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Sacerdote jesuita Marcelo Gidi

"Esta es una Iglesia que debe morir y ojalá no tenga resurrección"

sábado, 27 de octubre de 2018

por Estela Cabezas
Entrevista
El Mercurio

El religioso -que hasta hace poco estuvo a cargo de investigar casos de abusos de sacerdotes- dice que obispos y laicos conformaron una "Iglesia clericalista y elitista" que permitió la existencia de "delincuentes eclesiásticos". Desde Roma, admite la necesidad de reformular el celibato, critica el silencio del cardenal Ezzati al ser requerido por la fiscalía y adelanta que en algunos casos "se va a poder demostrar que hubo encubrimiento".



Marcelo Gidi, 55 años, jesuita, es profesor de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Gregoriana en Roma y uno de los sacerdotes más influyentes del clero chileno. En 2008 fue designado para investigar denuncias de abusos dentro de la Iglesia. Por sus manos pasaron 18 casos, algunos de alta connotación, como los de Cristián Precht y John O'Really.

Nació en Linares y desde el año pasado está radicado en Roma, donde vive en una sencilla habitación en el último piso de la universidad que fue fundada en 1951 por la Compañía de Jesús.
-Me vine a trabajar definitivamente acá, porque durante muchos años estuve haciendo clases seis meses en Chile y seis meses en Roma, y eso me tenía muy cansado. Recién, por primera vez en casi una década, me pude tomar veinte días de vacaciones. Lo necesitaba -dice al teléfono desde Italia. 

Son las siete de la tarde de un jueves. Hace unas horas Gidi terminó de hacer sus clases y en su primer momento libre del día atiende a "Sábado" para conversar sobre el tema que tiene a la Iglesia en medio de una de sus peores crisis. Sabe que hace unos días, la Fiscalía Nacional, que investiga sobre abusos sexuales de sacerdotes y supuestos encubrimientos, informó que hasta la fecha hay 245 causas, de las cuales 124 están vigentes: de las 262 personas investigadas, hay nueve obispos, 169 sacerdotes, 41 personas pertenecientes a órdenes o congregaciones sin ser clérigos. También ocho diáconos, 12 laicos y 23 personas sin información. Las víctimas relacionadas con el total de causas ascienden a 380: 220 eran niñas, niños o adolescentes en el momento en que ocurrieron los hechos. Además, hace tres semanas la Fiscalía de Rancagua citó al arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati, para declarar en calidad de imputado por los casos de encubrimiento de abusos en la Iglesia. Él se acogió al derecho de guardar silencio.

-¿Se equivocó el cardenal Ezzati al tomar esa decisión?

-La Iglesia ha estado dedicada a pedir perdón por los delitos que han cometido algunos sacerdotes, pero ese perdón tiene que estar acompañado de decisiones concretas, de acciones muy determinadas para que ese perdón sea creíble.

"(Ezzati) Tiene que aclarar toda su participación en todo lo que se le imputa, porque mientras no se aclare eso, las pedidas de perdón de él no tienen llegada, no son acogidas por nadie. Guardar silencio es su derecho, y yo respeto su derecho, pero lo que conviene hoy es ir más allá de la ley y decir: 'A ver, ¿qué es lo que necesitan las personas que se han visto dañadas por mí?, ¿que yo hable o no hable?'. ¡Que hable! Y tomar medidas: hay dos noticias recientes que dan luces sobre eso: si bien Javiera Blanco dice que es inocente, ella renuncia (al CDE). Si bien el Ejército no está involucrado, da de baja a dos personas que fueron responsables (del homenaje a Miguel Krassnoff). Eso es salvaguardar efectivamente una institución".
-Al respecto, un tema pendiente del Papa Francisco es decidir acerca de la renuncia del cardenal Ezzati, quien ya cumplió el límite de edad de 75 años.

-El Papa está viendo a quiénes les acoge la renuncia y a quiénes no, porque no puede dejar vacante una sede mientras no se nombre a otro. Ha costado encontrar a los reemplazantes.
 
-¿No hay curas y obispos de recambio?

-Hay mucho temor a ser nombrado en estos cargos, porque todos tienen algo que puede ser confrontado. Y no me refiero a una situación de abuso sexual o a tener doble vida. Te pongo el ejemplo del senador estadounidense Brett Kavanaugh: lo están acusando porque cuando tenía 15 años y después cuando estaba en los primeros años de universidad había tenido, según testimonios, tocaciones y sexo grupal bajo el efecto del alcohol y todo. Esto ocurrió cuando él no era profesional, no se había casado, nada. No es que él haya cometido algo incorrecto, ¿no? Pero eso, para algunos, lo invalida para asumir el cargo de miembro de la Corte Suprema de Estados Unidos.

