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Club de Ajedrez Plaza de Armas: El rincón que detiene el tiempo

sábado, 26 de mayo de 2018

Guillermo Tupper.
Vidactual
El Mercurio

Con una historia de más de tres décadas, este reducto congrega más de 500 partidas diarias en pleno corazón de Santiago. Un punto de encuentro para personas mayores que combaten el alzhéimer, inmigrantes que hacen clases a niños y mujeres que luchan por la igualdad en un deporte dominado por hombres. Aquí, sus testimonios.



E s un lunes a la hora de almuerzo y, como es habitual, Luis Guillermo Zanetti (54, técnico en máquinas fotocopiadoras) observa sigilosamente las partidas que protagonizan socios y visitas en el Club de Ajedrez Plaza de Armas. Lejos de ser un simple curioso, Zanetti es reconocido por sus pares como uno de los mejores ajedrecistas del club y, antes de sentarse a jugar, estudia a sus posibles rivales para tener una idea clara de sus debilidades. "Es importante conocer al enemigo en su juego y personalidad", señala. "Es como en las guerras: hay que conocer qué tanques tiene el contrario y cuál es su mayor fuerza".

A los siete años, Zanetti estaba enfermo en cama cuando su mamá llegó con un "tablero medio raro" para que se entretuviera. Fue el inicio de su pasión por el ajedrez: en tercero básico salió segundo en un campeonato escolar y, en 1972, luego de mostrar sus credenciales en Viña del Mar, dice que el número tres de Chile de la época se lo quiso llevar a Rusia, pero "a mis papás les dio miedo". Hace un cuarto de siglo recaló en el club emplazado en la esquina suroriente de la plaza, un lugar que visita, al menos, cuatro veces por semana. "El ajedrez significa mi vida, es todo", afirma. "Pero si la gente lo juega por entretenerse, no va a llegar a ninguna parte. A uno tiene que darle rabia perder una partida, eso ayuda a autosuperarse".

Luego de analizar a sus contrincantes, Zanetti juega su primera partida de la tarde. Su rival es don Manolo, otro histórico del club y, mientras espera su turno, Zanetti mueve la cabeza de un lado a otro, como si escuchara una canción que nadie más puede oír. De inmediato, arremete con un Ataque Indio de Rey, un sistema de apertura universal con blancas que tiene por objetivo ganar espacio en el flanco del rey. A los pocos minutos, y luego de perder a su último alfil, don Manolo se ve acorralado y reconoce su derrota. Con un rostro lacónico, Zanetti responde con la frase que repite después de cada una de sus victorias: "Es cuestión de suerte, nomás".

Tolerancia cero

De lunes a domingo, entre las 13:00 y 21:00 horas, este club congrega a un vasto universo de albañiles, gasfíteres, doctores, abogados, ingenieros y jubilados que escapan de sus rutinas para jugar en el kilómetro cero de Santiago. Mientras un grupo mide fuerzas en partidas pensadas, otro lo hace en partidas blitz , en las que el jugador tiene cinco minutos para ejecutar todos sus movimientos. Cada uno tiene su propia forma de lidiar con la tensión del juego: algunos fuman como carretoneros, otros se llevan los dedos a la frente y la mayoría calma el frío con un café del vendedor Marcelo "Copiao" Romero. "Cada vez que me pedían un café, yo decía: 'Ya, está copiado'. Y ahí quedé como 'El Copiao'", dice este último. "A veces me llevan los carabineros porque no tengo permiso. Pero es un orgullo trabajar aquí".

A la usanza de una institución deportiva, el Club de Ajedrez tiene un directorio, asambleas y una base de más de 150 socios activos, los que pagan una cuota mensual de tres mil pesos, mientras que las visitas pagan 500 pesos por el día y las mujeres y niños juegan gratis. Su organigrama incluye comisionistas de finanzas y de ética: estos últimos deambulan a diario por el lugar para que ninguno de los socios infrinja las normas de conducta. "Me tocó ver a un señor insultar al otro y, más encima, tomó la mesa y la lanzó por allá. Otros exabruptos son apostar dinero o fumar marihuana. En esos casos, le decimos a esa persona que se vaya altiro", señala Guillermo Escudero, secretario de la Comisión de Ética.

