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ESTA SEMANA De visita en Chile

Mario Vargas Llosa: El liberal en su laberinto

domingo, 06 de mayo de 2018

María Teresa Cárdenas M.
Entrevista
El Mercurio

En medio de la apretadísima agenda que le organizaron en Santiago, el narrador peruano presentó su más reciente libro, "La llamada de la tribu", donde perfila a siete pensadores fundamentales en su tránsito desde el marxismo y el existencialismo sartreano de su juventud, hasta el liberalismo de la madurez. Concedió algunos minutos para hablar de literatura y de su polémica opinión sobre el feminismo radical.



Se echa de menos al escritor Vargas Llosa. Esta semana estuvo en Santiago el pensador liberal, invitado por una fundación a difundir y promover en distintas y numerosas instancias -conferencias, desayunos, coloquios- los valores de esa doctrina. También fue al Palacio de La Moneda para recibir la Orden al Mérito Artístico y Cultural Pablo Neruda, lo que por un momento trajo de vuelta al narrador del boom , al amigo entrañable del poeta chileno que, como él, pero muchos años después, sería reconocido con el Premio Nobel. Antes de esta ceremonia, sin embargo, protagonizó el primer encuentro del ciclo "Diálogos en La Moneda", conversando sobre "Libertad y democracia" con otro amigo, el Presidente Sebastián Piñera.

Una agenda apretadísima de actividades, que también incluyó un encuentro con más de 800 alumnos de enseñanza media del Instituto Nacional y de otros liceos de Santiago; su designación como Miembro Académico Honorario en una universidad y la presentación de su nuevo libro en otra. "Un libro autobiográfico" -explica en el prólogo-, que "describe mi propia historia intelectual y política", y en el que perfila a siete pensadores que reafirmaron "el recorrido que me fue llevando, desde mi juventud impregnada de marxismo y existencialismo sartreano, al liberalismo de mi madurez". Es "La llamada de la tribu" (Alfaguara), donde Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) reúne a Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-François Revel, y destaca las obras más relevantes o que más lo influyeron de cada uno de ellos. No es una obra literaria, se entiende, pero va entregando algunas claves sobre el escritor Vargas Llosa, ese que no se decide a escribir sus memorias literarias -¡y cuánto tendría para contar!- y que ya prepara una próxima novela, sobre la que, como es su costumbre, no entrega antecedentes.

A sus 82 años, Mario Vargas Llosa conserva el porte erguido y la palabra clara. Pero indudablemente se le ve más cansado. A Chile vino con su hijo Álvaro, analista internacional, quien lo acompaña también en esta entrevista, sentado en otra esquina de una enorme mesa de reuniones de un hotel en Las Condes. Vargas Llosa, el escritor, viene precedido de una polémica: en un artículo periodístico publicado en El País y titulado "Nuevas inquisiciones", denostó ese "feminismo radical" que, en España, pidió que se eliminaran de los estudios escolares ciertas obras de autores considerados machistas, como Pablo Neruda, Javier Marías y Arturo Pérez Reverte.

-Llevándolo al lenguaje de su nuevo libro, ¿calificaría esta corriente como un nuevo totalitarismo?

"Bueno, hay un feminismo que es absolutamente democrático, y yo diría liberal, que yo apoyo de una manera resuelta. Todo lo que persiga la igualdad de género, la igualdad del hombre y la mujer en todos los campos, principalmente el económico, es decir, a igual trabajo igual salario, cosa que no existe por desgracia en ninguna sociedad del mundo. Sobre eso no hay ninguna duda, esa es una bandera que los demócratas y los liberales debemos apoyar a fondo. Desgraciadamente, hay también un sector feminista que es intolerante, dogmático, al que hay que combatir resueltamente. Un feminismo que persigue una especie de revisión de la cultura, de la historia, para establecer esa necesaria igualdad no solo en el presente y en el futuro, sino que retrocediendo hacia el pasado, y que busca imponer una especie de inquisición en el campo cultural, literario, artístico, político. No se trata de reemplazar una injusticia por otra injusticia; esa no es una solución al problema de la discriminación de la mujer ni muchísimo menos. Y yo creo que hay que enfrentarlo como a toda forma de totalitarismo, de autoritarismo, de dogmatismo, que solo trae violencia".

El Premio Nobel peruano también considera necesario hacer una distinción:

"Yo creo que la gran literatura sirve a la sociedad, sirve a la democracia y sirve a la libertad, aunque parezca demasiado crítica, negativa o intolerante. Pero hay que establecer una diferencia entre la literatura y la conducta política de los escritores. Vamos a poner el caso de Bertolt Brecht, que fue un gran escritor, un gran dramaturgo. No hay ninguna duda de que la obra de Brecht es de una enorme riqueza, de una gran sutileza, profundamente identificada con el sufrimiento humano, con la discriminación; una obra que denuncia la guerra y denuncia muchas otras violencias en la historia. Pero su conducta política deja mucho que desear: él apoyó dictaduras comunistas, puso todo su prestigio a favor de un sistema que ya sabemos hasta qué punto fue autoritario, totalitario, discriminador, represivo, intolerante. Y ese caso no es excepcional en la literatura".

