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Como pasatiempo, en sus ratos libres, Juan Ormeño y su señora empezaron a bailar en 2006 en grupos folclóricos chilenos de Caracas. Para los festejos del 18 de Septiembre preparaban danzas norteñas, chilotas, cuadros de huasos. Integraron tres agrupaciones, que se disolvieron por diferencias de carácter, de opinión y por la crisis. "Todos se fueron yendo de a poco", dice Juan, sentado en un sillón en el lobby de un hotel en el este de Caracas. Juan Ormeño y su esposa son dos de los cerca de 20 mil chilenos que viven actualmente en Venezuela, según estimaciones del Consulado de Chile en Caracas. Una comunidad que en los 80, años de bonanza petrolera, de la Venezuela saudita, llegó a 120 mil, y que en los últimos años, tiempos de crisis, de hiperinflación, de inseguridad, migró, retornó. Una comunidad que se divide entre quienes critican al gobierno de Nicolás Maduro y quienes defienden el proceso iniciado por Hugo Chávez en 1999. La crisis venezolana, a través de ojos chilenos. Juan Ormeño, ingeniero químico egresado de la Universidad Católica, llegó a Caracas en 1976 con trabajo asegurado. Dos meses después viajaron su esposa y sus dos hijas. En Venezuela, en los años siguientes, nacerían dos hijos hombres, harían amigos chilenos y venezolanos, y el pasado les serviría para experiencias futuras. El ingeniero sacó lecciones del período de la Unidad Popular. En 2016, cuando vio cómo se proyectaba la economía, Juan empezó a comprar: detergente, jabón, pasta dental, desodorante, alimentos no perecibles; algo de harina, de arroz, cereales. Su esposa, "simpatizante del régimen chavista", lo retaba, le decía: "Ya estás con la campaña del terror". "Pero después ella misma se dio cuenta de que era lo que había que hacer", recuerda. Juan Ormeño, 76 años, mirada reflexiva, hace memoria y dice que nunca vio en Venezuela una crisis como la de ahora. Mira un poco más atrás y recuerda que el Chile que dejó hace casi 42 años era un país pobre, que no gastaba, con problemas de divisas, había pocos autos y antiguos, chicos. Cuando llegó a Venezuela se encontró con un país con dinero, con autos estadounidenses, Chevrolet Impala del año que parecían lanchas; vio que los venezolanos de clase media pintaban sus casas todas las navidades, que cambiaban los muebles porque se aburrían de los tapices, que los botaban a la calle. Juan vio una "cultura del derroche". "Nosotros llegamos con la mentalidad de pobre y seguimos con la mentalidad de pobre. De la misma manera, a los venezolanos que se criaron con esa mentalidad de derroche les debe estar doliendo tremendamente la situación actual. Y ese mismo dolor provoca, en mi opinión, una tensión, una rabia, una cosa que se expresa a veces cuando armaban estas guarimbas el año pasado y el 2014", dice Juan sobre las protestas contra el gobierno que en 2017 dejaron 120 muertos, y 42 hace cuatro años. Algo parecido piensa Eduardo Alarcón. El paraíso Alarcón llegó a Caracas en 1975. Tenía 15 años. Su papá, militante PC, había salido de Chile hacia Venezuela un mes después del golpe militar del 73. Eduardo nunca se nacionalizó, pero hizo su vida en Venezuela: se casó con un venezolana, tuvo dos hijos, estudió administración, trabajó en ventas, y recuerda que en la "Venezuela Saudita" había plata para financiar todo, para comprar comida barata, una economía de puerto en que todo se importaba, "pero daba lo mismo porque había mucho dinero". Eduardo recuerda, también, que la crisis actual en algo se parece al "Caracazo" de 1989, un estallido social con decenas de muertos, consecuencia de las reformas económicas impulsadas por el Presidente Carlos Andrés Pérez. Pero mientras en esa crisis, los 25 clientes que Alarcón perdió se recuperaron en un año, "en este momento, si hay saqueos, a esa gente no le quedaría más que cerrar". Hay otras cosas que han cambiado. A su hijo mayor lo asaltaron cuatro veces. Una vez lo siguieron por la autopista para robarle el auto. Se cansaron. Ahora los dos hijos de Eduardo viven en Santiago con sus respectivas esposas e hijos. "Acá nos quedamos los más viejos porque a nuestra edad es más difícil empezar de cero, y porque muchos le temen al invierno chileno. Acá el clima es una maravilla", dice Eduardo, y piensa, se lamenta y busca respuestas: "Esto era un paraíso. Nadie se explica lo que pasó aquí. Hay mucho derroche y también mucha corrupción". Un mal que parece tradición. María Beatriz Guzmán salió de Chile en 1969 con su esposo y dos hijos. Pasaron tres años en Estados