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José Ortega y Gasset (1883-1955) es, sin duda, el filósofo de lengua española más conocido y difundido fuera del campo o campos culturales hispánicos. En el período de entreguerras del siglo pasado, entre esas dos catástrofes de la humanidad que fueron la Primera y la Segunda guerras mundiales, el astro emergente de Ortega brilló con luz propia en el firmamento europeo junto a los nombres más preclaros de la época. Algunos de sus libros llegaron a ser manuales de lectura obligada en las universidades alemanas de los años 20 y 30, como, por ejemplo, "El tema de nuestro tiempo", y otros trascendieron de inmediato el interés específico del mundo académico y sus traducciones se convirtieron en referencia insoslayable para intentar entender las turbulencias de un tiempo que iba a acabar rompiendo todas las agendas: así, por ejemplo, "La rebelión de las masas" o "La deshumanización del arte", pioneros ambos en el análisis de las novedades que se imponían en la sociedad y en la cultura europeas de entonces. Su mensaje era claro y su expresión de una elegancia seductora, cuyo énfasis mostraba que la filosofía no era algo que se ocultaba necesariamente tras las «nieblas germánicas», como querían sus peores enemigos, sino que podía ser cultivada -también- desde la «claridad latina» y «mediterránea», que su escritura acogía como forma implícita de una filosofía y de un filosofar nuevos. El raciovitalismo, en efecto, fue una de las primeras respuestas a la crisis de la modernidad, a ese derrumbe general de la cultura occidental anunciado por Nietzsche («Dios ha muerto») que sobrevino tras la crisis del positivismo y en cuyas ruinas se instalaron no pocas de las mejores inteligencias de la época. Ortega no. Su mayor mérito consistió en aquel «esfuerzo deportivo de la sonrisa» propio del «sentimiento estético de la vida», con los que supo acompañar su denodada búsqueda de una salida a aquella magna crisis: la razón -decía- tiene que estar al servicio de la vida y no la vida al servicio de la razón. Con Ortega la vida irrumpe de lleno en la reflexión filosófica y se hace centro de la misma, evitando la deriva existencialista que iba a ser dominante en Francia y Alemania. Del «ser» a la «vida» en el despliegue de una «razón vital»: un paso ejemplar y decisivo de la filosofía del siglo XX que Ortega tuvo la osadía de escribir en lengua española (contraviniendo esa máxima heideggeriana según la cual sólo el alemán y el griego clásico eran lenguas aptas para el ejercicio filosófico). En España Ortega fue más que un filósofo: intelectual, publicista, editor, político, profesor universitario, animador cultural y un largo etcétera que obliga a la nómina de alguna de sus empresas más características y sin las cuales su obra no se comprende en todo su alcance e importancia: la Liga de Educación Política Española, con la que lideró la generación de 1914 e intentó una regeneración moral y política del país; la Revista de Occidente, desde cuya plataforma editorial llevaría a cabo una acción cultural modélica (en América Latina, por ejemplo, la revista argentina Sur y la portorriqueña La Torre, así como la editorial chilena Cruz del Sur nacieron y crecieron según el modelo orteguiano); la Agrupación al Servicio de la República, con la que intervino en política, intentando un cauce de democracia liberal que la historia se encargaría de desbordar trágicamente pocos años después con la guerra civil española; el periódico, pues sus artículos se esperaban en signo de aceptación y reconocimiento de su magisterio intelectual; la cátedra universitaria, con cursos que quedaron en la memoria de sus discípulos e iban a constituir la base del futuro desarrollo del orteguismo dentro y fuera de España. Sus "dos" visitas al país En este sentido, sus viajes por Europa y América supusieron un apoyo al afianzamiento de su obra y al prestigio de su figura. En 1916 hizo su primer viaje a Argentina, un viaje decisivo tanto para la conformación de la idea que Ortega iba a hacerse de América (a la que siempre miraría ya desde el prisma de la realidad argentina), como para la siembra de la semilla de su pensamiento en tierras americanas (el interés argentino por su