Dólar Obs: $ 892,83 | -1,38% IPSA -0,25%
Fondos Mutuos
UF: 40.213,45
IPC: 1,00%
Conmemoración Asesinato de Nicolás II y su familia:

La huella de los zares en la Rusia actual

domingo, 01 de julio de 2018

Maureen Lennon Zaninovic
Historia
El Mercurio

Nicolás II y su familia fueron brutalmente asesinados por los bolcheviques el 17 de julio de 1918. Al cumplirse el centenario del fin de los zares, diversos historiadores analizan el impacto de su desaparición y las huellas del zarismo en la política interior y exterior de Rusia.



"El secreto de la supervivencia de esta dinastía rusa está en su comprensión de todo el poder que tenían, pero a la vez del poco poder que tenían. Este procedía de una alianza entre el ejército, la aristocracia y la propia monarquía".

Son palabras emitidas en una entrevista al diario español ABC por el historiador y periodista inglés Simon Sebag Montefiore (1965), autor de una reciente y superventas publicación "Los Románov: 1613-1918" (Editorial Crítica. Actualmente en librerías chilenas).

A lo largo de casi mil páginas, este profesional narra la aventura de la legendaria dinastía zarista a través de los siglos. Veinte monarcas y 304 años de historia de los Románov, quienes construyeron un extendido imperio y que, a pocos días de conmemorarse el centenario de su disolución, sigue despertando interés.

A juicio de este experto británico tras la crisis sembrada con la muerte de Iván el Terrible, en 1584, la nueva dinastía emergió de la mano de Miguel I, que se encontró con un reino empobrecido y sin apenas peso en Europa. "Era un país aislado y ultrarreligioso. Tenía más en común con los mongoles. Ningún rey europeo estaba dispuesto a mandar a su hija a un lugar tan remoto, por lo que el zar debió hallar esposa de puertas para dentro", afirma Sebag Montefiore y añade que de aquellos tiempos menos brillantes se pasó, en cuestión de un siglo, al esplendor que trajo Pedro el Grande y a sus intentos de modernizar el país para hacer frente a los problemas exteriores. "Pedro fue un genio que sabía lo que quería, y tenía los recursos y las habilidades para llevar a cabo sus planes. Además, el gran zar contaba con la perspicacia para conducir un imperio siempre acosado por el sur, este y oeste del continente. Y todo ello a pesar de su excesiva personalidad. Alcohólico, juerguista y violento con sus ministros".

El historiador también resalta la figura de Catalina la Grande quien, a su juicio, fue "genial a nivel político y extravagante a nivel privado. Procedente de Prusia, Catalina se alió con parte de la aristocracia para desplazar del poder a su marido, el pusilánime Pedro III, y reinar durante 34 años rodeada de amantes poco discretos".

Continuidades del zarismo

El final definitivo de la dinastía llegaría en los tiempos convulsos de Nicolás II. "El último zar fue un personaje inmovilista y débil, aferrado hasta el final a esta autocracia sagrada. ¿Hubiera evitado otro monarca el final de la dinastía?", se pregunta el investigador británico.

Nicolás II y su familia fueron brutalmente asesinados por los bolcheviques en la madrugada del 16 al 17 de julio de 1918. Si bien se apagó la dinastía, algunos consideran que no lo hizo el zarismo. "Rusia siempre parece necesitar un zar. De aquellos líderes rojos de la Revolución, Lenin y Stalin, que se enfrentaron a los mismos retos que los Románov, se ha evolucionado en la actualidad hacia un nuevo emperador que controla el país con rigidez. El entorno de Putin lo llama 'el Zar' y se dice que, en varias ocasiones, él mismo ha prometido 'no abdicar nunca como sí hicieron los peleles Nicolás II y Mikhaíl Gorvachov'", concluye Simon Sebag Montefiore.

La historiadora y periodista rusa Lilia Shevtsova, columnista del "Financial Times" de Londres, afirma a "Artes y Letras" que el asesinato de la familia del último zar ruso de Románov en manos de los bolcheviques "cerró el capítulo monárquico en la historia rusa. El comunismo y el gobierno del partido soviético borraron en nuestra sociedad la nostalgia por el nuevo monarca y su legitimidad sagrada".

Fernando Wilson, profesor de la Facultad de Artes Liberales de la Universidad Adolfo Ibáñez, considera que el ocaso de los zares implicó la desaparición de una dinastía que, "contra viento y marea", había administrado Rusia desde el siglo XVII, y que de la mano "de una plataforma que combinaba las manifestaciones más duras con una compleja red de relaciones con poderes locales, la nobleza y la propia iglesia ortodoxa rusa; se había convertido en un factor objetivo de control y estabilidad en Europa oriental. La Rusia de los Románov fue la principal potencia de Europa oriental, al menos después de la derrota a Suecia en la batalla de Poltava, en 1709".