Unidos y en 1972 llegaron a Venezuela, donde montaron una empresa de genética bovina que los llevó por todo el país. Beatriz recuerda que durante el "Punto Fijo" -el período entre 1958 y 1998 en que los partidos Acción Democrática y Copei se alternaron en el poder- sabía que se acercaban elecciones cuando en el campo, frente a las casas más pobres, aparecían montones de arena, ladrillos, algunos sacos con cemento. "Estaban buscando los votos y les daban materiales para que arreglaran su casa", dice Beatriz en el living de su departamento en el este de Caracas. El ventajismo del que se acusó a Maduro en las presidenciales del 20 de mayo no era nuevo, solo que, dice Beatriz, esta administración llevó el clientelismo a otros límites. A sus 74 años, Beatriz también ve cómo la gente se va. Hasta hace tres años participó en la Asociación de Damas Chilenas, un grupo que hacía obras de caridad, organizaba actividades para el 18 de septiembre, hasta que sus integrantes, sus amigas, se fueron del país: la inseguridad, la crisis, la poca claridad de que el panorama cambie, las hicieron migrar. Su familia en Santiago le dice que se venga, pero ella duda, no quiere partir hasta que la situación sea insostenible. Otros parten, pero con planes de volver. Olvidadizos María Angélica Ormeño vivió en Caracas, Maracay y Mérida. Nunca la asaltaron. La única vez que sufrió un robo fue en Santiago, a donde volvió en marzo pasado a cursar un doctorado en la Universidad de Chile. María Angélica tenía cuatro años en 1976 cuando su familia se mudó a Caracas por el trabajo de su papá, el ingeniero químico Juan Ormeño. María Angélica estudió en un colegio conservador "muy pituco"; no le gustaba, le costó acostumbrarse a la forma de ser del venezolano, al compadrazgo, la informalidad. Siempre quiso volver a Chile. Todo cambió cuando entró a Agronomía en la Universidad Central de Venezuela, compartió con compañeros pobres que se beneficiaban de la educación gratuita y conoció las luchas sociales de los centros de alumnos. La agrónoma egresó en 1995, trabajó en organismos estatales, dio clases, hizo un magíster. Se fue al campo y vio cómo los campesinos del estado de Aragua comían carne una vez al mes, y pollo una vez a la semana; vio que cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1998 prometió ayudar a los más pobres; expropió "tierra ociosas", las repartió a cooperativas que cultivaron cacao, plátano, yuca, y vio cómo para 2006, agricultores al sur del lago Maracaibo, estado de Mérida, comían carne mechada, lengua, pollo o alguna proteína cárnica cinco veces a la semana. Y ahora ve "cómo la gente se olvida de eso". Luego de algunas dudas iniciales, María Angélica creyó en los planes de reivindicación social de Chávez, pero considera que el Presidente muerto en 2013 falló al rodearse de políticos oportunistas y al no combatir dos problemas: la corrupción y la costumbre del venezolano de "que le regalen todo". "No me gusta Maduro", dice Ormeño, y reconoce que hay crisis: "Admito que Venezuela no está bien comparada con la Venezuela petrolera. Pero tampoco es una crisis humanitaria, y además hay mucha intervención. Dejen a Venezuela en paz, que cada país arregle su situación". María Angélica trabajaba como investigadora del Instituto Nacional de Investigaciones Agrícolas, un organismo estatal que le dio permiso sin goce de sueldo para cursar su doctorado de cuatro años y que después la espera de vuelta. María Angélica quiere regresar porque las mujeres allá jubilan a los 55 años, porque tendrá doble jubilación, y porque le gusta ese país. Su país. Ella es la mayor de cuatro hermanos. Todos están fuera de Venezuela. La segunda está en Cuba, el tercero en Miami y el cuarto vive con ella en un departamento de Ñuñoa. María Angélica fue la última en irse del país, y en Caracas dejó a su mamá y a su papá, el ingeniero químico Juan Ormeño. Sentado en el lobby de un hotel en el este de la capital venezolana, Juan Ormeño dice que está más tranquilo ahora que su hija mayor se fue. Dice que los extraña, pero que quiere lo mejor para ellos. Y eso, ahora, no está en Venezuela. Un país que es como "una olla a presión" a punto de explotar. Y cuando eso pase, Juan no quiere estar allá. ''A los venezolanos que se criaron con esa mentalidad de derroche les debe estar doliendo tremendamente la situación actual". ......................................................................................... Juan Ormeño INGENIERO QUÍMICO DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA, LLEGÓ A VENEZUELA EN 1976.