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"Fui bautizado con tres nombres en homenaje a mis antepasados. Luis Antonio Belisario, aunque es el tercero el que he usado siempre, ya que así me llamaron desde niño, porque veían en mí a un continuador de mi padre. En mi adolescencia, mi nombre no me gustaba nada. Lo encontraba extraño, curioso, inusual. "Y es que efectivamente lo era, excepto en la zona cordillerana de Curicó, donde hay varios. A pesar de que en mi juventud iba poco a fiestas, cuando lo hacía y sacaba a bailar a una joven, ella inexorablemente me pregunta mi nombre: -Belisario -respondía yo. -Beli, ¿cuánto? -me volvía a interrogar. -Belisario. -Ya. "Sin embargo, después de los 18 años cambié de criterio y decidí que mi nombre sería una especie de marca, un sello de identidad que nunca modificaría. Además de recordar a mis antepasados, casi nadie olvida a alguien que se llama Belisario". Y ha sido su marca. Como el poderoso subsecretario del Interior de Aylwin y Frei; como miembro del grupo de los 13, en 1973, que firmaron la famosa carta contra el golpe de Estado, y como el ministro del Interior del primer gobierno de Bachelet, que renunció y dio una dura batalla perdida contra el entonces ministro de Hacienda, Andrés Velasco, por el Transantiago, episodio que revela por completo en su libro. También está su paso por "la oficina" y la infiltración del Frente, sus diferencias con ministros y personeros de gobierno. Escribe Belisario de su infancia colchagüina, de la Reforma Agraria de Frei -"se cometieron injusticias", dice-, de sus encuentros clandestinos con Miguel Enríquez cuando era director de la radio Balmaceda -por lejos el trabajo que lo hizo más feliz-, de su correspondencia con Patricio Aylwin, su enorme miedo al ser detenido por la DINA en José Domingo Cañas y varios sinsabores con compañeros de coalición a los que nombra. No se guarda nada. "Tengo 82 años. Sé que no me queda mucho y este libro es mi vida", dice sentado en su luminosa oficina de la Torre Santa María, rodeado de fotos donde aparece su mujer Christiane; sus hijas, Marilú, Pilar y Ana María; su hijo Felipe, y los nietos. A un costado del escritorio hay apiladas varias cajas de plástico con tapa azul, donde tiene documentos que usó para escribir sus memorias. Una dice "Tompkins", al que le dedica un capítulo completo del libro. Belisario Velasco Baraona fue el primer miembro de la Concertación en cruzar la puerta del Palacio de la Moneda, prólogo que bautizó "Primer funcionario de la democracia". "El destartalado taxi que habíamos tomado en Alameda con Lastarria, en la entrada del comando presidencial de Patricio Aylwin, nos llevó a la puerta principal de La Moneda. Era poco antes de las tres de la tarde del 8 de marzo de 1990. Acudíamos a una reunión con el subsecretario del Interior del aún gobierno del general Pinochet, Gonzalo García Balmaceda. Me acompañaban el abogado Héctor Muñoz, quien sería mi jefe de gabinete, y la periodista Ximena Gattas, futura jefa de prensa. Al bajarnos, al taxi se le detuvo el motor. En sus esfuerzos por arrancar, el fuerte y bullicioso ronquido que emitía parecía anunciar un estallido. Con este ruido de fondo nos encaminábamos a la entrada de La Moneda. Además de los dos guardias de carabineros de rigor, había al menos tres Carabineros que miraban con desconfianza los esfuerzos del taxista por partir y, con mayor preocupación aún, nuestro intento de ingresar. Fuimos detenidos hasta el umbral de la puerta. -¿Dónde van? -me preguntó secamente un cabo de guardia. -Vamos a la oficina del subsecretario del Interior -contesté amablemente. Tenemos una reunión con él. -Nombres y cédula de identidad -inquirió nuevamente el carabinero. Le di nuestros nombres y le hice entrega de los tres documentos solicitados. Entró a la oficina situada a mano izquierda y salió a los pocos minutos. Miré hacia la calle: el