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Astrónoma chilena:

La buena estrella de Paula Jofré

martes, 18 de diciembre de 2018

Por Claudia Guzmán Vivanco. Fotografía: Sergio Alfonso López.
Entrevista
El Mercurio

Aunque asegura haber sido discriminada por ser mamá mientras cursaba estudios de doctorado en instituciones europeas tan prestigiosas como el Instituto Max Planck, de Alemania, hoy es destacada como una de los diez científicos sub 40 con mayor futuro por Science News. "Cómo podría yo criar a mis niños si tengo esa frustración. Imagínate vivir transmitiéndoles que porque nacieron, yo no pude dedicarme a lo que quería", dice.



Paula Jofré, 36 años, astrofísica, habla con certeza total:

-Sabemos que todos, todos, los elementos químicos se forman dentro de las estrellas y se entregan de vuelta al espacio a través de supernovas y cosas así -dice, sentada en un café de Providencia, al mediodía de un sábado-. En el fondo, una estrella muere y de ese gas se forma una estrella nueva que tiene una composición química que está ciento por ciento relacionada con lo que la estrella anterior estuvo haciendo en su vida. Es como un ADN. Y así es cómo, en el fondo, una generación le entrega material genético a la siguiente.

La astrónoma chilena, elegida este año por la revista especializada Science News como la única latinoamericana dentro de los 10 científicos sub 40 con más futuro del mundo, está preocupada por saber de dónde vienen, cómo se ubican, de qué están hechas y cómo se desplazan las estrellas que brillan en el cielo hoy, y también las de un remoto ayer.

Su último proyecto, en el que plantea que se pueden construir árboles genealógicos estelares retrocediendo en la historia de una estrella hacia sus antepasados, ella busca reconstruir un patrón transgeneracional. Algo que haga a una familia de estrellas singular.

Más que hacia el futuro, la línea de investigación de Paula avanza hacia el pasado, al origen de la Vía Láctea y su evolución. 13 mil seiscientos millones de años atrás.

***

Hija mayor de tres hermanas, de mamá de origen alemán, con tres hermanas también, y un papá chileno con siete hermanos, Paula Jofré recuerda que fue un trabajo escolar de investigación el que la llevó a querer ganar certezas sobre el universo en que creció.

-No sabía sobre qué hacer el trabajo y mi mamá sugirió el tema: los planetas. Me pareció, porque no sabía nada ellos. Mi familia, de arquitectos y diseñadores, tampoco sabía demasiado sobre cómo investigar -recuerda-. Fuimos a la biblioteca de Las Condes a buscar un libro y, como muchos, como todo el mundo, fuimos al observatorio del cerro Calán. Ahí nos recibió, seguro, José Maza. Debe haber sido él.

Paula sonríe al recordar la simpatía del célebre astrónomo Premio Nacional de Ciencias (1999) y autor de best sellers de divulgación científica como "Marte, la próxima frontera" (2018) y "Somos polvo de estrellas" (2017). Él, por décadas, antes de la fama, era el habitante más conspicuo del observatorio de la Universidad de Chile, el que respondía las preguntas a cuanto estudiante llegaba para saber más del sistema solar.

-Me acuerdo de que ese día me compraron su libro "Astronomía contemporánea", uno de los primeros que él debe haber sacado. Lo leí y me pareció fascinante. A pesar de que no entendía mucho, lo encontraba súper interesante. Cada frase era información nueva. Algo que nunca había escuchado. Y eso me gustó. Entonces después mis trabajos eran sobre planetas, la luna. Me empecé a identificar con eso, como que era parte de mí.

Paula recuerda que el tema empezó a resonar también en su mundo familiar. Pronto llegó un telescopio de regalo, cursos extra escolares, mapas estelares, fotografías nocturnas y viajes de observación:

-Ya más grande, como a los 15 o 16 años, recuerdo que íbamos de vacaciones a la casa de unos amigos en Pucón. Subíamos hacia el volcán en la noche a mirar constelaciones y mi papá traía su petaca de whisky. Era como cool . Me sentía grande, y empecé a sentir más bonito el tema. Era un momento íntimo que teníamos como familia también. Pero de ahí a que yo quisiera dedicarme a la astronomía, no fue algo planeado.

Por el contrario, Paula cuenta que su padre, arquitecto, tenía considerado que ella seguiría con la oficina familiar de arquitectura.

-No fue fácil decirle que no, que ese era su cuento y no el mío... Aunque igual mi tercera postulación fue Arquitectura, después de Astronomía en la Católica y plan común de Ingeniería en la Chile -cuenta-. Era como dejar que el destino decidiera.

