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Un científico detrás del cangrejo

sábado, 07 de julio de 2018

Por NICOLÁS ALONSO
Entrevista
El Mercurio

El chileno Julio César Cárdenas creó un arma que podría ser fundamental para la lucha contra el cáncer: con una toxina extraída de una rara esponja marina, ha logrado reducir en hasta 70 por ciento los tumores de mama y de próstata desarrollados por los ratones de laboratorio. Mientras afina sus experimentos en la Universidad de California, hoy tiene una sola cosa en mente: darle un golpe definitivo al mayor de los males.



Parado a los pies de la cama, el joven científico vio morir a su padre. La agonía fue breve: una puntada en el estómago, mientras almorzaban en un mercado, y luego todo de golpe. Las luces blancas del hospital, el llanto de su madre, las dos palabras feroces: cáncer gástrico. Tres meses después del diagnóstico, en una habitación sencilla, en la casa en que vivió durante toda su vida en Conchalí, Julio César Cárdenas vio morir a su padre -también estaban allí su madre y sus dos hermanas-, y no pudo dejar de pensar en el proceso biológico, en lo que estaba sucediendo en el cuerpo: la falla sistémica, la enfermedad arrasando con todo, las pinzas del cangrejo.
Fue Hipócrates, el padre griego de la medicina, el que imaginó la metáfora: en el siglo IV a.C., le pareció ver las patas de un cangrejo avanzando por lo que creía tejidos ulcerosos. Eso el joven lo sabía: había sido el primero de su familia en ir a la universidad y cursaba un doctorado en ciencias biomédicas. Sabía, también, que de un cáncer gástrico no hay vuelta atrás.

-Es difícil tener esperanza cuando entiendes lo que pasa -recuerda Julio César Cárdenas.

Está sentado frente a la ventana de su laboratorio, con la mirada fija en los árboles de afuera. Han pasado casi dos décadas. Ahora tiene 41 años y es uno de los investigadores más relevantes de su generación. El camino ha sido largo, pero sin titubeos: a los 9 años, en su barrio en Conchalí, ya les decía a los vecinos que iba a ser científico.

Lo primero, cuenta, fueron los libros de Julio Verne, que despertaron otros mundos en su cabeza, y la pulsión por investigar todas las plantas y los insectos del patio de su casa. Pero, sobre todo, fue el microscopio de juguete que su madre le regaló para su cumpleaños. Ahora recuerda mientras mira por la ventana, dándole la espalda a los microscopios que valen, cada uno, una fortuna.

-Ese día fui corriendo al patio, tomé agua de un charco, la puse en una plaquita, miré por el lente y vi un montón de paramecios nadando. Fui gritando a llamar a mi mamá. ¡Mira lo que hay en el patio! ¡Son como marcianos! Me volví loco, y empecé a mirar todo en el microscopio, hasta mi propia sangre. Yo a los 9 años ya lo sabía, y decía: voy a ser científico.

Sus padres no tenían educación media y no entendían muy bien de qué se trataba la ciencia, pero lo apoyaban. Su padre, peluquero, soñaba con que atendiera pacientes en un hospital, y él intentó acercarle, aunque sea unos años, esa felicidad: entró a estudiar tecnología médica en la Universidad de Chile, una carrera extraña para un científico.

Más tarde luchó para que lo aceptaran en el programa de doctorado de la universidad. Su padre cayó enfermo.
Viéndolo morir, Cárdenas pensó en la ferocidad con que el cangrejo iba tomando su cuerpo, sin pausa, inexorable. Hoy piensa en otra cosa: que ha encontrado una forma de detenerlo.

-Es la palabra que nadie quiere nombrar. Hay más de cien tipos distintos, y la posibilidad de tener uno está siempre ahí, latente -dice el científico-. Cuando a alguien escucha decir que tienes cáncer es terrible, devastador.

