Fondos Mutuos
Entre las más de 7.200 páginas de notas que dejó el italiano Leonardo di ser Piero da Vinci, o simplemente Leonardo (1452-1519), hay una de 30 por 45 centímetros, escrita hacia 1490. O, más bien, compuesta. Porque en ella vemos texto, sí, pero también el perfil de un hombre mayor, de nariz larga y gran mentón. Viste una toga que en vez de continuar el cuerpo humano empalma en el tronco de un árbol, cuyas ramas, sin hojas, se confunden con la toga como si fueran la vena aorta y las arterias del hombre. De la espalda de este irrumpe un dibujo geométrico, un cono que contiene un conjunto de triángulos equiláteros, como si Leonardo estuviera intentando resolver el viejo problema de la cuadratura del círculo. En el resto de la hoja se ven otras figuras geométricas, además de plantas y un texto en el que se lee: "Para teñir el pelo rubio oscuro, toma nueces y hiérvelas en lejía y moja el peine con ella; después péinate y deja secar el pelo al sol". Esa hoja bien podría leerse como un destilado de los cuadernos y entonces del genio de Leonardo: confluyen arte y ciencia, están el hombre y la naturaleza interconectados, hay armonía, temas diversos y formas incompletas, consejos, belleza y banalidad. "Sus cuadernos son desordenados. En parte, eso se debía a que su mente iba de un lado a otro y podía recoger cosas y agregarlas a diferentes cuadernos a lo largo de los años. Además, tras su muerte, la gente sacó varías páginas y las reordenó de acuerdo a los temas en los que estuvieran interesados, tales como pájaros o geología o consejos para pintores. Así es que los expertos en Leonardo gastan un montón de tiempo estudiando las páginas y tratando de fecharlas. ¡Es una tarea divertida!". Quien habla es el periodista y escritor Walter Isaacson (Nueva Orleans, 1952), profesor de historia en la Universidad de Tulane, Estados Unidos, autor de biografías sobre Benjamin Franklin, Albert Einstein y Steve Jobs, de un volumen sobre los "innovadores" que crearon la revolución digital y, ahora, de "Leonardo da Vinci. La biografía" (Debate), libro recién editado en Chile. El volumen no aporta novedades sobre la vida de Leonardo, ni pretende hacerlo; de hecho, se nutre de otras vidas del artista y de estudios sobre su trabajo. Su riqueza radica en que se centra principalmente en los cuadernos de Leonardo, menos que en sus obras; y su novedad, en presentarlo como un innovador y visionario, en la línea de los anteriores libros de Isaacson. Como un hombre que no distinguía entre arte, ciencia y tecnología, sino que las aunaba en su obra. -¿Qué muestran los cuadernos? "Leonardo da Vinci nos dejó más de 7.200 páginas de cuadernos, y a través de ellas podemos ver su mente infatigablemente curiosa, saltando a través de diferentes asuntos e intereses. Eso lo ayudaba a ser creativo. Por ejemplo, cuando era niño amaba el patrón espiral del agua arremolinándose. En sus cuadernos compara eso con los remolinos de viento y los rizos de cabello, e incluso avanza en la matemática subyacente a los patrones espirales. Eso le permitió descubrir, correctamente, cómo el remolino de sangre en la aorta hace que la válvula del corazón se cierre. También lo ayudó a apreciar el río rizado que parece conectarse con la Mona Lisa y los rizos de su cabello". Un notario perdido Aunque compartió con él, lo apoyó, pagó sus estudios y hasta le consiguió trabajos, Leonardo, que nació fuera del matrimonio, nunca fue reconocido legalmente por su padre. Fuera de las implicancias legales, por ejemplo en cuestiones de herencia, el origen "ilegítimo" de Leonardo no era tema: vivió con su abuelo y un tío paterno, también con su madre, y todo el mundo sabía que era el primogénito de Piero da Vinci. Quien, luego, tuvo otros nueve hijos. Isaacson especula que Piero no reconoció a Leonardo, entre otras cosas, porque eso hubiese significado pasarle la posta de su trabajo como notario, una rutina hacia la que su disperso y creativo hijo no mostraba interés. Como sea, al no reconocerlo y no prepararlo para convertirse en notario, Piero dejó entregado a Leonardo a sus intereses: solo cursó estudios primarios, que hoy llamaríamos técnico-comerciales, luego su padre lo envió a un taller de arte, y de ahí en más todo lo que aprendió y creó lo hizo como autodidacta. De modo que el mundo perdió un notario, pero ganó a Leonardo. Isaacson repasa la vida de Leonardo, en Vinci, Florencia, Milán, Roma y Francia, donde murió. Su trabajo con los Médicis y con César Borgia, entre otros mecenas, su relación con Maquiavelo, su homosexualidad, sus amores y amistades, su vegetarianismo. Muestra y explica algunas de sus pinturas y otros proyectos. Pero sobre todo relata cómo Leonardo fue alimentando su mente para llegar a ser el hombre universal -plural- que fue. En uno de los aspectos en que más insiste