Dólar Obs: $ 905,36 | -0,51% IPSA -0,25%
Fondos Mutuos
UF: 40.200,12
IPC: 1,00%
EN GUGGENHEIM DE BILBAO "El otro lado" del gran poeta francés

Henri Michaux: viaje al interior de la pintura

domingo, 06 de mayo de 2018

CECILIA VALDÉS URRUTIA
Arte
El Mercurio

Apuntado como uno de los grandes poetas del siglo XX, el autor de origen belga -admirado por Borges y Octavio Paz- cultivó una poesía y una pintura que remecen, y experimentó con ambas. Fue un antecesor de la cultura psicodélica.



El Premio Nobel de Literatura 1990, Octavio Paz -también un lúcido observador y crítico de arte- escribió en los años 70 para una muestra de Henri Michaux, en París: "Dicen que los puentes no existen o que el movimiento es ilusorio: aunque nos agitamos sin cesar y vamos de una parte a otra, en realidad nunca cambiamos de sitio. Michaux es uno de esos pocos. Fascinado se acerca al borde del precipicio y, desde hace muchos años, mira fijamente. ¿Qué mira? El hueco, la herida, la ausencia", escribía el autor mexicano y concluía: "Para Michaux la pintura ha sido un viaje al interior de sí misma, un descenso espiritual. Una prueba, una pasión".

Henri Michaux (1899-1984) seducía y también desconcertaba con su pintura -como lo hizo con su poesía-, que buscaba llevar a límites insospechados. Pero sin perder sus fines. Reconocido como uno de los grandes poetas del siglo XX, su influencia intelectual gravitó sobre la estética y el pensamiento de autores contemporáneos.

Michaux decía "pinto para desconcertarme". También incomodaba con su vida. Primero ingresó a estudiar medicina en la Universidad de Bruselas, pero abandonó muy luego esa carrera y se alistó como fogonero en un barco de la marina mercante francesa, quería ser marinero aunque su resistencia física no lo acompañó. Al regresar a Bruselas, en 1923, publicó su primer texto, "Cas de folie circulaire". Ese mismo año se fue a vivir a París, donde se fascina con las vanguardias, con el surrealismo. Publica "Les rêves et le jambe", "Qui je fus".

Al principio se presenta como un prosista seco y ligero. Pero pronto emprende vuelo. Se hace amigo del poeta Jules Supervielle, del editor Jean Paulhan y del librero y editor Jacques-Olivier Fourcade, "mi mejor amigo", reconoce. De sus relatos de viaje pasa a sus viajes imaginarios, a textos provocadores y profundos, a una poesía que remece. Su obra nace de las sensaciones del poeta frente al mundo exterior, y experimentará para ello hasta con sustancias alucinógenas.

El enigma de su personalidad

En 1925 empezó con la pintura y la ilustración. Goya, el Conde de Lautréamont, William Blake, los superrealistas y Alfred Jarry son claves en su mirada. Le seduce particularmente una exposición de Paul Klee, también Max Ernst, De Chirico y Salvador Dalí.

En 1937 asumió como editor jefe de la revista Hermes cuyo objetivo era provocar y facilitar confrontaciones entre la filosofía, la mística y la poesía. En 1964 obtuvo el Premio Nacional de las Letras en Francia, ya nacionalizado francés. No obstante, en las dos últimas décadas de su vida se niega a exponerse, a mostrar su cara, a dejarse fotografiar o dibujar; rehúye las entrevistas y no entrega los más mínimos detalles de su vida. Escribe: "Un hombre y su rostro son un poco como si estuvieran devorándose mutuamente sin cesar". Pero su estatura literaria y su arte no se ven disminuidos por su carácter secreto: ello solo acrecienta el enigma de su personalidad.

Su dibujo había alcanzado una madurez en los años 40. Y en los años 50 y 60, dice, incluso, preferir la pintura. Exhibe en museos y es presentado por grandes autores, mientras reconocen su impronta pintores como Francis Bacon. Con todo, este arte suyo es tal vez opacado por su extraordinaria poesía y se mantiene en una cierta nebulosa.

Al respecto, el Museo Guggenheim de Bilbao está exhibiendo una retrospectiva de su trabajo pictórico; ese "Otro lado de Henri Michaux". Un arte que cultivaron varios poetas y escritores de las vanguardias; en nuestro país, por ejemplo, Vicente Huidobro y Juan Emar (de quien se inaugura a fin de mes, en Las Condes, una muestra suya), y más reciente, ya lejos de los vanguardistas, el escritor y pintor Adolfo Couve.