Lo nombras y la gente se persigna, toca madera.
Julio César Cárdenas lo nombra, pero no se persigna ni toca madera. Está parado en medio de su laboratorio, financiado por el Centro de Gerociencia, Salud Mental y Metabolismo, en un cuarto piso de la Facultad de

Medicina de la Universidad de Chile. El salón, caótico y silencioso, está atravesado por dos mesones atiborrados: hay decenas de jeringas, cajas, tubos de ensayo, recipientes, cuadernos, mochilas y hasta una guitarra, entre máquinas para amplificar ADN, examinar el metabolismo de las células o medir el consumo de oxígeno en ellas.

En las paredes hay algunos memes que solo causarían risa a un estudiante de ciencia, y al fondo, ensimismada, una muchacha desmenuza con pulcritud un cerebro de ratón.

Cárdenas ingresa en una habitación lateral y abre la puerta de un pequeño refrigerador, que en vez de bebidas contiene células tumorales. Son muestras diminutas de cáncer -de mama, en este caso-, que subsisten en un líquido rojo oscuro. Las han importado de Estados Unidos, y cada una viene con su historia precisa: fueron tomadas a mujeres de distintas razas y edades, que han luchado contra el cáncer en diversos puntos del planeta. Algunas, décadas atrás. Las más recientes son chilenas y se las envían directo desde algunos hospitales del país.

-Uno normalmente está generando células tumorales, pero en condiciones normales el sistema inmune las reconoce y las destruye -dice Cárdenas, de pelo largo, pantalones pitillos, barba canosa-. En el fondo, el cáncer es como un desbalance de energía de nuestro sistema. Es difícil mantener el balance en un mundo tan loco y cambiante.

Para crecer, el cáncer necesita sobre todo eso: energía. Eso fue lo que entendió el investigador chileno mientras hacía pasantías y posdoctorados en Francia y en Estados Unidos, y es la idea base que hoy tiene a su equipo experimentando en sus laboratorios en la Universidad de California y en la Universidad de Chile. Su línea experimental, sencilla como toda gran idea, lleva dos años generando revuelo en la competitiva carrera de la ciencia mundial para vencer el cáncer. A fines de 2016, en un paper publicado en la revista Cell Reports, mostró resultados que dieron la vuelta al mundo: en una semana había logrado reducir hasta 70 por ciento tumores humanos de cáncer de mama y de próstata, implantados en ratones sin sistema inmune.

Su secreto era bastante exótico: había encontrado, entre las nueve mil especies de esponjas marinas que existen en los océanos -un grupo de animales de linaje muy antiguo, parecidos a plantas-, una que secreta una toxina para defenderse, que contiene una molécula capaz de arrasar con los tumores cancerígenos. La esponja se llama Xestospongia exigua, está presente solo en algunas profundidades marinas de Nueva Caledonia, un archipiélago de Oceanía, y en su veneno -concretamente, en la rarísima molécula llamada Xestospongia B-, Cárdenas creyó haber hallado el arma para derrotar al mayor enemigo del cuerpo humano.

El investigador chileno explica esas cosas mientras observa, en la pantalla polvorienta de su computador, el comportamiento de sus células tumorales. La pregunta detrás de todo su trabajo, explica, es tan simple que podría parecer obvia: cómo evitar que el cangrejo tenga la energía suficiente para arrasar con nosotros. Cómo cortar su ruta de provisiones.

-Las células liberan unas pequeñas señales de calcio que activan la generación de energía en las mitocondrias. Ese calcio se transmite por un canal llamado IP3. Yo me pregunté, de forma muy intuitiva, qué pasaría con las células tumorales, que requieren mucha energía para crecer y proliferar por todos lados, si lograba bloquear ese canal. Cómo sobreviviría ese cáncer.

