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A casi dos semanas del encuentro del Papa Francisco con 32 obispos chilenos, realizado en El Vaticano, el secretario general de la Conferencia Episcopal, Fernando Ramos, aborda la situación por la que atraviesa actualmente la Iglesia Católica chilena. Sus apariciones públicas como vocero de los prelados se han ido incrementando, sobre todo después de su rol de coordinador nacional de la visita del Sumo Pontífice. Una última aparición ocurrió el jueves pasado, cuando se refirió a la carta que envió el Papa -dirigida al pueblo de Dios-, en que pidió que en la Iglesia chilena "nunca más" exista una cultura del abuso y del encubrimiento. Ramos integró la comitiva de obispos que viajaron a Roma, a mediados de mayo. Tras las cuatro reuniones que sostuvieron con el Papa, los prelados anunciaron que habían puesto sus cargos a disposición. -¿Cómo fue la dinámica de los encuentros con el Papa? -La primera reunión fue la lectura del documento por todos conocido (carta que les fue entregada en Roma, con un análisis de la situación de la Iglesia chilena, incluyendo las situaciones de abusos), con algunas pequeñas observaciones que él realizaba conforme iba leyendo el documento. Después dijo que iba a hacer esta sesión más breve y que nos invitaba a orar, reflexionar y que en las otras reuniones íbamos a conversar sobre esto. Tanto en la primera, segunda, tercera y cuarta reunión, fue un trato extremadamente cordial, de un diálogo franco, amable, saludó a cada uno con la mano, pudimos conversar. En ningún momento sentimos esa frialdad que algunos medios han comentado. Incluso, cuando ya fuimos invitados, solicitamos que fuese sin sotana. Es incómodo llevarla, ponerla en la maleta, ocupa espacio, es un traje protocolar y queríamos ir de una forma más para trabajar y conversar. Del protocolo del Vaticano nos dijeron que teníamos que llevarla, porque los encuentros de los obispos con el Santo Padre son siempre con esa indumentaria. Estando allá, el Santo Padre nos avisó que no era necesario que viniéramos con la sotana. -La carta que entregó el Sumo Pontífice a la Conferencia Episcopal aborda las conclusiones del informe de monseñor Charles Scicluna sobre abusos. ¿Cuál fue su reflexión al respecto? -Creo que fue un impacto para todos nosotros, porque el mismo documento habla de hacerse cargo de una realidad que ha durado décadas. Es decir, nos puso en un arco histórico de décadas, de varios años, no de un momento o un segundo. Entonces, tener esta visión en conjunto, como lo manifestó el Papa, y a partir del informe de monseñor Scicluna, permite tener una visión de conjunto que a mí me provocó mucho impacto. El Papa dice una cosa muy clara: cómo el pecado de la Iglesia ha ensombrecido su dimensión profética. Eso es muy grave. Él dice que en la práctica aparece como que hemos perdido el centro o que no está reluciendo como debiera. El centro es Jesucristo, el anuncio del Evangelio de Jesucristo y una acción que permita contactarnos especialmente con los que más sufren. Esa situación es la que nos ha empañado como Iglesia y de eso tenemos que hacernos cargo. -¿Conversaron con el Papa sobre la visita que próximamente realizarán a Chile monseñor Scicluna y el oficial de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Jordi Bertomeu? -Ese fue un tema que se conversó sin entrar en detalles de la fecha ni tampoco de algunos particulares de cómo se iba a manifestar eso, pero sí era la intención del Santo Padre y conversamos de eso, de hacer un acto de esa naturaleza. Entonces, lo que sí también hemos conversado, en términos generales, es que este es un proceso que se inició con la visita de monseñor Scicluna a Chile en febrero, continúa con la visita de algunas víctimas de Karadima al Santo Padre, la invitación de tener un momento de diálogo con el Papa, o sea, van a seguir otras medidas más. -Algunos analistas han especulado que monseñores Scicluna y Bertomeu podrían convertirse en una suerte de interventores de la Iglesia chilena. ¿Cuál es el objetivo de su viaje al país? -No vienen como interventores, sino que vienen como delegados del Papa a la Iglesia de Osorno. Vienen a tener un diálogo, en misión pastoral en un lugar donde hay ciertas fracturas. Una intervención, en términos técnicos y jurídicos, significaría que ellos vinieran con