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"Laguna" Su nuevo libro:

Álvaro Bisama regresa a la novela con un policial-gótico viñamarino

domingo, 01 de julio de 2018

Pedro Pablo Guerrero
Revista de Libros
El Mercurio

El escritor cuenta en Laguna una fantasmagórica historia de asunto criminal, ambientada en Viña del Mar a comienzos de los 90. Un "homenaje involuntario", según dice Bisama, a uno de los libros menos conocidos de Alfonso Alcalde.



Febrero de 1992. Un estudiante del sur regresa a Viña del Mar antes de que empiecen las clases en la universidad. Estudia para ser profesor. No dice de qué. "Soy alguien que escucha casetes. Soy alguien que lee lo que le dicen. Todo queda lejos en mi mente. No entiendo inglés. No entiendo latín. No entiendo historia. No entiendo nada", declara al comienzo de Laguna .

Mientras la ciudad recae, como cada verano, en el Festival de la Canción, el protagonista se encuentra con el Chino, un "falso hippie" que ni siquiera es su amigo, pero al que se arrima por una mezcla de inercia y tedio. El Chino viene del norte, canta en locales de mala muerte y trafica. Junto a él recorrerá la noche viñamarina más dura. Una noche que cambiará su vida.

"Escribí el libro hace tres o cuatro años", dice Álvaro Bisama (Valparaíso, 1975). "Como me pasa casi siempre, no la esperaba ni la planifiqué; se me impuso como una obsesión. De hecho, no tenía más intención que sacarme de encima la historia que tenía en la cabeza".

El agua estancada de Sausalito

Laguna se llama igual que un poema de Joseph Brodsky cuyos versos sirven de epígrafe al libro. "Encontrarlo fue puro azar", reconoce el autor. "Ya tenía el título, ya sabía que la novela se iba a llamar así. Pero una madrugada estaba desvelado y me puse a leer a Brodsky y me topé con ese poema. Anoté la cita y luego me di cuenta del título: hay que respetar estas sincronías. El poema, que es de 1973, tiene como centro la conciencia de un hombre que da vueltas por Venecia, medio a la deriva, una ciudad que Brodsky describe por medio de pequeñas viñetas para dar cuenta de que habita en una especie de tiempo suspendido, algo que yo intuía mientras lo leía de madrugada y de modo inesperado, en ese momento intermedio donde los objetos del mundo adquieren cierto contorno irreal".

La acción de la historia desemboca en Sausalito, conocida laguna artificial de Viña del Mar. "Estudié en un colegio que quedaba al lado", recuerda Bisama. "Mirábamos la laguna por la ventana y me parecía un paraje fantástico sobre todo cuando estaba cubierta con neblina algunas mañanas de invierno. Era un paisaje al que podías huir dentro de tu cabeza cuando todo era demasiado duro o triste o frío. Pero también es algo que se conocía de cerca: las clases de educación física consistían mayormente en dar una o dos vueltas a la laguna, tres si el profesor no quería hacer nada, lo que pasaba la mitad del tiempo. Era una soberana idiotez, la verdad. Recuerdo un año en que tenía esas clases en la primera hora. Entrábamos a las 7:40 AM y a las 8 estaba aún medio oscuro y nosotros, los estudiantes, estábamos obligados a salir a dar esas vueltas en medio del frío, atravesando ese paisaje lleno de barro y sauces, mirando un agua que apenas parecía moverse, silente y fantástica en su condición de postal casi secreta".

Esta atmósfera cruza toda la novela, que se podría calificar como un policial-gótico, sombrío y posmoderno, con fantasmas que se escurren de madrugada por plazas vacías, y una fiesta donde una chica cuenta una historia extraña de niños, sueños y espiritismo. "Es pura ficción", explica Bisama. "Es un momento medio weird , a lo Lovecraft: una manera de juntar sus pesadillas con las de María Luisa Bombal, con todas esas mansiones viñamarinas que ahora están demolidas, con esos palacios que ya no existen y donde quizás ella es una fantasma más y su escritura, otro de esos palacios extraños que hay que volver a visitar".

Otro episodio clave de Laguna transcurre en una casona de Quilpué, descrita en la novela a través de una imaginería decadente y conspirativa: chatarra nazi, genealogías moribundas y trapicheos con el hampa. "Lo de los nazis lo escuché hace mucho tiempo y luego encontré unos informes de la Agencia de Seguridad Nacional, de Estados Unidos, donde hablaban de las antenas nazis que habían en Quilpué", dice el autor, quien ha trabajado la misma idea en crónicas y ficciones anteriores. "Esa tecnología oxidada y descompuesta, la de una economía informal hecha de chatarra que recorre por debajo las ciudades. En Laguna , aquello es una suerte de parque temático de la memoria del personaje que vive en El Belloto y que está hecha de esa herrumbre y de esos escombros que remiten a esos mundos perdidos".

Un personaje de la novela, el Gordo, cuenta, en un momento de espera -uno de tantos-, un final alternativo para la vida de Luis XVI. En su relato, el rey de Francia es desterrado a América, donde acaba sus días en el olvido, como Homero en "El inmortal", de Borges.

-¿Este relato nació durante la escritura de la historia central de la novela o lo intercaló después?

-Estuvo ahí desde el comienzo, aunque no sabía qué diablos iba a llegar a pasar con él. Era parte de la novela, una de las primeras cosas que me vinieron a la cabeza. De hecho, eso era lo que perseguía, que alguien contara al borde del final ese relato. Porque esa era una de las pocas cosas que tenía claro cuando estaba escribiendo: que alguien iba a hablar de Luis XVI en algún momento y que iba a convertirse en una suerte de clausura, una pesadilla dentro de la otra pesadilla que era la historia central.