-Para Isaiah Berlin, en cambio, era imposible disociar la grandeza intelectual y artística de la rectitud ética, dice usted en su libro.

"Bueno, él era un hombre generoso, y pensaba que un gran escritor tenía que ser un hombre bueno. Yo creo que la historia está llena de ejemplos que contradicen esa visión. Hay escritores que fueron muy positivos y éticos, y algunos que fueron gente absolutamente espantosa. Entre los escritores se da, como en el resto de los seres humanos, una gran división de conductas, de personalidades, algunas generosas y otras mezquinas; tolerantes, vanidosas. Se dan todas las variedades de lo humano. Esa especie de glorificación espiritual de un escritor es una visión muy generosa, pero no muy exacta".

-En su artículo "Nuevas inquisiciones", usted define la literatura precisamente como un vehículo para sacar estas cosas profundas que a veces son muy oscuras.

"Exactamente, yo creo que muestra una verdad humana que solamente a través de la literatura encuentra una expresión. Entonces censurar eso, acercarse a la literatura con un espíritu inquisidor, buscando en la literatura la corrección política o ética o religiosa, es simplemente acabar con la literatura. En los escritores a veces hay una gran lucidez, es un instinto que los lleva a descubrir una verdad con la que ellos racionalmente no están de acuerdo. El caso de Balzac, por ejemplo: la 'Comedia humana' es una obra extraordinaria, se considera un ejemplo de literatura crítica, muestra una época en lo mejor y lo peor que tiene. Ahora, Balzac en su vida privada era un racista, era un hombre que tenía una visión muy mediocre y discriminatoria del ser humano, sus ideas políticas no podían ser menos generosas, menos altruistas, pero a la hora de escribir había en él un instinto, una intuición, que lo llevaba a mostrar la verdad de la vida, con una generosidad y una amplitud de miras que no era la de él cuando funcionaba como ser humano".

-¿Qué importancia le da, en ese sentido, al "espíritu de la época" en la creación literaria?

"Sí, yo creo que eso existe. Hay una cierta manera de entender la vida que cambia con el tiempo y que de alguna manera se refleja, sobre todo, en la literatura. La literatura es el mejor testimonio que uno tiene sobre lo que son las grandes preocupaciones, los grandes dilemas, los grandes problemas de un momento, que no son necesariamente los del siguiente o los del anterior. Y creo que la literatura es la mejor catalizadora de esos detalles, de ese espíritu de los tiempos y por eso yo creo que la historia y la literatura son como el anverso y el reverso de una medalla para entender una época. La historia es lo que fue y la literatura es lo que quisieron que fuera y, como no ocurría, lo inventaron, lo imaginaron, lo soñaron a través de los poetas, de los dramaturgos, de los novelistas".

-Usted llega a decir que la definición que hace Karl Popper de la historia escrita y su idea de lo que es la literatura son similares, "como dos gotas de agua".

"La idea de Popper es que la historia es la que hacen los historiadores, que seleccionan en una época aquellos episodios, generalmente políticos o sociales o económicos, y contribuyen en su versión a dar coherencia y a hacer inteligible una época. Ahora, él dice: esa no es en realidad la historia. La historia es una sucesión caótica de cosas que ocurren a todos los niveles: histórico, social, cultural, psicológico, y que ocurren no solo en la realidad, sino también en la interioridad de las conciencias, las pasiones, las emociones que están detrás de las conductas. Y dice que esa historia es generalmente monstruosa, terrible, donde el fuerte ha golpeado al débil, donde el poderoso ha explotado al que carece de recursos y de fuerza. Y la historia es una recreación muy discriminativa de lo que ocurre. Bueno, yo creo que eso es la ficción. Digamos que la imaginación, partiendo de cierta realidad, permite reconstruir ciertos episodios de la vida humana, y muchas veces reemplazar aquello que no existió, pero que hubiéramos querido que existiera".

-El liberalismo, tal como usted lo plantea, es lo contrario de "la llamada de la tribu". ¿Por qué tituló su libro con lo que no es?

"Bueno, porque el libro lo que quiere es mostrar lo peligroso que es tratar de volver a la tribu. El liberalismo, la democracia, nos liberan de la tribu, nos crean como individuos. Antes de que surgiera la civilización, el individuo era una parte de esa colectividad, que era lo que le permitía sobrevivir en un mundo lleno de peligros, de rayos, de inseguridad. Y luego, a medida que la civilización comienza a progresar, nos vamos liberando de la tribu, nos vamos desanimalizando. Pero en el fondo de nosotros, queda siempre esa nostalgia de un mundo que en realidad nunca existió; nunca existió esa sociedad perfecta, donde todos éramos iguales e idénticos, eso es una ficción, una fantasía, pero que llevamos profundamente arraigada, y que nos hace regresar de cuando en cuando a ese pasado mítico, en forma de nacionalismo, de colectivismo, de todo aquello que va contra la gran civilización, el gran progreso de los seres humanos".

