Fondos Mutuos
"Disculpa. Hay un enorme camión estacionando afuera", dice al teléfono la escritora británica Zadie Smith (1975), mientras de fondo efectivamente se oye el ruido de un motor. Es un ruido lejano, pero allá está: un camión se ubica frente al café que encontró para atender un llamado desde Chile. "Un segundo", añade, justo cuando empieza a hablar de cómo ha sido vivir en el Estados Unidos del Presidente Donald Trump. La narradora más relevante surgida de Inglaterra en las últimas décadas, la autora de Dientes blancos , Sobre la belleza , NW y otras novelas que retratan los explosivos cruces culturales de la sociedad londinense, desde hace algunos años tiene su domicilio en Nueva York. "Es tan ruidosa esta ciudad", dice, para luego seguir hablando hasta encontrar un adjetivo que le acomoda para describir la vida estadounidense en estos días: "Surrealista". Antes de ser publicada, el nombre de Smith ya causaba expectativas en el mundo editorial británico y cuando finalmente tuvo un libro en la calle cumplió todas las promesas: Dientes blancos (2000) no solo se convirtió en un best seller internacional, también estableció a Smith, a sus 25 años, como la mejor sucesora de escritores como Salman Rushdie o Hanif Kureishi. Hija de una jamaicana y un inglés, encarnaba la multiculturalidad británica que ella misma retrataba en aquella novela y en las que luego escribiría. Novelas siempre enormes, técnicamente perfectas, cargadas de inteligencia y humor, que en desventuras privadas iluminan las desventuras del mundo en nuestros días. Ensayista y firma habitual en revistas como The New York Review of Books, Smith hoy es parte de algo parecido a una élite de escritores globales y cosmopolitas que, entre otras cosas, dictan el gusto literario: los destinos del noruego Karl Ove Knausgard o la italiana Elena Ferrante no habrían sido tan espectaculares si ella no hubiera advertido lo buenos que eran. Atentos: el libro que hoy tiene atrapada a Smith es Mistaken identity , un ensayo autobiográfico del americano pakistaní Asad Haider sobre la raza y la clase en la era de Trump. Pura contingencia, pero con un sentido histórico que lo conecta con sus lecturas en los días que empezó a escribir su última novela, Tiempos de swing : "Mucha historia de la esclavitud. Entonces quise escribir sobre qué significa hoy ser negro. Estaba interesada en saber cómo se forma una identidad, específicamente la de una niña negra", cuenta. Publicada en 2016 en inglés y hace algunas semanas disponible en librerías chilena, Tiempos de swing es la historia de una niña de color que, como la propia Smith, es hija de una jamaicana. Todo empieza con esa niña -sin nombre- ingresando a clases de baile en el Londres de los 80 y cayendo hipnotizada por otra niña, Tracey, también de color, pero con muchísima más gracia para el baile. Lo que sigue es la crónica de esa amistad y de esas vidas: la genial Tracey avanzará dando tumbos, mientras que la narradora llegará a convertirse en la asistente personal de Aimee, una estrella pop mundial al estilo de Madonna a inicios de los 2000. En ese punto Smith da rienda suelta a su ambición de narrar las tensiones del mundo: de Londres a Nueva York, la novela se traslada a un país africano que podría ser Gambia, donde Aimee apoya obsesivamente con dinero a la población más pobre. Tiene a la narradora como cómplice. Pero ella tiene un problema: su madre es una intelectual de izquierda que rechaza públicamente el plan de Aimee por superficial. Finalista del National Book Award, Tiempos de swing es una historia de amistad y una historia familiar, y a la vez es una indagación sobre un cambio de época: fascinada en su niñez con las películas musicales de los 50, la narradora a los 30 años es una mujer en todo momento conectada a su celular y absorbida por la fama mundial de su jefa. El libro es un fresco que avanza y retrocede, con el cambio de siglo como centro neurálgico: la protagonista encuentra el que parece ser su destino en la exitosa industria discográfica de aquella época, pero lo que viene para ella en realidad es un trabajo social inesperado con gusto a impostura. Originalmente, Smith solo quería escribir algo sencillo. "Estaba escribiendo otra cosa. En ese tiempo tenía una hija pequeña, y me di cuenta de que lo que estaba planeando me iba demandar más tiempo del que tenía y mucha investigación. Busqué algo que tuviera a mano y eso era la música popular y su contexto, que conozco muy bien. Quería algo muy directo, pero cuando empecé a escribirlo surgieron nuevas historias. Lo que vino después tiene que ver mucho con la intuición" cuenta Smith. "No tenía planeadas las distorsiones del tiempo, quería escribir una novela simple y cronológica. Pero no funciona así. Si eres músico y tocas jazz, hay una base, una estructura en la música, y sabes cuando entrar y cuando salir, pero también hay mucho espacio para la improvisación. Así pienso la ficción". -"Tiempos de swing" cuenta una época que usted vivió y entiendo que tomó clases de baile cuando niña. ¿Qué elementos autobiográficos tiene el libro? -Mi trabajo de escritura es más voyerista, es como sacar fotografías. Es como ser un actor. Por ejemplo, en mi niñez yo constantemente