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El reconocido crítico teatral Juan Andrés Piña ha sido testigo de cómo el espectador ha retornado "paulatinamente hacia la modalidad del realismo sicológico". En la última década se han vuelto a montar las más célebres piezas del período de posguerra en Estados Unidos, "con impensado éxito de público y de crítica", dice. Prueba de ello es "Todos eran mis hijos", de Arthur Miller (1915-2005): un título que se estrenó en Broadway, en 1947, y con dirección de Elia Kazan. La obra -junto a "La muerte de un vendedor viajante" y "Las brujas de Salem- está considerada una de las cumbres del dramaturgo. La historia tiene como protagonista a Joe Keller: un próspero empresario, erróneamente absuelto de acusaciones de envío de material aéreo deficiente procedente de su fábrica durante la Segunda Guerra Mundial: la acción provocó la muerte de numerosos pilotos. Keller culpa a su socio y antiguo amigo de este hecho, quien finalmente termina siendo apresado. Joe está casado con Kate, quien aún no se puede sobreponer a la pérdida de uno de sus hijos (Larry) en el combate y confía que regresará con vida. "Es muy relevante porque marca el inicio de un drama realista o teatro social", comenta a "Artes y Letras" el versátil director chileno Álvaro Viguera ("Sunset Limited", "El cepillo de dientes"), quien a partir del 30 de mayo en el Teatro UC estrenará este montaje de Arthur Miller. Se trata de una coproducción entre el teatro universitario y La Santa, y su elenco incluye a un destacado grupo de actores nacionales; entre otros, Cristián Campos, Coca Guazzini, Jorge Arecheta, Antonia Santa María y Elisa Zulueta. Viguera añade que esta pieza pone en escena la tragedia del hombre común: "Ese es el gran concepto que acuña Miller que tiene que ver con un hombre proletario o de clase media que tiene que llevar adelante su forma de ver el mundo, una mirada muy acotada, como respuesta al sistema que lo atrapa. Ese hombre común lo podemos ver en otros personajes de la dramaturgia estadounidense de esa época, en piezas como 'Un tranvía llamado deseo', de Tennessee Williams, o en ¿Quién le teme a Virginia Woolf?, de Edward Albee. Son personajes que están muy afectados por el contexto social". El director adelanta que con este montaje cierra una trilogía con la productora La Santa, que incluyó "Happy End", de Kurt Weill, Elisabeth Hauptmann y Bertolt Brecht; y "Tío Vania", de Chéjov. "La idea fue visitar a estos autores que nos parecían fundamentales y traerlos al día de hoy", dice. Con respecto a "Todos eran mis hijos", Viguera advierte que -a diferencia de otras de sus propuestas con mayor aporte musical o una estética más pop- "acá decidí abordar la obra de una manera muy orgánica, siguiendo su corte realista. Es un montaje que tiene una estructura clásica y decidí enfocarme en la actuación. El desafío para los actores es que el texto respire de una manera muy directa y simple". A su juicio, "si bien esta producción de Miller no es poesía en sí misma, las imágenes que se generan a partir de situaciones específicas son de alto nivel poético. Es bien sutil. Por eso estoy optando por un montaje bastante pulcro". El traductor Rodrigo Olavarría destaca que "la obra respeta de manera muy cuidadosa las tres unidades: acción, tiempo y espacio. Hay un modelo aristotélico que le dio un gran éxito a Miller y que se mantiene en esta versión. En el caso de mi traducción decidí apegarme más al original y alejarme del tono vernáculo o argentinizado de otros ediciones como Losada", dice. Cristián Campos, quien encarnará a Joe Keller, confiesa a "Artes y Letras" que abordar este papel es un sueño cumplido. "Es un privilegio. Es una de las peticiones que uno rezaba cuando era estudiante en la escuela de teatro: que algún día te toque, cuando tengas la edad indicada, el papel del padre". Sobre este personaje, el actor profundiza en torno a la tragedia del hombre común. "Algo muy propio de la dramaturgia de Arthur Miller. Es una tragedia que también se ve en Willy Loman, en 'La muerte de un vendedor viajante'. Lo que hace interesante a Joe Keller es que, si bien es culpable de un crimen y será castigado por eso, el dramaturgo da una vuelta de tuerca en el sentido de que lo que hace este padre es seguir las reglas del juego imperantes en Estados Unidos. Estamos hablando de una época de la posguerra, de los babyboomers , de progreso desenfrenado, una vorágine donde todos quieren sacar su tajada de la torta". El actor considera que estamos ante un hombre que comete el pecado de hibris , "como el héroe de la tragedia griega que va más allá, lleva su sueño demasiado lejos y por eso lo van a castigar. Pero más que una condena a este hombre de negocios rudimentario, Miller hace una reflexión en torno al tipo de sociedad americana de esos años y a los premios que entregaba a sus ciudadanos. Es una queja, un sarcasmo al 'sueño americano'". Viguera comparte este análisis y complementa que "las líneas más potentes de esta historia tienen que ver con la familia, con el valor de la familia y cómo esta entra en tensión con la individualidad de los personajes". Apuntes biográficos Cristián Opazo, académico de la Facultad de Letras de la UC, explica a "Artes y Letras" que, con "Todos eran mis hijos", Arthur Miller se afianza como un dramaturgo relevante de la escena. "Gracias a este título va a recibir su primer premio importante del Círculo de Críticos de Nueva York. La obra, además, va a estar un año en cartelera y permite ver un adelanto de lo que será su vida". El experto añade que con el director Elia Kazan "ambos comparten en ese momento ideas que podrían ser tildadas de izquierda, pero terminó sucediendo un argumento bastante similar al de los amigos-socios de la obra. En el contexto de la llamada 'caza de brujas', Kazan se va a poner en el lado de los delatores y va a poner en una situación de riesgo a Miller, quien lo termina pasando bastante mal: le quitan su pasaporte y le impiden viajar a algunos de los estrenos de sus obras". Opazo considera que este título ya vislumbra la poética de este dramaturgo, "no solo por el aspecto biográfico, sino que también por cuestiones estéticas bien relevantes, a través de la mirada de la familia -ya sea en clave de crisis económica como 'La muerte de un vendedor viajante' o en clave de destrucción por hijos desaparecidos-, como en 'Todos eran mis hijos'. La familia termina siendo un repertorio que se quiere mantener, que se quiere interpretar, cueste lo que cueste, porque si no lo hacemos debajo comienzan a aparecer las heridas, los fracasos, la imposibilidad y la angustia".