-¿Cree en el destino? (estrella es sinónimo de destino).

-No creo que uno esté destinado a hacer una cosa, pero sí creo que hay que dejarse llevar más por las coincidencias que van conduciendo hacia algún lado. No tiene sentido vivir rebelándose ante las coincidencias.

De su paso por la universidad, en el campus San Joaquín, recuerda el aprendizaje de cómo la ciencia se hacía en un colectivo reunido en torno a una misma pasión interna, más allá de las apariencias del exterior. Ella, exalumna del Colegio Alemán y Las Ursulinas, recuerda cómo en su promoción, la quinta generación de astrónomos de la UC, sintió la libertad:

-Sentía que la astronomía era parte mía, pero tenía cero modelo a seguir. Tampoco sabía mucho de la materia, pero sí sentía que era un mundo como desconocido que, si no me metía a explorarlo, nunca a iba a saber de qué se trataba. En cambio, carreras como Arquitectura me parecían que yo veía qué iba ser de mí: me iba a quedar en Chile, iba a estar casada, tener a mis hijos. Una casa bonita, un marido ordenado. Esa era la alternativa.

-¿No era lo que quería para su futuro?

-Me parecía fome. No sentía atractivo ese futuro. Yo venía de un colegio muy humanista donde nadie se interesaba en esto. Los panoramas de sábado en la tarde en Las Ursulinas eran ir de shopping o ir a las piscinas a broncearse, mientras yo iba a clases de astronomía. Siempre fui un poco distinta. En el colegio siempre me molestaban: porque era demasiado blanca, demasiado alemana, demasiado matea. Siempre alguien me estaba molestando. Molesta un poco la diferencia. En la universidad sentía que como cada uno tenía sus propias diferencias, nos complementábamos bien. Cada uno era como especial. Éramos la tropa de los freaks .

De esa tropa, Paula también aprendió pronto que el futuro de la astronomía no estaba necesariamente en Chile, un país que ya vivía el auge de la instalación de los telescopios internacionales.

-En Chile está todo muy centrado en la observación. Y para mí el siguiente paso era irme a Alemania. Y me fui sin seguir mucho los consejos de mis profesores ni de mis padres, que me decían que me fueran a Estados Unidos a Harvard o Caltech -cuenta-. Yo me quería ir a Alemania, porque me empezó a pesar nuevamente la infancia.

***

Paula Jofré Pfeil está en este café mientras en un dojo cercano sus dos hijos practican aikido junto a su papá Thomas, astrónomo también. A él lo conoció a un año de llegar a su beca de doctorado en el prestigioso Instituto Max Planck de la Universidad de Munich.

-Inicialmente, yo había dicho "no voy a estar con otro astrónomo". Obviamente: "No voy a estar con un alemán". Todo el mundo cuando me fui me decía "vas a volver con un alemán, con puros niños rubios". Y yo "no, no, no". Conocí a Thomas, y al mes de estar en pareja ya estaba embarazada -sonríe-. Y ahí están mis dos niños rubios.

Damian, de 10 años, y Kian, de 7, llegan al poco rato alborotados después de la práctica. Preguntan por qué sus nombres están anotados en una libreta de notas y por qué hablar del árbol familiar de su mamá es importante. Damian quiere saber si van a hablar de sus primos. En las próximas 48 horas, los cuatro partirán a pasar las fiestas de fin de año y vacaciones a Alemania.

-Siempre he estado como haciendo esas cosas que no son típicas -analiza Paula-. En un minuto sentí que quería tener hijos, ser mamá. Empecé a darme cuenta de que la mujer que trabajaba en astronomía era una mujer en general sola y para mí nunca fue una opción ser tan sola. Siempre he sido medio achoclonada. Tener una familia para mí era importante. Tuve a mi hijo a los 24, demasiado joven, quizás. Fui la primera y única mujer estudiante que tuvo un hijo en el Max Planck en el doctorado después de 40 años. La verdad es que no sabían qué hacer conmigo en ese lugar.

Los recuerdos de esa época no son agradables para Paula. Ella, que había elegido voluntariamente volver a la tierra que sus ancestros maternos habían abandonado huyendo de las guerras, daba ahora una batalla en contra de la discriminación por su maternidad.

