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Viaje a los orígenes DEL MONTAÑISMO EN CHILE

jueves, 30 de agosto de 2018

Por Paula López Wood
Ya Colección
El Mercurio

A comienzos de este año, el DAV donó al Museo Histórico Nacional 1.170 antiguas diapositivas con fotos de las décadas del veinte y el treinta que mostraban los ascensos que realizaron algunos de los pioneros del andinismo en la cordillera central. Esta es la historia de lo que hubo detrás de ese registro.



"La montaña siempre ha tenido

una atracción, una fuerza especial hacia sus habitantes. Los incas, por ejemplo, hacían sacrificios en el Plomo. ¿Cómo subieron? ¿Con qué equipo? No lo sé. A nosotros nos costó harto", dice Kurt Claussen en una entrevista en la casa de su hijo, en Las Condes. A sus 84 años, sabe de lo que habla. Él realizó la primera ascensión invernal al cerro Plomo (5.424 m) en 1957, cuando apenas había equipos de montaña para alcanzar esas alturas, y menos para aguantar las durísimas condiciones que implicaba subirlo en el invierno.

"Pasamos mucho frío. En esa época las carpas eran malas. De lona no más. Íbamos con bototos de cuero. Las colchonetas eran pesadas y heladas. El saco de dormir se lo hacía uno, con frazadas. Había que cargar los esquís, que eran como de dos metros, de madera, y los usábamos con piel de foca", recuerda Kurt Claussen. Otros cerros emblemáticos que este pionero alcanzó fueron cerro Arenales (3.365 m), en Campo de Hielo Norte, en1959; cerro Kobe (5.067 m), en el Valle del Yeso, en 1960, cumbre norte del Nevado Tres Cruces (6.030 m), en 1973; el Punta Desconocida (4.360 m.), en 1954. La lista sigue y es larga, con nombres que resuenan en la mente de cualquier andinista. Pero Kurt Claussen no se vanagloria de sus logros. Es más simple. "Para mí, la montaña es una forma de vida", sostiene.

PRIMEROS MONTAÑISTAS

"Recién a principios de la década del treinta surgió la idea de que tenía algún sentido subir montañas. Recuerdo que un profesor nuestro decía: 'No entiendo

para qué sube un cerro para comerse un sándwich arriba, si igual puede comerse el sándwich abajo'", cuenta, riendo, Walter Stehr, de 79 años, en una entrevista

en Santiago. Junto a Helmut Stehr, su hermano,

de 77 años, realizaron varias cumbres trascendentes

para la época. Era la generación a continuación de los socios fundadores del DAV -Club Aleman Andino de Santiago- como Sebastián Kreuckel, Hermann Sattler y Albrecht Maass (todos fallecidos), quienes en la década del veinte y treinta habían alcanzado cerros clásicos de la cordillera como el Plomo, Volcán San José, el Morado y el Marmolejo, este último, el primer seismil alcanzado por residentes chilenos.

"Eran gringos locos. Hacer expediciones en los Andes centrales era muy difícil. No había experiencia ni información. No había mapas, no había senderos ni señalización. No había nada. Para cruzar glaciares se encordaban con cuerdas de cáñamo atadas al cuerpo, sin arnés. Tallaban escalones con piolet, una técnica que ya no existe. En las fotos se ve que se abrigaban con chaquetas de cuero", cuenta Álvaro Vivanco,

actual presidente del DAV Santiago y principal impulsor de la donación de fotografías de cumbres de los Andes centrales al Museo Histórico Nacional.

¿Cómo lo hacían, entonces? Hubo un personaje que fue clave en estas hazañas: el arriero. Gracias a este gran conocedor de la montaña, estos hombres de habla germana lograron poner pie en las altas y difíciles cumbres de la zona central de Chile. Los arrieros los ayudaban a cargar peso con las mulas, les mostraban el camino que ellos ya conocían de memoria al llevar sus tropas de animales a pastar en las vegas. "Eran personajes muy decisivos. Nosotros nos íbamos de expediciones por varias semanas y ellos eran los que conocían el terreno. Nos juntaban la bosta seca para hacer fuego, hacían el pan. Y éramos como hermanos. Era gente muy buena y los echamos mucho de menos, porque van quedando muy pocos", dice Kurt Claussen.