Cuando se caldean los ánimos, Escudero dice que es por incidencias propias del juego: alguien que hizo trampa, un espectador que "sopla" un movimiento o un enroque a dos manos. Sin embargo, hoy se respira un ambiente de tranquilidad y orgullo. Hace un par de días, los socios -que, en su mayoría, superan los 60 años- derrotaron a jóvenes de entre 15 y 18 años del Instituto Nacional, en un torneo que incluyó entrega de galvanos y copas. "Fue una integración muy enriquecedora entre dos grupos etarios", apunta Luis Callejas, presidente del club. "¿Por qué ganamos? Con el paso de los años, el ajedrez te va entregando mañas y el que soportes mejor la presión". Escudero añade: "es que este juego es terapéutico y retiene el alzhéimer".

Poder femenino

Al caer la tarde, aparece la primera mujer: su nombre es Cecilia Rodríguez (45), un talento venido de Ovalle que llegó a ser séptima a nivel nacional y, hace tres años, retomó su pasión por el ajedrez en el club. En un escenario dominado por hombres, Cecilia es un símbolo de la inclusión que promueve la nueva directiva. "El ajedrez es un buen lugar donde luchar por la igualdad de la mujer", dice esta socióloga. "Mi proceso (de adaptación al club) no fue tan confrontacional, sino que de llegar por la buena onda. Tú puedes ver un machismo que es obvio, pero después te das a conocer y te respetan como jugadora".

Minutos más tarde, llega Elizabeth Rojas (62), una comerciante colombiana que llegó a Chile con la esperanza de un mejor horizonte laboral. Ella domina el juego desde los 15 años, porque en su familia de 15 hermanos todos jugaban ajedrez. "Me da tristeza que las mujeres no se interesen por este juego", dice. "Algunas piensan que es machista y a otras les parece aburridor, pero, tal vez, es porque no lo saben jugar. El mismo día que llegué a Chile, una amiga me llevó a la Plaza de Armas y quedé impactada. La experiencia con los ancianos ha sido maravillosa y nunca me he sentido discriminada. Al contrario, me veían mirando y me daban el puesto. Cuando vi a Cecilia, me alegré y dije: 'Aquí hay otra mujer, ¡qué chévere!'".

A medida que avanza el día, personajes de distintos ámbitos empiezan a poblar las mesas. Está José Melhuish (85), un maestro de la disciplina que, en los 60, disputó memorables duelos con el maestro argentino Herman Pilnik. También Dingo Cabrera (89), director profesional de la Asociación Cristiana de Jóvenes, que viene desde la época en que el club funcionaba en la pérgola de la plaza. Y la mayor parte del público se congrega para ver la partida entre don Luchito (83) y Enrique Sánchez (66), dos amigos que juegan todos los lunes y viernes y que se tiran tallas y hacen bullying mutuamente. "No tiene nada que hacer aquí, hombre. Yo tengo una cachada de piezas", le dice el primero. "A ver si es tan choro. Esto le va a costar lágrimas, sudor y sangre", responde el otro.

Además de ser un reducto para forjar amistades, el club es, para la mayoría, una excusa para mantener sus facultades a tope. "El juego es un ejercicio mental que sirve para envejecer de forma más digna. Y sirve para los negocios: implica mente rápida, calcular y ser capaz de prever un fracaso inminente", dice Luis Valdés, trabajador independiente que viene al club hace dos décadas. Jorge Chareng, un profesor de inglés que, a su vez, es pianista en el Hotel Santiago, complementa: "El ajedrez debiera ser una asignatura en el colegio porque hace que el alumno use su imaginación, intuición e inteligencia emocional. Se aprende más de las derrotas que de las victorias. Y aquí se aprende a ser humilde, porque siempre hay alguien mejor que uno".

Todos los sábados, a partir de las 15:00 horas, y los domingos, desde las 16:00 horas, el Club de Ajedrez Plaza de Armas hace clases gratuitas para niños.

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