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Nostalgia del paraíso 100 años de "La decadencia de occidente", de Oswald Spengler:

La vigencia del decadentismo

domingo, 10 de junio de 2018

Juan Rodríguez M.
Historia
El Mercurio

En 1918, tras la Primera Guerra Mundial, el filósofo e historiador alemán publicó el primer volumen de una obra que impactó, de Alemania a Chile, en los espíritus recelosos de la modernidad: pesimistas que anunciaban el colapso de Occidente. Un siglo después, seis intelectuales chilenos reflexionan sobre la fuerza de la idea de decadencia en el presente.



En la segunda década del siglo XX, con una guerra mundial a cuestas y, más ampliamente, el avance de la modernidad y el capitalismo, la sensación de crisis, cuando no de crepúsculo, campeaba en Europa, o al menos entre los derrotados y críticos de la siempre ambigua modernidad, ese proceso que acabó, en Occidente, con los compartimentos estancos, las jerarquías naturales o divinas y la supuesta vida comunitaria medieval; también con la supremacía de Dios y del cristianismo como principios y fines de los afanes humanos. Dios ha muerto, dijo Friedrich Nietzsche en la segunda mitad del siglo XIX, aunque también advirtió que su anuncio llegaba demasiado temprano, que solo cuando estallara la gran guerra europea se le prestaría oído.

Uno de los que le prestó oídos fue su compatriota, el historiador y filósofo alemán Oswald Spengler (1880-1936). En ese ambiente de crisis que eran las primeras décadas del siglo XX, él y otros autores, como el británico Arnold J. Toynbee, retomaron una tradición intelectual conocida como filosofía de la historia, que reduce el acontecer universal a un desarrollo coherente, lógico, orgánico, absoluto y perceptible. Una suerte de versión profana, aunque a veces también religiosa del teleologismo o finalismo cristiano, que se puede remitir a autores como Vico, Herder y Hegel. Claro que al lado del optimismo hegeliano, y luego marxista, que vio la historia universal como progreso, a la variante spengleriana no cabe sino llamarla pesimista, afín al espíritu de su tiempo, la Europa de entreguerras, y magistralmente sintetizada en el título de su gran obra: "La decadencia de occidente".

La historia como morfología

El primer tomo de "La decadencia de occidente. Bosquejo de una morfología de la historia universal" se publicó en 1918, y el segundo en 1923. A pesar de ser un mamotreto de no muy fácil lectura, la obra fascinó al público. Según cuenta Cristián Gazmuri en "La historiografía chilena" (Taurus), en 1922 ya se habían vendido 53 mil copias del primer volumen en Alemania. Además, dice, "La decadencia de occidente" inició una disputa en la que los historiadores profesionales tomaron partido contra la obra, mientras que el público general, culto, se puso a favor.

El libro se tradujo al español en 1923. En Chile, las tesis de Spengler también impactaron. La leyeron, pensaron y a veces actuaron a partir de ella gente como Jaime Eyzaguirre y Mario Góngora; también Eduardo Frei Montalva. Pero especialmente Alberto Edwards. "En su lectura de Spengler, Alberto Edwards no tomó la perspectiva del profesional -no estaba preparado para hacerlo-, sino la del hombre culto medio que se pregunta -como los alemanes- por qué se estaba viviendo una decadencia que Edwards consideraba era la República parlamentaria en relación a la gran época de la historia de Chile, los primeros «decenios» pelucones (1831-1861)", escribe Gazmuri.

En el inicio del libro, Spengler deja claro su afán: "En este libro se acomete por primera vez el intento de predecir la historia". Formado en matemáticas, ciencias y filosofía, según cuenta Spengler en el prólogo a la primera edición, el libro le tomó tres años y su primera redacción estaba terminada cuando comenzó la Primera Guerra Mundial. El punto de partida del libro es una crítica a la visión eurocentrista y progresista que divide la historia universal en antigüedad, medioevo y modernidad. Gracias a la intuición, base de su morfología, Spengler "descubre" que no hay una historia universal, sino distintas culturas, inconmensurables entre ellas, y sus respectivas historias. Y que cada una, como todo organismo -pues, para Spengler, inspirado en Goethe, las culturas son "seres vivos de orden superior"-, nace, madura y muere. De modo que hablar de la decadencia de Occidente no es otra cosa que hablar de la etapa final de una cultura, no del fin de la humanidad.

