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Viernes 18 de mayo, 7:00 horas, Roma. Era una mañana soleada en el Vaticano. La temperatura bordeaba los 18 grados, nada de mal considerando que fue una semana en que poco o nada se vio de la prometedora primavera italiana. El Papa Francisco, como todos los días, se dirigió hasta la pequeña capilla ubicada en su residencia, en Santa Marta. Frente a unos cincuenta invitados, ofició la misa matutina. "La identidad de un obispo, de un sacerdote, es ser pastor", dijo. En el Vaticano, nada es casualidad. El Pontífice decidió pronunciar estas palabras menos de 24 horas después de haber recibido la renuncia de una treintena de obispos chilenos. Un hecho inédito. "Ponte en tu lugar -continuó Francisco-, no vayas a meter la nariz en la vida de los demás. El pastor ama, pastorea, se prepara a la cruz, al despojo y no mete la nariz en la vida de los demás, no pierde tiempo en acuerdos, en los acuerdos eclesiásticos". A unos quince minutos a pie de esa capilla estaban los obispos chilenos preparando una declaración que leerían horas más tarde y que terminaría con los trascendidos de posibles renuncias en la Conferencia Episcopal. Para sorpresa de todos, los prelados Fernando Ramos y Juan Ignacio González -designados como voceros- anunciaron que los arzobispos y obispos habían resuelto poner sus cargos a disposición de Francisco. La declaración fue escueta: No duró más de quince minutos y no se aceptaron preguntas de los más de cincuenta periodistas que estaban ubicados en la Sala Pío X, a tres cuadras de la Plaza de San Pedro. Fiel reflejo de lo que había sido la semana en los alrededores del Vaticano, marcada por el absoluto hermetismo de los obispos y reuniones a puertas cerradas. Remociones Desde que llegó a Roma, al arzobispo de Santiago, Ricardo Ezzati, se le vio una sola vez: En el Aeropuerto Fiumicino, cuando iba a tomar el vuelo de regreso a Chile. Acompañado por monseñor Alejandro Goic, Ezzati evitó dar declaraciones, a pesar de las insistentes preguntas de la prensa. Incluso, al momento de ser fotografiado, se molestó y amenazó con denuncias. El mismo hermetismo se repitió en el caso de monseñor Juan Barros, a quien las víctimas de Fernando Karadima le atribuyen encubrir abusos. Al estar alojando en la residencia del Papa, en Santa Marta, nunca se le vio en lugares públicos. Solo fue fotografiado una vez, en el mismo aeropuerto donde lo fue Ezzati, pero cuando iba llegando a la capital italiana. Como es de esperarse, evitó referirse a las acusaciones en su contra. Su eventual renuncia fue un trascendido que comenzó desde que el Papa Francisco citó a los obispos chilenos a esta serie de reuniones. Se dijo, de hecho, que había puesto un pie en la capital italiana con su dimisión ya escrita. Sin embargo, hubo una serie de señales durante la semana que hacían pensar que el Pontífice no estaba dispuesto a remover a uno -o unos cuantos- como única medida. Tal como lo dijo la viceportavoz del Vaticano al comienzo de la semana, Paloma García Ovejero, el Papa no quería liderar un "circo mediático" ni tomar medidas como "lavado de imagen". Algo parecido estaba descrito en la carta que Francisco les entregó a los obispos en la primera reunión realizada el martes. "Los problemas que hoy se viven dentro de la comunidad eclesial no se solucionan solamente abordando los casos concretos y reduciéndolos a la remoción de personas; esto -y lo digo claramente- hay que hacerlo, pero no es suficiente", escribió el Papa. Diálogo con el Papa La puerta a eventuales remociones, sin embargo, continuaba abierta. Además, la molestia y decepción de Francisco eran evidentes. En el texto entregado a los prelados acusaba graves defectos en el modo de gestionar los casos de abusos, minimizando la gravedad de los hechos, y negligencias en la protección de los niños y niñas por parte de obispos y superiores religiosos. También abordó la existencia de una "psicología de élite" que, a su juicio, terminó generando dinámicas de "círculos cerrados" que "desembocan en espiritualidades narcisistas". Francisco realizó un crudo análisis: La Iglesia chilena, escribió, está "abatida" y "desolada" por sus pecados. Esta profunda frustración del Pontífice había tensionado el ambiente en Roma. Los obispos que alojaban en la Casa del Clero, en la calle Traspontina, salían poco, y cuando lo hacían, caminaban a paso rápido, sin