Fondos Mutuos
En enero de 1995, cuando ya tenía 85 años, Virginia Cox envió una carta a "El Mercurio" llamando la atención sobre el hecho de que en la sección Vida Social, de las 186 personas fotografiadas en diferentes actividades, 150 fueran hombres. "¿No existen en Chile mujeres profesionales, inteligentes, preparadas, que participen codo a codo con los varones e incluso los superen en la vida nacional?", se preguntaba la escritora y periodista, autora de dos novelas, tres colecciones de cuentos, una recopilación de crónicas y la breve conferencia autobiográfica "¿Quién soy" (1980), que resume su intensa vida y sus luchas por mejorar la condición de su género. "De mi madre aún tengo sed" Virginia Cox Balmaceda era la octava de diez hermanos. Su padre fue el médico y agricultor Ricardo Cox Méndez, veterano de la guerra civil de 1891, ministro y diputado del Partido Conservador entre 1906 y 1927. La muerte de su esposa, Teresa Balmaceda Zañartu, ocurrida en Suiza el año 1919, marcó a todos los hijos, pero en especial a Virginia. "Mi madre no murió, desapareció simplemente. Nada supimos de enfermedad, oraciones, ceremonias fúnebres. Su perfume flotaba en cada rincón de la Villa", escribe. "De mi madre aún tengo sed", confiesa. No es solo una metáfora. Sin leche materna para alimentarse cuando nació, la escritora desarrolla un extraordinario apego por su nodriza, la mama Labra, que la cría hasta los tres años. A ella le dedica su libro de cuentos "La antimadre" (1982) y es personaje importante de su primera novela, "Los muñecos no sangran" (1969), transposición ficcional de su vida hasta la adolescencia. El título de este libro refiere al primero de sus episodios: uno de los hermanos, animado por un "interés científico", alinea en el suelo a todas las muñecas de loza y cartón piedra de sus hermanas, y les pasa la bicicleta por encima. Virginia (Isabel en la novela) observa todo desde un escondite. Al verlas destrozadas, siente un repentino odio por las muñecas y las remata pisoteándolas con furia. "Los muñecos no sangran", constata frente al padre. Al enviudar, Ricardo Cox se va con sus hijos a la casa de su madre, Loreto Méndez Urrejola. La nonagenaria matriarca ejerce un severo control sobre sus allegados. Recluida por decisión propia en un caserón de varios patios, la abuela preside la misa que va a oficiar un sacerdote cada mañana antes del desayuno. Doña Loreto (Lorena en el libro) representa el orden colonial ultramontano y tradicionalista. No recibe visitas. Da audiencias. Los días de la semana y los horarios, incluso los puestos, se asignan según el estatus del visitante. De obispos a parientes pobres. Desde sus primeros años, Isabel, la protagonista, busca desesperadamente llamar la atención y rebelarse frente a la escala de valores de los adultos. Idea entonces un recurso que llega a ser temido: la pataleta. Aúlla, babea, se retuerce por el suelo, araña a quien se le acerque. El médico receta baños de azufre todas las noches. "Habían de santiguarla en agua bendita mejor", opina Chayo, la vieja ama de llaves, que la trata de fea -a pesar de que alcanzaría en su juventud una belleza extraordinaria- y la desprecia porque al nacer "casi mata a la patrona". En la novela, la protagonista demuestra un talento excepcional para describir a las criadas. Sus retratos son vivaces, penetrantes, caricaturescos, pero afectuosos. Se siente más a gusto en ese mundo que en el de su clase. Ni siquiera la tía afrancesada (Elvira Balmaceda Zañartu) con su vida de lujos consigue encandilarla. En el fondo de la casa, una construcción de madera que les han prohibido visitar, por su ruinoso estado, Isabel descubre, junto a sus hermanos, papeles, fotos, cartas y objetos polvorientos que iluminan las vidas de sus antepasados, algunos muertos trágicamente. El campo es un descubrimiento. Primero, el viaje al fundo paterno junto al río Ñuble, donde Isabel experimenta su primer amor, nada de platónico. Luego, las vacaciones en Leyda, tierra agreste, de rulo, donde practica arriesgados