"¿Quién no tiene algo en la vida? ¿Quién no manejó a exceso de velocidad? ¿Quién no atracó quizá no totalmente consciente con alguien? Entonces, la gente en Chile tiene miedo de que le saquen algo del pasado".
-¿El Papa le ha pedido a sacerdotes chilenos que acepten el cargo y han dicho que no por esta razón?
-Sí, yo sé que varios le han dicho que no, que no conviene.

-El padre Felipe Berríos, en una entrevista esta semana, dijo que así como se formó una Comisión Rettig o Valech para abordar los temas de derechos humanos, se necesitaba que el Estado interviniera, porque "la Iglesia jerárquica no tiene ninguna credibilidad y tiene a cargo parroquias y colegios". ¿Está de acuerdo?
-Más que una intervención, yo hablaría de una subvención, en el sentido de que el Estado debería ayudar a través de los tribunales de justicia para poner término a estos procesos. Creo que el Estado tiene mayor fuerza para recoger más información y pruebas. En estos últimos meses se ha demostrado que lo que el Poder Judicial ha determinado, la opinión pública de Chile lo acepta con mayor verdad. Así es que estoy de acuerdo en que el Estado venga en ayuda de lo que está sucediendo en la Iglesia, porque es crítico.


La última vez que Marcelo Gidi estuvo en Chile fue en agosto pasado para el cumpleaños de su mamá, Emilia Thumala, quien vive en Linares. El sacerdote dice que extraña la tranquilidad de esa ciudad, a la que a principios del siglo pasado llegó su abuelo proveniente desde Belén, Palestina.

Gidi cuenta que se crio en una familia adinerada, que de a poco fue perdiendo gran parte de la fortuna que logró amasar.

-¿Se han empobrecido?

-Sí, por distintas razones, situaciones de negocios, tú sabes que el libre mercado enriquece a pocos y empobrece a muchos. A pesar de eso, siempre mi familia tuvo una relación muy libre con lo económico, nunca nos sentimos distintos a la otra gente por la plata que teníamos. Siempre la entendimos desde la historia de mi abuelo, que no tenía nada y luego tuvo mucho. Nunca nos sentimos desclasados.

En su casa, recuerda, convivían distintas posturas políticas. Su abuela era socialista y amiga de Salvador Allende, mientras que su abuelo y todos sus tíos eran de derecha. No solo los visitó alguna vez Allende, sino que también Carlos Ibáñez del Campo y Augusto Pinochet.

-Para el Golpe yo tenía 10 años y no me acuerdo mucho, porque creo que en provincia no se sintió el drama de Santiago. Sí recuerdo que mi abuela estaba muy triste por la muerte de Allende.

-¿Y usted era como su abuela o como su abuelo?

-Yo estaba influenciado negativamente hacia esta Iglesia comunista, roja, que veía en mi colegio. El cura obrero me cargaba. Yo tenía como obispo a monseñor Carlos Camus y era un cabro chico súper contestatario a todas las políticas de tendencia roja.

-¿Por qué?

-Por una cosa de familia: en mi casa todos criticábamos a monseñor Camus, hasta que un día mi abuela nos paró el carro y nunca más -se ríe.

Todo cambió cuando se vino a Santiago y entró a la Universidad de Chile a estudiar Derecho.
 
-Maduré, me vinculé a lo que estaba sucediendo en mi país, participé en las primeras protestas.

También se acercó a la Iglesia -"antes de eso, yo ni rezaba"- y llegó al movimiento CVX, donde comenzó un proceso que lo llevó al noviciado en cuatro años.

-Esa Iglesia a la que usted entró en 1986 es bien diferente a la de hoy.

-Yo entré a una Iglesia que, a diferencia de ahora, tenía desafíos positivos, como seguir haciéndose cargo de una realidad social en donde la Iglesia representaba una solución para muchos. Era un objetivo de esperanza para creyentes y no creyentes. Las dificultades de esa época eran cómo enfrentar a un gobierno que nos decía que éramos izquierdistas y cómo responder a una contingencia social que significaba sacar al país de una dictadura para construir una democracia. Eran desafíos positivos, no desafíos de mala conducta como los que vemos hoy.

Marcelo Gidi cuenta que antes del año 2000 nunca escuchó hablar de abusos sexuales de sacerdotes. Lo que más se escuchaba en esa época, añade, eran historias de curas con mujeres.

