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El artista publicó esta semana en Alemania sus memorias:

Las revelaciones del nieto de Erich Honecker

domingo, 16 de septiembre de 2018

Nicolás Guzmán
Reportajes
El Mercurio

Creció al alero del jerarca comunista alemán y eso marcó su vida. Pasó su infancia en la Alemania del Este y lo acompañó en su polémico exilio en Chile junto a su familia. En sus memorias "Yo fui el último ciudadano de la RDA", Roberto Yáñez habla como testigo de episodios políticos desconocidos, publica cartas que intercambió con Erich Honecker, y cuenta de su difícil adolescencia y de su adicción a las drogas. "La muerte de mi abuela fue la caída del Muro para mí", dice.



Hay algo que Roberto Yáñez nunca olvidará. En los últimos minutos que le quedaban de vida a su abuela, la ex mujer fuerte de la RDA, le dijo: "No te avergüences de ser el nieto de Margot y Erich Honecker". En el libro "ich war der letze Bürger der DDR. Mein Leben als Enkel der Honecker" (Yo fui el último ciudadano de la RDA. Mi vida como nieto de los Honecker), ese sentimiento queda claro.

No hay vergüenza, pero sí sufrimiento. Roberto Yáñez Betancourt no ha tenido un camino fácil. Hasta hoy, el artista convive con una serie de sentimientos contradictorios que complican su presente y que plasmó en sus memorias.

Los años dorados

Era 1974 y en una Alemania dividida nació Roberto Yáñez Betancourt. Hijo del exiliado chileno Leonardo Yáñez y de Sonja Honecker, hija de quienes entonces eran los principales líderes de la RDA, Erich y Margot Honecker.

La infancia de Roberto estuvo llena de privilegios y en conexión permanente con Chile. El escritor recuerda cómo a sus tres años su imagen dio la vuelta al mundo, luego que su abuelo recibiera con honores al ex secretario general del PC, Luis Corvalán. El político dio un discurso a una multitud compuesta principalmente por exiliados y, en agradecimiento a Honecker, tomó en brazos a su nieto. Con el pasar de los años el niño se fue dando cuenta de los beneficios de ser nieto del secretario general del Partido Socialista Unificado de Alemania. Se convirtió en su "niño mimado". Cada verano, iba de vacaciones junto a sus abuelos a la isla báltica Vilm.

No viajaban solos sino acompañados por un "batallón entero de personal", según recuerda Roberto. Cocineros, camareros, empleadas para el aseo, formaban parte de la comitiva de los Honecker.

El panorama preferido de la familia era la nieve, en Los Alpes. El niño disfrutaba de juguetes, golosinas y productos que no se encontraban en la RDA. "El nieto tenía todo el afecto del abuelo. Cada deseo, él se lo cumplía", se lee en el libro.

Pero todo terminó cuando Honecker perdió el poder en 1989. Roberto recuerda los últimos días de su abuelo con un cáncer agudo y el país en crisis.

A principios de mayo el gobierno húngaro abrió las fronteras con Austria dando una clara señal de que el fin de la Alemania del Este se acercaba. Su abuela culpó al Secretario General del Comité Central del Partido Comunista Soviético, Mijaíl Gorbachov. Su abuelo mantuvo silencio.

Margot no permitía que nadie de su familia se refiriera al tema. Tampoco le gustaba que le dieran recomendaciones a su marido, según cuenta Roberto. Las conversaciones terminaban cada vez que entraba Erich. Por esos días, Roberto visitó a su abuelo. Ya no era el mismo, señala. "Sus ojos no irradiaban como de costumbre (...) entonces me di cuenta de que él había envejecido notablemente en los últimos meses", escribe.

El nieto da a conocer también que unas semanas después de esa visita se reunieron los principales líderes de la Alemania del Este con su abuelo. El presidente del Consejo de Ministros de la RDA, Willi Stoph, quien presidía el encuentro, sugirió como primer punto la destitución de Honecker. Él estuvo de acuerdo.

Un día después, el servicio general alemán de inteligencia anunciaba a Egon Krenz como nuevo líder y, desde ese momento, todos los privilegios de los Honecker se terminaron. El comando de seguridad personal se redujo a dos personas y de tener varios vehículos -entre Citroën y Volvo-, ahora solo quedaba un Lada.

"Desde el día de su caída, la familia se destruyó. Ni mi padre, ni mi madre, ni nadie más me escucharon", afirma Roberto.

La decisión fue una: Leonardo y Sonja se mudarían junto a sus dos hijos a Chile.