taxi seguía rugiendo, sin arrancar. -No están registrados. Así que retírense. No pueden entrar -dijo el carabinero". Nadie sabía que ese hombre que esperó pacientemente a que lo dejaran pasar se convertiría en un habitante poderoso de La Moneda. CONVERSACIÓN POR CITÓFONO "La tarde del viernes 14 de julio de 2006 íbamos con Christiane a nuestra casa en Cachagua, tal como lo hacemos cada fin de semana, cuando es posible. Conversábamos de muchas cosas que nos interesaban en esa ocasión y ningún tema político. Incluso comentamos que el camino entre Catapilco y la laguna estarían ya con los aromos que nos franquean florecidos. Manejaba ella y pocos minutos antes llegar al túnel, en la cuesta El Melón, sonó mi celular. -Sí, contesté. -Habla Michelle Bachelet -me dijo una voz, que la entendí como las típicas bromas de Ana María, mi hija menor (...)". Velasco relata que pensó que a la Presidenta le interesaba "alguna información sobre la televisión, ya que en esos días en el directorio del Consejo Nacional de Televisión y el Ministerio de Transporte y Telecomunicaciones se trataban materias que eran de intereses cruzados de diversos sectores. -Como sabe -me contestó-, estoy realizando un cambio de gabinete-. Efectivamente, la última semana había escuchado rumores sobre este cambio (...). -Querría -continúa la Presidenta- que me acompañaras como ministro del Interior en el nuevo gabinete que estoy conformando. Antes de seguir, necesito saber tu respuesta a mi solicitud. He resuelto que los nuevos ministros asuman hoy a las siete de la tarde, y por eso te pido una respuesta inmediata. Y, por supuesto, guardar reserva hasta la ceremonia del juramento. -Acepto Presidenta -respondí sin vacilar-. Es un ministerio que conozco bien y usted me señalará las políticas a seguir. -Gracias Belisario, así lo haremos. Debe estar antes de las siete en el salón Montt Varas". Antes de que terminara la conversación con la Presidenta, la mujer de Velasco ya se había dado la vuelta en U hacia Santiago, según cuenta en sus memorias. En el cambio de gabinete, relata, se encontró con Andrés Zaldívar, quien salía de Interior; Martin Zilic había sido removido. La crisis pingüina ya había cobrado sus primeras víctimas. Pero en el subtítulo "Otro estilo gubernamental", del capítulo 14, pronto queda claro que Belisario no se sentiría a sus anchas. Así lo cuenta más adelante: "Ese lunes ya estaba citada la comisión política con los presidentes de partido, reunión que presidí. Se encontraba Soledad Alvear, por la DC; Camilo Escalona, por el PS; Sergio Bitar, por el PPD, y José Antonio Gómez, por el Partido Radical. Además, asistieron los ministros del comité político Andrés Velasco, de Hacienda; Paulina Veloso, que era de la Secretaría General de la Presidencia; Isidro Solís, de Justicia, y Ricardo Lagos Weber, de la Secretaría General de Gobierno (...). "Velasco trató de agendar reunión tranquilo con la Presidenta en su calidad de ministro del Interior. Pero "la Presidenta me comunicó que tenía compromisos el lunes en la tarde y me fue imposible hablar con ella. Lo que sucedió en los días siguientes me dejó pensativo, en cierta forma, preocupado. (...) Traté de hacerlo el martes, pero únicamente conseguí una breve conversación por citófono por directo y solo el miércoles nos pudimos reunir a solas. Si comparaba la atención que antes prestaban los presidentes Patricio Aylwin y Eduardo Frei a sus ministros del Interior, incluso a mí como subsecretario, se observaba una diferencia a la que no pude dejar de darle un par de vueltas en mi cabeza (...)". En otro de los párrafos señala: "Le dije (a la Presidenta Bachelet) que haría uso de todas mis funciones que me correspondían como ministro del Interior y jefe de gabinete de ministros, en función de su política, las indicaciones que ella me señalara. Sin embargo, no me respondió ni de manera positiva ni negativa, y dijo