Sus " instigadores"

En una de las contadas entrevistas que Michaux dio durante su carrera -al gran poeta estadounidense y crítico de arte John Ashbery-, en un desvencijado hôtel particulier donde vivía cerca del barrio latino, en 1961, confiesa: "Me encanta la obra de Max Ernst y Paul Klee, pero por sí solos no habrían bastado para que empezara a pintar en serio. Tampoco admiro tanto a estadounidenses como Pollock o De Kooning, pero ellos crearon un clima en el que podía expresarme. Son instigadores: me concedieron la grand permission ".

Admiraba a los surrealistas casi tanto como a los pintores clásicos chinos: "Me enseñaron qué se podía hacer con solo unos pocos trazos, con unos pocos signos". Pero le irritaba la parafernalia que rodea a la pintura, "los que actúan como prima donna . Y si pudiera elegir sería compositor, pero hace falta estudiar. Si hubiera una manera de colocarse directamente ante un teclado. La música incuba mi insatisfacción. Mis dibujos a tinta grandes ya no son más que ritmos", revelaba.

También, en la década del 60, precisa a Ashbery: "La poesía no me satisface tanto como la pintura, aunque ambas tratan de expresar una música. La poesía trata de transmitir una verdad con lógica, diferente de lo que se ve en los libros. La pintura es distinta; no tiene nada que ver con la verdad. En los cuadros creo ritmos casi para bailar".

El Guggenheim exhibe su arte visual en más de 300 piezas (dibujos, pinturas, acuarelas, alfabetos imaginarios) desde sus inicios, con tinta y papel. Luego sigue con técnicas como la témpera sobre fondo negro y el frottage . Y de su último período toma fuerza el óleo, el acrílico y su talento notable para la acuarela. Sus composiciones crean atmósfera y misterio. "Poseen esa cualidad de la fluidez y la propensión al accidente y el desbordamiento, esencial para un artista como él, quien buscó una colaboración con formas desconocidas y experimentales", señala la curatoría del Guggenheim.

¿Manipular la psique?

Michaux prefería trabajar grandes hojas de papel blanco japonés con tinta china. "Puedo hacer pequeñas formas muy intensas, pero tengo otros planes: he estado pintando cuadros con tinta china sobre lienzo. Me entusiasma, porque con una misma pincelada puedo ser, al mismo tiempo, preciso y difuso". En esas obras solía pintar franjas con poca tinta, deslavadas, y hacer flotar especiales figurillas, fueran aves o personajes como animados (algunos se asemejan a los de Matta).

La obsesión por lo experimental -sostiene la curaduría- lo llevó "con un espíritu ascético y sistemático a acercarse a las sustancias alucinógenas con el fin de observar el comportamiento de la conciencia en condiciones experimentales y crear obras". Toda una gran sala del museo exhibe esta etapa que marca su creatividad y que lo ubica como uno de los antecesores de la cultura psicodélica. "Buscaba ahí llevar los principios de su pintura a la percepción misma...", destaca la crítica europea. Reflexiona sobre la conciencia de la existencia y el flujo del tiempo.

Pero recién en 1955 participó en un experimento con la sustancia alucinógena mezcalina (cuyo consumo provoca cambios en la percepción y la apreciación de los colores), lo que le "facilita una cartografía de la imaginación". Describe una de sus experiencias en su libro "Paix dans les briséments": "... Mi desazón era grande. La devastación mayor. Una mano doscientas veces más ágil que la mano humana no habría bastado para seguir el acelerado curso de aquel inextinguible espectáculo (...) ".

En los años siguientes continúa en un estilo experimental, pero no volverá a trabajar con la mezcalina.

Literatura del gesto

Una de las facetas más fascinantes de su arte son sus experimentos caligráficos. Seducido por las escrituras orientales, especialmente por los ideogramas chinos, pinta y dibuja alfabetos inventados, sin correlato fonético ni semántico.

Esos signos de singular belleza constituyen -en palabras suyas- "una poesía siempre incompleta, una literatura del gesto, del impulso y de la danza del trazo". A la vez, "el revoloteo que hace de los signos que inventa sigue un principio rítmico continuo: cada dibujo es explosión y un trayecto en múltiples direcciones", precisan en el Guggenheim .

Michaux había cultivado su interés en las escrituras pictográficas desde sus viajes iniciales. Plasma también ahí su pasión por la música, por los ritmos y patrones sonoros. Y de esa afición musical los únicos testimonios son esos dibujos, que parecen partituras visuales. "Allí se encuentra un simil de una literatura abstracta e íntima, donde los trazos son figuras y personajes en mutación".

En sus últimos años, el misterioso Henri Michaux -con su salud aquejada pero igualmente lúcido- volvió a los ideogramas, sin dejar de experimentar en ello. Su obra se transfigura en revelación y es un precedente del arte psicodélico, en el que grandes protagonistas no serán solo escritores y artistas visuales sino particularmente músicos, como los británicos The Beatles.

 Imprimir Noticia  Enviar Noticia