La llegada a Chile

Roberto Yáñez cuenta en su libro cómo fue su primer contacto con Latinoamérica. "Me quedé atónito. Enfrentarme con el estado capitalista de América del Sur (...) fue un shock ", cuenta.

Al llegar a Santiago su familia fue recibida por algunos familiares de su padre y por miembros del Partido Comunista. Roberto se sintió cómodo en la capital, le gustaban las temperaturas del verano. Cuando un periodista le preguntó en 2013 cuál era su verdadero hogar, él respondió: "Chile, por el clima".

En 1990 entró al Colegio Alemán de Santiago. Su padre debió reinventarse y entrar al mundo de las ventas, incluso de vodka ruso. Vivían, según Roberto, en una modesta casa de madera y a menudo el dinero no alcanzaba. Los diarios en Chile informaban que los Honecker estaban en el hospital de las fuerzas del Ejército Rojo en la ciudad de Beelitz. Roberto recuerda que recibía cartas de su abuela. "Tenemos muchas esperanzas de que nos podamos ver este año, para que nos muestres Santiago", le decía ella.

Comenzaron las clases y Roberto dice sentirse bien en su nuevo colegio. Lo ponen en el curso D, donde estudian los que hablan mejor alemán. Le llamó la atención la buena situación económica de sus compañeros "que llegan en Mercedes y en BMW". Él es uno de los pocos que lo hace en micro, desde Ñuñoa. "Fui odiado y amado en el colegio alemán", dice.

No pasó mucho tiempo para que lo reconocieran. El nieto del líder de la ex RDA no tomó en cuenta que por tradición en algunos colegios alemanes también se agrega el apellido de soltera de la madre en los registros que todos podían leer: Roberto Yáñez Betancourt y Honecker.

De esta manera, llamó la atención de la prensa. Incluso recuerda cómo un reportero gráfico del diario "Bild" de Alemania llegó hasta su sala para sacarle fotos, pero gracias a la negativa de los profesores nunca lo consiguió.

En su casa, dice, la estadía en Chile complicó la relación de sus padres. Leonardo Yáñez estaba bien, retomando las relaciones con sus amigos y su familia. Su madre, en cambio, nunca se acostumbró del todo. En una carta que le escribió a Margot, Sonja se quejaba de las pocas posibilidades de encontrar trabajo y le decía que quería volver a Europa.

Al poco tiempo, los padres de Roberto se separaron. Sonja le pidió a Leonardo que se fuera de la casa con Roberto. Ella quería dedicarse solo a la hija de ambos, Vivian. Años atrás, habían perdido a otra niña, Mariana, en un hospital de la ex RDA, por causas que se desconocen.

Tras la separación, Roberto señala que nunca más conectó de la misma manera con su madre. Esta sería una de las causas que lo llevaron a caer en la adicción a la marihuana y a sufrir, entre otras cosas, crisis de pánico.

La agonía de Honecker

Con la salida de Erich Honecker, terminó de morir Alemania del Este.

Cuando el ex jerarca fue intervenido, para extirparle un tumor, la policía llegó al hospital para tomarlo detenido. La fiscalía lo acusó de "alta traición" y de la falsificación de los resultados en las elecciones locales de un año atrás. Pero al día siguiente, el abuelo de Roberto es liberado por su estado de salud.

Para muchos, Erich Honecker es considerado como uno de los peores dictadores en la historia alemana. Por ser uno de los promotores de la construcción del Muro de Berlín en 1961, y por dar la orden de disparar a quienes intentaran cruzarlo desde el Este. Por ello murieron más de 200 alemanes que residían en la RDA.

El procesamiento legal de Honecker, comenta Roberto, se convirtió en un acalorado tema entre los candidatos. Fue acusado como uno de los responsables de quienes murieron en el muro, bajo su mandato. El abuelo se encontraba, según Roberto, en "el ojo del huracán".

Honecker tenía orden de arresto, por lo que se escondió en el sitio militar soviético de Beelitz. "Hoy creo que las imágenes del arresto de mi abuelo fueron el impulso decisivo para mi enfermedad mental (...) un psiquiatra lo llamó 'psicosis exógena' (...) mi familia nunca lo entendió realmente", sostiene Roberto.

El ex líder de la RDA escapó con ayuda de los soviéticos a Moscú. Pero un intento de golpe a Boris Yeltsin -ex Presidente de la Federación de Rusia- obliga a los Honecker a pedir asilo en la embajada de Chile en Rusia. La pareja conocía bien a quien era entonces embajador, Clodomiro Almeyda. Él no se encontraba en Moscú, por lo que fue su señora, Irina Almeyda, quien decidió concederles asilo.