Quizás, piensa el autor, el origen de esta subhistoria está en el recuerdo de unas cajas llenas de libros viejos que alguna vez vio en la avenida Argentina, de Valparaíso, o en el Persa Bío Bío. "Supongo que eran de la biblioteca de alguien y no sé si puede haber algo más borgiano que eso, que ese montón de libros llenos de barro y moho pero con sus páginas foliadas intactas porque nunca nadie las había abierto. Escribir esa parte era una forma de hablar de los libros que nunca llegan a tener lectores, de esas escrituras parecidas a la caja donde el tal Schrödinger había planeado meter a un gato. Ahí supe que esa historia debía salir de ahí, de las páginas de un libro tan imposible como falso, que nadie había llegado a leer nunca".

-El Gordo y sus compinches hablan de una pugna generacional en los bajos fondos y de una "guerra invisible" por el control de territorios. ¿Sucedió realmente?

-Eso me lo inventé, aunque tenía detrás el libro sobre los psicópatas de Viña que escribió Alfonso Alcalde, que nunca he entendido por qué no se ha reeditado, pensando en que podría ser uno de los libros importantes de crónica escritos en Chile durante los 80. Tres volúmenes que se vendían en quioscos y que Alcalde escribió buscando respuestas a los crímenes, pero también tratando de hacer crónica roja con las herramientas del "nuevo periodismo", del que dictaba talleres. Se trata de un trabajo de investigación enorme, pero también con voluntad de llegar al lector en una crónica llena de testimonios recopilados y verdades contrapuestas, una cacofonía que quizás representa ese momento de la ciudad como ningún relato de la época. Alcalde describe un paisaje asfixiado y violento, una suerte de imperio hecho de pánico, con la dictadura de fondo. Laguna quizás trabaja desde su resaca en una especie de homenaje involuntario, pues trata de hundirse en esos mismos paisajes, en esa mitología casi doméstica del miedo que yo alcancé a percibir cuando era adolescente y que volvió a encarnarse mientras escribía la novela.

"En esta novela no hay intención documental"

En Laguna predomina un lenguaje de frases cortas, puntos aparte -que evitan el párrafo largo- y enunciados narrativos más que descriptivos. "Oraciones que se apagan. Frases que mueren al segundo. Esquirlas", como se refiere el narrador a su forma de contar. "Quería que el narrador existiese en una suerte de limbo, como si el acto de recordar fuese sumergirse en una pesadilla o una alucinación", dice Bisama. "La historia requería ese tono, ese ritmo, algo que yo buscaba porque servía para hacer una suerte de reflexión sobre el funcionamiento de la memoria, que acá aparece como una lista de imágenes y objetos que nunca se detiene".

-¿Qué lo mueve a narrar de esa manera?

-No lo sé. Escribo novelas para saber en qué consisten las novelas. Tengo fe en eso, en esa condición tan móvil como irreductible, en esa mutación capaz de atrapar el ruido del mundo.

Esta prosa directa, cortante, es característica del relato policial y la novela negra. "Quizás -replica Bisama- esa cercanía con el género se debe al hecho de que se narra un crimen o, más bien, un asunto criminal. Pero yo no la leo así. La novela negra tiene sus códigos y mecanismos, que a mí me gustan pero no sé si están acá. Por eso no sé si se trata de una novela negra al uso. De hecho, hay partes que leo como un relato de terror o de fantasmas".

-¿Es Laguna una novela-espejo de Estrellas muertas , en el sentido de que muestra el lado oscuro de Viña del Mar tal como aquella mostraba el de Valparaíso?

-No lo creo. Estrellas muertas y Laguna tienen velocidades distintas y las separan casi diez años. O por lo menos yo percibo su escritura de modo diferente. La Viña que sale en la novela es un paisaje que no existe, pero que cita cierto esplendor bizarro que desapareció porque el plano de la ciudad cambió como cambia todo en Chile. Por lo mismo, en Laguna no hay intención documental. No hay nostalgia, salvo el uso de ese paisaje, o lo que yo recordaba de ese paisaje, para efectos narrativos. La novela trabaja ese mundo, que yo me invento mientras me aprovecho de ciertos paisajes para retorcerlos entre los oropeles del kistch festivalero y cierto aire de pesadilla gótica que amplifica lo que se va relatando, como las voces que se escuchan en la radio del auto en que se mueven los personajes, extrañas e inentendibles.

Además de escribir ficciones, durante los últimos tres años Álvaro Bisama se hizo conocido por sus críticas de televisión, actividad que interrumpió hace unos meses. "Dejé de escribir semanalmente porque estaba a punto de empezar a repetirme", admite. "Volvían los mismos programas con otros nombres, había desaparecido toda originalidad, no había nada nuevo que decir, salvo volverse un señor cascarrabias que reclamaba todas las semanas por lo que veía. Por supuesto, me gustaba escribir esas críticas porque tenía que ver con los apuntes diarios de una crisis de la industria de las imágenes y de la construcción simbólica de una comunidad por medio de ellas; pero también me parecía que era hora de dejarlo porque el momento que me interesaba analizar ya se había terminado".

-Curiosamente, en Laguna , el relato empieza y termina frente a un televisor sin transmisiones.

-Eso surgió al final. La imagen del hombre iluminado por un televisor con la pantalla llena de estática me pareció perfecta, porque es una luz pero también un zumbido que nos lleva a un lugar intermedio entre el día y la noche, entre lo que se olvida y lo que se recuerda, entre los vivos y los muertos. Me gusta que la ficción sea eso: una transmisión desde otro mundo, una especie de psicofonía inventada, los cuentos que circulan en el éter como electricidad y luego se vuelven literatura.

"Me gusta que la ficción sea eso: una transmisión desde otro mundo".

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