Joaquín Fermandois, académico del Instituto de Historia de la UC, señala a "Artes y Letras" que tras el término de esta dinastía, en 1918, "el impacto fue grande, no en política concreta. Sí ayudó a crear una imagen polarizada y generó alarma, sobre todo en Europa y entre los sectores más tradicionales y conservadores, que consideraron el asesinato como un crimen gratuito".

Con respecto a las relaciones internacionales en el tiempo de los Románov y su comparación con la era actual de Putin, Fermandois aclara que "Rusia es parte de un sistema internacional europeo desde la época de Pedro el Grande, pero siempre estuvo aliada a potencias europeas principales. Ahora está aliada con potencias antitradicionales o anti-Europa. Está aliada con potencias revisionistas, que ponen en tela de juicio la hegemonía y el predominio de algunas; y aparentemente su intención es crear una polaridad ante Estados Unidos por motivos de antiguo nacionalismo. El nacionalismo ha fortalecido a Putin".

Una imagen ambivalente

Wilson comparte este análisis y añade que estamos ante periodos y procesos diferentes, aunque hay similitudes derivadas de la geopolítica y de la geoeconomía. "Putin comparte el carácter ambivalente de su apreciación sobre occidente que tuvieron zares como Pedro I, el Grande, o la propia Catalina, que era una princesa alemana por nacimiento (la continuidad sanguínea de los Románov se extinguió a mediados del siglo XVIII. La dinastía conservó el nombre, pero fue sustituida por la Casa germana de Holstein-Gottorp). Por una parte, occidente implica el progreso material, la tecnología, la ciencia, pero por el otro representa una amenaza mortal en lo estratégico". El académico considera que si se revisa la invasión napoleónica, la guerra de Crimea, el apoyo occidental al Imperio turco en las guerras ruso-turcas y balcánicas y, finalmente, las dos guerras mundiales del siglo XX, "Rusia necesita a Occidente por razones prácticas, pero a la vez lo teme, y los líderes siguen una lógica de presentarse desde una plataforma de poder. Un poder que materialmente muchas veces es cuando menos discutible, como fue durante el periodo de Yeltsin, pero que en el caso de Putin se materializa en la vieja ambición de las 'fronteras defendibles'".

La toma de Crimea por Rusia en 2014, tras el fracaso de la cooptación a Ucrania; la cooptación exitosa, en cambio, de Bielorrusia, y los pactos con los estados de Asia central (Kirguistán, Azerbaiyán, Kazajistán, Uzbekistán, y otros); por el otro lado, la acción decidida con las minorías rebeldes del Cáucaso, demuestran -a juicio de Wilson- esa posición ambivalente. "Si conseguir una 'zona de colchón' con Occidente (representados por la UE y la OTAN) implica tener que invadir Crimea, ha de aceptarse, pese a las sanciones y costos. Esta aproximación defensiva y a ratos temerosa, es ciertamente una constante geopolítica que se transmite desde el imperio zarista al actual régimen de Putin", afirma Wilson.

Lilia Shevtsova también coincide en que hay algunas continuidades entre el pasado y el siglo XXI. "La columna vertebral tradicional del sistema ruso: el Estado y el papel de gran poder a nivel mundial sigue siendo popular hoy en día y todos los líderes han tenido que aceptarlo y perseguir el objetivo estatista. Los monarcas, los jefes del partido comunista y los líderes actuales, todos han aceptado esa tradición". Shevtsova concluye que los zares "amaban las guerras como un instrumento de búsqueda geopolítica. Putin, en cambio, ha sido más cauteloso con este instrumento".

Wilson, académico de la Universidad Adolfo Ibáñez, se explaya en cómo hoy es percibida la monarquía. Afirma que su imagen se ha visto teñida por una permanencia de un nacionalismo acendrado en el folclor y la historia. "Es un nacionalismo reactivo, defensivo, que no podría ser de otra forma después de las dos guerras mundiales y la Guerra Fría. Dentro de una aproximación así, un liderazgo fuerte y claro es un prerrequisito fundamental, cuestión que Vladimir Putin cumple a cabalidad. Ejemplo de ello es la puesta en escena relativa a la anexión de Crimea, o las fotos 'populares' donde se muestra a sí mismo de manera informal, a torso desnudo, pescando en Siberia o liberando tigres blancos. Hay un proceso de construcción de imagen que es extremadamente cuidado y que viene acompañado de un proceso muy potente de asimilación a las imágenes ancestrales de la monarquía", concluye Fernando Wilson.

 Imprimir Noticia  Enviar Noticia