juegos. El mundo de los inquilinos la cautiva con sus luces y sombras. "La vida del pobre es como la sombra de un pájaro sobre la tierra", dice un peón. Isabel se asoma a la miseria de sus ranchos. Su hermano mayor desafía al padre al rebelarse contra la situación de los campesinos. El descontento crece. Dos catástrofes anuncian, en la novela, el colapso del viejo orden rural. Interna en las monjas del Sagrado Corazón, Isabel es sometida a una vigilancia implacable. Le prohíben tener una "amiga particular". A las dos les hacen jurar, frente a la imagen de Cristo, no volverse a hablar. Burlan la prohibición enviándose cartas a escondidas, firmadas con los seudónimos de Etna y Vesubio. Impresos en cursiva, los textos causan la admiración de Alone, quien anota en el prólogo de la novela: "No ha dado Diderot una imagen más fuerte del interior de un convento que ese epistolario". Incluso considerando el año de publicación del libro, 1969, la sensualidad que transmiten estos mensajes clandestinos resulta inédita en el panorama mojigato de la narrativa chilena. "No hay en nuestra literatura obra comparable a 'Los muñecos no sangran' con testimonio más franco y elocuente de la furia de niñas en plenitud adolescente, decididas a asumir sus cuerpos y a traspasar los territorios vedados", escribió Virginia Vidal en un ensayo incluido como prólogo a la edición de estas "Obras completas". La muerte de doña Lorena señala el fin de una época a la que su nieta asistió como un testigo privilegiado, arisco y transgresor, pero sin escapar de todas sus convenciones. "A los diecisiete años se llevó a cabo mi matrimonio con la aprobación y evidente alivio de mi abuela y de mi padre. Milagrosamente inocente, me enamoré con furia de un hombre que apenas conocía", escribe Virginia Cox en "¿Quién soy?". Siete hijos tuvo con el ingeniero José Agustín Huneeus Salas. La muerte de Ana María, a los dos años, la hizo madurar de golpe. "Cuestioné la vida, la religión, mis valores. Se tambalearon los cimientos. Sentí miedo y odio", confesó. Su viaje a Estados Unidos con toda la familia terminó de separarla de su medio. La atrajo esa "sociedad materialista" y se entregó a los placeres del golf, el yatching , el bridge y los bailes, relevada de todo trabajo doméstico gracias a las dos empleadas que se llevaron de Chile. Perfeccionó su inglés, tomó cursos de literatura y redacción en la Universidad de Columbia. Tras el bombardeo de Pearl Harbor se hizo enfermera de emergencia. En 1953 dio su "primera vuelta al mundo": Hawái, Japón, India, Medio Oriente, Gran Bretaña. Sus crónicas aparecieron en "El Mercurio". Fue su inicio en el periodismo, que la llevó a trabajar en la BBC y a conocer, más adelante, a personalidades como Charles de Gaulle, Winston Churchill y la reina Isabel II. En Londres cubrió el juicio de la Corona contra Penguin Books Ltd. por haber reeditado sin expurgar la novela "El amante de lady Chatterley", de D. H. Lawrence. En 1951, Virginia Cox publicó su primer libro de relatos, "Desvelo impaciente". Trece historias de ambiente bohemio y cosmopolita, entre las que sorprende la descripción de un famoso prostíbulo santiaguino y su regenta ("Doña Carlina"). Luis Durand seguramente tuvo razón cuando dijo que si la autora hubiera titulado su libro como "Barrio alto" (nombre del último cuento), se habría vendido como pan caliente. El libro suscitó reacciones dispares, pero le sirvió para conocer a Alone, quien había sido gran amigo de su tía Mariana Cox Méndez, Shade, retratándola en "La sombra inquieta" (1915). El crítico animó a la sobrina para seguir escribiendo y prologó su novela. Militante del Partido Liberal Pero los intereses de Virginia Cox no le permitían concentrarse en una sola actividad. En la década del 50 se inscribió en el Partido Liberal, del que llegó a ser una militante díscola. "Mis opiniones y actuaciones cuadraban mejor con el liberalismo de Balmaceda que con las de los grandes del Partido", afirmaba. Dio conferencias, siguió viajando y en Londres fue delegada de Chile