-Causamos hartos problemas porque la gente no sabía mucho qué hacer con nosotros. No teníamos nada de plata, y la institución no tenía programas para estudiantes con familia -recuerda-. Estuve ocho meses de licencia y cuando volví mi supervisor me discriminó porque tenía guagua. Yo lo sentía así. Nos llevábamos pésimo. Llegué de vuelta de mi maternidad con un artículo y me dijo: "Se nota que no has tenido tiempo para hacer esto". Obvio que mi inglés en ese tiempo no era muy bueno, ni mi conocimiento del tema. Era el primer paper que yo escribía. Pero me empezó a decir cosas que me hacían sentir que nunca lo iba lograr. Me puso en una casilla. En vez de incentivarme, me decía: "Paula, tú tienes un hijo. ¿Por qué te esfuerzas tanto? Es demasiado difícil conseguir un espacio en astronomía. La competencia es demasiado grande".

La sensación de haber sido discriminada se le confirmó hace un par de meses, cuando ese mismo supervisor, a la vuelta de 10 años, la contactó vía mail para -en medio de las revisiones institucionales desatadas por #metoo- dejar constancia por escrito de su conducta con sus exalumnas:

-En un comienzo fui súper seca con él -cuenta-. Después le dije que fue súper difícil para mí. Él decía que pensaba que yo quería terminar mi tesis antes porque yo estaba satisfecha con mi material. Le dije: "No entiendes que con lo que me hiciste yo quería terminar mi tesis porque no te quería ver más a ti. Estaba dispuesta a terminar con una tesis más mala para independizarme de ti, para irme para otro lado?". Entonces ahí él dijo: "Oh, yo pensaba que cuando llegaste de tener tu hijo, ya no te interesaba tu carrera".

-¿Eso afectó la calidad de su trabajo?

-O sea, yo hice mi trabajo silenciosamente no más. Terminé la tesis y me fui de ese lugar... Era un infierno. Igual le decía: "como supervisor tu responsabilidad, si te das cuenta de que mi motivación está bajando, es preguntarme por qué". Si una niña con una guagua pierde la motivación por su trabajo es falta de apoyo. ¿Por qué me consigo una beca desde Chile para venirme al mejor instituto de Alemania a hacer un doctorado? ¿Por qué un niño va a implicar que a mí no me interese aprovechar esa oportunidad? -dice con rabia.

Paula se detiene, y fugazmente cambia a una emoción más oscura al ponerse en el lugar de su supervisor:

-¿Cuál era la alternativa si le doy la razón? ¿Decir "pobre niño tan indeseado que me estropeó la carrera? Cómo podría yo criar a mis niños si tengo esa frustración. Imagínate vivir transmitiéndole que porque tú naciste, yo no pude dedicarme a lo que quería.

Paula cuenta que para que ella pudiera terminar su tesis, su marido se tomó un año libre y que luego ella hizo lo propio para que él terminara la suya. Después, junto al pequeño Damian, partieron a Francia donde ella logró un post doctorado en la Universidad de Burdeos y, luego, él obtuvo una beca Marie Curie en París.

-En ese período yo había decidido cambiar de pastillas anticonceptivas y quedé embarazada nuevamente -cuenta, volviendo a sonreír-. Entonces, llegué embarazada a Francia. Pero fue otra cosa. Mi jefa, Caroline, me dijo: "Ok, ok, ya volverás". Ella había había dado el examen de su tesis sentada, de tan embarazada que estaba. Sabía que se podía. Es algo natural.

Los ciclos de la vida pusieron nuevamente a prueba a Paula estando en Francia:

-Después que nació mi hijo Kian, mi papá enfermó de cáncer. Fue muy rápido. Murió a los 9 meses. Entonces fue un año en que estuve, además, viajando mucho a Chile para acompañarlo, con los niños. Igual me angustiaba, porque me daba pena llegar donde mi jefa y decir "los niños crecieron, pero se me enfermó mi papá" -relata con agobio-. Me tomé los 46 días hábiles de vacaciones que permite la ley en Francia, que es mucho. Y cuando quise regresar, el director del lugar no quiso extender mi beca por los meses de maternidad que había tomado al inicio. Entonces, igual están estos obstáculos cuando eres mamá: te piden que el trabajo de 24 meses lo hagas en un año y medio.

A pesar de eso, recuerda que justo en medio del funeral de su padre recibió el llamado que la notificaba de que había sido aceptada para otro postdoctorado en el Instituto de Astrofísica de Cambridge.

***

Cuando su familia de cuatro integrantes llegó a Inglaterra, Paula dice que respiró aliviada por primera vez:

-Sentí que era un borrón y cuenta nueva para mí.