-¿El título es entonces una provocación?

"El título es justamente esa nostalgia de algo que no existió, pero que es la fuente de las peores desgracias de la humanidad: el nacionalismo, el racismo, la discriminación, la creencia en razas superiores, en naciones superiores, en religiones superiores. Todo aquello que discrimina, divide, enfrenta a los seres humanos es algo sumamente negativo. Todo eso es la tribu".

-En algunos de estos pensadores, como Ortega y Gasset e Isaiah Berlin, usted destaca no solo su pensamiento, sino también la claridad del lenguaje. ¿Son un ejemplo para hoy?

"Claro, Ortega y Gasset escribió prácticamente toda su obra en forma de artículos, de conferencias. Nunca escribió un libro orgánico. Isaiah Berlin, tampoco. Ellos no renunciaban de ninguna manera a la profundidad, a la complejidad del saber, pero hacían un esfuerzo casi sobrehumano para llegar al público. La frase famosa de Ortega, 'la claridad es la cortesía del filósofo', es maravillosa, ¿no? Por eso esa obra es asequible, está al alcance de cualquier persona medianamente culta. Ellos no escribían para especialistas. Y yo creo que esa es una de las obligaciones de la literatura, no escribir para especialistas. Tratar de llegar al mayor número, sin renunciar al rigor, a la originalidad, a la profundidad, por supuesto. Pero ese esfuerzo de claridad que uno ve en la obra de un Isaiah Berlin o un Ortega y Gasset está en contradicción con lo que es hoy día el espíritu de la tribu; hay una filosofía que es casi inaccesible para un no especialista. Ortega como Berlin me parecen grandes ejemplos: eran rigurosos, profundos, grandes conocedores de sus temas y, sin embargo, procuraban llegar al mayor número de lectores. Bueno, yo creo que esa es una actitud que tiene que ver con que la literatura, el pensamiento ayudan a la gente a vivir, pero para eso tienen que ser accesibles".

-Si "la claridad es la cortesía del filósofo", ¿cuál es la cortesía del narrador? ¿Cuál ha sido su cortesía con el lector?

"Bueno, yo creo que el narrador debe dar lo mejor de sí mismo a la hora de escribir, sin ninguna duda. Tratar de llegar al mayor número no significa caer en el facilismo, en la precariedad expositiva, ¡no! Absolutamente. Yo creo que los grandes escritores que plantean dificultades a los lectores los premian, los recompensan. No es fácil leer a Faulkner, pero la maravilla es que cuando uno entra en esa complejidad, descubre la complejidad del mundo, de los seres humanos; la complejidad de lo que es una sociedad de razas distintas, de lenguas distintas, de mentalidades distintas. Cuesta un esfuerzo, sí, claro, pero si el esfuerzo es grande, el premio es todavía mayor, eso lo justifica perfectamente. En el caso de un Joyce, por ejemplo, es tremendamente difícil, pero de Joyce salimos enormemente enriquecidos, con una comprensión muchísimo mayor de lo que es el espíritu humano, la mente humana, la relación entre el lenguaje y el pensamiento".

Cuando ya lo apuran para entrar a la conferencia que dará ante más de mil personas, es ineludible preguntarle por la polémica en torno al Premio Nobel de Literatura: "Sentiría mucho que no se diera -responde, poniéndose de pie-. El Nobel es un premio que tiene una enorme significación mundial, entonces, me parece muy injusto que por unas querellas internas no vaya a haber Nobel este año. Esperemos que la crisis se resuelva...", dice antes de desaparecer escudado por su hijo Álvaro y otras personas de la organización. Lamentablemente, no fue así y el viernes la Academia Sueca confirmó que este año no se otorgará el premio.

"Yo c'reo que la gran literatura sirve a la sociedad, sirve a la democracia y sirve a la libertad, aunque parezca demasiado crítica, negativa o intolerante".

"Hay una cierta manera de entender la vida que cambia con el tiempo y que de alguna manera se refleja, sobre todo, en la literatura".

"La historia es lo que fue y la literatura es lo que quisieron que fuera y, como no ocurría, lo inventaron, lo imaginaron, lo soñaron a través de los poetas, de los dramaturgos, de los novelistas".

"La literatura, el pensamiento ayudan a la gente a vivir, pero para eso tienen que ser accesibles".

"Los grandes escritores que plantean dificultades a los lectores los premian, los recompensan".

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