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Entrevista Una conciencia crítica:

Leonardo Padura: "Soy un cronista de la vida cubana"

domingo, 20 de mayo de 2018

Roberto Careaga C. La Habana
Revista de Libros
El Mercurio

El reconocido escritor acaba de lanzar la novela La transparencia del tiempo , un nuevo episodio de su detective Mario Conde. En su casa, en La Habana, Padura habla sobre la degradación de la ciudad, la generación de cubanos que perdieron los sueños en los 90 y las resistencias políticas que genera.



Leonardo Padura se asoma a la terraza de su casa en La Habana y mira el barrio para enumerar una serie de cambios en su arquitectura que califica sin rodeos como "pústulas". "El barrio que yo conocí cuando era niño tenía toda una serie de atractivos que se han destruido, se han pervertido, a veces de manera bastante irracional o con una mala intención de fondo", dice sin nostalgia mientras fuma un cigarrillo Popular. La suya es una impecable casa de los 50 que no destaca tanto por las dos palmeras del frente, sino por brillar con una luz propia: es como si el tiempo que arrasó al barrio no hubiera pasado por ella y por eso mismo interrogara qué fue lo que pasó alrededor. Es un poco lo que hace el mismo Padura en sus novelas: ¿qué pasó en Cuba?

A sus 63 años, Padura es quizás el escritor cubano vivo más reconocido internacionalmente. En parte, por su premiada novela El hombre que amaba a los perros -sobre el asesinato de Trostky- y también por la serie de libros sobre su detective Mario Conde que escribe desde 1991. Si hubiese querido, podría haber fijado domicilio fuera de su país, como lo hicieron muchos de su generación, pero a Padura lo retienen muchas cosas y una de ellas es la literatura: "Yo soy un escritor de La Habana", dice sirviendo café recién preparado. Desde afuera se oyen bocinazos de la Calzada de Managua, la avenida principal del barrio de Mantilla y que conecta en unos 40 minutos con el centro de La Habana y el Malecón. Son también las coordenadas de Conde.

Policía retirado, hoy Mario Conde sobrevive comprando y vendiendo libros antiguos y, de vez en cuando, aceptando algún trabajo como investigador privado. Va a cumplir 60 años y está aterrado: "¿De verdad ya era un viejo?", se pregunta en la última de sus aventuras, la novela recién publicada La transparencia del tiempo . Es el noveno libro que Padura dedica al personaje, a quien con los años ha dotado de una historia llena de matices y contrapuntos. "Conde es un punto de vista. Una mirada", dice el escritor. "Y aunque los episodios de su vida íntima son ajenos a los míos, la forma de Conde de entender la realidad es mi forma de entender la realidad. Y su perspectiva es también una perspectiva muy generacional", añade.

La generación de Conde -que es la de Padura- irrumpe en las primeras páginas de La transparencia del tiempo con un telefonazo: lo llama Bobby Roque, un ex compañero del colegio a quien no ha visto por décadas, pero a quien jamás podría olvidar porque en esos uniformes años 70 en que la Revolución lo controlaba todo, parecía que él era distinto: era homosexual. O eso creían Conde y sus amigos, que después de verlo como un feliz militante de las Juventudes Comunistas le perdieron el rastro. "¿Qué coño habría sido de Bobby? ¿Se habrá ido pal norte como tanta gente? No, Bobby no, el guardia rojo no", se lee en la novela. Pero sí. Había viajado. Había cambiado. Tras ser perseguido por el partido por acostarse con un hombre se había ido y había regresado muchas veces: en 2014, cuando Cuba ya es totalmente diferente a la que fue en los 70, es un marchante de arte orgullosamente homosexual.

Bobby no solo irrumpe con su historia personal en La transparencia del tiempo , también le trae a Conde un caso que resolver: un novio le ha desvalijado la casa, llevándose joyas, muebles y, lo más importante, una virgen de madera negra, antigua y rarísima, que podría valer una fortuna. Por la vieja amistad que los une y por 100 dólares diarios -una fortuna-, Conde se lanza a las calles a encontrar al ex novio de Bobby, un joven marginal que, dicen, podría estar escondido en el centro de La Habana. Y entonces Padura se lanza sobre su ciudad para articular otra pregunta, más grande que la de un robo, la de todo su país.

"En cada ocasión que recorría las calles del centro de La Habana, cada vez más degradadas por la pobreza y el abandono histórico, Conde se empeñaba en encontrar bajo las capas de suciedad, años y precariedades de todas las especies y géneros, los posibles encantos sobrevivientes de la zona", escribe Padura. Y sigue describiendo los viejos palacios burgueses, teatros y mercados que alguna vez brillaron en Centro Habana. "Pero ahora imperaban en el territorio la pobreza y la ruina física. Esa Habana esencial funcionaba en el presente como el espejo de un país cuyas columnas también se agrietaban, vencidas por el paso del tiempo, la desidia y el cansancio histórico".

- ¿Podemos leer esas líneas como una metáfora de lo que ha pasado en Cuba en las últimas décadas?

- Sí. La ciudad es un espejo del alma de un país. Según como estén las ciudades, así están los países. En el caso de La Habana, el deterioro físico de la ciudad va acompañado de un deterioro moral de muchas personas. Hay una máxima que casi siempre se cumple: la miseria solamente es capaz de engendrar más miseria. Y el hecho de que algunas partes de la ciudad hayan caído en un abandono, influye en la sociedad, pero también es al revés: la decadencia de las personas influye en la decadencia de la ciudad.