MONTAÑISMO EN ALEMÁN

Como muchos alemanes que llegaron a Chile tras la crisis económica de Alemania a fines del siglo XIX y principios del XX, los padres de Kurt Claussen cruzaron

el Atlántico en un velero en busca de mejores oportunidades. Llegaron a Valparaíso gracias a un trabajo

que su padre, Otto Claussen, obtuvo en el Banco Germánico. Allí, las colinas de Recreo y la cordillera de la Costa se transformaron en el patio trasero para hacer las primeras excursiones junto a otros jóvenes de familias alemanas asentados en Chile, compañeros del Colegió Alemán y del club andino de montaña (DAV) de Valparaíso, inaugurado en 1909, la primera institución formal de montaña en Chile.

"Los veranos tomábamos el ferrocarril y partíamos

a mochilear a la Región de Los Lagos, donde había campesinos alemanes y un campamento de la juventud chileno-alemana que nos acogían muy bien", recuerda Kurt Claussen.

"Me acuerdo del ruido de los toperoles de los bototos

de montaña, que despertaban a todos cuando salíamos a la estación a tomar el tren que salía a las 6:20 a Limache, para llegar al refugio de Granizo en el cerro La Campana", recuerda Walter Stehr. Entre sus mayores logros está el primer ascenso al cerro Cincuentenario (4.987 m) en 1959 y al cerro Tronco (5.567 m) en 1960, ambos en la cordillera central. Por esa cumbre se les entregó el Premio Nacional de Andinismo."Hacía tanto frío que dormimos con dos pantalones puestos y cuatro pares de calcetines de lana. El agua de la cantimplora -que habíamos metido dentro del saco de dormir- se congeló igual", recuerda

de esa expedición.

Su hermano, Helmut Stehr, alcanzó cumbres de alta dificultad técnica como el Tronador. "Es la cumbre que más recuerdo. Nos dimos un abrazo, miramos el paisaje

hacia el norte y hacia el sur; el sol era estupendo, así que pasamos más de una hora en la cumbre, simplemente

gozando de esa amplitud de vista y de espíritu que te da el estar en la montaña", cuenta.

Con la llegada de la guerra, las cosas se hicieron más difíciles para muchas de estas familias de origen alemán. "El Banco Germánico cerró y mi papá quedó cesante. Éramos cinco hermanos y todos tuvimos que trabajar. Yo trabajaba en la óptica Hammersley de Valparaíso y en la noche terminaba mis estudios de bachillerato. Por eso hacíamos mucho deporte, para relajarnos. Atletismo, natación y, sobre todo, excursionismo.

Ahí yo me olvidaba de todos los problemas, me sentía libre".

SANGRE DE CONQUISTA

Por su cercanía con los Alpes y su espíritu deportivo,

lo de subir cerros era algo que históricamente estaba muy presente en la cultura alemana. Y en las décadas del veinte y del treinta -las mismas donde se lograron las primeras cumbres en Chile por montañistas

de habla alemana- los ideales de conquista se ensalzaban aún más en la medida que se instalaba la semilla del nacionalsocialismo.

"Había un ideal, una ética de decir: soy una persona

íntegra y para eso me preocupo de estar físicamente

bien y de relacionarme con la naturaleza. El interés por las montañas y las cumbres es herencia de esa educación que ellos llamaban gimnasia", cuenta Álvaro Vivanco.

Una de las placas de vidrio donadas muestra algo de ese espíritu. Tres hombres de aspecto germano vestidos con lo que parece ser una chaqueta de aviador alzan la mirada -hinchada de orgullo- hacia un horizonte de cerros nevados. Es la foto de cumbre de la primera ascensión al Mesón Alto, en 1929. "Tienen

una actitud en la cumbre que es militar, bastante agresiva. Hay que tener en cuenta que en esa época Alemania era un país muy militarizado. Y subir cerros tenía que ver con la conquista de una victoria, con derrotar

a la naturaleza, con decir, hemos derrotado esta cumbre. Esa actitud cambió, es una forma de ver el montañismo que ya no existe", explica Álvaro Vivanco.

