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El drama de subsistir:

Las caras de la crisis económica que golpea a diario a Venezuela

sábado, 19 de mayo de 2018

Gaspar Ramírez Enviado especial
Internacional
El Mercurio

CARACAS | Las elecciones presidenciales de mañana no han prendido entre los venezolanos, más preocupados de la hiperinflación y la escasez de hace años.



Con diferencias mínimas, empresarios, políticos, meseros, taxistas, jubilados, desempleados, recurren al mismo ejemplo para graficar la crisis económica, alimentaria y humana que vive Venezuela: el sueldo mínimo alcanza para comprar entre 700 gramos y un kilo de carne.

El Presidente Nicolás Maduro -que mañana va por la reelección en un proceso desconocido por la comunidad internacional- anunció el 30 de abril pasado que el salario mínimo subía a 2.555.500 bolívares. Era el tercer aumento de este año y el noveno desde 2017, y reflejo de una parte grande del drama diario que viven los venezolanos desde que la crisis comenzó hace cuatro años: salir a buscar comida, remedios, productos básicos y no encontrarlos; salir a buscar, encontrar y no tener cómo pagar porque la hiperinflación -proyectada por el FMI para 2018 en 13.864%- diluye el dinero; salir a buscar, encontrar y no poder comprar porque el efectivo escasea como el arroz, el aceite o la harina.

Para comprender esta situación hay que saber que el mercado cambiario en Venezuela está intervenido y distorsionado con tasas oficiales y un mercado negro que se dispara diariamente. Mientras el sueldo mínimo, a la tasa oficial, equivale a unos US$ 37, al cambio paralelo ronda los US$ 3.

Así, por ejemplo, una Coca-Cola de dos litros y un paquete de galletas en un supermercado Gama cuestan 792.499 bolívares, que pagados con una tarjeta de crédito de Chile, al cambio oficial, equivale a US$ 11,35. Lo más conveniente es cambiar bolívares por dólares en el mercado paralelo, pero ya casi no circula efectivo y la mayoría de las transacciones son electrónicas. Pero esa es una fracción menor del drama.

La salud

Josefina de Mendoza tiene 64 años y unas várices que la obligan a tomar pastillas a diario, remedios que no encuentra hace meses y que reemplazó por homeopatía. "Este es un país católico. Dios está allá arriba y en algún momento nos escuchará", dice Josefina a la entrada de la farmacia San Andrés, al este de Chacao. A su espalda, los estantes vacíos muestran un problema mayor: no hay insulina, ni antibióticos, ni antipiréticos.

La situación se repite en otras tiendas. "Desde febrero que no hay insulina y los antibióticos desaparecieron en enero", dice Andrés Alvarado, vendedor en la sucursal de Farmatodo de Los Palos Grandes. La cadena de farmacias más grande y mejor abastecida del país luce estantes llenos, pero los números muestran el problema: la única marca de desodorante cuesta 950 mil bolívares ("antes del primero de mayo costaba 180 mil", dice un señor que pone un desodorante en su canasto), la pasta de dientes Colgate, 668 mil ("antes estaba a 120 mil"), Migren, un remedio para el dolor de cabeza, 875 mil.

Pero el drama de salud se multiplica en todo el país. La última Encuesta Nacional de Hospitales 2018, realizada por la ONG Médicos por la Salud y la Asamblea Nacional en 104 hospitales públicos y 33 privados, mostró que el 79% no tiene agua, el 14% de las salas de cuidados intensivos cerró, y escasean implementos básicos como catéteres y alimentos infantiles.

En abril pasado, los medios locales e internacionales difundieron una protesta frente al Ministerio de Salud por la falta de antirretrovirales en el país.

El panorama no mejora al viajar del oeste al este de la ciudad, a zonas más populares, de mercados, ferias y "bachaqueo".

En el camino

Las calles despejadas de Caracas son una rareza impensada hace cuatro años. Ahora son reales. Las avenidas Miranda y Fajardo, que cruzan la ciudad, están despejadas. Jesús Apaza, taxista, explica: "No hay repuestos para los vehículos, los que hay son caros, y hay menos gente". De acuerdo con estudios privados, entre 3,2 y 3,3 millones de venezolanos han dejado el país desde que el chavismo llegó el poder en 1999, especialmente los últimos cuatro años.

Un neumático nuevo, aro 13, puede costar entre 48 y 55 millones de bolívares, y el cambio de aceite para un auto de cuatro cilindros, con filtro y mano de obra, puede costar 32 millones bolívares. Las micros de locomoción colectiva escasean por la falta de repuestos y porque son caras de mantener: la mayoría son particulares y el pasaje está fijado en 2 mil bolívares.

El viaje de oriente a poniente muestra de a poco la avenida Bolívar, los bloques de departamentos azules, rojos y amarillos de la Misión Vivienda, un plan social de Hugo Chávez; más allá, el edificio de la Asamblea Nacional, el de la Asamblea Nacional Constituyente, la ceiba de San Francisco, árbol hito de la ciudad. La congestión aumenta en la avenida Baralt, más allá el tráfico se detiene: adelante está el mercado Quinta Crespo.