obra actuó como centro de irradiación sudamericano). En 1928 viajó por segunda vez a Argentina, suscitando, si cabe, aún más expectación e interés que la primera: las crónicas de la época hablan de la efervescencia cultural que se movía a su alrededor, de conferencias abarrotadas y altercados a la entrada, de cursos universitarios seguidos con devoción casi religiosa, de entrevistas y noticias cotidianas en la prensa dando cuenta de sus movimientos, de sus inquietudes, de sus opiniones sobre los temas más variados y distantes. En este segundo viaje y como parte sustantiva del mismo, a caballo de los meses de noviembre y diciembre de 1928, Ortega visitó también Chile. En Santiago recibió honores y distinciones reservadas a las más grandes figuras de la cultura: el 27 de noviembre es nombrado Miembro Honorario de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, y el 4 de diciembre pronuncia su famoso discurso en el Parlamento chileno, un discurso de enorme impacto que habría de dejar honda huella en la memoria de la época. El diario El Mercurio dio cuenta puntual de su día a día en Chile, con noticias y resúmenes de sus conferencias, entrevistas de vario tipo y dos primeras páginas que lo consagraban en la vitrina de las visitas ilustres del país. A Chile volvería Ortega diez o doce años después entre el equipaje de los exiliados republicanos derrotados en la guerra civil (durante la guerra había estado a través de María Zambrano, tal vez la mejor y más heterodoxa de sus discípulos). Y este Ortega que volvía en forma de libro o como experiencia de pensamiento por desarrollar ya más allá del propio Ortega, en el futuro incierto del nuevo espacio del exilio, se unía al sedimento y a la memoria dejados en su primer viaje, y del que las lecturas que los jóvenes Jorge Millas y Luis Oyarzún hacían de sus libros en los primeros años de la década de 1930 en el Instituto Nacional Barros Arana son un ejemplo claro de su presencia programática en el campo cultural chileno de aquellos años. Que no se reducía sólo a los agentes culturales (filósofos, artistas, escritores), sino que también a la difusión de su obra entre las clases ilustradas y a la familiaridad que éstas tuvieron con su pensamiento hasta los años 60 y 70 del siglo pasado: a Ortega lo leían los médicos, los abogados, periodistas, ingenieros, arquitectos, etc., configurando una suerte de presencia del orteguismo muy radicada en ciertas áreas y espacios de la vida chilena. José Ferrater Mora y Jorge Millas Entre los exiliados españoles que llegaron a Chile estaba el filósofo -catalán y orteguiano- José Ferrater Mora, autor después del famoso "Diccionario de Filosofía". El joven Ferrater se vinculó en Chile a la experiencia de Cruz del Sur, haciéndose cargo de las colecciones filosóficas de la editorial e imprimiendo una indudable huella orteguiana a su variada acción cultural de aquellos años. Su amistad con Jorge Millas afianzó en éste su interés -ya no sólo cultural o intelectual, sino filosófico- por la obra de Ortega (en su primer libro, "Idea de la individualidad", muy elogiado por Ferrater, Millas reconoce en Ortega el despertar de su vocación filosófica). Pero Millas iba a volver a encontrarse con Ortega, no con su persona, sino con su obra y con los desarrollos del orteguismo que hacían algunos de sus discípulos, en Puerto Rico. La Universidad de Río Piedras era, en efecto, uno de los focos más importantes del orteguismo en el exilio, y allí Millas, a la sazón contratado como joven profesor, volvió a sumergirse en la lectura de Ortega: allí publica su libro sobre Goethe, signo indeleble de su vinculación orteguiana, y allí empieza a madurar su gran obra de los años 60, "El desafío espiritual de la sociedad de masas", un libro con el que Millas dialoga y discute de tú a tú con Ortega y con el que logró dar actualidad a las tesis orteguianas de los años 30 sobre "La rebelión de las masas". El Ortega de Millas -como el de Ferrater- es la viva imagen del intelectual y del filósofo preocupado por pensar en propio tiempo, el que crea instrumentos conceptuales y discursivos capaces de entender mejor el presente y, de consecuencia, permite vislumbrar -tal vez inquirir- las posibilidades que se abren hacia el