Dólar Obs: $ 887,71 | -0,57% IPSA -0,25%
Fondos Mutuos
UF: 40.226,79
IPC: 1,30%
Publicaciones Volver al horror:

Los fantasmas del nazismo se aferran a la literatura

domingo, 12 de agosto de 2018

Roberto Careaga C.
Revista de Libros
El Mercurio

Llega a Chile El orden del día , en el que Éric Vuillard, ganador del premio Goncourt, explora cómo los privados apoyaron el ascenso de Hitler. Además, se están lanzando libros sobre el médico nazi Josef Mengele y la polaca Irena Sendler, quien rescató a miles de niños judíos en Varsovia. Son la prueba de un tema indeleble y ya están en librerías.



Probablemente no era la primera reunión de ese tipo en la que estaban los grandes empresarios alemanes. Otros políticos también les habían pedido dinero para sus campañas, aunque esta vez las condiciones eran distintas. Era secreta. El 20 de febrero de 1933 los dueños de Opel, Agfa, Bayer, Krupp y otros 20 industriales llegaron hasta un palacio a orillas del río Spree, y mientras fumaban habanos Montecristo escucharon al por entonces presidente del Parlamento, Hermann Göring, hablándoles de lo importante que sería para Alemania que los nazis ganaran las elecciones fijadas para tres semanas después. Luego, entró el Canciller Adolf Hitler y en media hora se ganó al público: antes de irse, los empresarios le entregaron un millón 400 mil marcos. Después, entregarían más. Por supuesto, fue una reunión histórica, como lo señala el escritor francés Éric Vuillard (1968) en su libro El orden del día . Una cita en la que aquellos empresarios operaron como "calculadoras a las puertas del infierno".

Publicado el año pasado en Francia, El orden del día (Tusquets) es un delgado volumen que coquetea con la idea de ser de una novela, pero no incluye nada de ficción. Dramaturgo, novelista y cineasta, Vuillard recoge varios hitos del ascenso de Hitler al poder, ninguno en la primera línea de la historia y casi todos ocurridos puertas adentro cuando aún la Segunda Guerra Mundial no se desataba: una cita con empresarios, otras con diplomáticos británicos y franceses, la rendición aterrada de Austria, además de varios gestos de privados que fueron permitiendo el éxito del nazismo. "Una inclinación oscura nos entregó, pasivos y amedrentados, al enemigo", escribe Vuillard en el libro donde las escenas no siguen una línea clásica, sino que se conectan por un tono trágico y a la vez absurdo. Un tono que caló hondo en la sociedad francesa.

" El orden del día es una novela fulgurante. Una lección de literatura. Y también una lección de moral política", dijo el crítico francés Bernard Pivot, después de que el libro ganara el Premio Goncourt 2017, el galardón literario más respetado de Francia. Ahora la novela de Vuillard acaba de llegar a Chile y no viene sola: el libro estará acompañado en librerías por una serie de otras novelas que rodean el horror nazi que se desplegó en la Segunda Guerra. El arco de historias es amplio: van desde un relato que sigue los pasos perdidos del temible médico de Auschwitz Josef Mengele, hasta uno que narra el heroico trabajo de Irena Sendler, una enfermera polaca que salvó a muchos niños del gueto de Varsovia. Se trata de una confirmación: lejos de ser parte de la historia, los ecos del hoyo negro del Holocausto resuenan aún con fuerza. Son inagotables. Todos los días parecieran descubrirse nuevas zonas que explorar de la tragedia.