El nieto seguía con atención lo que pasaba. Desde Moscú llegó la noticia de que Erich Honecker sería entregado a Alemania por orden del gobierno ruso. Era un 29 de julio de 1992.

Ese día Erich salió de la embajada con el puño tembloroso mirando al cielo, una foto que daría vuelta al mundo. Al llegar a Berlín le diagnosticaron de tres a seis meses de vida, por lo que los abogados pidieron su libertad. El 13 de enero de 1993, salió libre luego de 169 días bajo prisión. Horas más tarde, viajó a Chile.

Mientras estuvo en la cárcel, el abuelo intercambiaba cartas con Roberto. "Querido abuelo, no estás solo, mucha gente pregunta por ti (...) Espera, al menos vendrás a descansar a Chile". Erich responde: "Querido Robi, lo que ambos experimentamos fue un hermoso sueño que nunca olvidaremos (...) el futuro debería ser mejor en cualquier caso".

Los nexos de Margot

Mientras su marido se encontraba en Moscú en la Embajada de Chile, Margot Honecker había viajado a Chile para buscar apoyo. Autoridades que estuvieron en el exilio, dirigentes del Partido Socialista y del Partido Comunista exigieron públicamente que el ex líder de la RDA tuviera permiso para residir en Chile.

Roberto no tuvo mucho tiempo para compartir con su abuela. Finalmente, tras la decisión de Alemania de dejarlo en libertad, Honecker llegó a Santiago en enero de 1993. La relación con su nieto tampoco sería la misma.

Por esos días, el ex yerno de los Honecker encontró a un ex beneficiario de la educación de la RDA, Diego Aguirre, para que asistiera a los recién llegados. Aguirre señala en el libro que "Roberto nunca estuvo presente en la recepción del abuelo, no lo vi en el aeropuerto ni tampoco más tarde en la casa". Dice que lo conoció bien después, en abril, para el 66° cumpleaños de Margot, que sirvió además como fiesta de bienvenida para Erich. La celebración, según el libro, se llevó a cabo en el restaurante Rincón de los Teatinos. En sus encuentros, el abuelo de Roberto preguntaba por políticos como Arafat o Daniel Ortega, que lo habían visitado mientras estuvo preso.

Sobre el apoyo financiero a los Honecker, Aguirre explica que existían sobres que llegaban para ellos, pero que nunca los abrió. Sin embargo, precisa que es "muy probable" que movimientos apoyaran a los recién llegados con dinero.

El estado de salud de Erich era cada vez más crítico y muere el 29 de mayo de 1994. En el libro se da a entender que con la muerte de su abuelo Roberto sepultó su infancia y la tierra en la que creció.

Se fue a vivir entonces con su abuela a un departamento en La Reina. El lugar es pequeño, pero Margot tomó como una responsabilidad la salud de su nieto. Él estaba deprimido y consumiendo drogas.

Ese estado lo obligó a una estadía en un hospital de Cuba, que consigue su abuela gracias a su buena relación con Fidel Castro. Tenía, además, directa comunicación con Dalia Soto del Valle, esposa de Fidel Castro. En Chile, dice Roberto, nunca habría podido acceder a un tratamiento adecuado como el de La Habana, donde incluso recibió electroshock.

De vuelta a Chile, Roberto se reunió con Luis Corvalán, con quien trabajaba en un libro de conversación. También llegó a ese departamento el cantante cubano Silvio Rodríguez, quien visitó a Margot. "La casa de La Reina se convierte en el último territorio de la RDA", escribe Roberto.

Pasa el tiempo y Margot muere a los 89 años en Recoleta. A diferencia de su marido, en su funeral había un pequeño grupo de personas, algunos parientes, otros conocidos. También estaba Ángela Jeria, con quien tuvo una relación de amistad por mucho tiempo.

En sus últimos párrafos, Roberto Yáñez revela que tuvo diferencias con su madre sobre qué hacer con las cenizas de sus abuelos. Mientras Sonja quería esparcirlas por el Pacífico, él prefiere que fuera enterrada en el cementerio de los socialistas en Berlín, al lado de sus camaradas.

Y entrega su última reflexión: "Crecí en un matriarcado y tuve que vivir con la esencia de la RDA hasta 2016. Fui el último ciudadano de la RDA. Para entender, interpretar y resistir esta sensación, tuvieron que pasar más de dos décadas. La muerte de mi abuela fue la caída del muro pasa mí. Salí de la RDA el 6 de mayo de 2016".

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