Era principios de 2011, y Cárdenas, de 34 años, viajó hasta París para pedirle ayuda a un viejo maestro: el experto en toxinas marinas Jordi Molgó, de la Universidad de París-Saclay, que seis años antes lo había recibido una temporada en su laboratorio para investigar sobre los canales de calcio; entonces el joven tecnólogo médico acababa de terminar su doctorado, había visto morir a su padre y ya le daba vueltas a la idea de encontrar una forma de vengarse del cangrejo. Jordi Molgó, un chileno radicado en Francia desde hace décadas, que conocía como pocos el poder experimental de los venenos marinos, lo introdujo en la esponja Xestospongia exigua.

-Las toxinas marinas se han ido refinando con cincuenta millones de años de evolución, tienen la capacidad de actuar de forma muy selectiva, con blancos únicos -dice Jordi Molgó, de 72 años, al teléfono desde París-. Esta esponja es capaz de bloquear los canales en las células musculares y nerviosas. Julio César abrió con ella una puerta que nadie había visto, muy importante. Yo creo que él va a acelerar mucho la pelea contra el cáncer. Estoy seguro de que en algunos tipos de cáncer, como los cutáneos, esto puede funcionar perfectamente.

Entusiasmado, el investigador chileno-francés le cedió a Cárdenas las pocas reservas que conservaba de la esponja, recogidas en una vieja expedición de buceo. Cárdenas volvió con ellas al laboratorio en donde entonces terminaba un posdoctorado, en la Universidad de Pensilvania, y comenzó a recolectar un muestrario de células cancerosas. Sus primeras pruebas, recuerda, incluyeron cáncer de colon, de próstata y de piel, y algunas leucemias, además de otras tantas células sanas para comprobar el posible efecto nocivo del tratamiento. Una tarde, les inyectó a todas la toxina oceánica, las colocó en una incubadora y se fue a casa a masticar su ansiedad. A las nueve de la mañana volvió agitado al laboratorio.

-Los científicos toleramos mucho el fracaso, porque siempre creemos que le vamos a dar el palo al gato y casi nunca pasa nada. Pero esa mañana abrí la incubadora, vi que las células de cáncer estaban destruidas y las normales bien, y pensé de inmediato: esto es algo importante. Solo las de cáncer morían. Lo que significa que era algo selectivo, porque si tú le tiras cloro las células tumorales se mueren, pero las células normales también.

Todas mueren.

Esa mañana, dice el investigador, fue sin duda la más importante de toda su vida científica. Y el punto de partida. Necesitaría cinco años para entender por qué había funcionado.

A veces, Julio César Cárdenas sueña con sus experimentos. No visualiza tumores y toxinas, sino ideas más abstractas, respuestas que no ha podido encontrar de día y que anota, en medio de la noche, en el cuaderno que tiene sobre su mesa de luz. Algunas mañanas, ha hallado en esas páginas los caminos para seguir librando su batalla contra el cangrejo.

Ahora es media tarde, su laboratorio en la Universidad de Chile va quedando vacío, y él observa, en su computador, la muerte de una célula tumoral. En el video, la célula, de color rojo y aspecto extraterrestre, se divide en dos. Va formando dos células de cáncer, redondas y perfectas, pero en el momento exacto en que se van a separar, explotan y desaparecen. Una onda expansiva microscópica arrasa el resto de la muestra, en la que ya no queda cáncer.

El investigador explica, en términos sencillos:

-Lo que hacemos es abusar de esta capacidad que tienen las células tumorales de crecer sin parar. Cuando les tiramos la molécula y taponamos el canal, les detenemos el combustible. La célula revienta, porque los niveles de energía bajan y no puede mantener su equilibrio.

Las células normales, en cambio, como carecen de la voracidad del cangrejo, saben cuándo dejar de crecer: cuentan con sensores capaces de adaptarlas a una baja de energía. Por eso, han resistido tan bien los ataques de las toxinas de Xestospongia exigua en los experimentos.