O volver a explorar. Hace un mes, se entregó el Golden Booker Prize, una versión especial del galardón británico. En carrera estaban todas las novelas que habían ganado el premio en los últimos 50 años y la que resultó ganadora fue El paciente inglés , de Michael Ondaatje, la historia de un enigmático soldado gravemente herido que pasa los que podrían ser sus últimos días en un monasterio italiano mientras la Segunda Guerra se acerca a su final. Publicada en 1992, el conflicto aparecía como una crisis de fondo, y aparentemente así también estaría presente en la nueva novela de Haruki Murakami, La muerte del comendador , que será lanzada en español en octubre. Pero antes que ese libro, ya está disponible por editorial Galaxia Gutenberg Crónicas de Stalingrado , del periodista ruso Vasili Grossman, en donde están sus textos sobre esa batalla entre el Ejército Rojo y los nazis entre 1942 y 1943. No es solo periodismo, por cierto, sino un documento de la miseria humana.

Miserias privadas

Pero como sabemos, no solo en el campo de batalla estuvo la miseria durante la Segunda Guerra. La editorial Seix Barral lanzó el año pasado La matanza Rechnitz , en la que su autor, el suizo Sacha Batthyany (1973), indaga en un episodio terrible de su familia: la noche del 23 al 24 de marzo 1945, su tía abuela Margit Batthyány-Thyssen organizó una fiesta en un castillo de Rechnitz, Hungría. Los invitados fueron los jefes locales de la Gestapo, de las Juventudes Hitlerianas, del Partido Nazi y otras autoridades. En medio de la fiesta, reciben la información de que hasta la estación ha llegado un tren con 180 judíos con tifus y un grupo de 13 hombres decide tomar en sus manos la perversidad nazi: llevan rifles y los matan a todos. Aunque la historia es conocida e incluso la Nobel Elfriede Jelinek hizo referencias a ella en la novela El ángel exterminador , Sacha Batthyany solo se enteró en 2007 de que su tía era protagonista. Su libro es una larga investigación sobre los hechos, con el diario de su abuela en el centro y construido en torno a la carga familiar de haber sido cómplices.

Batthyany incluye en sus libros de viajes a Rusia y Argentina: en el primer país, su abuelo estuvo en un Gulag, capturado por los soviéticos, y en el segundo, terminó la hija de los empleados de sus bisabuelos que murieron en el patio de la casa a manos de las SS por ser judíos. Batthyany viaja para intentar comprender qué tipo de familia tenía. Por motivos muy diferentes, otro autor que viajó hasta Argentina fue el escritor francés Olivier Guez (1974), siguiendo las huellas de Josef Mengele, conocido como el "carnicero de Auschwitz". El médico que experimentó con prisioneros del campo de concentración huyó de Alemania poco antes de la llegada del Ejército Rojo y viajó a Sudamérica. Ahí es donde lo toma Guez para su libro La desaparición de Josef Mengele (Tusquets), una novela hecha en base a una investigación sobre las décadas en que el médico vivió en Argentina protegido por viejas redes fascistas.

Las caras del mal

"Mengele nos hace preguntarnos qué locura invadió a Europa para que Alemania, la nación más desarrollada y sofisticada del continente, dedicara todos sus esfuerzos a matar a miles de personas en fábricas de la muerte. Es un misterio absoluto", aseguró Olivier Guez hace poco hablando del libro que acaba de llegar a Chile. La desaparición de Josef Mengele también fue bien recibido en Francia y ganó el Premio Renaudot, sumándose a una tendencia marcada de la crítica gala por relevar novelas en esta temática: si en 2006 Jonathan Littell recibió el Goncourt por La benévola s , una novela sobre un oficial SS, Laurent Binet saltó a la fama internacional con HHhH , libro sobre el intento de asesinato del jerarca nazi Reinhard Heydrich. Esta última estaba basada en una historia real y justamente su textura histórica era parte del libro, lo que de alguna manera lo emparienta con El orden del día , de Éric Vuillard, quien sin embargo solo se limita a exponer hechos, a veces insistiendo en su carga moral.

