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Reedición Su libro de cuentos

"Incontables": la prehistoria de Pedro Lemebel

domingo, 18 de noviembre de 2018

Pedro Pablo Guerrero
Revista de Libros
El Mercurio

Seix Barral recupera el primer volumen del escritor chileno fallecido en 2015. El volumen, editado por Pía Barros en 1986, constituye la única colección de cuentos que publicó.



A mediados de los 80, Pedro Mardones todavía no era Pedro Lemebel, el seudónimo que adoptó más tarde en homenaje a su madre, dándole un sentido de filiación que tenía carácter político, y con el que llegó a ser internacionalmente conocido a través de libros de crónicas como Loco afán (1996), De perlas y cicatrices (1998) y la novela Tengo miedo torero (2001). En 1986, sin embargo, el autor era un anónimo profesor de Artes Plásticas que debutaba en la narrativa con Incontables , un libro de siete cuentos impresos en trípticos de papel kraft, guardados en una caja, de los cuales se editaron solo 300 ejemplares en el sello Ergo Sum, de Pía Barros. La escritora lo conoció a finales de los 70, según cuenta en su prólogo para la nueva edición de Incontables (Seix Barral), que agrega tres relatos y tres microcuentos.

"Pedro estaba en otro taller -recuerda Pía Barros-. Me lo robé para un grupo literario que armamos y que terminó llamándose Taller Soffia. Originalmente, funcionaba en un atelier que Emilio Torrealba tenía en la calle Juan Antonio Soffia. Con el tiempo, itineraba en las casas de los miembros del taller, pero principalmente en las casas de dos escritoras: Elena O'Brien y Sonia Guralnik. A partir del plebiscito del 80, no lo dirigí más y seguimos con Pedro y Sonia, más otros, en mi departamento de Vicuña Mackenna".

Nunca publicados en un libro, los 13 textos de Incontables forman parte de la prehistoria narrativa de Lemebel. Sus argumentos breves, incluso mínimos, más que relatar una historia, se circunscriben a una escena o situación, donde lo importante no es tanto lo que pasa, sino la forma en que se cuenta.

En "Ella entró por la ventana del baño", el narrador adolescente asiste al momento exacto en que uno de los amigos con los que está reunido en una esquina de la población, lanza un gato mojado a los cables. Todos celebran la barrabasada, incluso él mismo, hasta que se da cuenta de que es la Chola, la gata que lo visita todas las noches. La crueldad se mezcla con la irrupción del deseo en una historia brutal. Era el cuento que más le gustaba a Lemebel, según recuerda Pía Barros. Tal vez, cabe suponer, porque habla de los sectores marginales donde vivió el autor.

"El Wilson" es otra historia de juventud y necesidad. El protagonista abandona los estudios para aportar dinero en el hogar que abandonó el padre. Busca y rebusca trabajo, pero solo encuentra uno de nula reputación.

El miserabilismo, que campea en la mayoría de los relatos, alcanza abismos perturbadores en "Una noche buena para Santa", donde el célebre personaje navideño, a despecho de su vejez, siente el llamado del sexo cuando regresa al Polo Norte después de una agotadora jornada repartiendo juguetes. Despreciado por una prostituta, repara en una huérfana de 14 años, de aspecto triste, que suele cantar en las micros, revolver en la basura y aceptar dinero de pedófilos.

Sí, los cuentos de Lemebel son incontables. Por eso el nombre del libro. "Los títulos los ponía yo y claramente, lo que no se 'debía', era lo que Pedro escribía", recuerda Pía Barros. A ella el relato que más le gusta es "Bésame otra vez, forastero", protagonizado por una anciana que acecha a jóvenes transeúntes mendigándoles sexo. El trabajo con el lenguaje es la columna vertebral del texto: una elegía para un cuerpo ajado que continúa sintiendo las urgencias de la carne. "Es un cuento que paso en mis talleres desde hace 30 años -dice Pía Barros- y cada vez está más vigente el vínculo entre personajes típicos de Santiago y las esquinas que desaparecen".

Doblemente incontables en esa época de censuras son "Bramadero", "El camión de la guardia" y "Monseñor". El primero es un relato de acoso policial narrado desde el punto de vista de un indigente; el segundo habla de una madre que pierde a su hijo mientras hace el servicio militar; el último cuento involucra a un obispo libidinoso en tiempos de convulsiones políticas.

No deja de ser curioso que el abordaje de la homosexualidad, que más tarde se convertiría en un sello de fábrica del autor, late todavía en sordina en estos cuentos. "Espinoza" es el monólogo de un "solterón amanerado", como se describe el narrador, que trabaja en una oficina adonde llega como junior un joven ciclista. Carente de escenas eróticas, es uno de los relatos más castos del conjunto. "La homosexualidad era un cuchicheo a las espaldas", recuerda Pía Barros.

Cual más, cual menos, las historias reunidas en Incontables tienen un aire de época inequívoco. Buscan lo prohibido para desafiar toda forma de autoridad. Desprecian la moral y rompen el silencio impuesto desde el poder, mediante una prosa exuberante y manierista, en la que no cuesta reconocer las lecturas de los neobarrocos latinoamericanos y el realismo mágico, como señala la propia Pía Barros al recordar el interés de Pedro Mardones por García Márquez.

"Eso de 'raspar las rémoras de naufragios' que traía un muerto con cara de llamarse Esteban -escribe la autora- a Pedro lo enloqueció, hablamos hasta agotar el toque de queda esa noche sobre las posibilidades de un lenguaje que parecía tan bonito en su sonido y que, sin embargo, hablaba de cosas asquerosas y terribles".

El tremendo poder de la fabulación queda de manifiesto en el último cuento largo del libro: "Gaspar". El emotivo relato gira en torno a un viejo del barrio que se convierte en el "ángel guardián de los niños", contándoles aventuras extraordinarias que protagonizó de joven. ¿Mentiras? Es un concepto relativo en el universo lemebeliano. "La única condición para llegar era creer, porque en la infancia se debe creer en todo, ya que después no resulta", dice el narrador.

"Los escondí como hijos tontos"

Hace tres años, Ergo Sum reeditó Incontables con el mismo formato de trípticos y las ilustraciones originales de Patricio Andrade, Guillo Bastías, Luis Albornoz y Rufino. "Fue algo conversado con Pedro, que terminó siendo un homenaje porque él murió antes. Le interesaba el formato político del libro-objeto", dice Pía Barros. Esa edición, sin embargo, no pudo circular comercialmente. "Mediocridades a las que prefiero no referirme", comenta la autora. "Igual, sus amigos tuvieron acceso a esos ejemplares de regalo".

En un correo enviado a su editor de Planeta, en julio de 2013, Lemebel le dice que está trabajando en los cuentos de Incontables . "Por mucho tiempo los escondí como hijos tontos", confiesa. Una expresión que tal vez permite intuir por qué el autor nunca volvió al género, volcándose en la crónica a partir de los 90.

"Siempre estuvo vinculando ambos géneros, pero la crónica le dio el espacio que las reglas del cuento no le permitían", recuerda Pía Barros. "En nuestras risas, cuando yo le criticaba sus proyectos y le decía: 'Pero eso no es verdad', él respondía: 'Si yo lo publico, ya es verdad'". Sus mejores textos, según todos reconocen, fueron un híbrido entre los dos géneros.

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