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Entrevista Habla de "los verdaderos pioneros":

Las memorias indígenas de Patricia ?tambuk

domingo, 13 de mayo de 2018

Juan Rodríguez M.
Revista de Libros
El Mercurio

Recién incorporada como miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua, la periodista magallánica recuerda su trabajo con los yaganes y los rapanuís, y se refiere a la confusa ruta del libro que escribió sobre Violeta Parra junto a la fallecida Patricia Bravo, publicado en 1976, sin sus nombres.



Cuando egresó de periodismo, Patricia ?tambuk (Punta Arenas, 1951) regresó a su ciudad natal. Eran los años 70, cargaba en su mente con una pregunta y a partir de ella inició una carrera: "¿Dónde están nuestras raíces magallánicas, por qué no las vemos? Me enredaba en conversaciones sobre ese legado extraviado, sobre la identidad chilena, y hablaba de esos temas en mi programa de radio. Dos etnias ya habían desaparecido -selknam y tehuelches, los nómades terrestres- y las otras dos (yaganes y kawésqar) estaban en zonas marginales -dentro de lo marginal que ya es Magallanes-, en los canales occidentales y la isla Navarino, en la ribera del canal Beagle", recuerda ?tambuk, hoy radicada en Viña del Mar.

"Lo más probable -sigue- era ver muy a lo lejos a una mujer kawésqar, como Margarita Molinare, vendiendo sus canastos de junco en la ciudad. Existían investigaciones como las de Martín Gusinde, pero no teníamos sus publicaciones. Hoy, la principal respuesta es que sus culturas materiales fueron escasas aunque significativas. No construyeron objetos más perdurables, pero labraron sus canoas y fabricaron sus instrumentos de pesca, tejieron sus canastos, armaron sus rucas de troncos. Pero la mayor riqueza que podrían haber transmitido es su complejo y sorprendente mundo espiritual. Y esa herencia no incorporada recién se hizo real a través de la cultura formal, de los libros".

Rosa Yagán . Lakutaia Le Kipa (Pehuén) es uno de ellos, y su autora es la propia ?tambuk. Rosa, una de las últimas yaganes, es el nombre que le dieron a la mujer los misioneros ingleses que la bautizaron: "Pero me llamo Lakutaia Le Kipa", cuenta ella en el libro. Y luego explica: "Lakuta es el nombre de un pájaro y kipa quiere decir mujer. Cada yagán lleva el nombre del lugar en que nace y mi madre me trajo al mundo en la bahía de Lakuta. Así es nuestra raza: somos nombrados según la tierra que nos recibe".

"Cuando egresé de Periodismo -dice ?tambuk - y volví a Punta Arenas, en los años 70, muy pocos distinguían un grupo del otro entre las cuatro razas australes, yaganes, selknam, kawésqar y tehuelches, lo que era como confundir un inglés con un polaco, un francés y un español, porque cada etnia hablaba una lengua distinta y tenían cosmogonías y costumbres diferentes. En el resto del país, el desconocimiento era más grave. Sin duda, la marginalidad territorial de los yaganes y su carácter apacible los han hecho menos notorios. Por eso el relato de Rosa Yagán, Lakutaia le kipa, tuvo un impacto grande cuando fue publicado. Más de alguien supuso que yo había novelado su relato, y no es así, es la segunda obra en la historiografía chilena en que el indígena cuenta su historia con su propia voz. La anterior fue Lonco Pascual Coña. Testimonio de un cacique mapuche , una investigación del padre Ernesto Wilhelm de Moesbach, en 1930".

Leer el testimonio de Lakutaia es entrar en un pasado a la vez contemporáneo y anterior a lo que conocemos como Chile, y Magallanes. Por ejemplo: "Andaba a pata pelada sobre la escarcha, lloraba de frío, pero todos estaban muy contentos por la comida de la ballena, y allí nos quedamos bastante tiempo", cuenta sobre su niñez. "Después esperamos la calma y partimos otra vez. Así era nuestra costumbre, como los gitanos. Y hasta hoy me gusta andar en chalupa de un lado para otro, porque así es la naturaleza de la raza".

El libro apareció en 1986 y ha tenido ocho ediciones, incluidas traducciones al mandarín, inglés y croata. Luego, en 2007, ?tambuk publicó El zarpe final. Memorias de los últimos yaganes (Lom). En 2010 se alejó del sur austral, viajó al occidente del Pacífico, a Rapa Nui, y salió de allí con Rongo. La historia oculta de Isla de Pascua (Pehuén), y después, en 2016, Iorana & Goodbye . Una base naval yanqui en Rapa Nui (Pehuén). Esa labor con la memoria indígena y la oralidad, además de su trabajo en prensa, radio y televisión, sumado a su carrera académica -como profesora e investigadora- le valieron ser reconocida como miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua el pasado 9 de abril. Es la primera mujer periodista en ocupar ese sitio; sí, la primera.