¿Cómo se puede descubrir eso? No limitándose a describir los hechos, sino extrayendo su significado, sus rasgos morfológicos ("¿Quién sabe que existe una profunda conexión formal entre el cálculo diferencial y el principio dinástico del Estado en la época de Luis XIV?", anota Spengler). Pero sobre todo a través de la analogía, un método que el autor critica en otros, pero valida para sí mismo y le permite establecer paralelos entre los ciclos de todas las culturas y, así, predecir el futuro. "Cada cultura posee sus propias posibilidades de expresión, que germinan, maduran, se marchitan y no reviven jamás".

Spengler reconoce ocho "altas culturas", a saber: babilónica, egipcia, china, india, mesoamericana, clásica, árabe y occidental (Europa y Estados Unidos). Además, dice, las culturas pueden ser mágicas, apolíneas o fáusticas; estas últimas, como la occidental, son expansivas. Toda cultura atraviesa, la redundancia es de Spengler, por una etapa de cultura y otra de civilización; una etapa campesina o agrícola y otra citadina, podríamos decir. Esta última corresponde a los años de declive. Así, usando la analogía y el análisis morfológico, la etapa actual de Occidente ("entre los años 1800 y 2000") es equivalente al momento romano de la cultura clásica: la vida gira en torno a la gran ciudad, surge el cesarismo, se rompen las jerarquías, los lazos entre las personas y con la tierra; predomina la masa y el cosmopolitismo, todo valor se traduce en dinero, el hombre se atiene a los hechos, decae el arte, no hay grandes filosofías, entre otras características. "Esto es lo que hay que ver", dice Spengler, "si se quiere comprender la gran crisis de la época actual".

Siempre crítico del socialismo y afín a Mussolini, la relación de Spengler con el nazismo fue fluctuante. Él mismo predijo la necesidad de un liderazgo cesarista, sin embargo, tras "La noche de los cuchillos largos" -la purga de la oposición a Hitler al interior del Partido Nacionalsocialista- rompió con ellos e incluso su libro "Años de decisión" fue prohibido. Publicado en 1933, allí habla de la "revolución mundial de color" ("Rusia y Japón", "Indios", "Negros", "India y China"), de que existen dos revoluciones ("lucha de clases y lucha de razas"), dice que "(el tratado de) Versalles es el triunfo del mundo de color", se refiere al "cansancio de los pueblos blancos" y concluye que: "Existe el peligro de un acuerdo entre los hombres de color con el proletariado blanco".

A cien años de la decadencia de occidente -en pleno siglo XXI, revolución digital, "turbocapitalismo" y crisis de las democracias liberales-, la nostalgia y el pesimismo propios de la idea de decadencia se reconoce en filósofos como el francés Michel Onfray y el surcoreano-alemán Byung-Chul Han, quienes constatan y a veces lloran la muerte de ese occidente que, según se dice, alguna vez fue sereno e iluminado. También se podría mencionar al filósofo conservador británico Roger Scruton, derechamente spengleriano.

La mente naufragada

Quizás no con la grandilocuencia spengleriana, la añoranza nos sigue acompañando. En su libro "La mente naufragada. Reacción política y nostalgia moderna" (Debate), el ensayista e historiador estadounidense Mark Lilla dice que desde 1950 la retórica decadentista, cuyo origen fija en Spengler, "ha sido una literatura creciente y popular en las derechas europea y estadounidense", pero también en la "izquierda marginal" y hasta en el islamismo político radical.

Por eso, quizás más importante que la vigencia intelectual del decadentismo es su expresión en aquellos liderazgos, como el de Donald Trump y otros, que prometen recuperar y volver a hacer grandes a sus países. Mark Lilla los llama reaccionarios: "La reaccionaria es una mente naufragada. Donde otros ven que el río del tiempo fluye igual que siempre, el reaccionario ve las ruinas de paraíso pasar frente a él. Es un exiliado del tiempo".

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