Fondos Mutuos
Hace algunos años, Roberto Merino (Santiago, 1961) decidió romper con viejos prejuicios y viajar al campo. Décadas de "apegos neuróticos", cuenta en una columna de 2016, lo tenían convencido de que solo se encontraría con "aburrimiento, incomodidades y complicaciones". Pero desde que cruzó el límite de Santiago, apareció el alivio. Al día siguiente de instalarse en la casa donde iba, en Lolol, VI Región, Merino despertó temprano, mucho antes que sus amigos, y se acomodó en una terraza a escuchar con audífonos un adagio de Mahler. Pasó lo inesperado: empezó a sentir que la música se acoplaba perfectamente con los cerros, los bosques y el paisaje que se iluminaba ante él. Fue una epifanía que le reveló, de pronto, lo obvio: el incesante ruido de Santiago. Cuando apareció uno de sus amigos, Merino soltó una conclusión definitiva: "Me doy cuenta de que llevamos una vida de mierda". Leída a la luz de la trayectoria de Merino como escritor, la sentencia adquiere una gravedad radical: el último gran cronista de la ciudad de Santiago cae en cuenta de la profunda contradicción en que ha forjado su obra. Pero Merino se ríe. Literalmente. Sentado en el café de siempre, el Tavelli del Drugstore, recuerda la escena con gracia, menciona un detalle y sigue con su estilo narrativo acostumbrado: se va por las ramas. Es decir, se desvía, avanza en digresiones. Esa expresión sirve ahora como título para su nuevo libro: Por las ramas , un volumen editado por María Cecilia Gajardo y Luz María Astudillo que acaba de lanzar Hueders y que recoge un costado algo insospechado para el urbano insigne que es Merino: son más de 40 columnas en torno a la naturaleza, el paisaje, los animales. Catálogo de fascinaciones salvajes, emociones boscosas y epifanías primitivas, Por las ramas reúne textos publicados en los últimos 30 años en Las Últimas Noticias y "El Mercurio" y será lanzado el 18 de octubre en la librería del GAM, por Constanza Michelson y Silvana Angelini. "Las crónicas reunidas en este libro son sobre el paisaje tal como puede considerarlo el habitante de las ciudades: como una dimensión de la memoria, de lo segmentado, de lo fronterizo, de lo distante", explica Merino en el prólogo, y es justamente así como aparece él como narrador en las columnas: como un admirador furtivo de pájaros, especialmente del tiuque; que fantasea con casas en los árboles, se lamenta del enorme déficit de viento en Santiago, releva al perro callejero y aún tiene en sus planes remontar un estero de Punta de Tralca, hasta llegar a su origen en la cordillera de la Costa. "No lo he descartado. He llegado a un nivel suficiente de demencia como para hacerlo", dice Merino, confirmando el devenir autobiográfico de sus crónicas. Recién postulado al Premio Nacional de Literatura, Merino reconoce que este libro lo revela como un "especie de naturalista de pacotilla" y de inmediato resuenan las decenas de crónicas que ha escrito sobre documentales de animales que veía en televisión: "Durante 2 años era casi lo único que veía en la tele. Sin volumen. Me quedaba mirando las imágenes", cuenta. Más allá de su casa, en la ciudad, cree que también late algo salvaje: "Hay un rango en el cual funcionamos civilizadamente, gracias a acuerdos tácitos, consensos, modos de conducta. Nos movemos en un mismo mundo. Pero hay muchos haciendo el esfuerzo inverso, un esfuerzo descivilizador. Yo lo veo en el simple hecho del taxista que no apaga el letrero que dice libre cuado está ocupado. Ahí hay un fenómeno muy extraño: el letrero se inventó para comunicar al que está esperando en la calle que ese auto está libre, o que no está disponible. En ese invento hay un avance civilizador. Y estos taxistas, de un día para otro, de un modo articulado, dejan de usar ese signo. No cuesta nada usarlo, pero no lo hacen. Es un paso atrás. Es muy extraño", dice. -En estas crónicas, el campo, la playa, las montañas aparecen siempre como una zona de retiro. Casi míticos. -Sí, son lugares de clausura de la vida cíclica, estructurada, que uno lleva en las ciudades. Yo recuerdo momentos importantes de la autodeterminación, increíblemente no en los paisajes habituales urbanos donde se me ha dado la vida, sino en retiros de la ciudad. Parece que uno aprovechara esas ocasiones, cuando es dejado en la naturaleza, para hacer un examen de su propia vida. Y tomar decisiones. En alguna crónica lo digo: me recuerdo con polera rayada, arriba de una roca, sintiendo el viento y proyectado hacia el futuro. En un momento liminar. Nunca olvidé esa propia imagen: fue un momento en que descubrí una voluntad de futuro. Siempre me pasa en esos retiros, que son escasos, porque por neurosis viajo poco. -¿La vieja idea de que la vida está en otra parte? -Eso es permanente. Es parte de la condición humana esa constatación de que la vida está en otra parte: son tan pocos los momentos en que uno considera que la vida está siendo vivida aquí y ahora. Es que quizás la vida está llena de esos llamados. "Los recuerdos son cuernos de caza", como decía Mallarmé. Esos llamados de aquello que se escapa, y que llenan nuestra vida. -¿Busca dar cuenta de esos llamados en sus columnas? -Yo creo que no hay una búsqueda de nada, más bien una disposición. Si uno busca no encuentra nada. Es como el fenómeno de la poesía, solo aparece cuando no se busca. Solo aparece en una especie de sesgo distractivo. -Ha dado cuenta de los innumerables cambios urbanos de Santiago. ¿Ha cambiado también su naturaleza? -No creo que esencialmente . Lo que sí, claro, es que en una foto tomada en 1910 desde el cerro San Cristóbal hacia Providencia, ves el enorme tamaño del campo. Pero basta dejar un sitio eriazo y se recompone el tipo de paisaje chileno. Dejas una casa abandonada unos cuantos meses y la naturaleza empieza a recuperar terreno. Ha cambiado en términos de que el campo retrocede, pero también hay una especie de pujanza del campo. Me interesan mucho esas zonas mixtas: donde la ciudad se convierte en campo, y al revés. Más hacia la precordillera aparecen pumas en las calles. -De hecho, le dedica el libro a un puma que hace unos años apareció en una casa de Lo Curro. -Al puma Santiago, así le pusieron. Se arrancó, increíblemente, y volvió a la cordillera por el río Mapocho. Lo pillaron adentro de una casa, de ahí lo llevaron a algún centro de rehabilitación animal, creo que en Quinta Normal, pero se arrancó. Encontró la ruta del río, subió y se perdió para arriba. La cagó. Es la evidencia de que lo primitivo está ahí. De qué vivimos en esa franja entre un estado y otro. De pronto, una categoría con la otra se enredan. Y esto es lo primitivo propio de Santiago: el puma es endémico, es de acá. El Mapocho uno lo tiene desnaturalizado, es un lugar que atravesar, pero da cuenta del declive de esta ciudad, característica que está en su fundación. El puma sabía instintivamente que ese era el camino.