-Su primer encuentro con Lakutaia le kipa fue en 1975, su libro se publicó en 1986. ¿Cómo la conoció, y qué le pasó al enterarse de su muerte, en 1983?

-Una auditora que era enfermera en un hospital me avisó que estaba hospitalizada una mujer de cierta edad que al parecer era lo que yo buscaba. Tenía razón. Apenas la vi, sentí que estaba ante un monumento vivo del pasado. Era Rosa, que estaba tejiendo un par de medias amarillas. La amistad nació en ese mismo momento. La entrevisté para el diario La Prensa Austral y comencé a visitarla, a invitarla a mi casa en sus días de salida, a llevarla de paseo. El registro llevó un ritmo natural, ni siquiera pretendía hacer un libro con sus relatos. Después la fui a ver a su casa en Ukika y seguíamos conversando. Fue realmente lo que llamamos una entrevista de largo aliento. En el último viaje a isla Navarino, lloré anticipadamente su partida, mientras me alejaba en el barco de la Armada. Sabía que no la volvería a ver con vida. Cristina Calderón, que hoy es la última hablante en propiedad del idioma yagán, me contó tiempo después sus últimas horas. No pude estar allí, sentí que le había fallado, ella era parte de mi familia.

-¿El trabajo con los yaganes impactó en su propia memoria como chilena, magallánica y, sobre todo, descendiente de colonos croatas?

-Allí se plasmó mi total convicción de la importancia de nuestros pueblos antiguos en la identidad nacional. Negar o desconocer o menospreciar a nuestros primeros habitantes, los verdaderos pioneros, los que pisaron antes que nadie este suelo de Chile, es ignorancia y estulticia. Es preciso educar en profundidad sobre las etnias de Chile. Y advertí entonces la urgencia de los registros. Para este tipo de memorias históricas, hay que actuar a tiempo. Con la muerte de cada ser, se pierde su memoria personal, que para mí es invaluable en el caso de los protagonistas y testigos de hechos relevantes para nuestra memoria colectiva.

-¿Qué ha aprendido de la lengua de estos pueblos?

-Algunas píldoras: la lengua rapanuí es muy austera, en comparación con la nuestra. La palabra "rongo" quiere decir "mensaje", "mensajero" y "te cuento", todo depende de cómo se aplique, y no tiene muchas palabras en el ámbito de las emociones, como el español, pero tiene vocablos para cada momento y ser de la naturaleza, incluso según su etapa de crecimiento. La lengua yagana, o yagankuta, era sorprendente por su gran léxico y porque daba su nombre no solo a cada tipo de viento, sino a cada función y momento en la pesca. Pero no tenían o no hay registros de la palabra "zarpar", supongo que por su naturaleza de nómades.

Mirar al frente

En 2011 Patricia ?tambuk publicó junto a Patricia Bravo el libro Violeta Parra. El canto de todos (Pehuén). Obra de un trabajo universitario realizado a comienzos de los años 70, en él ya se descubre la vocación de ?tambuk por rescatar la memoria oral. No solo es el primer trabajo sobre la vida y obra de la artista (ver recuadro), es además un texto coral -hablan los hermanos e incluso la madre de Violeta Parra, Clarisa Sandoval-, un tejido o composición de voces, en cuatro partes: "La infancia en el sur de Chile", "Una cantora en la capital", "Artista chilena en Europa" y "Ordeno la despedida".

-¿Cómo influyó el trabajo de Violeta Parra, también una recolectora de memorias, en su labor como periodista?

-A veces no advertimos en el momento las proximidades, las semejanzas, las pasiones compartidas. En el fondo, para construir mis dos libros sobre Rapa Nui, fui como ella, de casa en casa, preguntando, registrando, conversando. Y con la conciencia de estar en la carrera contra el tiempo. A la fecha han fallecido 16 informantes de mis investigaciones para el libro Rongo , de un total de 30.

-¿Conoció a Violeta Parra?

-Yo vi a Violeta una vez en mi vida, siendo niña, cuando fue a Punta Arenas en una gira artística. Su impronta me resultó inolvidable. Pequeña, sencilla, con un charango o un cuatro en sus manos y el público riendo, porque creía que era una guitarra de juguete. Bastaron unos acordes, una frase con su voz tan singular, para que el público quedara en total silencio, hipnotizado por su arte. Esa es una lección para todos. Cuando hay convicción en lo que se hace, solo hay que mirar al frente.

-Rosa Yagán le dijo: "Soy la última de la raza de los wollaston. Eran cinco tribus yaganas, cada una de distinta parte, pero dueñas de la misma palabra...". ¿De qué palabra se siente dueña usted?

-En propiedad, apenas de las mías, que se van después que las pronuncio y ya no son mías. En uso, de todas las palabras que me ofrece cada día, para lo superfluo y lo importante, todo nuestro espléndido idioma español.

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