Fondos Mutuos
"Un filme de Ingmar Bergman es, si se quiere, un veinticuatroavo de segundo que se transforma y se prolonga durante hora y media. Es el mundo en el espacio que media entre dos parpadeos, la tristeza entre dos latidos de corazón, la alegría de vivir entre dos aplausos". Así de romántica y energizante era para el joven Jean-Luc Godard la experiencia del cine de Bergman. En julio de 1958, desde las páginas de la revista Cahiers du Cinéma y poco antes de debutar él mismo como realizador, Godard lo proclamaba como su favorito, como "el cineasta del instante". Ahora que el director sueco se encuentra al borde de su centenario -el próximo 14 de julio-, me pregunto si hoy somos capaces de celebrarlo con la misma alegría y pasión, con el mismo ardor. ¿O será que nos hemos acostumbrado a que Bergman nos parezca alguien serio, sufriente y distante, poco menos que un pensador, una estatua cinematográfica? Bergmanorama La culpa no es nuestra, en todo caso. El Bergman del que habla Godard era el artista inmortal de "El séptimo sello" (1957) y "Fresas salvajes" (1957), pero también el cineasta impulsivo y sensual de "Un verano con Mónica" (1953) y "Sonrisas de una noche de verano" (1955). Para los futuros directores de la Nouvelle Vague, ese cine en progreso era poco menos que una revelación, la puesta en imágenes de lo que Camus, Sartre y los otros habían expresado en palabra impresa y la prueba evidente de que el cine era posible tras las atrocidades de la guerra. Si su relación con esa obra solo podía entenderse en términos de carne y huesos, con nosotros -en cambio- tiende a ocurrir al revés: condenados a mirarlo en retrospectiva, nuestro Bergman es el sujeto atormentado y en crisis de "Luz de invierno" (1963), "Persona" (1966) y "La hora del lobo" (1968); el que se autoflagela sin piedad en "Escenas de la vida conyugal" (1974), mira la muerte a la cara ("Gritos y susurros", 1972) y luego hace las paces con el prójimo ("Fanny y Alexander", 1983), antes de dejarse abrasar por el fuego ("Las mejores intenciones", 1991) y emerger por última vez cual león de invierno ("Saraband", 2003). Nos cuesta imaginarlo en un rol que no sea el de titán del audiovisual y quizás ahí radica el problema: al momento de evaluarlo en sus cien años, quizás haya que despercudirlo un poco; acercarnos sin tanta reverencia, sin temor a que sus películas y su genio nos muerdan. Él también parece haber tenido eso claro, cuando en 2004, poco después del estreno de "Saraband" -y del cierre oficial de su carrera-, abrió la puerta de su casa en la isla Farö a la periodista Marie Nyeröd para grabar un trío de documentales para TV sobre su vida personal, teatral y fílmica que ese mismo año fueron condensados en el largometraje "La isla de Bergman". Ahí se lo divisaba solitario, pero activo; escribiendo con la misma intensidad de siempre, pero también acelerando su jeep a campo traviesa; integrado a la comunidad por el día y dialogando con sus propios fantasmas en el silencio nocturno. El vivo retrato de un artista crepuscular. Una versión harto menos reverente, pero mucho más cómplice, es la que ofrecen el crítico de cine Hynek Pallas y la directora Jane Magnusson, en su documental "Trespassing Bergman" (2013), que en vez de centrarse en la vida y la obra, se detiene en las 1.700 películas en VHS y DVD que aún permanecen intocadas en la biblioteca de su casa, en Farö. ¿Qué veía Bergman? A los maestros, por supuesto. Pero al lado de las obras de Tarkovski, Kubrick, Scorsese, Allen y Coppola, Pallas se topa con filmes como "Tiburón", "Cocodrilo Dundee", "Pesadilla en la calle Elm", varias de James Bond e incluso "Duro de matar". ¿Se imaginan a Bergman reclinado en su sofá, mirando al ensangrentado Bruce Willis sortear un mar de fuego y balas? Pluma y papel Es cierto, poco de esa informalidad y ese buen humor alcanzó a colarse en sus escritos; eso porque, aunque Bergman nunca se consideró como un novelista o dramaturgo profesional, siempre insistió en que cada palabra puesta por él en papel fuese convertida en material de trabajo, en la necesaria instancia previa antes de volcar esa energía sobre un escenario teatral o a la pantalla. La editorial Nórdica publicó recientemente "Cuaderno de trabajo", un volumen que rescata páginas de su período de mayor actividad creativa -entre 1955 y 1974-, pero la influencia de este ya se advertía en las secciones más privadas de "Linterna mágica" (1987), su autobiografía, y también en "Imágenes" (1990), sus caprichosas memorias cinematográficas, que constantemente hacían referencia a esos cuadernos pautados donde anotaba