potestades para tomar decisiones con respecto a aspectos administrativos. Y eso no ha ocurrido. Continuidad de obispos -¿Por qué pusieron sus cargos a disposición del Papa? -Hemos querido asumir responsablemente y solidariamente esta situación porque somos un cuerpo, no va cada uno por su lado. Una gran comunidad con mucha gente distinta, con la que estamos comprometidos con el servicio pastoral. Nuestra misión es servir al pueblo de Dios. Por eso ponemos nuestros cargos a disposición, no porque asumamos un juicio penal de nosotros mismos, sino para que el Papa, con el conocimiento que tenga y sus orientaciones, con sus colaboradores vean quiénes son las personas que realmente pueden seguir cumpliendo esta misión. -¿Cree que se va a aceptar la renuncia de todos? -Yo creo que no va a aceptar la renuncia de todos los obispos. De ninguna forma. -¿Qué reflexión tiene usted de las críticas que ha realizado el Sumo Pontífice a la iglesia católica chilena? -Las críticas, creo, surgen de una evaluación meditada, profundizada y basada en antecedentes que él tiene. -En su documento a la Conferencia Episcopal, el Papa habla de una "psicología de élite" en la Iglesia chilena. ¿Cuál es su perspectiva al respecto? -Creo que el Papa ve esa "psicología de elite" como una de las cosas que lamentablemente están en la sociedad chilena y que también han entrado a la vida de la Iglesia. Cuando vinieron los monseñores Scicluna y Bertomeu, a ellos les llamó la atención de que algunas personas fueron a hablar con ellos (en febrero pasado), y una de las primeras cosas que le decían era el colegio en que habían estudiado. Y no era un colegio municipal, eran privados. Sobre todo monseñor Bertomeu dijo "a mi jamás en mi vida se me ocurriría decir en qué colegio estudié". En Chile ciertos establecimientos educacionales te dan una categorización. Eso es una pequeña expresión de una concepción que está en Chile, que el Papa expresa como "psicología de élite", de pertenecer a un grupo selecto y eso también ha entrado a la vida de la Iglesia. Esta "psicología de élite" puede ser a todo nivel, desde una capilla, cuando un grupito en un colegio condiciona las acciones de la dirección. Ésta también ha estado en la Iglesia y va produciendo muros, divisiones y separación de la gente. Eso es una plaga, por llamarlo así, en la vida de las comunidades que hay que irla limpiando. -¿Coincide con quienes piensan que la forma en que el Vaticano ha abordado esta crisis pueda convertirse en una suerte de paradigma para enfrentar otros casos en el mundo? -Creo que es algo paradigmático, sin lugar a dudas. En estos momentos está siendo un paradigma de cómo enfrentar estos asuntos. Estamos dispuestos a estar en sintonía a la elaboración de un paradigma aún más severo, aún más claro. Creo que en la carta del jueves (enviada a los fieles) el Santo Padre entregaba perspectivas muy precisas en esa línea. Que no sea sólo un problema cosmético en la jerarquía, sino que el pueblo de Dios se compromete para evitar todo tipo de expresión abusiva. Lo que está ocurriendo en Chile se va a transformar en una realidad paradigmática. No digo que va a ser exactamente igual en todo, pero sí el enfoque de entrar radicalmente en este tema. Obligatoriedad de denunciar -En las últimas semanas se conocieron casos de abusos en la diócesis de Rancagua y una autodenuncia del ex canciller del Arzobispado de Santiago. ¿Por qué no se denuncia este tipo de casos inmediatamente a la Fiscalía? -Creo que ahora hemos tomado mucha más experiencia y efectivamente cada denuncia está siendo estudiada con mucha profundidad y con la máxima claridad posible. Cada vez que llega a la denuncia, le decimos a los denunciantes que ellos tiene todo el derecho de ir a la fiscalía, cuando lo que se está denunciando podría configurar un delito. En la legislación chilena no existe la obligatoriedad para las autoridades eclesiásticas de denunciar ante el Ministerio Público. En otros países sí existe. Este es un tema muy delicado, en algunos países se ha postulado que todos tengan que denunciar a la fiscalía, lo que ha suscitado algunas controversias. El hecho de que haya obligatoriedad de denunciar puede llevar a la inhibición de las denuncias. La sociedad chilena ha tomado conciencia de que los delitos sexuales contra menores de edad son un hecho gravísimo. Incluso recién ahora