Isaacson para perfilar el carácter del Leonardo es su tendencia a no completar sus proyectos, fueran pinturas, esculturas, obras de ingeniería y arquitectura, o tratados. A no completarlos y hasta dejarlos en la pura idea, en la mera, aunque siempre detalladísima concepción. "Pienso que Leonardo fue un perfeccionista -responde Isaacson al preguntarle por esta tendencia-. Pienso que siempre sintió que cada pintura podía ser mejorada. Eso lo llevó a dejar las pinturas a un lado y volver a ellas mucho después, o a veces a no hacerlo nunca. También pienso que le interesaba más la concepción de un proyecto que su ejecución". Y es que, claro, si uno está siempre observando, investigando y aprendiendo, como hacía Leonardo, siempre podrá mejorar lo que hace. Tal vez ahí radica su genio: en la única perfección posible, la de la obra incompleta, nunca definitiva. Por ejemplo: ¿qué es el sfumato o esfumado, esa técnica de Leonardo para pintar sin contornos precisos, sino la realización de esa perfección que no es definitiva, el reconocimiento de que la naturaleza -la vida- no es un cuadro de líneas nítidas y claras, sino borrosas e inciertas? "Cuidarás que tus sombras vayan unidas a tus luces sin trazos, ni contornos, como sucede con el humo", anotó Leonardo en uno de sus cuadernos. Y también: "Dime si jamás se hizo ninguna cosa. Dime. Dime. Dime si alguna vez hice algo [...]. Dime si alguna vez se hizo algo". Reglas para la vida ¿Dónde entra Steve Jobs en todo esto? Sirva esta cita para entender, no necesariamente compartir, el paralelo que hace Isaacson entre ambos hombres. "Cuando Leonardo no pudo lograr que la perspectiva de la Batalla de Anghiari o la interrelación de la Adoración de los Reyes funcionaran a la perfección, las abandonó, en lugar de concluir una creación que solo fuera buena. Llevó consigo, hasta el final de sus días, obras maestras como su Santa Ana, la Virgen y el Niño y la Mona Lisa , pues sabía que siempre podría añadirles un nuevo retoque. De la misma manera, Steve Jobs era tan perfeccionista que no pudo poner a la venta el primer Macintosh hasta que su equipo consiguió que los circuitos impresos de su interior fueran hermosos, a pesar de que nadie pudiera verlos. Tanto él como Leonardo sabían que a los verdaderos artistas les importa siempre la belleza, incluso de las partes que no se ven". Otro aspecto que remarca Isaacson es que Leonardo se veía o al menos se presentaba a sí mismo como un ingeniero, como un inventor. Y también en que la mayor parte del trabajo que sí terminó, por ejemplo para Ludovico Sforza, fue como productor de espectáculos. De hecho, según propone el autor, muchos de esos dibujos que prefiguran máquinas actuales, como el helicóptero, o alas para volar, probablemente eran ingenios pensados para dichos espectáculos. En este punto se puede decir que Leonardo era una amalgama de naturaleza y fantasía. Y una confluencia de arte, ciencia y tecnología cuyo resultado era la creatividad; y esa es otra similitud con Jobs, según Isaacson. Quien recuerda que Leonardo era el héroe del fundador de Apple: "Vio la belleza en el arte y la ingeniería -dijo Jobs-, y su capacidad para combinarlos lo convirtió en un genio". Por eso, frente a quienes se lamentan por el tiempo que Leonardo le quitó a su arte en favor de los estudios sobre anatomía y óptica, sobre el movimiento del agua y los patrones de la naturaleza, y por qué no a favor de las producciones teatrales, Isaacson concluye: "La Mona Lisa les replica con una sonrisa". ¿Significa eso que Leonardo fue un Steve Jobs (o más bien al revés)? ¿Sirve Leonardo para abonar el mito de la persona con voluntad y ambición que se hace a sí misma? Al parecer es lo que cree Isaacson, quien en la conclusión de su libro entrega una suerte de reglas para la vida derivadas de la de Leonardo da Vinci: sea curioso, busque el conocimiento por sí mismo, conserve la capacidad de asombro, observe, empiece por los detalles, vea cosas que no se ven, métase en berenjenales, distráigase, respete los hechos, deje las cosas para más adelante, que lo perfecto sea enemigo de lo bueno, piense visualmente, evite los compartimentos estancos, tenga ambiciones desmedidas, recréese en la fantasía, cree para usted (no solo para los clientes), colabore, haga listas, tome notas en papel y ábrase al misterio... Aunque, por supuesto, siempre es más fácil decirlo. -¿Bastan la voluntad y la ambición para ser un Leonardo? "Puede que nunca tengamos el talento de Leonardo, pero todos podemos ser infatigablemente curiosos como lo fue él. Todos podemos intentar conservar nuestra capacidad de maravillarnos. Podemos empujarnos a ser más observadores de, por ejemplo, cómo se arremolina el agua o cómo la luz golpea un objeto o cómo vuela un pájaro. Todos podemos ser más como Leonardo, ¡y es algo divertido!".