-Por ejemplo, el cura del campo que tenía una mujer. O el cura del altiplano que tenía una compañera. Ese tipo de conductas eran las que yo sabía. Y no es que fuera una cosa aceptada, pero sí me llamaba la atención que la comunidad a la cual pertenecía este sacerdote lo sabía y nunca había manifestado ninguna animadversión. Para la gente de esos pueblos, la vida sexual de un sacerdote no era un obstáculo para el ejercicio de su ministerio.

-¿En la Iglesia se hablaba de estas cosas que sucedían con los sacerdotes?

-No, no se hablaba nada. Era como "hagámonos todos los locos con estos temas". Y había una lectura totalmente equivocada de "le vamos a decir que se salga de esa parroquia, porque lo vamos a alejar de la tentación, lo vamos a ayudar para que no se enamore".

-¿Está de acuerdo con el celibato o cree que es algo que hay que revisar?

-En mi caso personal, estoy de acuerdo con el celibato; pero de que hay algo que revisar, sí, claro, hay que revisarlo en su modo, en su contenido, en su forma, porque el celibato podría ser opcional. La Iglesia católica tiene muchos sacerdotes casados. Los de rito oriental, por ejemplo.

-Se ha vinculado el celibato a los abusos.

-Los estudios han dicho que no hay relación (...) El voto de celibato no es solo una renuncia, tiene que ser trabajado, porque un medio de la evangelización son los afectos y yo tengo que saber manifestar mis afectos. No los puedes solamente reprimir, porque lo que se reprime sale por cualquier lado, de las maneras más extrañas. Sí hay un patrón de lo que uno puede ver en los casos de abuso, que las personas que han sido abusadoras son reprimidas afectivamente.

-¿Por qué tantos abusos en la Iglesia, entonces?

-Es un número considerable, porque basta que haya uno para que nos tengamos que hacer cargo. Pero si ves cuántos son perpetradores y cuántas son las víctimas, verás que uno ha sido capaz de abusar de 40 niños; entonces, no podemos decir que la Iglesia es un grupo humano lleno de pedófilos. En el mundo civil también ha habido abusos. Lo que sí creo que en el ejercicio del ministerio hay posibilitantes que te pueden provocar una mayor facilitación para cometer el abuso, porque estás en contacto permanente, porque estás en una situación de ascendencia.

-¿Pecó de ingenua o negligente la Iglesia en el caso de los abusos?

-Ingenua, sí. Porque más allá de saber de estos sacerdotes que tenían mujer, yo nunca escuché que abusaban de menores.

-Tal vez no con la palabra abuso, pero ya en los 90 se comentaba del comportamiento de monseñor Cox.
-Sí, es efectivo, cuando yo estaba en el noviciado escuché comentarios de que él era demasiado cariñoso. Se decía "qué extraño este sujeto, hay que evitarlo".

-Usted estuvo haciendo clases en el San Ignacio de El Bosque en la época en que estaba Jaime Guzmán, el sacerdote jesuita que ya tiene una sanción canónica por abuso sexual. Y hoy enfrenta un nuevo caso por el cual está siendo investigado.

-Sí, estuve seis meses en el San Ignacio. Y todos sabían de las fotos que él les sacaba a los niños en la piscina, no desnudos, pero sí en trajes de baño. Aparecían los lunes y martes en el mural del colegio. También sabía lo del lenguaje, que era súper sexualizado, eso lo supe en el mismo momento. Les preguntaba de la masturbación, les preguntaba si se habían acostado con niñas, todas cosas que hoy en día, por respeto a la intimidad, no se preguntan. Nada me parecía raro. Uno ahora se da cuenta de que se habían normalizado situaciones  que sin ser delictivas, no correspondían a ningún tipo de acompañamiento.

"Esto de los abusos es un gran tema que debemos mejorar a toda costa. Y no solo cambiar nuestras conductas, sino que también cambiar la forma como miramos a las personas que han sido abusadas por estos delincuentes eclesiásticos".

Cuenta que en los 90, Juan Carlos Cruz, a quien había conocido en la CVX, conversó con él para contarle de los juicios que le hacían a él en la parroquia de El Bosque, porque no participaba de todo lo que hacía el entonces sacerdote Fernando Karadima.

-Me contó de estos juicios, donde ponían una foto de la persona y la humillaban. Si hoy alguien me contara algo así, lo denunciaría altiro. Pero en ese tiempo, no; ninguno de los dos hizo nada.

-Cuando se enteró de todo lo que había pasado, ¿qué sintió?

