Fondos Mutuos
Esta magna exposición de 150 obras de Delacroix triunfó antes en el Louvre con un récord de visitantes. El auge se repite en Nueva York con copiosas y lentas colas, grabaciones, charlas y catálogo, todo lo cual hubiera deleitado a Delacroix, que escribió en su Journal: "La fama me da placer". En 12 galerías del museo, pintadas color berenjena, uno va recibiendo un estático río de colores, el Amazonas intermitente de cuadro a cuadro, en que fluye cronológicamente su obra. Comienza con su formación juvenil, procede a los retratos y a los felinos, sigue con las ilustraciones literarias, y termina con su orientalismo. La veta medular es la exaltación de los temas y de los materiales: escenas violentas en que pelean hombres y animales; pintura asestada a pincelazos con fiereza de zarpas de tigre o de sables árabes. La agresividad frenética descarga energías con o sin motivo, y expresa la emoción que en el Romanticismo consiste en "sentir lo sublime", el éxtasis por lo intenso, la inmensidad de las fuerzas de la naturaleza y la trágica pequeñez de las humanas. Poco sublime romántico podía hallarse en un París con ferrocarriles. Delacroix solo pudo una vez aceptarlo en el famoso cuadro (que no prestó el Louvre) "Julio 28, 1830: La Libertad capitaneando al Pueblo". El resto de sus búsquedas y hallazgos fueron literarios, dentro de la Biblia, Shakespeare, Byron y Walter Scott, y fueron etnográficos en la cantera de exotismo en Algeria. A la fiereza se contraponen los cuadros de flores que sorprenden por su tranquila belleza. Son la única revelación de ternura en toda su obra, pues hasta los felinos retozando parecen minas a punto de explotar. Obviamente, en la corriente de obras hay bancos de arena, monotonía e incluso torpeza. Las litografías ilustrando a Shakespeare me parecen inferiores, mal dibujadas, hasta... amateurs (El don del dibujo preciso fue el armamento de su enemigo Ingres, que exaltaba la línea por sobre la pintura, al revés de Delacroix, cuyos cuadros se sostienen a puro color sobre trazos confusos). Después de Delacroix, los pintores franceses crearon el Impresionismo, que nos ha criado con una estética de lo sugerentemente inacabado e indefinido, que ya Delacroix practicaba. Pues en su Journal declara que prefiere los bosquejos, a las obras terminadas, porque quien los mira, completa mentalmente lo que falta (El dibujo insta lo mismo). Y ocurre que sus bocetos suelen ser superiores a la obra definitiva, es decir, resultan "modernos". En cuanto al colorido, tenía una predilección de azules contra rojos, y refinó su choque mediante los colores opuestos agregados para intensificar la vibración cromática, lo que él llamó flochetage . Se le recibe en todos sus cuadros. En "La barca del Dante", y en varias versiones de "Cristo en el mar de Galilea", de cerca vemos los toques de verde encima de un dorado, o de escarlata encima de su gris, y de lejos, el efecto es radiante. Esa es la más fructífera forma de contemplar esta exposición: degustándole el colorido en sí mismo, omitiendo qué representa. Al captar así, se percibe su brío volcánico, su pathos clásico, su ostentación técnica, semejante a la de Liszt en sus Sonatas. La diversidad temática se resuelve en esa fiesta visual de un arcoíris a pinceladas. Hay un cuadro que para mí es la cúspide de esta exposición y acaso de toda su obra: su estupendo autorretrato. Porque carece de colisiones cromáticas, la tonalidad entera es un verdoso-pardo que va al verde (del chaleco), al dorado (en la cara), al negro (en las solapas), todo eso supeditado al realce del rostro, varonil, adusto y seguro de sí mismo. Y además, porque está perfectamente parecido, según los daguerrotipos.