La Revista Andina, cuya primera publicación es de 1919, reflejaba parte de ese espíritu de la sociedad germanoparlante en Chile. En un número de 1932 se lee, junto a una fotografía de la erupción del volcán Quizapuun, un extracto en alemán de un diálogo del "Fausto" de Goethe, que retrata una dramática escena de la creación de las montañas. "Entre los artículos de expediciones, botánica y zoología, te encuentras con poemas donde se percibe esta lucha del hombre contra la naturaleza, la conquista de someterse a la montaña. Todos esos conceptos eran súper fuertes",

cuenta Eduardo Quezada, bibliotecario del DAV Santiago y socio de hace 20 años. "Se hacían muchos rituales, cantaban en conjunto para terminar con una fogata, abrazados, cantando gritos que identificaban al grupo, porque la fuerza corporal llegaba por la fuerza de trabajar en conjunto", dice Vivanco.

El club de montaña era un círculo cerrado de la colonia alemana en Chile (recién en 1994 la revista Andina comenzó a publicar en forma significativa artículos

en español) y del terreno de lo masculino. "Las mujeres no podían participar en excursiones. A lo más llegaban a los campamentos. En esa época, había que explorar, buscar caminos para llegar a las cumbres, y todo eso era cosa de hombres. Cosa de machos", dice Kurt Claussen.

HALLAZGO

Pasaron las décadas, el montañismo en Chile se convirtió en un deporte para todas las edades y géneros,

no se hizo necesario pertenecer a un club para conseguir equipos y muchos de estos pioneros murieron y pasaron al olvido. Eso, hasta 2003, cuando Eduardo Quezada, bibliotecario del DAV, encontró 12 cajas antiguas de madera en una sala oscura de la sede. Las abrió, las limpió, las puso a contraluz y se dio cuenta del tesoro que esas placas de vidrio en positivo contenían. Cumbres legendarias, subidas por montañistas legendarios.

Lo primero que hicieron fue intentar digitalizarlas artesanalmente para rescatar el registro y desentrañar

la minúscula letra en alemán manuscrita que aparecía al borde de cada placa de vidrio. "Años más tarde, un bisnieto de Hermann Sattler -otro socio histórico del DAV- llegó con una caja igual a las que habíamos encontrado, junto con todas las fichas que identificaban el lugar y a las personas que aparecían

en las fotografías. Así pudimos clasificar todo el material", cuenta Eduardo Quezada.

Pero muchas de las placas del vidrio estaban a mal traer, con hongos, humedecidas o quebradas. Por eso, se hacía urgente encontrar una entidad que se hiciera cargo de su conservación. "Nos dimos cuenta de que al donarlas al Museo Histórico Nacional no solo se las iba a proteger del deterioro, sino que significaba que pasarían a ser patrimonio cultural, algo que sería de todos los chilenos", cuenta Álvaro Vivanco.

Finalmente, en abril se concretó el traspaso de las casi 1.170 placas de vidrio, que hoy se encuentran

en proceso de digitalización para prontamente formar parte de un catálogo público digital. "Cuando les hice la conservación preventiva quedé maravillada con las tomas. Las imágenes tienen una gran relevancia patrimonial debido a la descripción visual de expediciones de la primera mitad del siglo XX donde aparecen arrieros, herramientas, campamentos, refugios, esquí, algo de flora y fauna además de algunas fotografías urbanas del terremoto del 39 en Chillán", dice Carla Franceschini, curadora de fotografía del Museo Histórico Nacional.

"Queremos que todo el mundo sepa que esto existe. Este material es único, en esa época no había mas gente haciendo montaña. Ellos fueron los primeros y pudieron ser fotografiados", dice Álvaro Vivanco, quien actualmente prepara la edición número 100 de la Revista Andina. La digitalización será una oportunidad para darle a valor no solo a ese documento histórico, sino también a lo que significa subir montañas, implicancias que, para Kurt Claussen, son universales y trascienden cualquier época. "La montaña le da a uno muchas posibilidades de defenderse en la vida. Es difícil, es dura, entonces hay que llegar y lanzarse. Para mí, es como una formación interna que me ha ayudado mucho. Estoy contento de haberlo hecho, así que, misión cumplida".

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