se está solicitando aumento de plazo de prescripción. Si como sociedad consideramos que este es un problema que tenemos que enfrentarlo todos y que todos nos viéramos obligados a presentar una denuncia a la fiscalía, nosotros evidentemente estaríamos de acuerdo, pero tenemos que mantener ciertos resguardo por las víctimas, para no revictimizarlas y para que no vean que esta situación para ellas se transforme en algo aún más difícil de lo que están viviendo. -¿Usted está de acuerdo con un cambio de estas características? -Si eso va a favorecer la protección de los menores de edad, yo estoy de acuerdo, pero es muy importante que eso signifique una protección y que se mantenga la confidencialidad de las víctimas porque hay gente que no quiere ver su nombre expuesto públicamente y eso puede traer un efecto aún más devastador. Si hubiese realmente todos los resguardos, yo, a título personal, no tendría ninguna dificultad, pero que se mantenga la confidencialidad de la víctimas, eso es fundamental. -¿Cree que, de alguna manera, la Iglesia chilena ha mostrado una actitud reactiva ante las acusaciones? -Ahí siempre se nos presenta un problema de cómo resguardar a las víctimas. Si vamos a hacer público un caso, donde hay personas que han sufrido, familias, siempre se produce el problema de si hay que revelarlo (el abuso) de inmediato. Una cosa es revelarlo y otra es no hacer nada. Cuando hay una denuncia y se hace una investigación, un procedimiento penal (eclesiástico), quedan medidas cautelares, como en el caso del ex canciller, que ya había sido alejado pastoralmente. -¿A qué se refiere la Conferencia Episcopal cuando plantea que se "terminó el proceso de escuchas" y llegó el momento de "tomar medidas" respecto de la labor de monseñor Scicluna? -Termina este fin de semana la escucha del Santo Padre, con la recepción de estos sacerdotes -que fueron víctimas del sancionado presbítero Fernando Karadima- que están en Roma y se encuentran con el Santo Padre y después comienzan las medidas. La primera de ellas se ha hecho pública, que es la visita de monseñor Scicluna, con el padre Jordi Bertomeu a Osorno. -¿El Papa seguirá recibiendo nuevos grupos de víctimas? -Lo que tengo entendido y lo que hemos conversado, ya con (este encuentro), se terminaría. Pero pueden haber circunstancias nuevas, no sabemos. -¿Cómo ha evolucionado, a su juicio, el rol que ha desempeñado la Iglesia en la reparación de las víctimas? -Ese es un tema que de a poco hemos ido abriendo el horizonte. Creo que partimos desde la premisa de delito personal, reparación personal. Quien comete un delito, tiene que colaborar en la reparación. Creo que también hemos hecho un camino de entender que si se cometió un abuso sexual contra un menor de edad en una comunidad eclesial, toda ésta se ve afectada. Por consiguiente, tenemos que cooperar en esa reparación. En varias situaciones que no son conocidas, hay una cooperación eficaz en acompañamiento sicológico, en colaboración en ayudar en la reparación. -¿Cómo enfrentará el Arzobispado de Santiago la demanda de las víctimas de Karadima? -Ese, como es un tema legal, preferiría no referirme. Está en los tribunales, es delicado. De parte nuestra hay la máxima voluntad para poder responder a eso. Visita del Papa -¿A qué adjudica usted la baja asistencia de público que se le atribuyó a las actividades del Papa en Chile? -Según las cifras oficiales que entregó Carabineros, en total hubo entre 1,5 a 1,6 millones de personas que tuvieron encuentro directo con el Papa. Estamos hablando de casi el 10% de la población de Chile. -Pero en la localidad de Trujillo, en Perú, asistieron un millón de personas. -Perú tiene mucho más habitantes que Chile. Pero es cierto que hubo una dificultad de acceso a algunas partes como Iquique, también algo más en Temuco (base aérea de Maquehue) y también las formas de control que se nos pidieron, que fue tema de permanente negociación, pudo haber desincentivado a algunas personas, porque en algunos lugares había que ir muy temprano y eso era por el cálculo de los flujos de entrada a los lugares, de los controles de las cosas que se llevaban. Había una serie de aspectos prácticos que pueden haber complejizado el que haya ido (menos) gente. Sin embargo, una visita no se puede medir solo por la cantidad de gente. Creo que sería una visión muy reduccionista.