Fondos Mutuos
Cualquier columnista de un periódico le podrá decir lo frustrante que puede ser cuando los lectores comienzan a criticar un artículo porque han malinterpretado el titular y no han leído el texto. De hecho, he sugerido que Twitter debería crear un procedimiento especial para denunciar abusos para lidiar con esto. Ahora imaginen ser Francis Fukuyama. Hace casi 30 años escribió un ensayo titulado "El fin de la historia". Durante tres décadas la gente lo ha criticado sin haberlo leído. Él se ha mantenido sorprendentemente ecuánime dadas las circunstancias. Como lo explica: "Me han preguntado a menudo si un acontecimiento X no había invalidado mi tesis. X podía ser un golpe de Estado en Perú, guerra en los Balcanes, los atentados del 11 de septiembre, la crisis financiera global, o, más recientemente, la elección de Donald Trump y la ola de nacionalismo populista". Pero el punto de Fukuyama nunca fue que, con la caída del comunismo, la historia se detendría y una democracia liberal reinaría soberanamente para siempre. En lugar de ello, usó "fin" no para significar término, sino para significar meta u objetivo. No estábamos, argumentó, trabajando por la utopía comunista de Marx, sino por la democracia liberal en conjunto con una economía de mercado. Sin embargo, reconoce que hay partes de su tesis que no eran del todo correctas. Existe, en particular, el peligro de que las democracias liberales pueden decaer. Su nuevo libro "Identidades" es un intento de evaluar esta amenaza. Fukuyama escribió este corto volumen movido por la elección de Trump, un misterio para muchos liberales. Pero su libro es mucho más que una reseña de la opinión pública norteamericana. Lo que él examina es la naturaleza del discurso político moderno. El modo en el que -ya sea por medio de nacionalismos agresivos, conflictos étnicos o reclamos de derechos grupales- la afirmación de las identidades ha logrado dominar la política en todo el mundo. Su argumento comienza con lo importante que es la dignidad para los seres humanos. Argumenta que demasiadas instancias de la política se concentran en el bienestar económico y que, en vez, lo fundamental es el deseo de la gente de obtener el reconocimiento de los demás por su valor como persona. Esta búsqueda de reconocimiento lleva a la gente a la conclusión de que tienen cualidades que nadie puede apreciar verdaderamente a menos que hayan tenido la misma experiencia. El hecho de no otorgarles el respeto y la dignidad que merecen proviene de un orden social que sistemáticamente subestima a gente como ellos. Esto los lleva a sentir fastidio por el orden social e intentar crear uno nuevo que acepte las cualidades de su grupo. Y estas cualidades solo pueden ser evaluadas correctamente por miembros de su propio grupo. Fukuyama llega a su destino rastreando el pensamiento de filósofos políticos y líderes religiosos como Martín Lutero y Jean-Jacques Rousseau. Una ruta alternativa, posiblemente más convincente, lo habría hecho recorrer la obra de psicólogos evolucionistas. Esto también le podría haber permitido preguntarse si la búsqueda de la dignidad no está, de hecho, separada del impulso del éxito económico, sino que es meramente parte de ella. Sin embargo, el libro es convincente por el vínculo que establece entre dignidad y política de identidad y proporciona un claro relato sobre el atractivo que tiene dicha política. Los peligros de la identidad Cierta política de identidad le parece obviamente equivocada a Fukuyama. La afirmación de la superioridad de un grupo étnico mayoritario, por ejemplo. Pero ¿qué pasa con un grupo minoritario, digamos afroamericanos, que consideran que su origen étnico es políticamente importante? ¿Qué tiene de malo decir que los oficiales de policía a menudo actúan de manera más agresiva con jóvenes negros que con jóvenes blancos? Y, sí, las mujeres pueden formar una identidad política en torno a su sexo, pero esto es necesario tras siglos de opresión. El autor está de acuerdo con ello, pero luego sugiere que esta política de identidad liberal puede ser peligrosa. Su punto central es este: una vez que se ha concedido que la política debe basarse en experiencias que otros no pueden compartir o incluso comentar, el diálogo político se vuelve imposible. La solución planteada en "Identidad" es moderada. A Fukuyama le impresionan los movimientos hacia el comercio global, apoya la protección de los derechos humanos y está consciente del peligro del nacionalismo. No obstante, sigue apoyando la idea de Estados nacionales. Considera que el desarrollo de una identidad nacional, sin reclamos de superioridad, es el mejor modo de evitar que las sociedades se fraccionen en grupos étnicos y sociales hostiles. Argumenta que las naciones son mejores cuando son confesionales o están construidas en torno a creencias. Esto permite, por ejemplo, que Norteamérica acepte nuevos ciudadanos como verdaderos norteamericanos. El pasado del país -esclavitud, sexismo, abuso de derechos civiles- puede explicarse como ejemplos de cómo se fue desarrollando la comprensión del país, del verdadero significado de su credo. La historia nacional es, entonces, una de progreso y triunfo sobre sus demonios. Esto deja un lugar para #MeToo y Black Lives Matter en la gran narrativa norteamericana. Aunque su discusión se centra en Estados Unidos, claramente quiere que se aplique a Gran Bretaña y Europa. Sin embargo, aunque una nación religiosa no exige que sus ciudadanos hayan nacido en Norteamérica, sí les exige que se conviertan en norteamericanos creyendo en las cosas que creen los norteamericanos. Esto lleva a Fukuyama a argumentar en contra de las escuelas religiosas y a argumentar que los inmigrantes deberían ser aceptados por un país solo al ritmo en que puedan ser asimilados. Reconoce un deber hacia los refugiados, pero también cree que este deber tiene que estar limitado por la practicidad y la necesidad de gestionar su integración. Habiendo reconocido cuidadosamente la necesidad de abordar la desigualdad cívica, Fukuyama tiene razón de preocuparse por el impacto que tiene la política de identidad para conservar una sociedad abierta y tolerante. El resentimiento por las ofensas a la dignidad conduce a una mentalidad de víctima. Esto alienta la agresividad (contra los responsables por su estatus de víctima, que son todos los demás) y un sentimiento de superioridad moral (porque su experiencia es auténtica y no es comprendida por nadie más). Esta es una mala combinación. "Identidad" es un libro corto, y al comienzo un poco pesado, pero una vez que se pone en marcha, es tan sabio como compacto, y viaja a gran velocidad por terrenos difíciles hasta llegar a una conclusión sensata.