sonreír y en absoluto silencio. Era la imagen más patente de lo que ellos mismos habían dicho públicamente antes de que comenzaran los encuentros con el Papa, el lunes: Que sentían "dolor y vergüenza". Ni los propios obispos estaban enterados de las horas y dinámicas de las reuniones con el Papa. Nunca lo supieron y, de hecho, se sorprendieron cuando el primer encuentro solo duró media hora. En aquella ocasión, el Pontífice les pidió "meditar" y "orar". Esa tarde, los rostros eran de desconcierto. "Sí, fue breve, muy breve", comentaban escuetamente, mientras intentaban avanzar bajo una intensa lluvia que oscureció el cielo romano. El miércoles, día en que se llevaría a cabo la segunda reunión, la rutina fue más o menos la misma: Los pocos obispos que salían a la vía pública durante la mañana escapaban de las cámaras y siempre respondían lo mismo: "Pregúnteles a los voceros". Los voceros, no obstante, no sabían mayores detalles. De hecho, no se supo el horario de ese encuentro hasta entrada la tarde, cuando por fin confirmaron que sería a las 18:00 horas. Considerando que el Pontífice come a las 8 de la tarde, algunos religiosos interpretaron esto como una señal de desagravio. Esta vez, sin embargo, la reunión se extendió por más de una hora y, a diferencia del día anterior, el ánimo parecía estar mejor: Los obispos dijeron que habían tenido un diálogo fecundo con el Papa. La dinámica -se enterarían ese día- fue así: A partir del documento de diez páginas redactado de puño y letra por el Papa, cada uno de los prelados debía hablar sobre sus propias reflexiones, sin límite de tiempo. Ese día, los obispos hablaron de un Francisco cercano y cálido que entendía muy bien lo que pasaba al interior de la Iglesia chilena. "No se salvará nadie solo" En la Casa del Clero -donde alojaba más del 90% de los obispos- hay 110 habitaciones. Cincuenta de ellas son ocupadas de forma permanente por sacerdotes que viven en Roma. Uno de ellos es Jordi Bertomeau, miembro del equipo encabezado por el arzobispo de Malta, Charles Scicluna, que investigó los casos de abuso en Chile tras la visita del Papa al país, en enero pasado. La residencia cuenta con un comedor, donde todos los días se sirve desayuno a las 7:30 de la mañana, y luego se da almuerzo y comida. En más de una ocasión, Bertomeau se encontró con los obispos chilenos, quienes se repartían entre la capilla, la salas de espera y sus habitaciones. A pesar de que Bertomeau cultiva un bajo perfil, el sacerdote entregó el jueves algunas pistas acerca del tenor de las reuniones. "Lo ocurrido en Chile es también abuso de poder, de autoridad. Es un caso excepcional (...). Lo que se pretende es que la Iglesia chilena vuelva a ser lo que siempre ha sido: Una Iglesia profética", dijo. Insistió, además, con la clave de las renuncias: -¿Cómo se sale de esta crisis?, se le preguntó. -De modo eclesial, se sale en comunión, escuchando al espíritu, juntos. No se salvará nadie solo. Las palabras de Bertomeu iban aclarando cada vez más el fondo de la situación. Y hacía un poco más fácil poder entender lo que quería la Santa Sede. Así, por fin llegó el jueves, día en que los obispos sostendrían dos encuentros con Francisco, uno en la mañana y otro en la tarde. Otra vez, la misma rutina: Apenas el bus se estacionaba afuera de la Casa del Clero, se abrían las puertas de la residencia para que los prelados salieran enfilados, intentando sortear las cámaras y las preguntas de los periodistas. Poco se podía obtener de sus impresiones. Ese día, los obispos llevaban algo especial, algo que nadie imaginó: Cada uno tenía su propia carta de renuncia para presentarle al Papa. Sabían, entonces, que sus intervenciones podían ser claves en la decisión del Pontífice de aceptar o no sus dimisiones. Esa tarde intervino el obispo Juan Barros. Una vez que se hizo pública la decisión inédita de la Conferencia Episcopal, la Santa Sede declinó realizar comentarios. Nadie, entonces, tiene claro cuándo el Papa podría actuar. Algunos dicen que la situación es difícil: No solo por la fuerte presión de las víctimas -quienes han pedido la remoción absoluta de las autoridades religiosas-, sino también por la elección de sus reemplazantes. La historia de Jonás, además, está presente en el pensamiento del Papa, como aseguró el obispo Ignacio González: No se puede tirar a Jonás hacia abajo para que se lo coma la ballena y los otros sigan navegando.