Fondos Mutuos
El último libro de Tom Wolfe no es una novela, como La hoguera de las vanidades , el recordado bestseller de 1987, ni un reportaje al uso de La Izquierda Exquisita y Mau-mauando al parachoques (1970), pero tiene una dosis de intriga y personajes notables, como la mejor de las ficciones, y una cuota generosa del sarcasmo característico del viejo nuevo periodista que desnudó a los popes de la corrección política norteamericana. Sus blancos, en El reino del lenguaje , son Charles Darwin y Noam Chomsky, con sus respectivos antagonistas: Alfred Russel Wallace y Daniel L. Everett. Para contar esta historia que gira en torno al lenguaje -las hipótesis acerca de su origen y naturaleza-, Wolfe elige una partida clásica: la anécdota personal. Una noche de 2016, navegaba en internet despreocupadamente, cuando se encontró con el artículo "El misterio de la evolución del lenguaje", publicado dos años antes. En el pape r académico, ocho destacados evolucionistas -lingüistas, biólogos, antropólogos e ingenieros informáticos- anuncian que se dan por vencidos. "Las preguntas fundamentales sobre el origen y la evolución de nuestra capacidad lingüística siguen envueltas en el misterio de siempre", declaran. Uno de los firmantes es Noam Chomsky. La doble paternidad de la teoría evolutiva "Vaya, eso sí que era raro... Nunca había oído que un grupo de expertos se reuniera para anunciar que había fracasado miserablemente", comenta Tom Wolfe. En 150 años, mientras Einstein formulaba la teoría de la relatividad, Pasteur descubría el rol de las bacterias en las enfermedades y Watson y Crick hallaban la estructura del ADN, la teoría de la evolución no había sido capaz de explicar el origen del lenguaje humano. Wolfe se remonta a los padres de esta última: Charles Darwin y Alfred Russel Wallace. No es casualidad que apenas recordemos al segundo. Wallace era un naturalista británico autodidacta, que a los 35 años se ganaba la vida en el archipiélago malayo enviando insectos y animales disecados a los Caballeros Británicos, como los llama Wolfe (quien tiene una predilección por el uso irónico de las mayúsculas). En Londres, estos aristócratas educados en las mejores universidades del mundo se dedican a la ciencia como hubieran podido dedicarse a la crianza de caballos finasangre o a la especulación bursátil. En Nueva Guinea, enfermo de malaria, Wallace llega a la teoría de la evolución de los animales más "aptos", después de leer a Malthus y su ensayo sobre el papel de la muerte masiva en el control de la población humana. Wallace, un vulgar "papamoscas", envió su trabajo a Darwin en 1858 para que se lo hiciese llegar a Charles Lyell, decano de los naturalistas británicos. El problema es que Darwin venía trabajando en la misma idea desde hacía 20 años, pero no había logrado publicar todavía ningún artículo. Con pánico, se dio cuenta de que Wallace le había ganado la primicia, y pidió ayuda a sir Charles Lyell, quien se las arregló para que se leyera un resumen con la teoría de Darwin junto al artículo de Wallace en la siguiente reunión de la Linnean Society. Cuando se enteró de la jugada, Wallace encajó el golpe con estoicismo, pero se tomaría una revancha años más tarde. Conocido en todo el mundo tras la publicación de El origen de las especies (1859), Darwin no encontraba pruebas concluyentes de que el lenguaje humano hubiera evolucionado a partir de los animales. Posiblemente había surgido de la imitación de sus sonidos, especulaba, lo que suscitó las burlas del lingüista Max Müller, quien llamó a esa peregrina idea la "teoría del guau-guau ". Müller proclamó: "El lenguaje es nuestro Rubicón, y ninguna bestia se atreverá a cruzarlo". Lo peor de todo es que Wallace -adoptado con remordimientos por Darwin y los evolucionistas- creía lo mismo que Müller. Había una frontera infranqueable entre el hombre y los animales. En "The Limits of Natural Selection as Applied to Man" (1870) postuló "la acción de otra fuerza", e incluso habló de una "inteligencia superior". Con espanto, Darwin se vio en la obligación de enviarle una nota: "Espero que no haya asesinado del todo a la criatura, tanto mía como suya". Se refería a la teoría de la evolución. Presionado, Darwin afinó sus hipótesis en El origen del hombre y la selección en relación al sexo (1871). El lenguaje tenía su origen en el canto de las aves durante la época del apareamiento. El hombre empezó a imitar a los pájaros. Repitió ciertos cantos tan a menudo que llegó a asociar aquellos sonidos con determinados objetos naturales: a partir de estos embriones de palabras, el hombre creó una "protolengua musical". El esperado libro de Darwin fue recibido con frialdad. Los críticos levantaron una ceja. Incluso los evolucionistas miraron para el lado. En 1872, harta de discusiones bizantinas, la Philological Society de Londres prohibió en sus reuniones abordar el posible origen del lenguaje. Pasarían más de 70 años antes de que los especialistas volvieran al tema. El carisma de Chomsky La Segunda Guerra Mundial obligó a reclutar lingüistas para tareas de espionaje