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Marx, el impostor

martes, 11 de septiembre de 2018

Axel Kaiser Director ejecutivo Fundación para el Progreso
El_Mercurio


Según el filósofo Antonio Escohotado, Marx no era más que un impostor, un fraude tanto a nivel humano como intelectual. Lo cierto es que a Marx, como a muchos de sus seguidores, jamás le interesó la verdad. Su propósito fue el de fabricar teorías y seleccionar hechos para avanzar una agenda política. En ese sentido, puede decirse que Marx fue mucho más una especie de profeta grandilocuente que un estudioso, un filósofo o un académico, a pesar de que él, con una deshonestidad intelectual que exasperaría a Karl Jaspers, reclamara a los cuatro vientos que sus teorías eran "científicas".

Fiel al fraude intelectual que encarnó, fue el insulto, como explicaría Ludwig von Mises, la estrategia predilecta de Marx para lidiar con sus oponentes, de cuyos argumentos, al igual que Engels, jamás se haría cargo. En cuanto a sus motivaciones, no cabe duda de que Marx era un ser repleto de odio y de desprecio por la humanidad, lo que se reflejó en sus primeros escritos consistentes en rabiosos poemas apocalípticos en los que llegaría a decir que "todo lo que existe debe perecer".

Y es que Marx era un personaje fascinado con la violencia, disposición que definió no solo su personalidad agresiva e intolerante -su entorno cercano lo describía como un dictador-, sino toda su obra. A ella, explica Paul Johnson, Marx dio un sello escatológico y poético sumamente atractivo para sus seguidores radicales, quienes veían en el apocalipsis que auguró el profeta de Trier el paso previo a la construcción del paraíso sobre la tierra.

Se equivocan, por lo tanto, aquellos que ven en Marx un pensador o un teórico original, pues este fue esencialmente un polemista asertivo y venenoso, portador de una verdad revelada que se dedicó a predicar religiosamente. Ello explica el que jamás haya podido escribir un libro extenso, siendo más bien el panfleto el arte que cultivó. "El Capital", por ejemplo, que no terminó y que ha sido criticado numerosas veces por lo confuso y mal escrito, es una colección de notas pegadas sin mayor coherencia.

En su rol polemista, por cierto, Marx no dudó en plagiar ideas; de hecho, varias de sus frases más célebres, tales como: "¡Trabajadores del mundo, uníos!", "el proletariado no tiene más que sus cadenas que perder", "de cada cual de acuerdo a su capacidad, a cada quien según su necesidad" e incluso el concepto "dictadura del proletariado", entre otros, no fueron invención suya sino de otros intelectuales de quienes tomó prestado sin citar.

Marx era también, según mostró Jean François Revel, racista y antisemita. Sus diatribas contra los judíos -a pesar de su origen- y su desprecio a las personas de raza negra son tan ilustrativos de su racismo como desconocidos. Tan desconocidos como el hecho de que jamás pisó una fábrica, mina o industria para ver de primera mano lo que condenaba, y cuando estuvo cerca de trabajadores reales los detestó y excluyó porque no compartían su afición por la violencia ni sus gustos burgueses por el socialismo teórico.

Su desprecio por la realidad llegó a tal punto que prácticamente no trabajó, prefiriendo vivir del dinero ajeno o del "sablazo", para usar palabras de Escohotado. Naturalmente, quienes más sufrieron la fobia de Marx al trabajo fueron los miembros de su familia. Convencido en su infinito egoísmo de que debían financiarlo, redujo sus relaciones familiares a pedir dinero para pagar sus deudas, llegando a tal punto de descaro que tanto sus padres como sus suegros decidieron cortar la comunicación con él. Su esposa, una aristócrata llamada Jenny von Westphalen de la que estaba orgulloso, vería morir a su bebé luego que las deudas los obligaran a abandonar su casa para vivir en un albergue en condiciones miserables. Otros dos hijos de la pareja murieron prematuramente en situación de privación, la que Marx jamás se esforzaría por aliviar. A las tres hijas sobrevivientes, el progresista Marx negaría una educación que les permitiera sustentarse, usándolas como sirvientas. Trágicamente, dos de ellas se suicidarían luego de haber dejado su hogar para contraer matrimonio.

A la luz de todo lo anterior, solo cabe preguntarse: ¿qué se podía esperar de la doctrina engendrada por un ser humano tan deleznable? Von Mises, uno de los demoledores más formidables del socialismo teórico, daría la siguiente respuesta: "Marx predicó una doctrina de salvación que racionalizó el resentimiento y transfiguró la envidia y el deseo de venganza en una misión ordenada por la historia mundial... Siempre paga despertar lo que es maligno en el corazón humano. Sin embargo, Marx ha hecho más que eso: ha adornado el resentimiento del hombre común con el nimbo de la ciencia, y así lo ha hecho atractivo para aquellos que viven en un plano intelectual y ético superior".

El odio, la envidia y el desprecio por la vida humana alimentaron el corazón de Marx nutriendo también, inevitablemente, su doctrina, responsable de buena parte de los crímenes más horrendos del siglo pasado. Afortunadamente, en Chile, el sueño totalitario y criminal de sus seguidores jamás llegó a realizarse.

PUEDE DECIRSE QUE MARX FUE MUCHO MÁS UNA ESPECIE DE PROFETA GRANDILOCUENTE QUE UN ESTUDIOSO, UN FILÓSOFO O UN ACADÉMICO.

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