Fondos Mutuos
Isaac Bashevis Singer escribió, en su idioma yidish nativo, novelas tan memorables como "El esclavo" y "El mago de Lublin", que en 1978 le valieron con toda justicia el Premio Nobel. El presente volumen, de más de mil páginas, contiene casi medio centenar de cuentos, seleccionados por él mismo entre más de cien que publicó a lo largo de medio siglo. En ellos, incluso en los menos logrados, se aprecia la pluma del gran narrador, que no se cansa nunca de contar historias, vidas, peripecias, anécdotas, con su soltura habitual. Así y todo, su calidad literaria como cuentista está por debajo de su valor como novelista. La primera diferencia es ésta: aunque en ambos géneros se mueve casi íntegramente dentro del mundo judío, y lo recorre hasta el último rincón, ya sea en los guetos de pequeñas aldeas, ya en los de Varsovia o en Nueva York, sin embargo sus novelas alcanzan a través de la singularidad judía la universalidad de la condición humana, mientras que pocos cuentos suyos lo consiguen, encerrados como están en los meros usos y costumbres del judaísmo, ya religioso ya secularizado. En la primera serie de estos relatos cortos, situados por lo general en Polonia, la constricción de su posible universalidad viene dada por sucesos que en clave realista podrían interesarnos, pero no lo hacen, porque es tal el protagonismo de los espíritus, los dibbuk o demonios o diablillos traviesos del folclor de su pueblo, que pocas veces superan el dominio de lo pintoresco. Es tan invasiva su presencia, que en ocasiones el propio narrador en primera persona se presenta así desde el comienzo: "Yo soy el Espíritu del Mal, Satanás", y procede a contarnos cómo juega él, cómo interfiere y estropea los destinos humanos, trivializando el poder del mal sin llegar, por otra parte, al menor efecto humorístico. Estas presencias de ultratumba podrían, en principio, alcanzar la dimensión de la literatura fantástica, pero para lograrlo deberían ser entes serios y temibles, de verdadera malignidad, digamos que a la manera de H. P. Lovecraft o de C. S. Lewis, pero no lo son. No pasan de ser demonios juguetones y frívolos, que se divierten haciendo travesuras, tendiendo a los humanos ciertas trampas que a menudo bordean lo grotesco. La picaresca de los infiernos no supera el pintoresquismo, y al cabo resulta cansadora. Cuando se deja de lado ese folclor y pisamos el terreno firme del realismo, aún sin salir del gueto de Varsovia, disfrutamos de cuentos tan sabrosos como "El Spinoza de la calle del Mercado" o "Un amigo de Kafka". Es indiferente que la interpretación de Spinoza satisfaga o no los cánones de la filosofía, o que lo contado acerca de Kafka sea o no verosímil: simplemente estamos delante de anécdotas bien inventadas y bien contadas, por pocos sucesos que ocurran en la trama. Es aquí donde se deja ver la buena mano de Singer como narrador nato. Cuando el escenario de estos relatos se traslada a Nueva York, ciudad a la que Singer emigró huyendo de la persecución nazi, o a Miami, donde murió en 1991, creemos estar ya libres de diablillos folclóricos, y lo estamos. Pero en su reemplazo comienza el protagonismo de lo esotérico y ocultista, de lo "psíquico", con su parafernalia de poderes del más allá, de percepciones extrasensoriales, de acciones a distancia, de magnetismos y apariciones, de espíritus de variada índole, mezclados a veces con la providencia divina. Pero ese protagonismo, por muy distinto que sea de los dibbuk, vuelve a adelgazar la "sensación de realidad" que pedimos a un buen relato, realista o fantástico o maravilloso o del género que sea, sensación que tan bien consigue pruducir Singer en sus novelas mayores. Aún así, siempre hay relatos interesantes en esta segunda serie. Por ejemplo, "El escritor de cartas", que, esotérico y todo, es valioso y se lee bien. Hay en estos relatos algo superior a lo pintoresco, que revelan auténticos conflictos humanos, como la casi nouvelle "Algo hay allí", historia de un rabino horrorizado por el mal en el mundo, por el pecado y el sufrimiento que ve por todas partes: el hombre intenta por todos los medios descreer de Dios, maldecirlo o negarlo. Este cuento carece de desenlace, termina en puntos suspensivos, pero nos gana su hondura humana. En todo caso, la mayor parte de estos relatos carece de la estructura formal propia de un cuento: son desarmados, no apuntan a un clímax, terminan de cualquier modo. Son más bien pequeñas biografías, en las que Singer exhibe su poder de inventar vidas y de resumir destinos humanos, a menudo dolorosos. Porque él no es nada complaciente con los de su propia raza, ya sea con sus pequeñas miserias cotidianas, ya con sus enormes sufrimientos bajo el poder de Stalin, o de Hitler, o por obra de la simple discriminación étnica.