Fondos Mutuos
Como "una de las mejores novelas que he leído en estos tiempos" calificó Alonso Cueto Esta casa vacía , obra que ganó este año el Premio Nacional de Literatura en Perú. Su protagonista es un cuarentón que trabaja al límite de sus fuerzas haciendo clases y corrigiendo textos para cubrir las deudas que sostienen una vida agobiante con su esposa y su único hijo. Las infidelidades y la cocaína son las vías de escape a una existencia que, como él mismo lo comprende, avanza hacia el naufragio. Autor de cuatro novelas anteriores y un libro de cuentos, Marco García Falcón (Lima, 1970) recuerda cómo surgió el libro. "Lo escribí en el verano del 2017, con mucha urgencia, pero quizá ya me venía preparando para hacer una historia así", reconoce. "Partí de experiencias personales, pero, sobre todo, de emociones: el vértigo y la enajenación de los mil trabajos, el dolor y la incertidumbre de tener un hijo pequeño que nació con ciertas dificultades. Sobre esa base vino la historia que un amigo me contó y que calzó con todo lo anterior. Pero no es una autobiografía encubierta. Yo creo firmemente que la literatura es una experiencia transformada. Y esa transformación pasa por lo argumental y por el lenguaje, porque la literatura es el arte de las palabras". Bajo esta premisa, García Falcón dicta en varias universidades de Lima cursos de escritura creativa. "Luego de Esta casa vacía , he profundizado en esta línea con un taller llamado 'Escribir desde la oscuridad'. Creo que la insatisfacción, la frustración, la sensación de pérdida y de vacío pueden ser, más que padecimientos estériles, sustancias luminosas para la escritura", dice. -¿La literatura siempre nace de la insatisfacción? -Yo creo que se escribe desde la carencia o desde la pérdida, desde el bien perdido o el bien deseado. Nadie quiere que le cuenten cómo es la felicidad, la felicidad se vive, sino sobre cómo esta fue alcanzada o perdida. La vida quizá sea pura bruma o pura tiniebla con algunos estallidos de luz. Leemos y escribimos para no olvidar que existen estos fogonazos, para sentirnos acompañados en nuestra propia lucha por no ensombrecernos del todo, por que no todo sea oscuro. "Más que una cura, la escritura nos permite una lucidez nueva", prosigue García Falcón. "Los fantasmas van a seguir allí, pero van a tener un rostro, un nombre, y al verlos así y con alguna distancia, se produce un efecto liberador que nos da cierta calma". El narrador de la novela cree que mientras uno escribe, nunca está solo. "Es algo paradójico", explica el autor. "Cuando uno escribe, se aísla, busca la soledad, pero lo hace para conectarse de una manera más pura, con menos interferencias, con todo lo demás. Esta sociedad te impulsa al individualismo extremo y al constante movimiento irreflexivo; escribir, al igual que leer, te permite detenerte, mirarte y revincularte contigo mismo y con las demás personas". -¿Suscribe la idea del crítico Frank Kermode según la cual se escribe para darle un orden a la realidad que, en el fondo, no tiene? -Plenamente. Quizá la vida sea un caos y la escritura nos da esa sensación de orden. Es algo que necesitamos. Cuando ese sentido se nos escapa de una manera alarmante, vamos a un terapeuta para intentar encontrarlo. Y al final de nuestras vidas, cuando estamos viejos, buscamos contarle nuestra vida a cuanta persona podamos, justamente porque la vida se nos está acabando y queremos encontrarle un sentido. Nos gustan las historias porque tienen un principio y un final, y ansiamos que nuestra experiencia también los tenga. El título del libro está tomado del poema "Casa de cuervos", de Blanca Varela. "Un texto de una belleza y una lucidez tremendas que tuve muy presente desde antes de escribir la novela", dice Marco García. "Suelo analizarlo con mis alumnos. Allí se habla del amor de madre que inevitable pero naturalmente se enfrenta al abandono de los hijos. Yo quise hacer una especie de contraparte