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Aparece una hilacha, no es nada, podemos seguir usando el abrigo. Pasa el tiempo, y de lo que era un abrigo solo quedan jirones; ya no sirve. Vemos un pequeño quiebre en la pintura del baño, una cosa poca que no merece atención, hasta que el baño se ha transformado en un descascarado general que hay que raspar, estucar y volver a pintar. Lo que la hilacha es para una tela y un quiebre para la pintura de una pared -el principio del fin-, puede ser un texto para una civilización. Así lo cree el filósofo francés Michel Onfray (Argentan, 1959), autor de una vasta obra que reivindica el materialismo y el hedonismo, cuyo fruto más reciente es "Decadencia. Vida y muerte del judeocristianismo" (Paidós). En dicha obra leemos que en enero de 1417, en un monasterio, el humanista italiano Poggio Bracciolini redescubrió la obra de Lucrecio, ese poeta romano, seguidor del hedonismo de Epicuro, cuyo poema "De la naturaleza de las cosas" enseña que: todo es materia, nada viene de la nada, no hay vida eterna, la vida es miserable cuando la gobierna la religión; y reivindica: el deseo y las pasiones, el placer y el sexo, la carne. La primera edición del libro apareció en 1473. ¿Quiénes leyeron a Lucrecio en el siguiente siglo, el XVI? Erasmo, Montaigne, Maquiavelo y Tomás Moro, entre otros. Y en el siguiente, solo por mencionar a algunos: Descartes, Spinoza, Galileo, Newton, Molière, Diderot y Condillac. "La revolución intelectual estaba en marcha", escribe Onfray. El gusano materialista El nuevo libro de Onfray es el segundo volumen de la trilogía "Breve enciclopedia del mundo", tras "Cosmos". Si este tiene un tono personal, centrado en la experiencia del autor más que en los libros, en "Decadencia" tenemos una obra libresca en la que Onfray repasa la historia de Occidente, o del judeocristianismo, desde la concepción de Jesús, la consolidación del cristianismo como religión imperial y su consolidación medieval, hasta la modernidad y nuestros días, en los que Onfray reconoce un mundo "en pleno proceso de desintegración". - ¿Cuándo comenzó a resquebrajarse la civilización judeocristiana? "Con el Renacimiento, que consideró que la Biblia no era el libro en el que estaba contenido toda la verdad, y tradujo a muchos autores griegos y romanos. El descubrimiento del manuscrito de la biblia del materialismo, 'De la naturaleza de las cosas' de Lucrecio, y su traducción, fueron la ocasión para la entrada del gusano del materialismo en el fruto espiritualista e idealista de la civilización judeocristiana. Este libro descubierto en Alemania por Le Pogge arruina filosóficamente toda la metafísica cristiana en nombre de una física de las partículas que ha nutrido todo pensamiento crítico del cristianismo". -Al mirar la historia, y en general la vida, no es difícil concluir que todo decae, que todo acaba. Sin embargo, en el presente, ¿cómo se puede reconocer que una civilización se agota?, ¿dónde podemos ver las ruinas de la civilización judeocristiana? "Una civilización vive mientras puede defenderse contra lo que la pone en peligro. Toda su vida está hecha de esta resistencia a lo que quiere su fin. De la misma manera que el médico vitalista Bichat definió la vida como 'la reunión de fuerzas que resisten a la muerte', la vida de una civilización se manifiesta a través de esta resistencia que constituye su cultura. Llega un momento en el que esta civilización se detesta, se odia, se menosprecia, ama lo que y a los que trabajan en su pérdida, celebra lo que la destruye. Es en esos signos que uno ve que una civilización se fisura, se rompe y cae. Las ruinas de la civilización judeocristiana están paradójicamente visibles en la Sagrada Familia de Barcelona, en España: una iglesia comenzada en el siglo XIX, en construcción durante todo el XX, y todavía sin terminar en el siglo XXI, aunque fue consagrada por el Papa Benedicto XVI en 2010, y que solo sirve para turistas del mundo entero...". América o los otros - ¿Qué lugar ocupa en esta historia el "descubrimiento" de América o del "otro", según dijera Montaigne? "Es un momento importante en el proceso de descomposición: otros hombres que tienen otro color de piel, otras costumbres, otras maneras de vestirse y de pensar, de alimentarse y de vivir, de enterrar a sus muertos y de concebir sus dioses, surgen en un universo que tendrá que compartirse. Son lo que son, pero también nos preguntan quiénes somos nosotros. En un magnífico capítulo de los 'Ensayos' titulado 'De los caníbales', Montaigne escribe: 'Llamamos barbarie a lo que no es nuestro hábito'. Él abre una brecha por la cual entrarán aquellos que más tarde llamaremos relativistas". -Usted llama al Concilio Vaticano II "el Mayo del 68 cristiano". ¿Por qué? "Este Concilio suprime toda trascendencia y ya no desea que los hombres hagan el esfuerzo de ascender al cielo, sino que exige que Dios descienda a la Tierra. El niño de coro que yo era entonces aprende, por ejemplo, que uno ya no trata de usted a Dios, sino que lo tutea: '... santificado sea tu nombre...'. Hablamos de Dios como con los compañeros en el patio de recreo. Hubo muchos otros cambios en el terreno de la doctrina. Por ejemplo, el sacerdote es menos el intermediario sagrado entre los fieles y Dios, que un animador de la comunidad cristiana. Y comenzó formal, y entonces simbólicamente, a darle la espalda al santo sacramento y a mirar a los fieles, cuando lo contrario fue la regla durante siglos". -También dice que Mayo del 68 y el estructuralismo dejaron vía libre al capitalismo liberal. ¿Qué pasa con el capitalismo en la época del fin del judeocristianismo?, ¿también decae? "El capitalismo es la forma que toman los intercambios desde que el hombre es hombre y lo seguirá siendo mientras duren los hombres. Según esta lógica, es la escasez la que produce valor. Existe un capitalismo prehistórico, un capitalismo asirio sumerio, babilónico, egipcio, griego, etrusco, romano, etcétera. Luego, un capitalismo europeo que fue medieval, renacentista, fisiócrata, industrial, financiero, liberal, neoliberal, hoy inmaterial, ecologista, numérico. El fin del judeocristianismo no significa el fin del capitalismo en tanto la naturaleza de este es ser plástico. Toma y tomará múltiples formas: es la Hidra de Lerna". Es la demografía Michel Onfray se define a sí mismo como un filósofo trágico, o sea, que no juzga moralmente la vida, sino que la acepta y la describe. Ni optimista ni pesimista. Pues, según explica, mientras el primero quiere mejorar el presente con el futuro, el segundo quiere hacerlo con el pasado. O sea, ambos niegan la vida. - ¿El trágico es un conformista? ¿No hay nada que a usted lo llame al optimismo, que le dé alguna esperanza? "Esperanza... ¿Para qué? El filósofo no tiene que preocuparse por dar esperanza. Dejemos eso a los sacerdotes, jefes de sectas, políticos. El filósofo, como el médico, no tiene que dar esperanza, sino que hacer un buen diagnóstico y, cuando el estado del paciente lo permita, considerar una buena terapia. Hoy nuestra civilización está en etapa terminal, en otras palabras: no hay más medicamentos que valgan". -El último párrafo de su libro me recordó a "Sumisión", la novela de Houellebecq en la que Francia se convierte en una república islamista. ¿Cree que el porvenir es islámico? "En una entrevista reciente con Valores actuales [un periódico francés], Houellebecq parece decir que el regreso del cristianismo podría frenar el auge del islam en Europa. No comparto este optimismo... El futuro en Europa va demográficamente en la dirección de la descristianización de los pueblos que la constituyeron y que desaparecen. Agregue a esto la constante llegada de una población inmigrante musulmana cuyas tasas de fertilidad son las que nos dicen los demógrafos. Mas, uno de los signos de decadencia es el rechazo a ver lo real tal como es. El demógrafo no afectado por un catecismo ideológico, porque dice lo que es y lo que será, es persona non grata en Europa".