-Más que sentir que fui negligente, lo que pensé fue: "Qué poco lúcido estuve". A pesar de ser una persona que había estudiado Derecho, a pesar de ser una persona sensible ante la vulnerabilidad de la dignidad de los demás, que no tolera ver cómo alguien puede humillar a otros, nunca le planteé a Juan Carlos denunciar esto. En eso me equivoqué.


Marcelo Gidi cuenta que la primera vez que escuchó hablar sobre los abusos sexuales de sacerdotes a niños fue a principios de los 2000. Había leído un artículo sobre lo que pasaba en la Iglesia de Boston.

-Lo que pensé fue: "Menos mal que esto no pasa en Chile". Esto lo conversamos con curas y con laicos y todo el mundo decía lo mismo: "Menos mal que en Chile no".

-Todos estaban muy equivocados.

-Pero ojo: los 40 mil curas del mundo no somos todos pedófilos, ni todas las monjas son degeneradas. Para sacarnos esa imagen, creo que ha sido muy bueno que la justicia civil se haga cargo de estos procesos, porque a través de ella se va a lograr una mayor credibilidad del resultado. Y habrá sacerdotes o religiosos que van a ser encontrados culpables y otros que no, y eso es bueno porque también creo que se ha maximizado la situación.
-¿Dice que se ha exagerado?

-No, lo que estoy diciendo es que no todos los curas somos culpables. Hemos cambiado el principio de inocencia por el de culpable antes del veredicto final.

-Tal vez porque durante muchos años a las víctimas no se les creyó.

-Estoy de acuerdo. Hay que partir  pensando: "Esta persona me está diciendo la verdad". Pero esa información hay que confrontarla.
Gidi tiene experiencia en eso. Le ha tocado investigar a  18 sacerdotes. Los casos van desde denuncias de administración de bienes, estilo de vida, relaciones con mujeres de mutuo acuerdo, relaciones homosexuales y de abuso sexual a menores.

-¿Fue muy difícil tener que investigar a Cristián Precht, que fue un ícono de la defensa de los derechos humanos?

-En ese y en otros casos, lo más doloroso fue escuchar el relato de las personas abusadas.

-¿Le costó hacer la investigación?

-Sí, me pasó. Pero lo logré superar.

-¿Le había pasado en alguna de las otras investigaciones?

-No, porque Cristián para mí era un tipo de ascendencia moral, con espíritu, capaz de mover masas, de acompañar procesos. Pero con la investigación uno empieza a tener una postura más objetiva.

-John O'Reilly, a quien usted también investigó, está condenado por la justicia, ¿por qué aún no llega la sanción eclesiástica?

-El proceso lleva mucho tiempo, pero por distintos motivos se ha visto retrasado. Hace tres meses se retomó (...) Hubo confusión entre acá (Roma) con la Congregación de la Doctrina de la Fe, y allá (Chile), con el Arzobispado o la Congregación de los Legionarios, quienes tenían que llevar adelante el proceso. O'Reilly, como es religioso, le corresponde a su congregación, pero la investigación previa la hizo el Arzobispado de Santiago. Ahí se generó toda esta problemática. Nadie actuó, y acá, como están sobrepasados de trabajo, no se dieron cuenta. Hasta que llegó a las noticias lo que pasa con esto y ahí se reactivó y se dieron cuenta de que nadie estaba haciendo nada.

Marcelo Gidi cuenta que en más de alguna de sus investigaciones recibió presiones para dejar de investigar.

-Principalmente fue de la familia o círculos de amigos de los investigados. Pero ahí uno se mantiene. Por eso es importante que en un inicio todo sea secreto, así se trabaja más tranquilo.

-¿Cree que a través de estas sanciones se logra una reparación real para las víctimas?

-Hay personas que yo creo que nunca se van a sanar por el daño que les hicieron. Por eso creo que la justicia por sí sola no es un medio de sanación para el abusado sexualmente. Incluso si es expulsado del estado clerical, eso por sí solo no es un alivio. La reparación depende de muchos otros elementos; por ejemplo, de que la persona que cometió delitos honestamente pida perdón.

-¿Alguno de los sacerdotes o religiosos que usted investigó y consideró culpables ha reconocido sus faltas y ha pedido perdón?

-No, ninguno.

-¿Se ha sentido decepcionado de su propia Iglesia a partir de todo lo que ha visto?

-Sí, me he sentido decepcionado, pero menos mal que aún hay grandes sacerdotes y buenas monjas para refugiarnos, porque en esta materia nos hemos equivocado universalmente. Esto ha sido un error de la Iglesia universal.

