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La hermana Ceferina Rivera recuerda que un círculo de colores apareció en el cielo de San Salvador el 23 de mayo de 2015. Según ella, una aureola-arcoíris alrededor del sol en honor a Óscar Arnulfo Romero, desde ese día, beato Óscar Arnulfo Romero, y desde mañana, San Óscar Arnulfo Romero: el Papa Francisco canonizará en el Vaticano al sacerdote salvadoreño asesinado el 24 de marzo de 1980. Desde ese día en que una bala calibre 22 explosiva y expansiva -de acuerdo con el informe médico- entró en el pecho de monseñor Romero, sus palabras, sus mensajes, él mismo se convirtieron, también de manera explosiva y expansiva, en parte central de la espiritualidad, de la conciencia de los salvadoreños. Ya muerto, Romero se transformó en alguien que cumplía favores imposibles, en un ícono popular, en una imagen omnipresente, como se ve en San Salvador, donde ya empezaron a reunirse las 40 mil personas que seguirán la ceremonia en el Vaticano, hasta donde llegaron unos 7 mil salvadoreños. Un culto con sus hitos. Y como pasa con los fetiches religiosos, la peregrinación debía ser para venerar los restos del santo. Transversal La hermana Ceferina es la guardiana del mausoleo del beato Romero, el sacerdote asesinado -según la Comisión de la Verdad de 1993, auspiciada por Naciones Unidas- por un escuadrón de ultraderecha comandado por Roberto D'Aubuisson -quien tiene una estatua en una zona acomodada de la capital-, fundador en 1981 del partido Alianza Republicana (Arena), que gobernó entre 1989 y 2009, y que venció en las elecciones legislativas y municipales de este año. En un rincón del subterráneo de la catedral metropolitana, Ceferina les cuenta a cinco visitantes que la cripta de bronce frente a ellos es obra del artista italiano Paolo Borghi, y que en los vértices de la lápida están esculpidos los evangelistas Lucas, Mateo, Marcos y Juan, "los guardianes del profeta hasta la segunda venida del Hijo del hombre". David Guzmán escucha el relato de Ceferina. El ingeniero informático acompaña a tres primos y una tía que viajaron desde San Francisco, California, para visitar a la familia y hacer turismo. "El trabajo de monseñor Romero con los pobres es más fuerte que una doctrina, que una religión", dice David Guzmán, evangélico. El cuaderno cuadriculado de la hermana Ceferina registra una visita de una delegación de la cámara de representantes de Marruecos; otra de un grupo de oración evangélico de Carolina del Norte, y otra de la conferencia de provinciales de Colombia. Según el registro de Ceferina, un grupo de la Organización Mundial de Comercio, daneses, paraguayos, mexicanos, chilenos y argentinos bajaron hasta la tumba de Romero, una de las atracciones que capta a los pocos turistas que desafían las cifras de muertos de la guerra entre la Mara Salvatrucha y la Mara 18, las principales pandillas que convirtieron a este país en uno de los más violentos del mundo. No solo la curiosidad hace que la gente baje al sótano oscuro de la catedral donde está enterrado el sacerdote asesinado por defender a los pobres y denunciar la injusticia social y la represión militar en la etapa previa a la guerra civil salvadoreña (1980-1992). José Porfirio Fuentes mueve los labios y dice algo que solo él puede oír. Está arrodillado en una de las cuatro bancas individuales a los costados de la cripta. Camisa a rayas rojas y blancas, pantalón café, zapatos gastados, pañuelo negro húmedo. Minutos después, a la salida del mausoleo, José contará que él es polarizador de vidrios, que trabaja mucho, que vive en una zona peligrosa en el este de la ciudad, que los pandilleros lo amenazaron, que le dijeron que se fuera del lugar o si no, ya sabe. Ya sabe. "Monseñor Romero es nuestro santo, él nunca nos abandonó. Yo iba a sus misas, yo sé que él me ayudará a salir de esta", dice José, con más fe que convicción, y se seca los ojos rojos y húmedos con su pañuelo negro y húmedo por el sudor y las lágrimas. "La misión de la iglesia es identificarse con los pobres, así la iglesia encuentra la salvación", dice una de las frases más populares de Romero. Cuando tenía cinco meses de embarazo, los médicos le dijeron a Irma Irene que su hijo no se estaba formando bien. A los siete meses le dijeron que su hijo podría nacer con problemas motrices. A los nueve meses, Irma Irene estaba nerviosa pero confiada. Eso fue hace 12 meses. Brandon, el hijo de Irma, corre entre las bancas del sótano. "Brandon nació sanito gracias a nuestro monseñor Romero", dice Irma después de rezar en uno de los dos altares del mausoleo. A unos metros, en una esquina de paredes verdes y moradas, Brandon juega con su hermano Jonathan, de cinco años. La hermana Ceferina les dice que no griten, que no corran, que este es un lugar de descanso. Irma toma en brazos a Brandon, le da la mano a Jonathan, y se apuran para tomar el bus a Sensuntepeque, a 82 kilómetros de la capital: un viaje periódico a modo de ofrenda. Con variaciones mínimas, la estampa de Romero presente en afiches, grafitis, rosarios y en el mosaico que adorna la columna detrás de la cripta, es: anteojos gruesos, cruz dorada al cuello, cejas espesas, sonrisa seria, mano derecha en alto, sotana, gorrito morado. Un emblema de El Salvador en el mundo, pero no un emblema de todo El Salvador. "Para mucha gente, sobre todo conservadores, monseñor Romero sigue siendo el cura comunista", dice Billy López, un estudiante de Literatura que filmó con lo que tenía el documental "Parido", sobre el asesinato del arzobispo. Billy abre su mochila, saca su notebook y lo pone sobre la mesa a la derecha de la tumba. Aprieta play y busca una toma de la capilla al norte de la ciudad, donde Romero hizo su última misa. A 15 minutos de la catedral, Silvia Barrera atiende la librería Monseñor Romero. Justo frente a la tienda, hace 28 años, desde un auto detenido en la entrada de la capilla de la Divina Providencia salió la bala que mató al arzobispo. Barrera, religiosa de las Carmelitas misioneras de Santa Teresa, dice que hasta 2008 el gobierno les prohibió hablar del arzobispo en las escuelas de su congregación. "Es por la política. Hay mucha gente que todavía no quiere a monseñor", dice Barrera. Los sermones y diarios de Romero están compilados en libros, casetes, discos, dvd; frases de sus homilías están impresas en camisetas, colgantes, afiches y llaveros, como el que Silvia pone sobre el mostrador de la librería, y que dice: "Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño". Los convertidos al culto de monseñor Romero son cada vez más. Empezaron a creer cuando Romero fue beatificado. Ese 23 de mayo de 2015, cuando miles de salvadoreños festejaron al primer beato del país y vieron cómo unos cristales de hielo en la atmósfera reflejaban la luz solar y creaban el efecto óptico de un círculo de colores en el cielo. Este artículo fue elaborado como parte de un taller de crónica periodística del escritor argentino Martín Caparrós y organizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. CEREMONIA
El Papa usará mañana el cíngulo (cordón que los curas llevan en la cintura) con sangre que pertenecía a monseñor Romero.