Pero en ciencia, que algo parezca funcionar bien no es más que el inicio de la travesía: luego de comprobar que su toxina lograba atacar el cáncer in vitro, Cárdenas se preparó para enfermar a su primera camada de ratones. Fueron nueve, al comienzo, y a cada uno le inyectó células de cáncer de mama y de próstata a ambos lados del cuerpo. Cuando después de siete días tenían dos tumores formados, les inyectaba la molécula de la toxina solo en uno de los costados. Al día siguiente, extirpaban ambos tumores. Lo hicieron con 27 ratones.

-Esos días sentía una euforia total. Me daba cuenta de que lo que hacíamos de verdad funcionaba. Cuando los pesábamos, los tumores tratados eran 50 por ciento más chicos. La última camada de ratones la dejamos una semana, y en ella los tumores se habían reducido en 70 por ciento, pero no pudimos saber si con más tiempo el cáncer hubiera muerto por completo.

No pudo saber, de hecho, nada más, porque se les acabaron todas las reservas de Xestospongia exigua. Su dealer francés, Jordi Molgó, tenía malas noticias: el único buzo neocaledonio que sabía distinguir las esponjas que usaban de todas las demás, había contraído mal de presión. Cárdenas se desesperó: llegó a pensar en aprender a bucear para ir él mismo a rastrearlas, pero finalmente optó por empezar el proceso que, de todas formas, algún día iba a necesitar: buscar a un químico genial que fuera capaz de construir una versión sintética de la molécula.

-Hice un rastreo por todas partes, pero todos los químicos me decían que era imposible. Que una molécula tan compleja como esa solo era capaz de producirla la naturaleza. Esto nos tuvo estancados, hasta que Jordi se puso en contacto con el ruso Armen Zakarian. Él me dijo: "Yo lo hago, pero me voy a demorar un año". Un año después, me la envió al laboratorio.

En realidad, lo que le envió Armen Zakarian, un químico extraordinario de la Universidad de California, colaborador de varios premios Nobel, fue una docena de moléculas distintas, y también un desafío: él mismo tendría que adivinar cuál era la verdadera, probándolas con diferentes experimentos. Es lo que en ciencia se llama una prueba de "doble ciego". Luego de varios meses dedicado a eso, Cárdenas supo que tenía la molécula exacta, y que ya podía usarla en forma masiva para experimentos. Un nuevo punto de partida para su trayecto.

Ya está en marcha, en su laboratorio de California, una segunda etapa de experimentos: prueban cómo actúa la molécula en algunos ratones con metástasis -un aspecto clave a dominar para un futuro tratamiento-, tratando de establecer el límite de toxicidad que pueden soportar de ella en sus organismos. Probarán la droga en una nueva camada de ratones, con sistema inmune activo. Para pensar en probarla en humanos, cree Cárdenas, todavía faltan entre cinco y diez años. Antes, necesita tener resultados conclusivos en roedores y primates, que permitan descartar efectos secundarios graves para los pacientes.

-Creemos que no debería pasar, porque nuestra droga solo mata a las células tumorales, ahí está radicada nuestra esperanza. Pero siempre hay incertidumbre: los ratones no hablan.

No solo su propia esperanza está en juego: desde que las noticias de sus experimentos llegaron a los periódicos, todas las semanas recibe varios correos de enfermos de cáncer graves ofreciéndose para que experimente sobre ellos. Él no puede hacerlo, pero esos mensajes le dan, dice, un sentido de urgencia. Lo ayudan a estar enfocado cada día en el laboratorio.

-Nosotros pensamos que con esta herramienta podríamos curar el cáncer, pero no quiero crear falsas ilusiones. Aunque en lo íntimo, es lo que buscamos, y creemos que podemos hacerlo. Hasta ahora, al menos, sentimos que estamos ahí, en la pelea, en el camino correcto.

El camino correcto, lo sabe Cárdenas, es uno que en cada esquina parece empezar siempre de nuevo. Como el que une esa tarde lejana, a los pies de la cama de su padre, con esta tarde en que el laboratorio ya está vacío y el cáncer, al menos aquí adentro, parece ir perdiendo su pelea.

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