estaba perdiendo amigos. En vez de contar lo que realmente pasó -en mi niñez, en el caso de esta novela- cuento qué habría pasado si hubiera sucedido esto, aquello y esto otro. Cuando escribes, todo está al servicio de la forma que va tomando el libro, por lo que no hay ninguna fidelidad a lo autobiográfico. Tu vida no importa. Hay que ser despiadado en eso. Puedes tomar una puerta de una casa, una ventana de otra; rasgos de una y otra persona. Todo, todo, está al servicio de la ficción que estás construyendo. Lo autobiográfico es otra herramienta más, como cualquiera, pero no hace al texto más o menos verdadero. -En la novela aparece un cambio de época a través del uso de la tecnología. La narradora vive de otra forma con un teléfono inteligente. -Es un recordatorio: el mundo ha cambiado. Quería escribir sobre la historia de la tecnología en mi generación, casi como en una forma de recordarnos que esta explosión acaba de suceder. Porque es muy fácil hoy olvidar, creer que todo lo que vivimos hoy es como siempre se ha vivido. En las primeras versiones de la novela mencionaba que alguien mandaba un e-mail de un teléfono, pero nos dimos cuenta de que eso era imposible. Este pequeño mundo que nos parece tan natural solo existe desde el 2008... Las consecuencias son enormes: los jóvenes creen que la tecnología actual es natural, y eso, en el fondo, se convierte en una ideología. -En los personajes de Aimee y la madre de la narradora hay una tensión entre la política y el asistencialismo que permiten la riqueza. ¿Pretendía dar cuenta de una tensión que ve actualmente? -Más bien dar cuenta de relaciones de poder entre personas. O entre países. Y también explorar el inmenso poder de las celebridades. No es un asunto que uno pueda ignorar. Cuando era joven pensaba que las grandes celebridades de mi generación iban desvanecerse o derrumbarse, pero por el contrario, se intensificó hasta el punto que en América la persona más famosa fue elegida Presidente... Jajaja. -¿Cómo ha sido vivir en el Estados Unidos de Trump? -Tengo familia y amigos que crecieron en naciones con destinos muy extremos. Tengo amigos Gambia, familia en Jamaica. Países en los que las personas tienen una relación muy intensa y extrema con sus gobernantes, por las constantes crisis nacionales. Por eso uno de los únicos temas de conversación es el gobierno. Y así es como vivimos hoy en Estados Unidos: en un constante estado de emergencia, hablando todo el tiempo de Trump. Y pareciera que no hay mucho que hacer más que estar en una alerta constante. Es una situación muy surrealista. He escrito sobre América en estos años y estoy abierta a hacerlo nuevamente, pero la verdad es que es muy difícil escribir hoy sobre América. Me parece casi imposible dar con el tono adecuado. -¿Cuánto ha cambiado la sociedad británica desde los años de "Dientes blancos" hasta hoy tras el Brexit? -Han cambiado ciertas ideas que nos parecían obvias, ideas de comunidad. Una idea de la vida social en la que la igualdad estaba provista por el Estado... Eso parece haber muerto. Ahora en Inglaterra hay que dar una lucha por los asuntos públicos, por la seguridad social o servicios de salud. Hay que dar toda una lucha política de nuevo. No estoy en Inglaterra, pero sé que toda la gente que estaba en contra del Brexit siente que algo terrible está por venir. Describen Inglaterra como un país que conscientemente se ha lanzado cuesta abajo. -¿Le parece que los 90 fue una década más libre social y políticamente? -Eran mucho más libres. Más allá de cierta nostalgia que todas las generaciones sienten con su época, había cierta cultura de lo joven, una rabia mucho más liberadora. Ahora, caminando por las calles Nueva York veo a toda la gente atada a su teléfono, lo que en realidad es estar atado a su trabajo. Trabajando al almorzar, trabajando día y noche. Atados a esta máquina de planificación. -¿Qué posición tendría la madre de la protagonista, una intelectual de izquierda, ante el movimiento feminista #MeToo? -Ella es de una generación que creería que todo esto del #MeToo son puras tonteras. No tendría tiempo para esto. Todo este movimiento pareciera estar cruzado por algo muy generacional: todos los mayores de 40 años están más o menos perplejos, todos los menores de 40 están en combate. -¿Y usted qué opina ante este momento del feminismo? -No me siento muy convocada por un movimiento que surge de un hashtag en Twitter. Estoy interesada en la ley. Supongo que creo en una justicia que se ha establecido durante más de 100 años. Creo en la jurisprudencia. No estoy interesada en una muchedumbre que pretende redefinir toda esa historia. Prefiero perfeccionar y cambiar las leyes, porque entiendo para qué son las leyes. Una parte de todo este movimiento es muy impaciente ante la ley. Una profesora de Derecho en la Universidad de Nueva York me contaba que en sus clases les propone a sus alumnos el ejercicio de defender en la corte a los acusados (de abuso, acoso) y muchas vecesle responden: '¿Por qué? Si sabes que es culpable, ¿para qué alguien habría de defenderlo?". Eso para mí es un poco aterrador. "No me siento muy convocada por un movimiento que surge de un hashtag en Twitter. Estoy interesada en la ley".