente cuando se producen estos choques, que son normales en la educación de adolescentes.

-Los niños con padres que les dicen cómo hacer las cosas, dónde deben hacerlo, en qué orden y en con qué lápiz, son niños que no se sienten cómodos con la frustración y no pueden sentarse a enfrentarla y trabajarla, son finalmente niños que no aprenden tan bien en la escuela -dice Jessica.

Cuenta que en sus 20 años de carrera le ha tocado lidiar con muchos padres ansiosos y frustrados con el desempeño de sus hijos en el colegio, y con los que ha tenido problemas. De hecho explica en su libro que son muchos los casos de profesores que finalmente renuncian a la docencia por culpa de los padres.

Pero la conclusión es obvia: los padres y profesores tienen que trabajar juntos para que los estudiantes aprendan. Finalmente, ambos deben formar niños y niñas autónomos y capaces para que puedan enfrentar la vida. Bajo esta idea el libro termina con la siguiente reflexión: "Los padres no tenemos acceso a spoilers y no podemos pasar los capítulos incómodos de la vida de nuestro pequeños para llegar al final feliz. Lo que es aun peor, no podemos saber siquiera si habrá un final feliz".

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