que estimaba conveniente conversar en cada caso las materias que correspondieran. Me aseguró que teníamos línea directa con ella y las puertas abiertas, que le fuera planteando los diferentes casos que el ministerio debiera abordar". EL PODER DE PEÑAILILLO I "En mi experiencia, en los nueve años continuos como subsecretario del Interior en los gobiernos de Aylwin y Frei, había sido de un entendimiento absoluto entre los presidentes, sus ministros y subsecretarios que gozaban de la confianza requerida para cumplir sus funciones. Esa coordinación y buenas relaciones las llegué a considerar algo normal. Con Carlos Bascuñán, jefe de gabinete de don Patricio, y con Cristián Tolosa, jefe de asesores del Presidente Frei, jamás hubo un mal entendido y las relaciones discurrieron con absoluta normalidad. Fue la tónica de estos dos períodos. Así la desconfianza jamás tuvo cabida, y en mi opinión, fue la base del éxito del gabinete (...)". A Velasco le llamó poderosamente la atención el rol que jugaba un personero que se volvería clave en el segundo gobierno de Bachelet diez años después: "A mi juicio, la Presidenta nunca consideró la real dimensión de estos cargos y menos de su jefe de gabinete, Rodrigo Peñailillo. Él se inmiscuía incluso en materias de seguridad, impartiendo instrucciones a Carabineros y contradiciendo órdenes expresas mías. Creo que nunca entendió que la seguridad es un asunto de la mayor gravedad e importancia, algo que no puede ser dejado en manos de cualquier inexperto funcionario, por muy cercano que sea a la Presidencia, quien probablemente actuará sobre la base de improvisaciones e intuiciones. Hablé con la Presidenta para evitar otros problemas, pero eso se inscribió en las utopías, y solo fue eso, una más. Por ello, sin artificio alguno y de manera tal que no se prestara a interpretaciones, impartí órdenes claras: él no podía dar instrucciones de ninguna naturaleza a ningún ministerio". DOS ALMAS EN LA MONEDA En un subtítulo llamado "Dos Almas en La Moneda", Belisario Velasco recuerda con detalles varias de las diferencias que tuvo con el ministro de Hacienda, Andrés Velasco, desde las pensiones y el Puente Chacao ("Puente Chacao, primer conflicto público" se llama el subtítulo), discrepancias que terminan con el Transantiago, cuando el quiebre es definitivo, y también la renuncia del ministro del Interior. Belisario narra una anécdota que refleja su visión del entonces ministro de Hacienda: "(Cuando gana Lula da Silva) Velasco retrucó diciendo que el Presidente debería haber sido Geraldo Alckmin, por cuanto el voto por él era más culto. En cambio -continuó Velasco-, el apoyo a Lula obedecía al populismo y a la ignorancia de los votantes (...). Nos costó creer lo que habíamos escuchado. La Presidente se veía un poco incómoda. "Recordé entonces la primera Duma de Rusia, aprobada por San Nicolás II, debido a la presión social, que recibía poco antes la revolución. "Cuando Velasco terminó su planteamiento, empezamos a intervenir dos o tres ministros, todos con igual inquietud, y le preguntamos qué era la democracia para él. El ministro del Trabajo, Osvaldo Andrade, y Paulina Veloso le impartieron una pequeña clase de los valores históricos de una elección democrática". El quiebre con Velasco vendría por el Transantiago, lo que apuró la salida de Belisario. Hubo reuniones sin él, cuenta. En el último capítulo, Belisario cuenta que tras unas serie de discusiones con el comité político y discrepancias con ministros respaldos por Bachelet, lo llevaron a presentar su renuncia indeclinable e inmediata. El jueves 3 de enero de 2008, después de consultar con gente de confianza, subió hasta el despacho de la Presidenta. Le entregó a la secretaria un sobre cerrado. Minutos después, la Presidenta lo llamó sorprendida. El final de esa historia está en el último capítulo del libro que será presentado a fines de noviembre.