futuro. Ortega va a estar presente también en la reflexión sobre la universidad y sobre el carácter y función del intelectual que hará Millas en los años 60 y 70. Se trataba -para Millas y para Ortega- de pensar el propio tiempo y de ser filósofos en la plaza pública. El orteguismo de Francisco Soler También en los 60 y 70 empezó a abrirse paso en Chile -y después a afianzarse hasta hacerse hegemónica- una interpretación de Ortega de signo distinto. A mediados de la década de 1950 llegó a Chile Francisco Soler Grima, discípulo de Julián Marías que había colaborado con Ortega en el proyecto del Instituto de Humanidades. También Soler es un exiliado, pero no de la guerra, sino del franquismo (y quizá esta diferencia abre a un distinto horizonte de recepción de la misma obra de Ortega). El magisterio de Soler en Santiago y Valparaíso es filosóficamente potentísimo, hasta el punto de que en pocos años iba a convertirse en una figura central de la filosofía en Chile. De su filiación orteguiana dejó constancia con un libro que sigue manteniendo su vigencia, "Hacia Ortega: el mito del origen del hombre". A diferencia del Ortega de Millas, el de Soler está filtrado desde Heidegger, es un Ortega en permanente diálogo con el pensador alemán, lo cual, aunque no lo falsea, desde luego, tal vez no haga la debida justicia ni a la obra ni a la figura intelectual de Ortega. Había en Soler una predisposición heideggeriana con la que se acercaba a la lectura de Ortega, predisposición que han seguido cultivando sus discípulos (con Jorge Acevedo a la cabeza) y que ha dado buenos frutos en el desarrollo de un orteguismo más metafísico y menos sociológico e intelectual, pero también hubo de pesar en ello el hecho de que Chile fuera a la postre una de las patrias hispánicas del heideggerianismo (no en vano la mejor traducción castellana de "Ser y tiempo" es chilena, de Jorge Eduardo Rivera, y en Chile enseñó repetidamente uno de los mejores y más agudos discípulos de Heidegger, el italiano Ernesto Grassi). Capítulo aparte merece la polémica de signo confesional llevada a cabo entre Arturo Gaete, Hernán Larraín y Osvaldo Lira: sus libros ("El sistema maduro de Ortega", "La génesis del pensamiento de Ortega y Gasset" y "Ortega en su espíritu"), todos ellos de los años 60, se posicionan frente al filósofo madrileño desde su desigual comprensión de la fe católica (desigualdad interna al catolicismo que se tradujo en diferencia sustantiva de sus lecturas), pero es ésta, en definitiva, la que condiciona y marca la pauta de sus interpretaciones del pensamiento orteguiano (pauta, por lo demás, avalada por las visitas de un prestigiado Julián Marías -orteguiano y católico- invitado a Chile por Francisco Soler). Dos Ortega, pues, en Chile, o tres o quizá más: distintos y distantes, como lo fueron Millas y Soler, o Gaete y Lira, pero no necesariamente enfrentados, aunque tampoco juntos, sino, más bien, dando lugar, cada cual a su modo, a distintos modos de entender la filosofía y el magisterio orteguianos; distintos modos de recoger filosóficamente el legado de Ortega y de corresponder a él desde la ética de la responsabilidad de la inteligencia o desde un ejercicio filosófico que finalmente se inclina ante los dogmas de la fe. Legítimo todo, claro está, pero no del mismo modo, sobre todo porque si bien es cierto que las obras dejan en libertad a sus lectores, no lo es menos que esa libertad es tal para poder acoger el espíritu que las anima. Francisco José Martín es doctor en filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid y doctor en filología por la Universidad de Pisa. Profesor titular de Historia del pensamiento hispánico en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Turín. CONGRESO Sus viajes por Europa y América supusieron un apoyo al afianzamiento de su obra y al prestigio de su figura.
(30-31 mayo)
La recepciones de Ortega y Gasset en Chile
Centro Cultural de España en Santiago (Av. Providencia 927)
En 1916 hizo su primer viaje a Argentina, un viaje decisivo tanto para la conformación de la idea que Ortega iba a hacerse de América.
A Chile volvería Ortega diez o doce años después de su viaje de 1928 entre el equipaje de los exiliados republicanos derrotados en la guerra civil.