Fondos Mutuos
Nada hay en las pinacotecas más difícil de interpretar con algún criterio que los retratos. Contemplamos una escena mitológica, una pintura de flores o la representación de algún episodio de la Biblia y las comentamos con vivacidad. ¿Pero qué decir del rostro humano?, ¿qué decir de un individuo representado en una pintura, de quien a veces ni siquiera sabemos cómo se llamaba? El Prado nos ofrece una exposición de retratos pródiga en obras extraordinarias y en criterios de interpretación. Y no es una dedicada a la historia del retrato o a las tipologías del género, sino a algo más difícil, a una personalidad en la personificación, a la obra retratista de un solo autor, Lorenzo Lotto (Venecia, 1480-Loreto, 1557). Tal vez su atormentada vida facultara a Lotto como explorador de la personalidad e inventor de inéditas modalidades pictóricas. Pero ninguna de las exposiciones antes realizadas sobre el pintor italiano se había centrado en su magisterio para el arte del retrato, como lo hace esta, comisariada por el director mismo del Museo del Prado, Miguel Falomir, junto a Enrico Dal Pozzolo. Hacen una aportación al entendimiento de este artista que no tardará en ser reconocida mundialmente; de hecho, para noviembre, la muestra será acogida por la National Gallery de Londres. El retrato como objeto El orden de los cuadros invita al visitante a recorrer con ellos los grandes episodios de la vida de su autor, distribuidos entre Venecia, Treviso, Bérgamo y varias poblaciones de Las Marcas. Murió a los 77 años, precisamente, en Las Marcas, en el santuario de Loreto, donde se conservó su libro de cuentas, que documenta excepcionalmente bien al maestro. De la secuencia vital de sus trabajos, registro de las muchas huidas y zozobras que conforman la novela del artista, resulta un itinerario lleno de pulsión y preparado para espolear de cuadro en cuadro nuestra curiosidad. Y otra carga vital se suma a la anterior al acompañar sus pinturas en la muestra con muchos de los objetos que representan. Un anillo, un arma, un camafeo, una alfombra, un ejemplar de los Sermones de San Gregorio Magno, una camisa y una escultura antigua están entre los objetos que pueden ser vistos en la exposición, tanto formando parte de las imágenes pintadas, como físicamente en una vitrina próxima a los respectivos cuadros. Se insiste en esa alianza entre los efigiados y los objetos que los acompañan en la expografía de muchos de los cuadros. Hace pensar en la confianza que el escritor Mujica Láinez depositaba en los objetos por encima de las personas para dar expresión a la vida humana. La exposición, ante todo, al hacer físicamente explícitos objetos que rodean en imagen a las personas, logra que nos cuestionemos la propia naturaleza del retrato del que da testimonio. Difícilmente nos valdrá con reconocer en los retratos meras imágenes personales. No solo hay en ellos objetos, tan importantes para la representación, sino que ellos mismos tienen mucho de objeto, de mueble, de artefacto para la encarnación íntegra de la persona. Las máquinas para la durabilidad ejemplar del alma que inventa Lotto son prodigios extraordinarios, como el que en 1523 apañó en el lienzo del Prado "Micer Marsilio Cassotti y su esposa Faustina", retrato matrimonial preparado para actuar como ingenio perpetuo de las virtudes conyugales. Pero el ejemplo más extraordinario de artefacto que sirve para preservar la identidad del alma de un retratado lo ofrece el cuadro de 1505 "El obispo Bernardo de' Rossi", porque de él se ha conservado la cubierta. En la exposición se juntan el retrato, procedente del Museo di Capodimonte, y la cubierta, llegada desde la National Gallery de Washington. La cubierta fue un componente común de los retratos, del que han llegado poquísimos ejemplos hasta nosotros. La soberbia imagen de media figura del obispo, realizada con toda maestría y precisión en el manejo de las técnicas pictóricas y ópticas del Cinquecento, iba cubierta por una segunda tabla, también pintada, cuyo contenido es una visión alegórica del alma humana. Se explicita en este caso, como en otros de forma menos completa, el carácter mueble del retrato, su condición de artefacto destinado a contener íntegramente la identidad humana que representa. Extraordinario museo de la identidad personal y de sus dramas el que aquí proporcionan los cuadros de Lotto, cuya efigie, cómo no, también podremos encontrar. Lo veremos en la pala que representa a San Antonio repartiendo limosnas, pintada en Venecia hacia 1540.