sueños, recuerdos y tormentos personales, y provocaban en el lector el persistente deseo de acceder de una vez por todas a esa cocina creativa, en parte por curiosidad y chismografía, pero sobre todo porque en su silencio autoimpuesto tras la filmación de "Fanny y Alexander", la mejor forma de regresar a ese mundo -o de adentrarse en este por primera vez- fue a través del Bergman escritor, una criatura tan disciplinada como plástica, capaz de evocar imágenes indelebles, pero sin dejarse llevar por la compulsión de filmarlas. Desde fines de los 80 en adelante, él escribió básicamente guiones, dejando que otros se encargaran del resto: Billie August ganó el Festival de Cannes con "Las mejores intenciones" -la historia de cómo se conocieron sus padres. Su hijo Daniel adaptó para la televisión sueca "Niños del domingo" (1992), el nostálgico recuerdo de una mañana de infancia; mientras que su ex esposa Liv Ullmann tomó las riendas de sus dos textos más complejos, "Confesiones privadas" (1997) -el relato del adulterio de su madre- e "Infiel" (2000), acerca del quiebre con Ellen Lundström, su segunda mujer, y su posterior fuga a París con la periodista Gun Grut, quien por breve tiempo se transformó en la tercera de un total de cinco esposas. El episodio había ocurrido en agosto del 49, pero medio siglo más tarde, el atribulado protagonista continuaba recreándolo en su cabeza, sin poder -o querer- deshacerse de él. Autor, autor Precisamente esa aptitud para poder atrapar, para dejar madurar en el interior emociones, actos y dolores que a otros les podrían resultar insoportables, es lo que ahora -ya bien adentrados en la segunda década de este siglo- aparece como la cualidad definitoria de la obra bergmaniana. Si en su tiempo esa vocación lo separó del cine de sus contemporáneos, situándolo en otra liga, hoy ese rasgo único permite a sus filmes navegar seguros en un mundo acaso más poblado de reglas, convenciones y arrebatos que aquel para el que originalmente fueron concebidos. En su vida, Bergman atropelló esos límites sin detenerse a mirar el daño que dejaba atrás; pero en sus cintas, ese shock , ese disgusto y esa brutalidad se despliegan al completo, en todo su horror y magnitud. Dudo que un cineasta actual pueda desnudar sus pasiones, miedos, defectos y claro, también su maldad, del modo en como Bergman hizo película tras película, y salirse con la suya. Tipos tan talentosos (y desalmados) como Lars von Trier han salido trasquilados por intentar algo parecido. Y a propósito del danés, algunos dirán que su intento de compararse con el maestro es poco menos que un sacrilegio -aunque "Dogville" (2003) es digna de pararse frente a cualquier clásico de Ingmar-, pero hay que reconocer que Von Trier partió esa carrera con una desventaja irremontable: él y su obra se encuentran insertos en un momento donde el mundo audiovisual, como nunca antes, se encuentra rebosante de "autores", artistas activos, brillantes y diversos en todos los sentidos, presentes en decenas de festivales y difundidos vía múltiples plataformas; y, sin embargo, su relevancia cultural y social, su capacidad de prender el fuego (sin importar cuánto lo avive) parecen reducidas sin remedio. No es que el director como autor, como pensador, sea una raza en extinción; es la autoría cinematográfica misma -en cuanto concepto e ideal estético- la que parece haber perdido influencia en una atmósfera crecientemente fragmentada y mediatizada. Un ambiente así podrá dar pie a todos los "continuadores" de Bergman que quiera, pero el peligro es que lo haga en un marco que tienda a embalsamar al producto original; a conservarlo seguro, frío e inalcanzable, listo para convertirse en material para los libros de historia. Lo que para efectos bergmanianos sería una tragedia. Porque la manera más efectiva de comprobar la vigencia de esa obra es justo la contraria: enfrentar ese inmenso corpus a las recientes discusiones de género; leerlo a la luz de los neofeminismos y la crisis de lo masculino; ver cuánto de lo planteado por el cineasta y sus actores sobrevive de cara a la política sexual y familiar contemporánea, a la idea de una Europa que va de regreso al nacionalismo, a los renovados fantasmas de deshumanización. En tiempos como estos -tan esperanzados como crueles y espectrales-, no cabe duda: Bergman y su legado están y estarán ahí, para dar testimonio, pero también para ofrecer solaz. Dudo que un cineasta actual pueda desnudar sus pasiones, miedos, defectos y claro, también su maldad, como Bergman lo hizo. ¿Nos hemos acostumbrado a que Bergman nos parezca serio, sufriente y distante?