El hambre

María y Luis Da Silva, madre e hijo, 74 y 43 años, tienen desde hace tres décadas un puesto de abarrotes en el mercado Quinta Crespo, uno de los más populares de la ciudad. Dicen que el café de 400 gramos cuesta 3.760.000 bolívares, que llega muy poco, que no tienen ni azúcar, ni harina de trigo, ni arroz, que la gente compra menos, mucho menos, y que "jamás nunca" habían visto una situación "tan terrible" en el país.

La última Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de la Población Venezolana (Encovi), que elaboran las principales universidades del país, mostró que la pobreza extrema aumentó de 23,6% a 61,2% en cuatro años, casi 10% entre 2016 y 2017. El sondeo arrojó, además, que en el 80% de los hogares no se come de forma adecuada, y el 64% de los encuestados dijo haber perdido 11 kilos en promedio el último año por no poder acceder a los alimentos.

Arturo Alvear trabaja hace 35 años en la charcutería "La Lusitana", ubicada en este mercado en municipio Libertador, centro de Caracas. Alvear cuenta que hace un mes no llegan tocineta ni chuletas, que la gente compra de lo más barato, como la mortadela de pollo (1.200.000 el kilo) o el queso amarillo (1.270.000).

Algunos pasillos más adelante en el galpón techado, José Rodríguez vende tomates chicos a 1 millón, tomates grandes a 1.200.000, y dice que la gente lleva menos verduras, y que "el que no puede, no compra".

El mercado está dividido en zonas: de verduras, abarrotes, carnes, ropa. Esta última tiene casi todas las tiendas cerradas. "Solo vienen a comprar comida, ya nadie pregunta por pantalones o vestidos", dice Sonia Rodríguez.

Un poco más al este, un poco más arriba, subiendo los cerros, en la zona popular de Catia, está el mercado de Pérez Bonalde. En la distribuidora de pollos El Marqués, una fila de personas de casi una cuadra espera para comprar el kilo de pollo a 980.000, el de gallina a 900.000 o el de pechuga de pollo a 1.290.000.

Otra tienda vende gallinas, palomas, patos y otras aves vivas. El lugar se llama "Oshosi", como la deidad de la religión yoruba, el culto cubano que se arraigó en Venezuela la última década. "Para sus rituales", dice Jesús Apaza.

Apaza cuenta que algo que ha aumentado mucho en esta zona, y que no se veía antes, es la venta de cosas usadas ("muchas de ellas son robadas") como repuestos para autos, herramientas, ropa, celulares ("es casi basura, pero ya nada se bota").

En las esquinas los "bachaqueros", vendedores ambulantes, venden cloro, cereales, pescados, plátanos y de todo a precios más baratos, pero hay que pagar con lo que no hay: con efectivo.

Otros ni siquiera pueden pagar: Una de las postales más reproducidas en esta crisis es la de personas que esperan a que los restaurantes saquen la basura para buscar restos.

Comer afuera también cambió. Cuando Gustavo González llegó a trabajar como cajero y mesero en el restaurante Snacks Bar Altamira hace siete meses, el menú ejecutivo costaba 30 mil bolívares. Hoy está a 1.200.000 y no sabe cuánto será la próxima semana.

A media cuadra, Luis Brito muestra un Cocoselle, una galleta popular tipo Súper 8. "En noviembre costaba 5 mil, ahora vale 140 mil. Es como si hubieran apretado un botón para disparar los precios", dice Brito de pie afuera de su quiosco.

En tiempo de hiperinflación y escasez todos hacen lo que pueden. Noor Pérez fuma mucho. El lunes en la mañana, la periodista supo que la cajetilla de Lucky Strike subiría de 250 mil bolívares a 900 mil bolívares. Corrió donde su quiosquero amigo y compró 4 paquetes de cigarros.

Jesús Apaza tiene hijas gemelas que estudian arquitectura en la Universidad Simón Bolívar, y cuando encuentra cartón o algún material que sirva para construir maquetas, y si el precio lo permite, compra.

Las transformaciones en la vida diaria también afectan los momentos de relajo. Los canales nacionales son todos de línea oficialista. En Globovisión -la última estación de línea opositora que quedaba hasta que fue comprada por testaferros del gobierno- el canciller Jorge Arreaza denunciaba ayer en la tarde que Venezuela había sido linchada en el mundo, y poco después, el ex Presidente español José Luis Rodríguez se preguntaba por qué falló el diálogo en República Dominicana entre el chavismo y la oposición que él dirigió y que derivó en las elecciones de mañana domingo.

La prensa escrita es lo mismo: El Nacional es el último diario de línea opositora después de que capitales chavistas compraran El Universal y Últimas Noticias, y que la falta de insumos convirtiera Tal Cual en un semanario.

Y una ciudad que años atrás fue famosa por su vida nocturna, ya no lo es. La ONG Observatorio Venezolano de Violencia calculó en 26.616 muertes violentas el año pasado, una escalada de más de una década que ha convertido a este país y a esta ciudad en uno de los más inseguros del mundo. Una ciudad que a las 18:00 horas empieza a vaciar sus avenidas; que a las 20:00 horas ve las últimas personas en las calles, y que a las 21:00 ya está oscura, con puertas cerradas, y preparándose para el día que viene. Otro día de buscar y buscar y, a veces, encontrar.

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