En el caso de los empresarios alemanes que financiaron la campaña de Hitler, cuenta Vuillard, varios de ellos también sacaron provecho del régimen nazi recurriendo a los judíos de campos de concentración: "La guerra había resultado rentable. Bayer utilizó mano de obra procedente de Mauthausen. BMW reclutaba en Dachau, en Papenburg, en Sachsenhausen, en Natzweiler-Struthof y en Buchenwald. IG Farben explotaba una gigantesca fábrica en el campo de Auschwitz: IG Auschwitz, que de un modo totalmente impúdico figura en el organigrama de la firma. Agfa reclutaba en Dachau. Shell en Neuengamme. Todo el mundo se había abalanzado sobre una mano de obra tan barata", documenta Vuillard, aunque no aborda en el libro los diversos destinos de aquellas industrias, varias de las cuales después de la guerra debieron dar cuentas de sus hechos.

Lo que sí hace Vuillard es plantear que las acciones de esas empresas golpearon a toda Europa, porque producían bienes muy comunes: "Son nuestros coches, nuestras lavadoras, nuestros artículos de limpieza, nuestras radios despertadores, el seguro de nuestra casa, la pila de nuestro reloj. Están ahí, en todas partes, bajo la forma de las cosas. Nuestra vida cotidiana es la suya. Cuidan de nosotros, nos visten, nos iluminan, nos transportan por las carreteras del mundo, nos arrullan", escribe.

"Busco en la historia los puntos de ruptura. ¿Qué nos ha conducido adonde estamos hoy? ¿Qué nos ha llevado a la dominación de Occidente, a vivir con tamaños desequilibrios o al movimiento emancipador que anima nuestras sociedades?", contó Vuillard al lanzar El orden del día . Se refería a toda su forma de trabajar, pero las rupturas están especialmente claras en este libro: por ejemplo, en la narración del día en que Hitler se reúne con el Canciller austríaco Kurt von Schuschnigg, en julio de 1936, y en varias conversaciones lo intimida hasta que este le entrega sin ninguna resistencia el control de Austria. Y, a veces, explora justo más allá de los bordes de la historia oficial: cuando los soldados alemanes finalmente tomaron Austria, el 12 de marzo de 1938, llegaron en unos pequeños tanques alemanes muy ligeros, supuestamente muy convenientes, pero que en su presentación en sociedad fallaron: la inmensa mayoría quedó en pana y las carreteras fueron bloqueadas. Hitler demoró en llegar a destino. "Un ejército empantanado es un ridículo seguro", escribe Vuillard.

Otra vez, cuenta Vuillard, Hitler también quedó en ridículo. En noviembre de 1937, Hermann Göring se reunió con Edward Frederick Lindley Wood, conocido como el conde Halifax, un aristócrata británico que intentó una diplomacia con los alemanes en el marco de una "política de apaciguamiento". Casi al finalizar, Halifax confundió a Hitler con un sirviente por sus zapatos gastados. Le pasó su abrigo. Vuillard asegura que cuando Halifax narró el episodio en sus memorias lo hizo con ironía, pero según él representa la manera en que la oligarquía europea creyó que podía despreciar a Hitler. "La literatura en general, y con ella la historia, tiene por vocación principal, al contrario de lo que se puede pensar, no contarnos historias, es decir, mentiras, sino más bien desilusionarnos y ponernos en contacto con la realidad", aseguró Vuillard. "En lugar de querer dormirnos con las historias, como hacemos con los niños, la literatura sirve para despertar".

Pero entre la miseria, hubo claros de luz. En esta ola de libros, acaba de llegar a Chile Los niños de Irena (Aguilar), de la escritura estadounidense Tilar Mazzeo. Con menos pedigrí literario que la novela de Vuillard, este libro reconstruye la historia de la polaca católica Irena Sendler, una suerte de versión femenina de Oskar Schindler. Enfermera y trabajadora social, consiguió en 1941 un permiso para entrar y trabajar en el gueto de Varsovia y rápidamente empezó a rescatar a bebés y niños. Los sacaba de todas las maneras posibles: escondidos en sacos, cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercancías, ataúdes. Sendler murió en 2008, después de haber sido mencionada varias veces para el Premio Nobel de la Paz.

 Imprimir Noticia  Enviar Noticia