masculina: el hombre que se desliga de su pareja, pero que no quiere perder a su hijo a pesar de los errores cometidos. El jurado del Premio Nacional vio allí algo nuevo, porque la literatura peruana está plagada de padres que abandonan a sus hijos y lo hacen sin el menor reparo". -"Un hijo siempre te hace bien", dice el narrador de la novela. ¿Cómo ve usted la paternidad? -La paternidad, creo yo, pasa por una decisión. Un padre puede desligarse de su hijo y olvidarlo completamente. Asumir la paternidad como un compromiso y un aprendizaje constantes te puede sacar del individualismo feroz que hoy entroniza esta sociedad. Además, como dice Paul Auster, a un escritor lo puede ayudar a salir de su natural egocentrismo. Esta casa vacía marca una continuidad respecto de las obras anteriores del autor. "En mis libros -admite- siempre están presentes los escritores y personajes de la clase media. El narrador y crítico Alexis Iparraguirre dice además que en ellos hay una suerte de un mismo mecanismo narrativo: el del sueño incumplido de la plenitud". No es de extrañar que Julio Ramón Ribeyro sea uno de los referentes de García Falcón. "Por darle un espacio a personajes grises, rutinarios, que podrían pasar desapercibidos y que, sin embargo, arrojan una luz distinta, necesaria, sobre la realidad", afirma. Otros referentes son Borges ("por su vocación condensadora") y Nabokov, "por la musicalidad y la sensorialidad de su lenguaje". Acerca de sus citas a poetas peruanos, declara: "No escribo poesía, pero me gusta mucho leerla. La poesía es el summun de la escritura y tiene uno de los atributos que más aprecio: poder decir mucho con poco". Se reconoce buen lector, pero no tiene un apego a los libros. "Creo que un escritor es ante todo un lector, un lector que dialoga con aquellos que lo precedieron e intenta hacer una lectura del mundo que le ha tocado vivir. A mí me gustan los libros como objetos pero no soy fetichista. Compro, sí, más de lo que puedo leer. Ribeyro distingue entre el gran lector y el amante de los libros. El primero puede leer en cualquier soporte, le importa más la experiencia de la lectura; el segundo es el fetichista, el coleccionista, el sensorial. Yo creo que soy más el primero". Ubicado por la crítica en la generación del 90, García Falcón es cinco años mayor que José Carlos Agüero y seis que Renato Cisneros, pertenecientes a la del 2000. El primero ganó este año el Premio Nacional de Literatura en la categoría de no ficción mientras que Cisneros obtuvo una mención honrosa en el mismo género que ganó Marco García. "Creo que tenemos muchos puntos en común", afirma García. "Uno de ellos es la exploración profunda, sin concesiones, en el mundo interior del individuo, sin perder de vista todo el peso del contexto social. Otro punto de contacto es el de la memoria como un espacio de reflexión, pero también de comunión posible con los otros en una sociedad tan compleja y dividida como la nuestra". "Un premio no crea ni destruye a un escritor" -¿Qué espera de su próximo viaje a Chile? -Primera vez que voy. Y lo hago con mucha expectativa porque me parece que la literatura chilena es de las más vigorosas del continente. He leído a los que más circulan: Huidobro, Donoso, Parra, Zurita, Eltit, Lemebel, Bolaño y varios narradores de las generaciones recientes. De estos el que más me gusta es Zambra, por su mirada, temas y estilo de escritura. -Su carta de presentación son los premios que ha ganado. ¿Qué significan para usted? -Tengo la impresión de que uno escribe siempre medio ciego. Que los lectores son los que te dicen finalmente lo que has hecho. Un premio es, en el fondo, la aprobación que te dan ciertos lectores especializados. Recibirlo es un estímulo, pero tengo claro que un premio no crea ni destruye a un escritor. A mí me han dado una mayor visibilidad. Pero es algo externo. Frente a la página en blanco sigo sintiendo la misma ilusión y el mismo miedo que antes.