- ¿Es un efecto colateral Revolución Cubana?

- A estas alturas de la historia, 60 años después, creo que todo lo que estamos viviendo es obra de la Revolución.

- En la novela, La Habana es protagonista, pero también unas diferencias sociales que parecían erradicadas de Cuba.

- Yo quería escribir este libro para hablar de la situación no solo de la ciudad, sino también de la situación de los individuos de la ciudad en el presente. De la dilatación del tejido social cubano. La cubana fue una sociedad compacta en la que todos éramos iguales, en la que todos teníamos las mismas cosas, incluso había hasta una comunidad de aspiraciones. Ese tejido social se ha ido dilatando, hoy aparecen notables bolsones de pobreza y destellos de riqueza.

-Bobby, que es homosexual, tiene dinero, viaja, es un representante del presente cubano.

- Que Bobby fuera homosexual era una necesidad, pues era una historia real. Y la homosexualidad de Bobby tiene un peso histórico en Cuba: por años la homosexualidad en Cuba fue criticada, condenada, marginada. Afortunadamente, esa situación se superó. Y, por eso, yo desdramatizo bastante la homosexualidad del personaje. Él cuenta su historia de lo que sufrió, y lo presento como una persona que fue víctima, pero que hoy puede ser un victimario. Hoy cuando estamos lejos de esa época en que éramos iguales.

- ¿Cómo vivió esta época?

- Era un momento en que desde la ropa que usábamos, a la forma que en vivíamos, era la misma. A los 15 años yo estaba recogiendo caña en el campo, con esta mano, completamente llagada del uso del machete. Lo único que había hecho era jugar pelota aquí en el barrio y alguna vez cosechar unos tomates. De eso a cortar caña... Las escuelas nos llevaban a todos, unos 45 días. Todos recibíamos la misma ropa, dormíamos en el mismo alberge, éramos iguales. Esa comunidad de experiencias hizo que tuviéramos una comunidad de expectativas. Y en el caso de mi generación, hay algo importante: vivimos una época de muchas carencias y limitaciones, pero tuvimos sueños. El primero era el sueño de un oficio: terminar una carrera universitaria. Y únicamente no lo lograron los que eran muy brutos. Tengo amigos que son ingenieros comerciales, físicos, matemáticos, médicos, yo soy filólogo. Teníamos una aspiración de un futuro en el que tendríamos recompensa por el esfuerzo, por el conocimiento, por el sacrificio, pero llegó la crisis de los 90 y todo eso se derrumbó.

- ¿Qué pasó con esos amigos?

- Una parte de esa generación se fue a la diáspora. Algunos de los que se quedaron acá en Cuba, estuvieron en condiciones bastante precarias y, de una forma u otra, lo lograron paliar; pero hubo un momento muy duro en que muchos de esos amigos se alcoholizaron. Era una manera de anestesiarse para sobrevivir.

- ¿Cree que en sus libros es un vocero de su generación?

- Un cronista. Yo no quiero ser vocero. No me interesa hacer actividad política. Más que un enjuiciamiento, lo que hago es una crónica, y de eso se pueden sacar determinadas conclusiones que, a veces, aparecen en la voz de personajes. Es una responsabilidad que tengo: siendo cronista, tener una visión crítica. Yo pretendo de manera consciente que las novelas de Conde sean una crónica de la vida cubana post 89. Hasta el año 89, vivíamos en ese mundo compacto, igualitario, y luego entramos en una etapa completamente diferente, primero con la crisis y luego con una dilatación del tejido social cubano. La crónica de esa evolución es la que trato de representar en estas novelas, con toda una carga de desilusiones y desencanto que han acompañado a mi generación.

- ¿Siente resistencias de sectores culturales o políticos a su trabajo?

- Sobre todo de sectores políticos. Creo que hay una evidente persecución de mi trabajo, que ha tenido como resultado que la promoción que recibo en Cuba es mucho menor que la recibo en cualquier otro país donde se publican mis libros. Rara vez me entrevistan, no salgo nunca en la televisión. Sin embargo, voy a Brasil y salgo en la televisión. Igual en México. Hay una ordenanza o una sugerencia de que se rebaje mi nivel de visibilidad. Ahora bien, escribir en Cuba en los años 70 era del carajo. Cualquier cosa que escribieras que se apartara de la ortodoxia era considerada casi un delito. Eso se ha superado, hoy lo más difícil es encontrar las vías para la publicación.

- ¿Su nueva novela está en Cuba?

- Aún no. Demoran por lo menos un año, entre que se decide que se va a publicar, aparece el papel, que va a la imprenta. Hasta ahora todas mis novelas se han publicado en Cuba y espero que esta también. En estos momentos la tiene la editorial cubana de la Unión de Escritores.

- ¿Cree que el presidente Miguel Díaz-Canel es el líder que Cuba requiere hoy?

- Tendrá que demostrarlo. Fidel y Raúl tenían el prestigio de la historia. Un presidente como Díaz-Canel debe demostrar desde su cargo que también puede ganarse el prestigio de la historia sin tener que ir a una guerra. Porque a lo mejor es más fácil ganar una guerra con las armas, que ganar una guerra económica como la que hay en Cuba en estos momentos. O una guerra social que es esta pérdida de valores, el desencanto que tiene la gente y falta de expectativas de futuro

"A estas alturas de la historia, todo lo que estamos viviendo es obra de la Revolución".

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