ante el PEN Club Internacional. Trances dolorosos fueron la muerte de su padre y la separación de su marido, a la que se refiere veladamente en "¿Quién soy?" como una "vuelta de campana" en su vida que le permitió desarrollar su "potencial humano". Fue elegida en la Junta Ejecutiva del Partido Liberal y nombrada presidenta provincial de las diez comunas de Santiago, lo que -según dijo- desató su conciencia social. Se hizo libretista de la Radio Cooperativa y trabajó con Luis Hernández Parker, quien le reveló que él era el sacristán del cura que iba a hacer misa en casa de su abuela. Durante la Unidad Popular fue una enconada opositora a Salvador Allende. Su hijo Pablo Huneeus -que rinde culto a su memoria en "La extraña historia de mi familia" (2013)- incluso la recuerda, "garrote en mano", en una marcha de las cacerolas. Tras el golpe de Estado, sin embargo, su mirada fue haciéndose crítica del nuevo régimen. En 1978 obtuvo una mención honrosa en un concurso organizado por la Vicaría de la Solidaridad, con su relato "La Carmela", acerca de una empleada doméstica que llega a trabajar en Santiago. El estremecedor cuento formaría parte de su libro "La antimadre" (1982), en el que cuestiona los estereotipos de la maternidad y aborda el tema del aborto, "desde una perspectiva cotidiana y desprejuiciada", como destaca su nieta Mariana Zegers Izquierdo, compiladora de sus "Obras completas". Virginia Cox denunció las violaciones a los derechos humanos tanto en sus declaraciones como en su libro "La torre habla" (1996). Virginia Vidal la considera una de las novelas más importantes de fines del siglo XX, a pesar de que no se distribuyó en librerías ni fue enviada a la crítica por sus editores. "Es una novela deliberadamente borrada del mapa al nacer", acusa la ensayista. En sus páginas testimoniales, Cox relata los años de la Unidad Popular, cuando asiste a las conspirativas reuniones de una junta de vecinos. Llega el 11 de septiembre. Desde su departamento en las Torres de Tajamar, la narradora ve flotar cadáveres en el Mapocho. Relata la detención de la anciana escritora María Flora Yáñez. Mueve cielo, mar y tierra para salvar a una nieta prisionera en Tres Álamos. Es testigo de una delación de profesores que hace un importante personaje y detalla las suspicacias que despertó su ingreso a la SECh, donde previno de arrestos a varios escritores, gracias a los contactos que mantenía en altas esferas del poder. "No he sido ni seré comunista, pero soy sobrina del presidente Balmaceda y, si de mí depende, ningún ser humano será llevado al matadero como borrego", declaró. Regreso póstumo a Leyda A los 13 años y a los 16, Virginia Cox ganó el concurso que se organizaba entre los Colegios del Sagrado Corazón de todo el mundo. "Mis únicos premios literarios", comentaba. La institucionalidad chilena, hay que admitirlo, le fue esquiva con los reconocimientos, a pesar de que el premio Nobel Miguel Ángel Asturias valoró su primera novela. En el último tiempo, sin embargo, sus libros empiezan a ser redescubiertos. Fundamental, en este sentido, es la publicación de sus "Obras completas" en la editorial Cuatro Vientos, de su hijo Francisco Huneeus, gracias a un proyecto financiado por el Fondo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura. Virginia Cox falleció el 2 de octubre de 2002, a los 92 años. Dejó unas líneas para ser leídas después de su muerte: "Lo que más me gustaría sería que esparcieran mis cenizas en los cerros de Leyda. En especial en el 'Cerro del Peñón', donde trepábamos con mi hermana Victoria desde chicas a contemplar las salidas y puestas de sol acompañadas de los perros". Sus hijos cumplieron su voluntad cuatro días más tarde. "Cuando camino al mar por la Carretera del Sol pasen frente a lo que fue la estación de Leyda y divisen el cerro en cuya cima destacan contra el cielo las rocas indómitas del Peñón, recuerden que ellas guardan los restos de una escritora tan indómita como esas rocas", escribió su hija, la artista Virginia Huneeus, en su obituario.