y desciframiento de códigos. Las nuevas necesidades no podían tolerar especulaciones. Requerían datos cuantificables expresados en el lenguaje de las ciencias duras: las ecuaciones. "Los lingüistas ansiaban confundirse con los ingenieros", observa Tom Wolfe. Incluso trabajaban juntos en instituciones de punta como el MIT, donde los estudios de campo eran reemplazados por batas blancas y oficinas con aire acondicionado. El terreno estaba listo para el desembarco del lingüista más eminente de todos los tiempos: Noam Chomsky. En apenas cinco años, de 1953 a 1957, este joven licenciado en la Universidad de Pensilvania se adueñó completamente del campo mediante una teoría revolucionaria: el lenguaje no era algo que se aprendiera; se venía al mundo dotado de un "órgano del lenguaje". Entraba en funcionamiento en el momento de nacer, como el corazón y los riñones. No importaba cuál fuera la lengua materna de un niño. Su órgano del lenguaje -asentado en alguna parte del cerebro- podía utilizar la "estructura profunda", la "gramática universal" y el "dispositivo de adquisición del lenguaje" innato para expresarse. Nadie se atrevía a levantar una ceja. El prestigio científico de Chomsky era tan grande como su carisma, sobre todo desde que en 1967 había llamado a sus colegas a asumir su "responsabilidad intelectual" frente a la guerra de Vietnam. Wolfe saca, en esta parte de su ensayo, una libreta de cuentas pendientes. Recuerda el anarquismo de Chomsky y busca sus orígenes en los pogromos contra sus antepasados que se desataron luego del asesinato del zar Alejandro II, en 1881. Los judíos rusos perseguidos habrían desarrollado, según Wolfe, un odio a toda forma de autoridad soñando con una sociedad sin clases basada en cooperativas y comunas. El autor retrata a Chomsky como un radical iluminado y arrogante, que fulmina sin piedad a quien se atreva a desafiar sus teorías. Reconocido en encuestas como uno de los genios más influyentes de la historia, su reinado llega sin contrapeso hasta entrado el siglo XXI. Más precisamente, hasta que formula, en 2002, la teoría de la recursividad, que consiste en poner una frase -una idea- dentro de otra, en una serie que podría resultar interminable. Sería un chomskiano convencido, Daniel L. Everett, el encargado de asesinar al padre. A fines de 1977, parte a Brasil con su familia a evangelizar a una remota tribu amazónica: los piraha. Everett intenta aplicar a su lengua el modelo de Chomski, pero fracasa. En 2005, publica un estudio donde afirma que en el piraha no hay recursividad. La descripción de Everett recuerda a la tribu imaginada por Borges en "El informe de Brodie". Los piraha hablan en tiempo presente. Carecen del concepto de futuro o pasado. Ni siquiera conocen las palabras mañana y ayer, solo la expresión "otro día". Tienen apenas tres vocales (a, o, i) y ocho consonantes (p, t, b, g, s, h, k y x, la oclusiva glotal). Nada de bien cayeron los hallazgos de Everett a los teóricos de la recursividad, que Wolfe llama "brigada de la verdad". Primero trataron de desacreditarlo académicamente, sin éxito. Recurrieron entonces a la guerra sucia, acusando sus estudios de "racistas". Pero Everett ganó la guerra con la exitosa publicación de No duermas, hay serpientes (2008), editado en España por Turner. En el libro, narra sus 30 años junto a los piraha y desecha la teoría de Chomsky: el lenguaje no es fruto de la evolución en el Homo sapiens . Es un producto humano, un artefacto. Wolfe saluda a Everett como un héroe que liberó a la ciencia del yugo evolucionista y ofrece su propia explicación acerca de lo que es el lenguaje: mnemotecnia. "Las palabras son... secuencias de sonidos (el alfabeto) utilizadas para recordar las cosas del mundo, de la más pequeña a la más grande", dice Wolfe. Sus editores presentan El reino del lenguaje como el testamento del escritor, en consideración a que fue el último libro que publicó, en 2016. No debe ser, sin embargo, por "hallazgos" como el de la mnemotecnia. Más valiosa es su intuición del habla como el artefacto primordial del hombre, aquel que le permitió crear todos los demás. "El habla, y solo el habla, confiere al animal humano la capacidad de hacer planes..., no solo a largo plazo, sino de cualquier tipo , incluso para hacer algo dentro de cinco minutos", constata Wolfe. Pero quizás su mayor aporte -¡y lamentablemente el menos desarrollado!- pasa inadvertido al final del libro: "El gran logro (del lenguaje) ha consistido en la creación de un yo interior, de un ego ". Ofrenda de un autor a la herramienta con la que se hizo famoso y se ganó la vida -escrito justo al final de ella-, El reino del lenguaje es la mejor herencia literaria que cabía esperar de Tom Wolfe. Reconocer el inmenso poder del lenguaje lo mueve a llamarlo el Cuarto Reino de la Tierra, el regnum loquax (reino locuaz), junto a los reinos animal, vegetal y mineral. Se puede estar de acuerdo o no con sus ideas -a menudo provocadoras, casi siempre ingeniosas-, pero hay que admitir que Wolfe no fue un habitante más de este reino, sino uno de sus monarcas.