Dice que en Cambridge descubrió una institución donde las familias eran bienvenidas, donde si a ella le tocaba viajar a participar a una conferencia existían fondos postulables para costear los pasajes de los hijos.

-Era otra realidad -resume-. Entonces siento que, por primera vez, en esos cuatro años pude realmente concentrarme en la pega. Empecé a trabajar con el rockstar del tema mío, Gerry Gilmore, que es quien lleva el proyecto Gaia EOS, que es este satélite que recoge el Big Data de las estrellas.

Estando allá también escuchó un consejo de una buena amiga: asociarse a un College .

-A mí eso me sonaba a Harry Potter, yo pensaba ¿qué voy a hacer yendo a cenas formales una vez por semana con niños chicos en la casa? Más encima con este complejo que tenía de que mi supervisor me decía que yo era una astrónoma penca, de que mi carrera eran puros problemas... Pensaba que nunca iban a aceptarme.

Entonces, Paula puso los miedos a un lado:

-Postulé al King's College, que es el más prestigioso, y quedé. De 200 postulantes eligen a cuatro. Y ahí estaba yo, la penca -sonríe, mientras bebe un café.

En una de esas reuniones, donde algunos de los cerebros más notables del mundo se reúnen a hablar de ciencia, Paula escuchó una ponencia del antropólogo evolucionista Robert Foley. Con un apoyo gráfico, él bromeaba sobre si el director de King's estaba más cerca de la ballena o del chimpancé. El experto en tribus africanas hablaba de cómo todos los que estudiaban la evolución, en definitiva, estudiaban árboles evolutivos.

-Ahí yo quedé como marcando ocupado -recuerda Paula-. Porque mi campo de trabajo era la evolución de la Vía Láctea. Y si bien yo lo había enfrentado de muchas maneras, y ya estaba metida con que la composición química de las estrellas se puede tratar como el ADN, nunca lo había visto como un árbol. Me acerqué, y así empezamos a conversar, a tomarnos café tras café.

Y en eso estaba, trepando por esas nuevas ramas del conocimiento, cuando en 2017 le llegó un llamado desde la raíz. Excompañeros de universidad la invitaban a sumarse al naciente Núcleo de Astronomía de la Universidad Diego Portales.

Después de 11 años haciendo carrera académica en el extranjero, volver a Chile, con una familia formada, surgía en su horizonte como una opción:

-La oferta era hacer algo nuevo, alejarnos de lo que hacían la Chile y la Católica. Y yo decía: "No me voy a Chile con mi familia y dejar a Tom de nano en la casa. O sea, no. Tiene que haber algo para él también". Y acá es todo súper enfocado en la astronomía observacional, y él hace teoría. El campo no es tan grande -comenta.

Finalmente Paula postuló al puesto, y lo ganó. Su marido da clases part time en la misma universidad, genera conexiones internacionales e investiga, y está a cargo del 60% del cuidado de Damian y Kian.

Sobre su poder de negociación con la universidad en el aterrizaje de regreso dice:

-Sé que ahora soy ultrafamosa en el medio, y quizás por eso he conseguido esto. Quizás tienen miedo de que me vaya a la Chile o la Católica. Pero Chile es caro, y todavía queremos cotizar doble. Además, ha cambiado el país. Yo estaba súper cómoda en Europa.

-¿Cómo ha evolucionado el país después de 11 años?

-Llegué justo para las elecciones presidenciales, y me tocó ser vocal de mesa. Esa noche quise ver tele para escuchar algún análisis, pero solo había notas de consumo para Navidad o de coolers que se podían comprar para unas vacaciones soñadas. Insólito. Después, fuimos a comprar un auto que costaba 8 millones y me decían que podía llevarlo, en cuotas, por 6 millones, pero en realidad eran 15 millones. Y la niña me insistía que era más barato. Entonces, me aborrece un poco lo hipnotizado que veo a todo el mundo con el consumo. No sé si antes yo no era tan consciente o realmente algo cambió. Y lo otro es lo racista que se puso este país.

Entonces Paula Jofre Pfeil, hija de inmigrantes alemanes, que vivió en carne propia la discriminación cuando era una estudiante extranjera embarazada, cuenta con desprecio esta vez:

-Cuando fuimos a ver el departamento donde íbamos a vivir, la niña que lo mostraba me decía: "¿Qué piensas tú de tanto inmigrante que hay?". ¿Qué voy a pensar yo? Imagínate la cara que le puse. ¡Si yo me casé con uno y me lo traje para acá! Se lo dije. "Ah no, pero es que alemán es otra cosa", me respondió.

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