"A mi modo de ver, lo que ha agravado esta situación no es el hecho grave del abuso sexual de un cura cometido contra un niño o un joven o un adulto, sino es el modo que tuvo la Iglesia para hacerse cargo. Esa crítica que ahora se hace de que hubo encubrimiento o complicidad".

-¿Usted cree que hubo encubrimiento?

-Yo creo que en algunos casos se va a poder demostrar que hubo encubrimiento. En otros, se demostrará que hubo negligencia. Y en el caso de la negligencia, también se puede asegurar que hubo el agravante del abuso de autoridad.

-Da la sensación de que la Iglesia está reaccionando tarde a todo.

-Hace muchos años que no ponemos, como Iglesia chilena, ningún tema. Pero a nivel mundial, sí. El Papa ha puesto el tema de la ecología y la inmigración. Hay temas sociales y de vida religiosa, de estructura eclesial. Pero nada de esto ha llegado a la Iglesia chilena, hay una contingencia tal, que hoy uno echa de menos al pastor. ¿Dónde está el pastor que acompaña una parroquia, que acompaña una diócesis?

-¿Dónde está?

-Están todos arrinconados en estas acusaciones sexuales.

-La Iglesia chilena lleva casi 20 años enfrentando el tema de los abusos.

-Sí, y eso hizo que se autoinvalidaran y por otro lado la sociedad los invalidó. Porque, además, en los 90 la Iglesia se volcó a los temas morales, los divorciados, la infidelidad, el sexo antes del matrimonio, los homosexuales. Tiene que haber una reevaluación del sexo de parte de la Iglesia, tenemos que volver a reflexionar qué significa la vida sexual para el ser humano. Porque no sé si te parece correcto que una acostada fuera del matrimonio te quite la salvación. Es desproporcionado que yo le quite el cielo a una persona que se acostó con su polola.

"Esta es una Iglesia que debe morir. Debe morir y debe ser sepultada y ojalá no tenga resurrección. Esa Iglesia clericalista, elitista, que la conformamos no solamente los obispos, la conforman muchos laicos. Yo creo que acá también, si bien los protagonistas de los hechos son sacerdotes, obispos, religiosos o religiosas, esto fue posibilitado por este harem de laicos, laicas y fieles que animaban los sesgos de ciertos sacerdotes, animaban la compensación afectiva de ciertos sacerdotes a los cuales nunca se les dijo nada. Esa es la Iglesia que tiene que morir. Por eso ha sido interesante cómo hoy en día ha habido un laicado más responsable, más formado, y que ha hecho ver a los pastores que hay cosas que no pueden ocurrir. Yo creo que la Iglesia tiene que cambiar, esta es la oportunidad que tiene para pasar al siglo XXI".
-Y si no cambia ahora, ¿qué va a pasar?

-Yo no soy partidario de esto que dicen algunos que mejor poquitito y valioso, porque eso es elitismo. Muchos dicen, "ok, que se salgan todos los que se tienen que salir, mejor tener una iglesia pequeña de elegidos, puros, a tener una iglesia complicada". Esa es una actitud lo más clericalista y elitista que hay. Es una secta, y la Iglesia no es una secta, la Iglesia es para todos.

-Muchas personas consideran que los jesuitas no han sido confrontados en temas de abuso sexual con la misma dureza que los maristas o que sacerdotes de otras congregaciones.

-Las veces que ha aparecido un cura abusador se ha protocolizado. Nosotros también hemos ido aprendiendo y ahora las cosas las hacemos mucho mejor: hay mayor certificación de a quién se hace la denuncia, dónde llega la denuncia, qué hay que hacer. Y nombramos personas externas a la congregación para hacer las investigaciones y los procesos. En 2010 apareció el caso de Jaime Guzmán, y si no se hizo tan bien desde el principio, hoy a todas las personas que han llegado con acusaciones, las hemos derivado donde corresponda a nivel procesal. Estamos tratando de hacer las cosas bien.

-¿Hace usted alguna autocrítica?

-Sí, sería mentiroso decir lo contrario. Una autocrítica de que no hicimos las cosas totalmente bien... pero tampoco creo que las hicimos totalmente mal. Aprendimos que esto es un delito y  no solo una falta moral, que primero está la víctima, la persona antes que la institución. Hay que aplicar un protocolo, lo hemos hecho, pero también hay que tener una actitud humana correspondiente al relato que te está dando el otro, en el que tal vez no fuimos tan certeros si lo miramos con los actuales criterios.

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